14.1.19

OSTINATO DE CAMPAÑA

Kevin Best, The Domino Effect
En las restricciones que se impone a sí mismo se revela el maestro.
GOETHE
Naturaleza y arte parecen rehuirse 

En aras del potingue que su propia desgracia rebosa, la especie humana no ha desarrollado todavía, ni muestra pretensión alguna de hacerlo, un límite autodefinido a su proliferación. Somos fuera de duda escasos los que en cada generación, conscientes de la yactura que supone venir a esta monstruoteca, en vez de fomentar la anosognosia que sigue habiendo en la lucha por cambiar el mundo con la intención de ofrecer una herencia menos inhóspita a la posteridad, optamos por la medida, más poderosa en sus consecuencias y coherente en sus principios, que «deja a los muertos sepultar a sus muertos» (Mt 8, 22) sin participar en el atentado, plagiario del adánico, de añadir un solo relevo inocente a este atolladero de infamias. 

Van perdidos cuantos piensan que esta tierra de malparanza puede ser nido de otra condición que la intrínseca a la marioneta, pues no es sino zaraza, un regalo asesino y fraudulento, el que aquí pone de relapso nacimiento sobre fallecimiento con la jurisdicción que la imprudencia tiene por natura sobre una progenie, de la que nadie ha obtenido jamás consentimiento, cuando los seres son sacados al albur que Calderón identificó con el «frenesí» de un sueño general donde moramos al retortero de un desvelo por desvelar. 

Hecho el trasfondo, hecha la trampa en la que caerán los que vendrán igual que fueron despanzurrándose los que vinieron. Y sabiendo, por ende, que quien crea vidas su misma muerte cría en aquellos que reciben de fayanca la espuma de su semilla, la mayor y más ninguneada piedad concebible es el respeto a los no concebidos: permitirles que sigan a salvo de la existencia que los egos armados de fertilidad se creen con derecho de infierno a imponer.

COLETAZO

Descreer, y aún más, descreerse, es el paso previo para descrear en el sentido al que, entiendo, Simone Weil apuntaba en La gravedad y la gracia: «Hacer que lo creado pase a lo increado», y que debe ser distinguido con rigor de la destrucción, «sucedáneo culposo de la descreación», porque no inflige la nada, no a-nihila, simplemente se abstiene de hacer que sea lo que no ha pedido ser.

Cuenta Heinrich Zimmer en Filosofías de la India que el mundo creado por el encadenamiento entre los deseos y sus consecuencias, Kāma, es personificado en la tradición budista por el demonio Namuci, «el que no deja ir», quien se ocupa de mantener a los seres hechizados en la persecución de sus afanes con vistas a engendrar más vida para Māra, la muerte: «Kāma y Māra, el goce de la vida y el zarpazo de la muerte son, respectivamente, la carnada y el anzuelo». Y profundiza: «A la vida en el mundo se la pinta como una angustiosa paradoja: mientras más viva, menos soportable; un mar de sufrimientos, placeres ilusorios, promesas engañosas y terribles realizaciones; en realidad, la vida es el mar de la locura de los peces, la locura de una fecundidad que se nutre de sí misma y a sí misma se devora». Elocuente alusión al pez, símbolo que ostenta el apetito en su función de pescar almas con el propósito de que el ciclo de las creaciones y destrucciones perdure. Ahora bien, si en estas rasgaduras estás, como yo mismo, dándote al sarvakarmafalatyaga o «desapego del fruto del acto» cual mono enjaulado entre barrotes cuánticos y arrebatos de éxtasis, ¡cuidado!: obstinarse en rasgar el velo es seguir enredándose en la trama del anhelo.

Eso eres también.

5.1.19

RUMORES DE EVASIÓN

Última luz de 2018 que me fue concedida.
A mis compañeras de cansancio

El uso de esclavos y criados puede haber retrasado la llegada de la automatización, pues inclu­so hoy día se ve que los organismos humanos siguen siendo los mejores servomecanismos que existen, los más baratos de produ­cir, los más fáciles de conservar y los que mejor reaccionan a las señales, antes que el robot más delicado.
Lewis MUMFORD
El pentágono del poder

Clasismo, racismo, sexismo, credocentrismo y colonialismo tienen en común la producción de diferentes regímenes de derechos para distintas categorías de personas según el imaginario cultural del grupo dominante. No importa lo que uno valga por sí mismo, importa lo que uno parezca a los supremacistas que dictan las normas y velan por preservar su parque temático de usurpaciones. De esta suerte, los rebajados por un modelo de relaciones interpersonales en el que rige alguno de esos sesgos ocupan una posición social ínfima, a medio recorrido entre el reino de los objetos y el de los sujetos. Lo sé de buena sangre porque lo vivo a diario en alma propia: en calidad de menestral, soy parte del mobiliario circundante, o a lo sumo una herramienta de servicio; así, mientras trabajo, mi condición humana, y no digamos ya mi singularidad, permanece eclipsada por al menos tres de las características que definen a los electrodomésticos de alta eficiencia energética en cuya sarta de ahíncos nadie reparará siempre y cuando funcionen conforme a lo previsto. Ni siquiera la indumentaria que uso durante la faena es la óptima para los menesteres que debo desempeñar, pero su insulsez garantiza, con toda seguridad, que mi presencia sea tan invisible, inaudible e insignificante como la de una máquina programada con el fin de realizar su tarea sin plantear el menor problema. He conocido lavadoras superiores en la estimación de quienes toman por preciosa estofa considerar al sirviente una subespecie semoviente.

Todas las perredas degradan dado su carácter de tributo a las fatigas de la subsistencia; ningún salario, en cambio, denigra a quien lucha por conseguirlo como el que une al imperativo prostibulario de venderse el empleo de la fuerza contra otros, por muy flamantes que se sientan al esgrimirla. Frente a esta desangelada forma de estructurar poblaciones confundiendo orden con tensión y alienación con corrección, la «conciencia cívica» no representa una expresión natural entre gentes bien avenidas, capaces de asociarse como simbiontes, sino el injerto de un artefacto de control manejado por los esbirros de un sistema que se ha especializado no solo en la expropiación de excedentes y en la implantación de necesidades extenuantes como medio de postergar el colapso reabsorbiendo sus desechos, pues también hace las veces de necrocracia o factoría de zombis entregándonos al proyecto caníbal de ser el presupuesto de esa fame que no cesa de engullir lo proyectado.

«Cuanto más nutras cuerpos impuros, más los dañarás», advierte un aforismo de Hipócrates. Rehusemos el pan, que lastima el cuerpo, y el circo, que envenena el espíritu. Concedámonos, descreídos del comodín de una solución, la impertinencia de no tener más razón que la potencia deprimente de los hechos: nos consta, como un pelo en la sopa boba, que el éxito es el camino más tortuoso hacia al fracaso y que cada pueblo, al igual que pasa con los individuos, labora con mayor intensidad contra sí mismo allí donde se cree mejor asegurado ante los estragos de su podredura real.

La defensa de la conciencia empieza por la verdad y poca verdad cabe en la conciencia donde aún medra el servil apego a las ilusiones. ¿Cómo es posible asirse al reclamo de una posesión inexistente? ¿Por «carecer de la facultad de alimentarse de luz» que Simone Weil situaba en el origen de nuestros defectos? «En esta sociedad —rubrica Estulin—, lo vergonzoso conduce a la fama y el pecado es uno de los instrumentos de la movilidad social». La apertura a la verdad es, en efecto, un derroche de energía cuando lo único que se pretende es triunfar o subsistir.

Quien no ame el mundo tal cual es, que no lo repueble; y quien lo ame, que se prepare para pesar fielmente sus actos en la balanza del postrer desengaño. Hasta entonces, y aunque estos cambios de calendario que ahora cruzamos sean solo convenciones, dichoso cambio traiga el año a los esmerados que intentan compensar con un eje de sabiduría los delirios renovados que agitan el puchero global. O como de justa ley declara un amigo, cuyo nome no mentaré en atención a sus cautelas, «alternemos los convencionalismos rotacionales por sapienciales giros derviches». Ejem.
 
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