24.10.11

HOMO ACCESIBILIS


¿En qué momento el futuro dejó de ser una promesa para convertirse en una amenaza?
Chuck PALAHNIUK
Monstruos invisibles


Fue Evola quien constató que tras la caída del Imperio romano se viene produciendo en la civilización occidental una «regresión de las castas» que se refleja en la transición de valores desde lo alto hacia lo bajo, de tal forma que una vez desaparecida la autoridad regia de los antiguos emperadores paganos, los criterios dominantes pasaron al nivel inmediatamente inferior de la escala social, el de la casta de los guerreros representada por la nobleza que tuvo en los feudos su corolario. Con el siguiente derrumbe tuvo lugar el ascenso de la burguesía, que corresponde a la clase comerciante, y el oro quedó ensalzado como patrón universal. El caballero cedió ante la codicia del banquero, y el derecho concebido según el uso aristocrático a la plutocracia donde la vida se aplana en mercadería, dejando subordinado a la usura lo que antes se confiaba a la jerarquía. Por último, con el advenimiento de las masas, a la crisis de la sociedad controlada por oligarquías financieras le ha sucedido el apogeo de los esclavos cuyo principio supremo es el trabajo, que pese a ser interpretado por muchos como una prostitución y eludido como un castigo, se predica no sólo como un rito económico para acceder a los altares del consumo, sino que a causa de los resortes activados por la envidia colectiva participa de los sacramentos igualitarios que debe acatar el hombre para hacerse merecedor de un lugar en el mundo. Más allá del ámbito laboral, la productividad ha penetrado hasta en el ocio íntimo como una peste compulsiva donde se cifran todos los esfuerzos y sin la cual nada se entiende ni justifica, y si se la venera entre los motivos para el orgullo también lo es de acusación y vergüenza para quien sigue hábitos menos industriosos. El ritmo apremiante de la fábrica ha invadido la vida doméstica y despoja al individuo de su medio más valioso para confirmarse: el tiempo; sin tiempo no se puede pensar, quien no se piensa carece de ser y está por nacer a la conciencia, así que el planeta bulle de seres tremendamente atareados que, he aquí la paradoja, prefieren ignorarse a sí mismos por considerar que la quietud necesaria para sondearse es una absoluta pérdida de tiempo, una labor vacía e insustancial que, la verdad sea dicha, los abocaría a reconocer con angustia, sin rescate, su falta de entidad. De manera muy explícita, el azote de nuestra época es estar parado y se pone bajo sospecha todo aquello que contraviene el precepto de permanecer ocupado; porque ocupar –sinónimo de asaltar, tomar posesión o avanzar sobre algo– es exactamente el acto que bendice al objeto y deshace al sujeto, que ha trocado su anticuada petulancia de fetiche cultural indivisible por un estado de permanente disposición y accesibilidad donde el hombre es el primero de los servicios, de modo que el cliente no es quien accede al producto por medio de una transacción, sino que la transacción es la que vivisecciona al cliente por medio de un producto. Rifkin: «Las redes comerciales de todo tipo y naturaleza tejen una red en torno a la totalidad de la vida humana, mercantilizando toda experiencia de vida. En la era del capitalismo de la propiedad, lo más importante era la venta de los bienes y los servicios. En la economía del ciberespacio, la mercantilización de los bienes y los servicios resulta algo secundario con respecto a la mercantilización de las relaciones humanas». De ahí que el culto al alumbramiento del objeto, reverso de la repugnancia por la caducidad de lo concreto, sirva de prótesis mercenaria a las impotencias del usuario y deba ser renovado en una procesión continua de identidades que rellenen la insaciable oquedad de la persona entregada al carnaval de los enseres, adminículos que al intervenir perfuman su ausencia con una ráfaga transitoria de avatares. ¿A quién beneficia esta sustracción febril, esta pasión por vivir diferido de sí que aparenta ser riqueza por adición? Más que debilitarse, los vetustos vínculos de servidumbre se han perfeccionado en un sistema de sumisión sostenido por vínculos crediticios mediante los cuales la población colabora con su explotador al acomodarse bajo el yugo de una ilusión comprada a plazos, pero si en el pasado el señor tenía que cuidar de sus siervos como de cualquier otro recurso indispensable de su hacienda, en el presente cada uno está expuesto a la irresponsabilidad de los caudillos invisibles que, sabiendo que sobran piezas de repuesto, aceleran el movimiento de las gentes en busca de un mercado perpetuo que les depare un crecimiento infinito, pues el dinero, al igual que la sangre, se coagula cuando no fluye y, al cabo, se reseca.

La tensa y casi concupiscente escena de combate representada en El dragón devorando a los compañeros de Cadmo es obra de Hendrick Goltzius, considerado como el mejor grabador nórdico durane el barroco.

7.10.11

OPACIDADES MUTUAS




Era aterrador, y al mismo tiempo maravilloso, vivir sin la ayuda de nadie, sin credo, y sentirme completo y seguro conmigo mismo. «Solo contra la humanidad». Aquella expresión era tanto una presunción como un lamento.
Edward BUNKER
No hay bestia tan feroz

El sexo, que me encanta más por sus improvisaciones desenfrenadas que por sus redundantes razones fisiológicas, no siempre consigue mitigar la sensación teatralizante de ser una distracción imbécil en la que los sujetos implicados juegan a creerse excitados por mezclarse entre sí mientras puedan seguir a salvo de lo necesario para emprender el vuelo de la identidad a través de los espejos carnales; sujetos abiertos, perfectamente lubricados y disponibles en cada centímetro objetivo de piel, pero intactos e inaccesibles en el alma, cuyo hogar permanecerá incomunicado pese a la entrega íntima de los sentidos, y brillará en pleno arrebato de éxtasis como una estrella aislada del mundo por una distancia inalcanzable.

Mi primera elección fue Los amantes de Magritte. Como se trata de una imagen bastante trillada por la cultura de masas, he optado por El beso de Peter Behrens con su líquida estética modernista o jugendstil según el decir de un prusiano.

3.10.11

FECUNDACIÓN DE LA PARODIA


Mejor es el buen nombre que el oloroso ungüento, y mejor el día de la muerte que el del nacimiento.
Eclesiastés 7, 1

Escribo esta ocurrencia con trazas de invectiva sin la tarea de pensarla más allá de lo que exige su exposición conforme a las reglas gramaticales, aunque si lo hubiera hecho tampoco habría cambiado mi opinión: solo la hubiese extremado...

No puede uno eludir la responsabilidad de su incoherencia al declararse detractor de la pena de muerte y al mismo tiempo defender el derecho a reproducirse, ya que forzar la manifestación de un ser con el nacimiento supone castigarlo con pena de vida –a menudo equivalente a una vida de pena–, y entre esta encarnación involuntaria y la imposición del fallecimiento, la diferencia radica más en una cuestión formal que en un planteamiento sustancial de la existencia como problema contagioso del que todos somos portadores conscientes; cuestión de forma más que de fondo, como decía, porque viene determinada por el plazo de caducidad –abierto a lo azaroso en un caso, fijado por un tribunal en el otro– pero deja intacto el sentimiento original de desamparo ante el asedio constante de los acontecimientos y el deterioro fugaz de la identidad.

La rebelión completa exige refutar la validez de aquello contra lo que se alza, salvo si se trata de un componente básico de la condición humana donde a lo sumo cabe movilizar, y no sin florituras de dificultad, el cuño de la ironía, tal como propone este apacible elogio de la tragedia en el aguafuerte La mort basculant un enfant de Charles Jacque, a quien no debemos confundir con su compatriota Jacques Charles, el primer hombre en realizar un viaje a bordo de un globo (aerostático, no de marihuana).
 
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