27.1.13

MI SIMIO Y YO O DE ASES Y BASTOS

Así que por costumbre o por castigo,
casos no vistos son en mí ordinarios,
y en los propios intentos temerarios
se acobarda la fe con que los sigo.
Conde de VILLAMEDIANA
Cancionero blanco

No sabría reconstruir la secuencia exacta de asociaciones que me indujo a recordar a Olayo, el avispado zagal a quien todos preferíamos temer de niños con la esperanza de anteponer la gracia de su favor a la opción ineludible de padecerlo como enemigo en la máxima expresión de su crueldad. El caso es que al dar un traspiés me salvé por puro albur de una caída al adoptar una postura de ortopédica singularidad que en mis adentros recompuso semejanzas con la costumbre que tenía Olayo de articular el brazo bajo el arco de una pierna para entregarse a deleites inconmensurables durante los cuales musitaba, ojos en blanco, el nombre artístico de su madre Nolaska, la trapecista, aunque con frecuencia también arrastraba a su jaula craneal de perversiones el de las nuestras, a las que sabía extraerles la simpatía en el trato de vecindario con técnicas psicológicas tan misteriosas como el origen de la perfidia que alumbraba de ingenio sus juegos. Entre otras conspicuas evasiones, de él aprendimos a invocar al mono interior empezando por tocamientos con la palma de la mano parcialmente forrada a tal efecto con el papel de lija más fino que vendían en una ferretería cercana al ruinoso almacén donde se desquiciaban los hechos. Si el movimiento se ejecutaba con destreza, las heridas producidas por la fricción eran mínimas pero suficientes para pasar a otros niveles de sibaritismo, como el de darse profusas friegas con alcohol en el que habíamos puesto a macerar varias salamanquesas alimentadas con los coágulos procedentes del avituallamiento de menstruos al auspicio del gremio formado por las hermanas púberes de los chavales del grupo, cuyas compresas, ordalías de hemoglobina, debíamos hurtar guardando el mayor de los secretos para someterlas a un minucioso proceso de recolección de sus «pepitas bermellón», otra ocurrencia de Olayo. 

Supongo que desde entonces, bordeando crónicamente el cadalso de un austero solecismo neuronal, el antropoide que llevo dentro deja de responder por capricho al nombre de lobo que a sí mismo se dio y se divierte el muy bravío destrozándome por necesidad el mobiliario mental que su celo, una permanente piojera, me hace padecer cuando no puede ser atendido con cubriciones poliposturales que se prolongan, alrededor del festejado acoplamiento, con incursiones de espeleología dactilar y retruécanos mucilaginosos glotonamente libados de los pétalos que se abren a sus asaltos de oralidad. A este mono travieso que se confía a la yuxtaposición de suertes y embates para desdoblar en la culminación de lo nítidamente real lo que sólo enturbiaba bullicios imaginarios —es menos erróneo quien hace lo contrario— le gustan todas las mujeres, a excepción de las que exhiben cierta tosquedad de torneado que, por no acuñar atrevimientos de obligada disculpa, voy a omitir explicar en este improvisado ruedo de azotea. Este simio, que no habla casi nunca y casi todo lo entiende, no se ahíta de confundirse la tiesa con esas tías que, exentas de las connotaciones despectivas que referirlas fomenta, multiplican su alborozo por el bendito hecho de ser reservorios matriciales del montón, del montón que embriagadoramente sondearía.

Acrobático por naturaleza en asiento, sobre mesa y en jergón por preferencia, aunque no tanto en la ostentación deportiva del acto como en la imaginación inconfesable que añade a la mecánica de sus movimientos; devoto fornicador y onanista compulsivo si no hay altar palpitante al que inmolar su derramamiento de abortos; diligente abrochador en el aquitepillo o sudoroso fondista según las subordinaciones de la oración principal, lo mismo lame que muerde, reparte caricias que azotes, se desliza cual anguila por las simas femeninas que embiste brutalmente por un gemido uterino: en el primoroso tamaño de su versatilidad debe de estar, digo yo, el activo de su atractivo.

Del pordiosero ignorado que arriesga su karma zarrapastroso en aguas del Ganges al más inaccesible batracio que, como Benedicto, encharca sus heces en intrigas internacionales, putas somos en el fondo de esta gehena rotatoria. Y como buenas y malas furcias obligadas a matarse o tolerarse, tras la inviable convivencia acumulada la elección de una norma aceptable de confenecencia parece menos dilemática: elasticidad consciente o maleabilidad amodorrada; o nos potenciamos sobre una indeterminación civil a la que son más afines las sociedades de dilecciones comerciales donde es indiferente que cada uno folle con quien le surta la gana, o nos dejamos estrujar bajo un desorden militarizado de cualquier color político donde todos seamos follados por el poseedor del arma más impresionante. En el primer caso, jurídicamente nadie es dueño de otros; en el segundo, ni jurídicamente se admite la potestad de sí.

Singe peintre de Alexandre-Gabriel Decamps.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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