21.2.19

DOS MIL Y PICO: UNA ODISEA SIN ESPACIO

Jeremy Geddes, Ascent
¿Qué cosas será posible integrar y qué otras será posible subordinar? Mal trueque ha hecho el que al conquistar el dominio del mundo ha perdido la libertad en su propia casa.
Ernst JÜNGER
El nudo gordiano

No por casualidad, el ambicionado idilio de exploración a ultranza que fijó su objetivo en otros cuerpos celestes experimentó su mayor impulso cuando afloraba, a ras de mundo, la evidencia de los límites del crecimiento de la civilización. Tal fue el punto de fractura donde se hizo patente que los prebostes de las naciones con capacidad de jaquear al resto y su séquito de expertos estaban dispuestos a desdeñar su responsabilidad a cambio de invertir en proyectos que muestran al observador desprogramado visos de haber funcionado en respuesta a una tentativa: la de zafarse de las consecuencias calamitosas del progreso, aunque a la sazón no solo mediante la huida hacia el traspiés que promueven la aceleración bélica de la industria y el trucaje fiduciario de las rentas, que de cualquier manera implican mal por mal, sino buscando además un efugio fértil fuera de órbita, a salvo del pesebre terráqueo saboteado por una especie que parece tan obstinada en convertirse en el vertedero literal de sus fantasías megalómanas como en no cubrirse de rubor bajo el título autoasignado de «sapiente».

Cual si fuera el fruto maldito de una ironía remozada en virtud de resonancias míticas, cada conquista que el ser humano emprende merced al poder de la técnica se traduce en que este, o sus protuberancias criminales, determinan los siguientes giros de su fatalidad. A favor de esa ironía rueda el descalabro ecuménico sin pausa hacia derroteros nada halagüeños por la estrada de la domótica, como el habido en la bien fundada sospecha sobre el trasfondo real de las aventuras siderales. Capitaneadas por las agencias que se ocupan de escudriñar el entorno extraplanetario, aparte de dotar de una excusa de proeza al despilfarro económico, la lectura crítica de sus planes indica que nunca han perseguido como prioridad la colonización de los astros más próximos, ni soluciones ingeniosas al problema de atravesar las vastas distancias interestelares en intervalos de tiempo asumibles. Por el contrario, su principal cometido sería el desarrollo de modelos artificiales de subsistencia para que el abollado antropoide de las postrimerías, alojado en colonias subterráneas, pueda aclimatar su obsolescencia a un ambiente hiperacondicionado y ultracontrolado una vez que el forro de la Tierra se manifieste en extremo hostil a las condiciones que habían cobijado nuestra odisea evolutiva. En estas sofisticadas infraestructuras futuras los habitantes, según presagió Mumford, «pasarán su existencia como si se encontraran en el espacio exterior, sin un acceso directo a la naturaleza, sin sentir el paso de las estaciones o la diferencia entre el día y lo noche, sin cambios de temperatura o de luz ni contacto alguno con sus congéneres, excepto a través de los canales colectivos que se hayan habilitado a tal fin». 

Embutido de lleno en el papel devaluado de estrella cósmica de la creación, surgirá en el vientre venidero el hombre encapsulado, el tecnonauta, como arquetipo del simio posthistórico; un ser extirpado incluso de sus posibilidades de relacionarse consigo de forma natural, reducido a vegetar como un feto en una cavidad custodiada por un ordenador central, realimentado con la papilla procesada de sus propios excrementos y obligado a viajar hasta el óbito, sin mejor deriva posible, por el circuito de una presencia confinada dentro de un complejo biónico que, en síntesis, no dejaría de incubar sujetos en permanente estado de excedencia vital. No es forzada la comparación, ni un recurso sacado de la mera coincidencia, que la realidad virtual, indispensable como dispositivo de soporte experiencial en esas circunstancias de regresión embrionaria, comparta con los trajes espaciales de los cosmonautas la necesidad de fundir el organismo a una escafandra de la que los espacios simulados de abducción cibernética, que hoy visitamos como pulgones de las pantallas, no representan más que un preludio de los compartimentos estancos destinados a minimizar la individualidad a base de cuidados intensivos. Conecta asimismo con este anticipo de la accesibilidad total la cultura de simplismo y malacrianza que contagia nuestro presente, pues en lugar de fomentar que los niños maduren pronto el Nuevo Orden Mecanomental exige que los adultos se infantilicen en manejable complacencia de hato.

Si la llamada de la selva irradia todavía su encanto a los transeúntes de este vigesimoprimer siglo de microprocesadores, jaulas urbanas, fumigaciones aéreas y arboricidios, la otrora viable emboscadura de extramuros ha de satisfacerse penetrando a fondo en las inexploradas galaxias de la psique. ¿Qué misterioso equilibrio trastornado procura restaurar de esta suerte el alma que ha sido ultrajada por la invasión masiva de la técnica? ¿Es demasiado tarde para emitir un pronóstico propicio a las dimensiones vulneradas por el avance formateador de la barbarie y la presión demográfica?

Ojalá los fracasos colectivos, cuya entropía se multiplica generación tras generación, fueran contemplados con el mismo interés que los éxitos particulares cuando se trata de esclarecer las claves que la sociedad debe evitar como aberraciones o estimular como atributos de talento. Situar la automatización al final en vez de al principio de un proceso, como pretende hacer la tecnocracia con la humanidad, es pervertir el sentido de la evolución a costa de infligir lesiones irreparables a las funciones superiores de la actividad encefálica, que en la actualidad ya se siente condenada a dar lo peor de sí en un molde donde el granujo, el coltán y las pitanzas liofilizadas se aúnan, junto a una miríada de errores deliberados, como sucedáneos de la plenitud. 

12.2.19

TIEMPO DE CHIRIBITAS

Página 186 del Thesaurus anatomicus de Frederik Ruysch
Estar integrado era ridículo; volver a ser aceptado era inimaginable; pertenecer, el infierno sobre la tierra.
Peter HANDKE
El momento de la sensación verdadera

«Muero, luego existo», proclamó a modo de enmienda cartesiana a la mismidad el tanatólogo Hermann Burger no mucho antes de autosurtirse de muerte en la foresta de las determinaciones. En fiera consonancia, y me asombra que no se glose más, los condenados a fingirse contentos mientras dan coba a la actualización del maleamiento de la especie, esos que tanto insisten en aumentar el volumen de desperdicios vivientes con las secuelas genéticas de los que acaso fueran en tiempos primates de respeto, arrojan al tuntún su excedente de lechigados como si las implicaciones del axioma «me reproduzco, luego mato» no fuera con ellos. 

Con todo, y sin perjuicio de lo expuesto, aún más vergonzosa que los regueros de ojiva y compañón paridos por tales gorrinazos de dos zancas, y no menos remarcable en su acción detrítica que la redundancia ovulolefosa de sus coyundas, cae a plomo la indecente escasez de imaginación que evidencian al fabricar bebés por bobalicona distracción, como si creerse adanes y evas del último desdén fuese un juego jarifo, loable en afectos y en efectos, o los belenes de alfeñiques a que dan traspié sus maripepeces no hicieran bulto de guerra en el apretado vagón donde, a máquina dopada, somos acelerados derechitos al abismo.

Hagan sus puñeteros experimentos de estilo sobre papel —o en píxeles si sufren de remilgos hacia el tacto de la celulosa—, no con carnes destinadas a secuestrar almas.

11.2.19

ACOTACIÓN A LA ROJIGUALDERÍA EN EL SIGLO DE DESDORO

Quería comerle el espacio un servidor público retribuido mensualmente para defendérselo.
Santiago LORENZO
Los asquerosos

No escamotearé verdades con paralogismos políticos ni zarandajas históricas, pues a tal fin contamos con expertos nubladores adscritos a partidos políticos, audiciencias teleinvasivas, periodicuchos de dos más dos cinco y foros de garañones. A la hogaza hay que nominarla por lo que ha devenido hogaño, no alimento sino bocado descerebrante, y al bebercio fermentado de la parra no vino, sino marchó, a tenor del eclipse que los multitudinarios cofrades de grial diario escancian en sus mentes, como por otra parte ocurre en cualquier otra comunión instituida con el devoto ahínco de privarse de seso.

A ojos de este mismo rigor de periscopio diviso que en el cortijo español, donde cunde por democrático ejemplo la sobreatención a lo irrelevante a costa de desatender lo primordial, cohabitan con hediondez mutua tres tipos básicos de personas: los que piensan por sí mismos (minoritarios por naturaleza y nada -istas por ilustración), los que embisten (la masa clínica de gente ahormada o normal, apresable y apesebrable a cambio de una hamburguesa o güifi gratis, esa «mochufa» de Santiago Lorenzo que para mí ha sido siempre la vergüenza farfollona de nuestra especie, la «puta cáncana») y los que se creen más listos que el resto por concitar a los embestidores, tan lidiados estos en las faenas de proporcionar réditos crónicos a sus apoderados como redundantes son los avispados haciendo don de baldón, prosapia de hijoputez, razón de Estado de la canallada corporativa, proxenetismo patronal del ajeno abatimiento y cepo legal de los sablazos asestados al común, en piratesca comandita, desde alguna talanquera de mando. 

No me engaño: sé que este recuento de tipos quedaría descogotado si mi esquema, inventario de pálpito priado, incurriese en un despiste de lesa majestad. Garrafal desacato sería echar fuera de la mención al capo capón y su consorte recauchutada, áulicos garantes de que tamaña disfunción nacional marche, como hasta ahora, en intocable y muy católico amor a la felonía.

5.2.19

PÍXIDE AQUÍ, LEJOS DE TODO, RANCHO DE MÍ

Folio 13v del Beato de Sain-Sever (MS Lat. 8878)
Los locos hacen descubrimientos que los sabios explotan.
Herbert George WELLS
Una utopía moderna

Bien a la inversa de lo que arguyen los hombres triviales que tanto gustan de brasear sus pasiones en la grey, a un espíritu señero no le pesa la gravidez de las soledades donde ha puesto un regazo de silencio para recoger el fruto de sus estudios, panteísmos y contemplaciones, ni le dañan las renuncias que ha hecho suyas a fin de otorgar más concordancia a los sentidos acrecentados que, de otro modo, habría de cercenar en aras de las infinitas exigencias de la mezquindad hiperpoblada. Pródigo, empero, es el sufrimiento que le suscitan las dudas acerca de su propia valía, y tenaz, como mancha indeleble de fuel, su pesadumbre por la devastadora polución de tiempos y espacios que la mayoría social, la del contrato ídem, extiende haciendo del mimetismo un estado de sitio frente al cual el poder de las desafecciones individuales a menudo se siente desbaratado.

Quien no teme ir demasiado lejos en el viaje a través de la interioridad acaba empotrándose de lleno en lo sagrado, y entre otras confesiones que acaso sea urente sacar de su inefable verdad de explorador ensimismado, ese espíritu anacoreta que hemos bocetado tomando de la lejanía su medicina, ronronea para sí mientras esteza su flacura con el frío de la mañana: «Que no te domine la tristura ante la pululación de bajezas y las mutantes barbaridades azuzadas por doquier, solo es el humo de un incendio que nada te puede arrebatar ya, a ti que todo lo has desatado, ni tampoco te posea la frivolidad de despreciar el horror alegremente, como cosa vana, pues en la dosis justa no es de menor ayuda en el entrenamiento de la veta más noble de una naturaleza sensible; la veta de alma que, siendo exactos, nunca ha querido estar aquí y sabrá exhalar sonriente el ombligo donde fuere menester hallar su sino».

Bienaventurados los que llegan a no ser, porque a ellos se les concede el mayor de los respiros, y divinos los que no llegan a ser, porque a ellos ni siquiera se les concede, como a nosotros los precitos, el cadalso a sorbos de tener que respirar hasta el último alelamiento.

3.2.19

ENTRE LO SUBLIME Y LO SUBLIMINAL

Alex Grey, Net of Being
Adoramos la perfección porque no podemos poseerla; nos repugnaría si la poseyéramos. Lo perfecto es inhumano, porque lo humano es imperfecto.
Fernando PESSOA
El libro del desasosiego

A expensas de la atrofia mental que auspicia su conducta, para el sapiens pedestre, uniformado hasta en el disfraz moral con que cubre su joroba de fobias, nada es más lógico que tachar de orate a quien experimenta percepciones que rebasan sus registros domésticos sin atisbar incongruencia alguna en seguir llamando «sueños» a las alucinaciones que cada noche lo asaltan y nadie, ni siquiera él mismo, comprende.  

Aunque soñar sea también un sonar al que recurren los sentidos en sus modos de comunicarse con las capas proteicas de la realidad que los estados ordinarios de consciencia no alcanzan ni a columbrar, no puede uno haber soñado que se despierta y actuar en las vigilias sucesivas desdeñando las grietas de su arquitectura como si la más reciente desvelada fuera la concluyente, la neta, salvo por militancia utilitaria en una presunta normalidad o deserción cognitiva ante el asedio de la incertidumbre; el efecto, en ambos casos, no difiere en la incapacidad del sujeto que encuentra execrable, a falta de mejor reacción, penetrar en ese domo. 

El corpus de una ensoñación envuelve al precedente de igual forma que es envuelto por el siguiente a lo largo de una serie de escalas donde invención y percepción, imaginación y sensación, componen simultáneamente la estructura de la vivencia. Por arriba y por abajo, sin embargo, es tan absurdo establecer límites definidos como apegarse al afán categórico de retener los habidos entre forma y contenido, causas y efectos, exterior e interior, después de que hayan estallado los embastes de sus primeras apariencias.

Si se aspira a una sola aproximación a la verdad, ha de ser tal que abarque cuantas dudosas variedades de conocimiento produzca la experiencia en los giros que dilucida alrededor de sí misma como haz y como envés del tapiz, de la maleza enigmática de su ser.

Las más graves, pero también las más hermosas responsabilidades, crecen dentro del psiconauta que intuye, al contemplar la unicidad que ensambla cada peldaño de su existencia, que la naturaleza del tiempo y de los sueños ofrece a nuestras dotes una calidad intercambiable.

2.2.19

DE LA UBICUA GARATUSA

Stanislaw Szukalski, Orangutang with a chain
En tiempos aristocráticos lo que tiene valor no tiene precio; en tiempos democráticos lo que no tiene precio no tiene valor.
Nicolás GÓMEZ DÁVILA
Escolios a un texto implícito

Ante la emergencia de los hechos que eluden ser descifrados, el ojo público desenfoca con la misma facilidad que la lengua corporativa miente al servicio de las trampas de siempre, sofisticadas hoy como lucrativas versiones de enredo pronominal en el complejo de producción, reproducción y postproducción de la piña humana. El individuo ha devenido empresa renovable por antonomasia de su propia obsolescencia y la peligrosidad de cualquier proyecto cargado de repercusiones sociales crece, por consiguiente, en proporción directa a su vinculación a los centros de mando, las industrias extractivas y los laboratorios de investigación supeditados a los cuarteles generales. La rapacidad del siglo engloba hasta las supuestas divergencias que lo resisten, y no temer confluir en un bullaje sin retorno de meneadores de datos no es aval de sentido, sino inequívoco síntoma de haber sido disuelto en el disvalor de la más grosera rentabilidad.

Mediatizada por la tecnología, la comunicación ha pasado de ser un intento de entendimiento mutuo a un proceso de permanente vivisección e imperativa opsonización cuya finalidad intuible excede las lecturas de signo agorero que derivarse pueden a partir de las trepanaciones etéreas que impiden mirarse los párpados como a uno le gustaría. En vez de cultivar desde las aptitudes verbales, anímicas y gestuales un clima de empatía que críe y rescate confianzas, igual o más que otras nobles disciplinas como la expansión erótica o la expresión musical, con ritmos dilatados de asimilación mutua, intervalos de silencio reflexivo y juegos de perspectivas combinadas que se abran paso a través del bosque de significados alternando acercamientos y distanciamientos, hoy más que nunca se pone en evidencia que lo promocionado como bueno tiende a ser, por necesidad, tan feo e inflacionario cuanto falso y enfermizo.

El emblema de una experiencia acorde con la marcha de los tiempos es la devaluación sistemática de la belleza, de la verdad, de la inteligencia y de la atención en todas sus formas conocidas, especialmente si ofrece pruebas benignas de vida equilibrada y despierta. Es este un quilombo donde rige un canon invertido que ha convertido en bien supremo la extrema malevolencia de una barbarie personalizada, así como los apremios carentes de discernimiento en un culto monolítico a la visión más nublada y contagiosa de las cosas.

1.2.19

EUGENIA Y SUS TUTORÍAS

Auguste Levêque, La Parque
La vida no es un argumento. Entre las condiciones de vida podría estar el error.
NIETZSCHE
La gaya ciencia

Eugenia no parece en modo cierto una réplica de la chochona de Willendorf pese a ostentar en semejanza hechuras de copiosa paridora que se advierten, más eclipsadas que realzadas, bajo un embozo de mantecas cuya estructura inconsistente, sin llegar jamás a derretirse, son la causa de los sudores que al menor esfuerzo empapan, alrededor de umbrales estratégicos, el embutido con que abandera, so pretexto de vestidura, su muy discutible noción de gusto en lo que a elegancia atañe. Además de ayudar a reponer con sus hambres insondables, que la ponen puntualmente al borde del desmayo, la bollería de aspecto inofensivo que la cantina abastece a los yonquis del azúcar, tiene Eugenia a su cargo impartir la asignatura de valores, o comoquiera que ahora llamen los docentes a las salmodias destinadas a lograr que quienes brotan únicos se vuelvan pasto de otras bestias.

Dilatando lo dilatable, Eugenia engulle igual que fecunda: con bulimia. Todo lo demás es un afán secundario para ella no obstante sus desvelos por disimular algunos defectos que la contrarían. Nadie atinaría a concretar, por ejemplo, si las preseas coruscantes que porta y los perfumes caros que escancia sobre sus volúmenes con sofocante dispendio son, en el fondo, un dispositivo de distracción para ocultar a los sentidos del observador sagaz otras sufridas muestras de los efectos que en su organismo produce una estiptiquez recalcitrante. Sus heces, privadas de la frecuencia y cantidad adecuadas de desalojo, rebosan en ella por las vías delatoras de los forúnculos, las flatulencias, los reflujos de roeduras y un humor ladrador, calcado de un perro gozque.

Para conmemorar el Día Internacional de la Paz, Eugenia y sus alumnos más bitongos, conjunto que suele reunir en estos zoológicos a lo más zoquete de cada casa, dedicaron no menos de dos semanas a la confección de un mural donde había que adivinar, pintada a dos tonos, la icónica silueta del «árbol de la vida» junto a un lema digno de fulgurar como epígrafe en un catecismo pintiparado a la acefalia que hace suya el ciudadano de nuestros días: «La vida es un regalo. ¡Cuídalo!». Hiriéndome el chirumen que Eugenia pontificara fetén un regalo envenenado —lo que cae sin duda dentro de sus oficios— en un grado solo comparable al hecho de que reputara plausible esa esquela de árbol demediado, ya que lo habían representado mutilado de raíces, fingí no poder contener mi horror no bien tuve ocasión de interpelarla.

—Eugenia, tengo una duda y te la planteo sin ánimo de ofender.
—A ver.
—¿No sientes que algo le falta a vuestro dibujo? ¿Qué sentido tiene un árbol sin raíces?
—¡Anda…! No tiene importancia.
—Yo diría que la tiene y en mayor medida de lo que imaginamos. Una vida sin raíces es una vida desalmada —deslizo a lo socarrón tras el tapiz natural de una sonrisa.
—Tiene gracia que seas tú quien haga esa puntualización.
—La relación que tenga conmigo es indiferente, aunque entiendo que te parezca sorprendente que un hombre despoblado de retoños haya sido el primero en llamar tu atención sobre ese pequeño olvido.
—No lo decía por eso… ¿Así que no tienes hijos?
—Ni los tengo, ni los pretendo. Me abstengo de hacerlos, entre otras magníficas razones, por la conciencia de que traer más personas al mundo es un acto de prescindible ferocidad, sobre todo para los que son traídos.
—¿Acaso no amas la vida? —me espeta dando un respingo.
—No es cuestión de amar o repudiar la vida, sino de considerar que la vida en abstracto, despojada de atributos, no es un argumento frente a los hechos de la vida en particular, radicada en un contexto.
—¿No me digas? —su ironía quiere en vano ganar tiempo de procesamiento mental.
—Permíteme otra pregunta, Eugenia, que hago extensiva a quienquiera engendrar: ¿podrías darle a tu prole una existencia libre de enfermedades, de taras, de percances, de deterioros, de desencantos, de ataduras, de miedos y de fatigas?; ¿una vida libre, en resumen, de los trastornos, menoscabos y pesares que la caracterizan?
—Yo creo que la vida es buena.
—¿Buena por sí misma?
—Buena sin más. Y a veces —remacha—, maravillosamente buena —seguro que piensa en un donut.
—El verbo que has escogido, «creer», es perfecto para formarse una idea bastante fiel, nunca mejor dicho, de lo que cuesta convencerse de que la vida carece de una larga ristra de contraindicaciones, a cual más disuasoria. Negar esa cruel realidad quizá sea lo contrario de un acto de amor hacia el recién venido que ha de soportarlas. Y aun si una vida individual resultara razonablemente buena, habría que examinar cuánto debe ese juicio favorable a una percepción sesgada por el optimismo, o a un conocimiento insuficiente de la gravedad que entraña existir por dictamen ajeno. Lo que de ningún modo puede admitirse es la generalización de las excepciones que suponen los intervalos de dicha, como tampoco es válido extraer joviales conclusiones por anticipado, a una edad prematura, cuando el declive y recrudecimiento de las posibilidades vitales están por venir. ¿Conoces el refrán «quien mucho vive, mucho mal vive»?
—¡Tú también juzgas la vida sin haber llegado al pie de la sepultura! —una flama de ira pugna en ella por explotar como una espinilla ante el espejo. 
—Es verdad. Por eso la pondero, o lo intento, como si estuviera precisamente en el lecho de muerte, con la más completa perspectiva que me sea inteligible recorrer, pero a despecho de que mis estimaciones pudieran ser inapropiadas, aún queda por señalar otra objeción a esa hipotética vida de ensueño que solo desde la propaganda o la inexperiencia puede concebirse como un regalo.
—¿Cuál? —por la energía con que escupe su interrogante es evidente que a estas alturas me freiría vivo.
—Si existe una ley biológica inapelable, no es otra que toda vida ha de disolverse al fin por encima de lo prendado que uno esté de ella. Con cada alumbramiento se hace entrega de la obligación de perecer. Hacer nacer es hacer fenecer. Ese obsequio del que hablabas es una bomba de relojería.
—Esa es una manera bastante pesimista de contemplar la vida. Y estoy siendo generosa.
—Para ser exactos, yo diría que es una manera más objetiva que la basada en el artículo de fe que identifica a la ligera la vida con el bien absoluto obviando no solo las limitaciones de la naturaleza humana, sino también las condiciones reales en que transcurre. Por fortuna, aunque la muerte sea un misterio velado, a mano está como último recurso contra las peores penalidades y los estragos del marchitamiento. ¿No estás de acuerdo en que madurar consiste en deshacerse poco a poco de uno mismo, en el aprendizaje indispensable para dejar de ser?
—Si todo el mundo compartiera tu punto de vista, la humanidad se extinguiría.
—Lo primero, malas noticias: la humanidad se extinguirá, como cualquier otra especie, con independencia del interés que tengan sus integrantes en perdurar. Respecto a eso que llamas «mi punto de vista», solo es el reconocimiento desapasionado de la vida tal cual acontece, sin adornos superfluos ni artificiosas concesiones. Y por último, te desafío a localizar un solo procreador que, después de haberse pasado por el arco del triunfo las actuales circunstancias de presión demográfica, se haya diseminado con la finalidad de salvar al género humano.
—¡Qué negativo!
—Negativo, claro que sí, en el sentido de no hacer nocimiento de vida. 
—¿Nocimiento?
—Perjuicio. También vale como sinónimo de nacimiento
—¿Dónde está el chiste?
—Tal vez deberíamos buscarlo en el discurso de los autodenominados «provida» y en el impagable servicio de multiplicación de esclavos que ofrecen a todos los sistemas de degradación al seguir alimentando los úteros como si fueran factorías de mano de obra desechable.
—¡Qué barbaridades salen por tu boca!
—Hasta que los robots, o series de seres tan automatizados que sea imposible diferenciarlos de máquinas, reemplacen a los sirvientes de carne y hueso, el activismo en pro de la natalidad trabajará sin descanso para empobrecer la vida humana, para seguir fabricando gentes excrementicias. El excedente de residuos y el excedente humano son eslabones de una misma cadena.
—¿Te estás oyendo?
—Más para bien que para mal, o así me lo dice mi sentido ético, he aprendido a no tomarme tan en serio a mí mismo como aquellos que defienden a ultranza la desmesura reproductiva.
—Solo piensas en ti. No tienes ni idea de lo que significa el amor por un hijo.
—Eugenia, no necesito hijos para poder amarlos; mi amor, el menos impuro que puedo dar en esta usina de mamones, manifiesta su esplendor en la decisión de no haberlos tenido. Cada vez que uno quiera reproducirse, piense antes en todos los padecimientos posibles y en los efectos adversos que la miseria humana comporta. Procrear no es un acto de amor, ni siquiera de amor a sí mismo.
—¿Qué es entonces, listillo?
—Una toma de posesión que implica a otro ser en los rigores de la existencia sin tener en cuenta su voluntad.
—Me rindo, no hay quien pueda contigo.
—No hay quien pueda convencerme de que es mejor ignorar que saber, y desde luego no puedo soslayar el daño que muchos padres han preferido ignorar a sabiendas para satisfacer el devaneo egolátrico de propagarse —pronuncio estas últimas palabras entonando un esmero cordial, recreándome en despreciar la sombra de una ocurrencia brutal, imperdonable, que una segunda voz, solo audible en mí, susurra mientras observo el adiposo oleaje que demora sus inercias en la papada de Eugenia: «Querida, yo tampoco podría contigo».
 
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