29.3.18

NO ALUMBRAN IGUAL TODOS LOS DÍAS

Li Romaz de la poire (BNF FR 2186, fol. 2v)
Buscando mis amores
yré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y passaré los fuertes y fronteras
San Juan de la CRUZ
Cántico

A una más que prudente distancia del amanecer, la víspera anterior a los silencios del Claveteado se calzó de luz recafeinada las vigilias para ir a enchufarlas, medio giro de mundo después, a la garnacha balsámica de la noche. Entretanto, y mientras otros bípedos flanqueaban por las aceras pecuarias de la urbe muñecos tallados bajo la promesa de dar excusa de cirio a los zombis famélicos de penitencia, al campo saqué mis pieles con irredento espíritu lúdico, que es como vive el pagano la comunión entre las caducidades de su naturaleza y las primigenias grandezas, en la respuesta debida a los reclamos del valle donde la danza de las constelaciones tuvo la transparencia de demorarse hasta verme ofrendar astas de piedra a un arroyo en cuyo adagio mercurial, encendido por el masaje de los grillotopos, caían hechizadas las hembras de varias faunas que desviaron, al filo del crepúsculo, la corriente de sus pasos hacia otras geometrías. Amadas sean sus floraciones exentas de fruto.

La espiritualidad no hay que buscarla sino fuera de las religiones, a salvo de párrocos y parroquianos, en los parajes donde las pezuñas de los homínidos sean revocables en cuestión de un silbido, sutiles como la brisa de tramontana que apenas riza los tímpanos en su viaje a través de los collados. Pero en las horas previas al rito insomne de soltar amarras y sentir cruzados en el plexo sacro los umbrales que me pusieron locuzo de epifanías; antes de que el salto de estado fuera anunciado por las arquivoltas del cráneo celeste y de que mi gacela y yo presentásemos los respetos de nuestro ascenso a la reina del altozano, quien esconde felizmente su porte regio en un árbol recio como un templo románico guarda la eucaristía; antes también de vadear sobre lascas de monstruos extintos el meandro que reverdece de lirios y cicutas el irreconocible batán, sin mayor importancia que la estricta amplitud que uno sepa conferirle a las coincidencias, cuatro ángeles —cánido uno de ellos, de nombre Coco para más señas— nos sacaron del barro dejando sembrada en su lugar la bendición que significa recibir una ayuda que a sí misma se satisface en el ejercicio de vencer el desamparo. A ellos les dedico la rodadura de esta estela.

26.3.18

DE LOS KALIYUGADOS

Cornelia Konrads
Los sabios no lamentan
ni a los vivos ni a los muertos.
Bhagavad Gītā 2, 11

No es locura la visión desmedida; locura es el temor a perder la ceguera. Hoy la invidencia viste de moda y así es como enfoca la actualidad por aquellos que han saboteado el desafío de conocerse a sí mismos, primer deber en el arte de ser un animal cabal. En el rostro de la Esfinge de Guiza, mutilado por los cañonazos de la soldadesca impotente para penetrar el enigma de una riqueza inaccesible al saqueo, concretó su alegoría la modernidad cuando aún no había dado lo peor de sí. En diametral disonancia, todos los preceptos que el triunfalismo utilitario desdeña como incomprendidos; todas las fuentes de iluminación que la mentalidad cuantificadora descarta por inservibles u obsoletas, refulgen por encima de las aspiraciones unidimensionales como pruebas para insistir en las verdades poderosas que contienen. 

Solo después de haber sido indebidamente separados, el alma y el cuerpo pudieron ser sucesiva e injustamente maltratados. En los siglos oscurecidos por la cerrazón clerical no era infrecuente que los cuerpos se quemaran so pretexto de salvar las almas; en la época renegrida por la razón industrial, lo habitual es que las almas, soterradas en los cuerpos, sean exprimidas junto con ellos para salvar las haciendas, pero en el fondo y a la postre el mundo no es más que un punto de apoyo para la meditación, una pista de despegue para que el sujeto liberado se eleve hasta confines supraconscientes. «El que no tiene patria posee el mundo, el que se ha desprendido de todo posee la vida entera y el que no tiene culpa goza de la paz», dejó alumbrado en labios de Virata el imprescindible Stefan Zweig. Tener al mundo en mayor estima que la sin duda elocuente metáfora que su presencia expresa a quienes saben ver lo infinito en lo finito, adorarlo en la subyugante inmediatez como un fin absoluto, define con exactitud la idolatría de los que prefieren engolfarse en la superfluidad; y si hay alguien incapacitado para trascender los estrechos límites impuestos a su entendimiento por los fervores y aversiones de sus coordenadas históricas, es precisamente el idólatra, que a la sazón se siente tecnólatra como antaño sus homólogos se sintieron cruzados contra el infiel o posesos de algún demonio celoso de los altares consagrados al Redentor. No ver más allá de las pantallas es el nuevo artificio de las murallas erigidas por la fuerza productiva del engaño, de la distracción que asesina la concentración.

Tan cierto es que la divinidad no necesita mártires ni fiscales, como que no sale de su error quien la conjuga con el verbo «creer» en vez de con el uso pronominal de «saber». No en vano, conocer la divinidad de una única forma es no conocerla de ninguna. Bajo este planteamiento, el ateísmo puede ser diagnosticado como una deficiencia cognitiva susceptible de ser corregida con experiencias visionarias; el fideísmo, en cambio, vive del aferramiento a un incorregible aserto por el aserto, que es lo propio de las categorías reñidas con un juicio receptivo a la ampliación de los horizontes mentales, y poco puede hacerse al respecto. Sea como fuere, nada tiene Dios que ver con las blasfemias del renegado ni con los mandamientos del filisteo; nadie, por consiguiente, puede explicarte a Dios porque Dios es uno contigo.

Puesto que encontrar no es prioritario para el que aquí y ahora reconoce su designio en la exploración de los misterios latentes, ningún hallazgo sincero basta para eclipsar el amor a la búsqueda que funde a navegante y peripecia a lo largo de la vía áurea donde cada individualidad tiene un adentro universal. A nuestro favor media la enseñanza de la intuición, que es infalible porque hace converger al sujeto que conoce y al objeto conocido como vertientes de una gnosis que la racionalidad no puede agotar ni acogotar. Jamás hubiéramos llegado a investigaciones profundas de la materia si no albergásemos en nuestra mente conceptos primordiales a propósito de la constitución y funciones del cosmos.

Esa mirada intuitiva —o en otras palabras, esa mirada real como ningún devoto de los datos verificables imagina—, al igual que en otros campos la pesquisa antropológica e incluso el sondeo psicoanalítico que no se circunscribe a los fatuos dominios del ego, actúan como radios, momentos angulares de la rueda del ser cuyo centro inmutable está en la nada. Por periférico que sea el punto de partida, tras el despojamiento iniciático de la programación cultural adquirida, una vez derribados los tabiques de las conveniencias recargadas de hábitos desatentos, cabe tomar una orientación centrípeta y establecer órbitas de acercamiento a una matriz, no diseñada por el ser humano ni vulnerable a sus destrucciones, que arborece en puridad merced a una sintaxis metafísica en la cual los diferentes niveles de existencia, manifestados o no, permanecen ensamblados de acuerdo con un orden inmanente del que da cuenta parcial el simbolismo que lo reflecta en esta capa, permeada de claves, sobre la cual extiende el buldócer de la costumbre sus trabajos de allanamiento.

Todo lo que existe ofrece, a su peculiar estilo y manera, la traducción de otra obra mayor, oculta a la percepción rasante, con la que guarda una compleja relación de correspondencias y el sistema natural en su conjunto no es una excepción. Desde cualquier énfasis que se contemple, la naturaleza solo adquiere plena significación si se la acepta como la gran proveedora no tanto de recursos fungibles o de renovables apariencias, cuanto de símbolos imperecederos que dotan al intelecto de un canal de comunicación directa con una realidad radiante de la que apenas consta en la bitota una fracción emanada de su inspiración esencial. Es genuino en tal sentido aludir a la naturaleza como una lengua vernácula, imbricada en sus criaturas, que a través del mundo fenoménico extereoriza determinadas propiedades de la inmanencia aludida más arriba, retazos de una estructuración fuera de serie que, a despecho de las concepciones cientificistas y de la hilaridad altanera que le dediquen los adocenados, con premeditada justeza podría denominarse sobrenatural. Ante la sintonía del verbo de los verbos que traspasa con su música esplendente las partículas, seremos siempre diletantes con mayor o menor grado de gracia. Sin hacer relumbrón de la suya, que tuvo prestancia oracular, María Zambrano supo captar el ronroneo de ese no sé qué tan caro a los cantos sanjuancrucianos: «Hay un reino más allá de esta vida inmediata, otra vida en este mundo en que se gusta la realidad más recóndita de las cosas».

Resta añadir que no llegaríamos muy lejos en la revelación de ese orden oculto si concluyésemos que la encarnación de la que somos viñetas ilustra su culminación. «No es a decorar el lugar de nuestro actual cautiverio a lo que debe consagrarse la inteligencia, sino a favorecer por todos los medios nuestra fuga», objeto con Gómez Dávila a las exigencias del submundo. Quizá el Ser encarnado sea un accidente o un ensayo, mis investigaciones no me facultan para afirmarlo ni para negarlo; si se tratara de un modelo relegado al desmayo, como en algunos estratos sugieren sus visos de automatismo y derroche de padecimientos, estaríamos prefigurando el infarto del Sagrado Corazón que gime en el núcleo de todos las vidas atrapadas en la argamasa de los ciclos temporales.

14.3.18

¡ARRE PAÍS!

Emiliano Ponzi, A Village Life
¿Qué se puede hacer
si las estrellas rebeldes
no tienen piedad?
Barbara STROZZI

Me trastorno sólo de pensar que allá donde uno extienda el órgano de su atención, las dimensiones materiales e inmateriales de la aventura humana se revelan cariadas por abismos en los que el desamparo cotidiano de los vivos se mixtura con el destino insondable, hecho gigote, de los que pasaron al lado sumergido de la representación.

Todo cuanto consideramos investido de una trascendencia cósmica podría no ser más que un accidente fatal sujeto a sujeto confirmado; de ser cierta esta conjetura, estaríamos concediendo a la resonancia de su efecto dominó en nuestros cráneos una relevancia mítica que no sería incorrecto figurarse como una danza encadenada alrededor de la brecha hendida en la presencia íntima y desconocida del ser. Los protagonistas cambian, la tragedia permanece y mientras lo contrario quizá fuera legible como historia de los hechos, nunca satisfaría como explicación de los hechos de la historia. Vivimos en la entropía de una trama inconsistente, lo raro es que las cosas funcionen y las almas sonrían.

En la tragedia griega, la obra se dividía en cuatro fases: prótasis (planteamiento), epítasis (nudo), catástasis (clímax) y catástrofe (desenlace). En la tragedia existencial, la naturaleza impone sus mudanzas haciendo creer a los personajes que son ellos quienes escogen sus designios. A decir verdad, ni el éxito individual es prueba de un ideal acertado, ni la impotencia del derrotado supone un argumento válido contra su criterio personal. Alivia conocer que el juicio de Max Horkheimer al respecto no es hostil a los problemas de acomodación del reparto a las condiciones dominantes: «Sobre el destino del hombre particular decide en el presente más la ciega casualidad que sus cualidades».

En contraste con la pobreza que se saludó en otras épocas como un signo de aligeramiento de la identidad y vía de aproximación a la sabiduría desde la búsqueda primordial, quien rumia sus horas en la estrechez económica del siglo que se nos derrumba encima es denigrado como un fracasado de la peor especie, el candidato idóneo al suspenso civil. Pese a la precariedad que define su estado en nuestra cultura, cabe hallar en el imaginario del pobre una épica de la resistencia, como bien demuestran los pensionistas que parecen haber perdido el miedo al poder de unas élites mercenarias que con pulso lento pero creciente nos estrangulan. Y ahora precisamente que su fuerza numérica, otrora adormecida en un fragmentado retiro crepuscular, ocupa las plazas públicas día sí, día también, nos contaminan la escena con no sé qué zamba cruenta ni qué niño muerto, como si no hubiera otros inocentes sacrificados a la perversión de los adultos en circunstancias acaso más descorazonadoras que las del caso de marras, puesto que implican la connivencia de autoridades de alto nivel —permíteme ser elusivo en este punto— a las que pagamos por ser, yendo al mínimo, tan responsables como han jurado con el cargo, y tan punibles, yendo al máximo, como los insensatos que a ras de tierra les siguen otorgando el beneplácito del sufragio. Con todo, estoy siendo generoso al excluir del recuento de víctimas a los niños concebidos desde el daño evitable de venir a cumplir una condena por nada en este presidio abierto a la mirada, ausente de piedad, de las estrellas. La bestia humana, solo por haber sido forzada a existir, lleva tatuado en sus genes el estigma de una violación, la mancha indecorosa de lo engendrado sin consentimiento…

Qué fácil sería proseguir la llamada de la selva que el crimen acaecido en Almería ha intensificado para atizar la monserga sobre las estrategias de trasvase de los reciales del descontento hacia un curso políticamente inofensivo de expiación colectiva, o agitar asimismo la comprensible grima que la obscenidad mediática, con su hambre zombífica de carnaza, provoca en la sensibilidad de las personas cuyo tiempo aún no ha sido abducido por las redes que bullen de improvisados juristas, criminólogos en zapatillas de andar por casa y patriotas remendones, la misma clase de esclarecidos que en el momento de la verdad carecen de algo más fundamental que las hormonas para morder la mano que les roba la comida del plato y los obliga, en su lugar, a tragar insultantes mentiras.

Tampoco sería difícil denunciar la vil manera en que la coyuntura, caldeada como repulsión al sobrecogimiento, ha intentado ser fiscalizada por ese cortejo de mandarines que han acudido a abrazar a los padres del menor arrebatado; por sus caras, las de los gerifaltes, sabemos que los desprecian como a muñecos caídos en el barro del infortunio y creo que habrán corrido a lavarse las zonas expuestas al contacto después de dar por terminada la ronda de compunciones. Podría, sin mucho esfuerzo, volcar mis náuseas contra sus gestos de pringosa falsedad, mas no lo haré porque estoy más cansado de todo que de costumbre y más que de todo de mí; harto como nunca de que se prefiera omitir la urgente meditación sobre la inexorabilidad del mal y de que el estrago, a cualquier escala, sea presentado como un hecho extraordinario toda vez que, si algo ratifica el devenir, atañe a la probabilidad de sufrir percances y otras complicaciones calamitosas, que se agrava por la mera certeza biológica de no haber fallecido.

¿Cómo no sentirse hastiado al ver convertido el asesinato de un crío en una ocasión pintiparada para soltar las riendas, tras la deshidratación lacrimosa, del instinto básico, comunal, que mueve a las masas sedientas de bronca, exultantes por haber encontrado un motivo para desgreñar sus iras, calcadas hoy en su bajeza de la que antaño excitaba los ánimos del vulgo ante los patíbulos? ¡Arre país!, ¡arde en las lenguas de ese fuego primigenio que haces bramar como ningún otro pueblo con la voz justiciera de la indignación moral!, ¡transforma en tizón a la bruja y aprovecha la antorcha encendida de la democracia para avivar la fe en la humos de tus fronteras!

La turba siempre será turba y su incurable peste, aquí y en todas partes, la ignorancia. Son contadas, sin embargo, las naciones que rebosan por arriba y por abajo, por el costado izquierdo y por el derecho, de verdugos vocacionales como esta que sirve de celosía a la prostibularia Europa, y el que afirme estar orgulloso de ser español presume, lo sepa o no, de llevar condecorada la calavera con tales capuchones. La ley del aplastamiento genérico, invocada en forma de mayoría cómplice por los gobiernos que pretenden extraer de ella su justificación, sería papel mojado sin el apoyo de un condensador social, el de la masa aglutinada por los ofuscadores profesionales con sus respectivos martirologios, tantos como causas aspiren al desagravio. Poco importa el contenido de esas causas, su valor es accesorio; importa que se renueve la voluntad de movilización contra un enemigo común.

«A veces aquellos que no socializan mucho no son en realidad antisociales, simplemente no tienen tolerancia al drama», me trincha una compañera cuando le esbozo en un mensaje algunas claves de estas impresiones. «Que “no tienen tolerancia” —le respondo— es una forma condescendiente de contemplarlo donde subsiste la idea de que aquellos que sí toleran el drama son más fuertes y donde se soslaya que ese supuesto vigor, analizado en términos menos fantasiosos, se reduce a un signo de identidad entre morbosos». Una de las películas que mayor desasosiego me ha proporcionado en los últimos meses es La cueva, dirigida y coescrita por Alfredo Montero, gracias a su capacidad para ilustrar, con textura hiperrealista, qué puede esperarse de la conducta humana al ser empujada a sacar todos sus instrumentos de supervivencia dentro de un atolladero. Lo comento porque con idéntico espíritu pedagógico pasan ante mí los hechos sórdidos que aportan su tributo a la crónica putrefacta de este reino, además de duros elementos empíricos de respaldo a una observación ecléctica y participante en la menor medida, propicia a la libertad implacable del ojo crítico que combina el estudio con la desafección de saber que no pertenece a este mundo y nada de este mundo le pertenece.

Añoro el don de una intuición envolvente que desde la radicalidad cognitiva me facultara para sentir en mi savia que somos ramas de un único árbol o disponer, en mi desdón, de una razón objetiva para tener en mejor estima a los energúmenos a quienes hemos de soportar en la dudosa calidad de compatriotas. Tal vez si mirasen menos las pantallas y más al cielo descubrirían en esa bóveda, rotulada con estelas químicas, el perfecto reflejo de la sucia realidad que abre y cierra cada jornada terrícola como se abre cada féretro o cada útero, lo mismo da.

8.3.18

LA HUELGUITA

Francisco de Goya, Disparate femenino
Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. 
Mateo 6, 15-16

Si mis coetáneas quisieran de veras hacer huelga, habida cuenta de que engendrar significa producir nuevas remesas de vasallos en beneficio del régimen deudal de la economía y aportar sufridores frescos al relevo de la especie, se abstendrían de poner sus jodidos aparatos reproductores al servicio de la procreación.

Plantear una huelga de género en otros términos es protesta de similor que evidencia un gran acto de fariseísmo por parte de sus promotoras y el tamaño, no menor, de las anteojeras asumidas con vítores por las rebuznadoras que las siguen.

Todo tiene un límite, y la corrección política alcanza hoy un grado de uniformidad mental que será muy difícil de igualar en años venideros. Como hace notar a sovoz un amigo: «Es muy de agradecer que en este día histórico las mujeres ondeen la bandera de la gilipollez, aliviando a los hombres de esa pesada carga».
 
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