25.1.13

NUEVA ERA DE BICOCAS, S. A.

Quien se posee a sí mismo no pierde nunca nada; pero, ¿a cuántos ha sido concedida esta posesión?
SÉNECA
Cartas morales a Lucilio

El régimen de esclavitud es el tipo de relación laboral que más conviene a los empresarios del porvenir; por dispendioso, no un atadero según la usanza establecida en el Imperio Romano, donde la posesión del cautivo por parte del amo, que podía ser cruel con él impunemente, implicaba responsabilidades adicionales como el sustento regular en aceptables condiciones de vida, que deben ser entendidas en su justa perspectiva no como un ejercicio de piedad o de benevolencia, de las que también podía haber muestras, sino como el cuidado básico dedicado a uno de los bienes domésticos más caros cuyo estado reflejaba la nobleza o decadencia del patrimonio familiar. 

Tanto la realización de un ingente volumen de trabajo por un salario ridículo como la eficiencia dócil con que se ejecuten las tareas ordenadas son, qué duda cabe, factores estimulantes para el emprendedor del futuro, pero si desde el parapeto de un ardid perfectamente legal puede en el presente deshacerse sin impedimentos ni grandes costes de la mercancía viviente que no se ajusta a sus expectativas, significa que es el dueño potencial de muchos destinos y tiene vía expedita para arrojar a la basura los bártulos que por haberse vuelto innecesarios —improductivos, dirá él— no está obligado a proteger a sus expensas, desenlace que además de representar una inversión absurda para su criterio e impropia para su bolsillo, supondría hacer de la excepción una norma: ¿desde cuándo se han vuelto los utensilios sujetos de derecho?

Ganoso de gangas, al patrón le interesa beneficiarse de un sistema que fomente una servidumbre anónima en la que el pechero se venda barato y a la vez quede librado a su suerte cuando los negocios se tuercen; un sistema de imposiciones máximas y prestaciones mínimas gracias al cual exista un asequible mercado de parias con diferentes niveles de especialización que acepten con la resignación de quien padece una limitación natural la circunstancia de estar subyugados al denominador común de autofinanciarse el mantenimiento en la calamidad, situación social imprescindible para que la población menos afortunada aprenda con diligencia a olvidarse de esas actitudes tan poco profesionales, tan antieconómicas y decrépitas, que insensibles a la llamada del desarrollo permanecen ancladas a un mundo en vías de extinción en el que la dignidad y el valor aún no se habían divorciado.

The Kitten Who Thought He Was a Mouse, terneza de Garth Williams que encontré en este Animalarium.

2 comentarios:

  1. Vaya sorpresita, otro “escribidor” que apuesta por subvencionar pelagatos. En estos momentos TODOS deberíamos arrimar hombro con hombro y hacer piña para salir de la crisis, pero eso es mucho pedir a los “artistas” que os sentís superiores a los demás. No creo que haga falta mucho talento para hacer sátira de las dificultades. Ya está bien de pinchar balones, ningún gobierno comprometido con la democracia tiene por objetivo atacar a los débiles. Cuando un buen político tiene que elegir entre varios males, elegirá el mal menor a otro peor. “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país”

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  2. Carmella, con un nombre de resonancias tan sugerentes, ¿cómo puedes opinar con esa fealdad de juicio? Sospecho que tus palabras no se corresponden con tu pensamiento real y has decidido hacer tu deposición de sandeces en los amenos jardines de mi castillo aéreo movida por otro afán, como el de provocar al provocador. No lo has conseguido, quizá en otro momento, mas no debes lamentarte, porque animado por la presumible razón bufonesca de tu intento, como «buen político» comprometido con la dedocracia he elegido «entre varios males» el de autorizar la publicación de tu comentario. Y si bien me sufro al no poder arrimarte el hombro saltando por el seudónimo, fingiré por compensación tomarme en serio tus ideas para deshacer la piña de confusiones que reina en tu cabeza:

    Puesto que en mi calidad de diletante universal me sobra arte para no sentir «escribidor» como una ofensa —una amiga a quien causé despecho me suele llamar palabrujo—, considero que la carga más dañina de tu invectiva va dirigida contra los parados, y lo mejor que puedo hacer concisamente es recordarte algo tan elemental que hasta puede ser comprendido por una persona a quien las consignas de determinada coalición de corruptos le rebosan por la boca. El subsidio por desempleo es un seguro social que la parte contratante, respaldada por el Estado, asume dentro del más estricto liberalismo económico, donde nadie regala nada, y por tratarse de un pacto vinculante debe ser satisfecho cuando el demandante requiere la prestación de sus servicios. ¿Qué opinarías de una compañía aseguradora a la que has pagado puntualmente las cuotas si en caso de necesidad decidiera eludir la responsabilidad de lo acordado? ¿Aceptarías que sus agentes te dieran por toda respuesta que entre sus funciones no está la de «subvencionar pelagatos»? ¿Quién sería en tal caso el parásito social? Escamotear, recortar o incumplir de una u otra forma este compromiso sin el consentimiento previo del afectado es, hablando claro, un puto fraude... como tu querido Kennedy, o como tú misma si no lo quieres ver.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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