18.4.19

EDADES

Lukáš VeselýCholupický dub
No es culpa nuestra el haber tenido, desde la partida, la cara de quien regresa.
Guido CERONETTI
Aquilegia

No son los signos exteriores del deterioro lo que más estropea a la gente mayor, sino la adhesión a tomarse las cosas tan en serio como los jóvenes sin haber considerado que los errores excusables a una edad prematura delatan necedad cuando subsisten en la edad madura.

Estar en armonía con la experiencia de la propia fugacidad, asumir con galanura que entre la estela de lo vivido y la imagen que representa cualquier discrepancia interior indica inmadurez, es una clase de belleza que florece tardíamente y solo las almas de amplio recorrido saben estimar como una lozanía más verdadera que todas las mocedades caducas de la apariencia.

15.4.19

LARARIO

Ignacio Palacios
Lo sublime es el eco de un alma grande.
LONGINO
De lo sublime

«Tan grosera se ha vuelto la realidad que sólo el esperpento se aproxima a describirla con fidelidad», nos dice el desencanto. ¿Y miente acaso la intuición cuando, a propósito del desencanto, ilustra que sólo a quien descubre la morada inmutable en la mudanza de las cosas se le abre la mirada al reflejo del alma en el vacío?

Un puñado de tierra no enturbia un océano.

16.3.19

TIRANDO A NADA

Mr. Natural, de Robert Crumb, recreado por Esteban Hernández
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado 
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación,
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas. 
José GOROSTIZA
Muerte sin fin

Para comprender la naturaleza de la realidad se requieren razones que la realidad no facilita. Invocar a las potencias soterradas del alma es un modo de obtener respuestas sin tener soluciones. Porque no las hay.

En estados ordinarios de conciencia, que en la variegada extensión subjetiva tienden a ser los de mayor asiduidad, la mente ejerce una ablación de los sentidos —más aún de los sentidos sutiles, como la apreciación de sincronicidades— que simplifica la masa de datos provenientes de la realidad y la convierte en un medio aceptable de vida, en un objeto de dimensiones acatables hasta lo tedioso. Como resultado, quien así percibe habita un mundo atenuado, una vestíbulo de esbozos y umbras.

La búsqueda en ese mundo rebanado de un apoyo en los dioses no está reñida con la dedicación al conocimiento, pero asaz adversa a la sabiduría es la carga que el ánimo toma sobre sí cuando necesita creer en alguno. Desde un ángulo mortecino de visión como el teísta, Dios es el sumo macarra de un cosmos donde el alma está forzada a prostituirse en todas las formas concebibles de substantividad y a padecer castigo de hervencia en cada creatura. Desde la óptica animista, en cambio, la divinidad y el alma universal son una sola experiencia que se transfigura en múltiples niveles y facetas a través de su periplo por la eternidad del instante. El primer enfoque cosmogónico apuntado exige doblegarse al absolutismo del Coime, al que le importamos menos que estirar la bribonada que nos hace rehenes de su garito como glande en fimosis, mientras que el segundo ofrece la grandeza numinosa de distribuir entre los seres un valor epifánico, libre de la heteronomía que grava el otro sistema, sin por otro lado dejar de alentar la recaptación de la belleza que puedan producir los quiméricos juegos de la realidad, muy en disparidad con el resentimiento infinito, ansioso de redención, que los devotos del Monstruo consideran calimbo de lo viviente.

La más exacta denotación de belleza, «lo que no cabe querer cambiar», me la ha obsequiado Simone Weil. En cuanto al concepto más plástico al tiento de la detonación hecha realidad, lo he reubicado en mí como un efecto secundario de Pessoa, quien quizá lo embridó a partir de la conocida fábula de la mariposa de Chuang Tzu, y no es otro que la condición en que la materia envidia al sueño. Alcanzado este punto de aproximación a lo incognoscible, es dable colegir que la atención lanzada al éxtasis halla el tope de su presencia en la ausencia cuando contempla la estancia en los hechos como un sueño salido de mater que se resiste a despertar; un sueño tan renuente a los desvelos como para remedarlos a la perfección, y tan volátil que por cada detenimiento abre el abrazo mortífero de un fulgor ante el cual el soñador más cerciorado de andar en la vigilia se tambalea, abandona el anclaje de sus certidumbres y siente que destoca fondo a medida que la irrupción del estupor lo desplaza hacia la irrealidad.


Óbito sin fin y alumbramiento sin principio, ¿puede darse horror más hermoso, más gozoso rebote en la desaparición? «Darnos cuenta de que el yo que creemos ser es ilusorio —escribe John Gray— no implica que tengamos que ver otra cosa a través de dicho yo. Supone, más bien, rendirse a un sueño. Vernos a nosotros mismos como productos de la imaginación supone despertar, no a la realidad, sino a un sueño lúcido, a un falso despertar que no tiene final». Unos tras otros, sueño en el sueño, cascarones rotos… ¡Qué rimbombante sandez! ¡Tener que despertar para saber que no se existe!

Y el alivio imposible después del impasible haber que a boca de costal vuelve a hacerse nada; alivio en poso y dolor todavía cuando constato agostada la floresta interior, cuando recuerdo dónde hubo duende que versara la nulidad de siempre con un talento que hoy, aquí, encuentro perdido.

15.3.19

LAS TRES GRANDES FALACIAS

Netsuke que representa a los tres monos sabios
Ni las cualidades sociales, ni los efectos benévolos, que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir con la razón y la abnegación, son el fundamento de la sociedad; sino que lo que nosotros llamamos mal en este mundo, mal moral o natural, es el gran principio que nos hace criaturas sociables, la base sólida, la vida y el sostén de todos los negocios y empleos sin excepción; y, por consiguiente, si el mal cesase, la sociedad se encaminaría hacia su disolución.
Bernardo de MANDEVILLE
Fábula de las abejas

Las tres grandes falacias de las sociedades civilizadas son el timo de la producción laboral, el enredo de la reproducción genésica y el tinglado de la postproducción de un sentido generalizado de la realidad, favorable a los condicionamientos operantes que le otorgan poder de impregnación cognitiva y persistencia histórica, frente a la heretica pravitatis introducida por los disidentes que cuestionan la necesidad de trabajar, la moralidad de procrear, la veracidad de la cultura vigente y la conveniencia de realimentar cualquiera de esos circuitos para otra cosa que no sea multiplicar las calamidades, efectivas y potenciales, de la humana existencia.

El humano es por naturaleza el animal más indigente del mundo y el más abocado, en consecuencia, a inventar mundanidades; un animal hecho de necesidades e ilusiones que corre el riesgo de engañarse acerca de su lugar en la biosfera si como punto de partida añade a su miseria original la insania de creerse en la cima de la evolución. No es poco digna de atención que entre los homúnculos dispuestos a centrifugar el alma para prosperar en el mundo de las supercherías compartidas y los animales centrípetos cuyo canon tiene la desnudez del séptimo rayo, la discrepancia solo pueda ser nuclear, luego inconciliable.

¿Cómo no va a llegar la inteligencia desasida de los mitos convencionales a la conclusión de que el adulto es un niño atrapado en el delirio de haber tomado demasiado en serio lo que empezó siendo un juego? ¿Tanto esfuerzo cuesta comprender que la criminalidad de quien se alza contra los perjuicios derivados de esas trampas consiste únicamente en haberle puesto a ese niño ensoberbecido un espejo delante a fin de recordarle cómo dio comienzo su desvarío? 

8.3.19

GLOSA ISONOMISTA

Más en Jakob Rüff, De conceptu et generatione hominis 
¿Cómo consiguen las mujeres inspirar a los varones ese sentimiento de felicidad que experimentan cuando trabajan para ellas, esa consciencia orgullosa de su superioridad que les espolea a rendir cada vez más?
Esther VILAR
El varón domado

Sin ganas de armar otra exégesis lexicográfica, y aún con menos humos para armarla —como la ocasión merece— contra quienes desde las ramas del verbo se aferran al sesgo del género creyendo asir con él todo principio moral, encuentro por los márgenes del asombro una razón válida que cualquier persona inteligente podría aducir en amparo de objeciones mayores cuando tropiece en el lexicón realacadémico con la semántica de «feminismo», voz que allí se define en primera acepción como «igualdad de derechos entre el hombre y la mujer», lo que invita a plantearse una lectura adicional: ¿qué pasaría si, mediante una acción recíproca, alguien propusiera alternar el uso de ese vocablo con el término «masculinismo»?

A efectos de una superación complementaria de estas rivalidades empobrecedoras, la opción en verdad cabal consistiría en aportar una palabra neutral, inclusiva e incluso transversal a ambos géneros, y he aquí que no será menester urdir neologismos ni tender la propia lengua como alfombra roja a la intrusión de barbarismos porque ese vocablo idóneo existe y data de un concepto nacido en la Hélade: isonomía, que significa igualdad ante la ley, sin restricciones de sexo, clase, nivel de renta u otras contingencias en virtud de su etimología, compuesta por el prefijo iso-, igual, la raíz nomos, norma incardinada en la costumbre, y el sufijo de cualidad -ía. Helena, una de las eruditas que hay detrás del Diccionario etimológico español en línea, explica que «entre los griegos ἰσονομία se utilizó algunas veces casi como sinónimo de democracia. De hecho suelen caracterizar el sistema democrático por tres rasgos: isonomía (igualdad jurídica, ley igual para todos), isegoría (libertad de expresión, igualdad de condiciones para hablar y discutir en el ágora, en la asamblea) e isocracia (igualdad de condiciones de acceso a los cargos de poder)». Nada que ver, por otra parte, con la superstición que da boga a los gobiernos parlamentarios desde que los tronos endogámicos quedaron demodés.

Al feminismo supremacista, que hoy parece haberse adueñado de las reivindicaciones con forma de mujer en el ámbito de la cultura de masas, lo adecuado sería denominarlo «hembrismo» en justa paridad con el «machismo», así las pugnas que mantienen por la alfalidad del establo resultarían empatadas en la bajeza que comparten como fuerza aglutinante. Y por ende no se tema cavilar, a partir de esta apostilla, acerca de la utilidad que tiene la «guerra de sexos» para consentir al Estado nuevas atribuciones sobre las vidas privadas, para que las relaciones domésticas sirvan de foro a la inspección ideológica y, por supuesto, para soslayar la atención debida a la lid natural que se libra, en todos los órdenes de coexistencia, entre los brutos que siguen las consignas como mandamientos y los lúcidos que oponen a la estulticia común un pensamiento orientado a esclarecer, no a enardecer, las causas de las pasiones involucradas en los conflictos sociales.

5.3.19

LA SIMA EN LA CIMA

Fotografía de Georges Gobet
El actual pico en el número de seres humanos puede tocar a su fin por una serie diversa de razones: el cambio climático, las enfermedades de nuevo cuño, los efectos secundarios de la guerra, la espiral descendente en la tasa de nacimientos o la combinación de todos estos factores y de otros todavía desconocidos. Sea lo que sea lo que ocasione su final, nuestra especie es una aberración.
John GRAY
Perros de paja

Ninguna historia es más paranoica que la mera consumación de los hechos contra cualquier entresijo conspirativo de la voluntad de poder, y esa es una crónica desapacible que evidencia, entre otros desastres profetizados, cómo el ser humano, en vez de hacer gala de una inteligencia soberana, ha llegado a extender sus complicadas memeces por doquier hasta constituir, en palabras de James Lovelock, una Primatemaia disseminata, una plaga o infestación de primates. Huelga decir que aportar ejemplos de este pululante fenómeno sería, por mi parte, una imbecilidad que ningún lustre daría a la que ya erijo como homínido criado con redundantes raciones de cereales, gaseosa y televisión. Sí, un asco.

Materia de fe, no de ciencia consciente de la inconsistencia del mundo real, es creer que uno puede ser dueño de su destino. Tanto si la aparente fuerza de este artículo de fe deriva de lo maravillosamente dotado que uno se sienta como de considerar a los fantoches humanos superiores al resto de la fauna en lo que no es sino una versión secular, humanista, de la creencia cristiana en la salvación personal, cabe conceder al postulado la misma autoridad que tiene la creencia en el diseño alienígena de nuestra especie frente a las combinaciones aleatorias de genes que intervienen en los procesos orgánicos que los positivistas del error, blandiendo un delirante sesgo de progreso para referirse a este sistema caótico de cambios, insisten en denominar «evolución». Más sentido habría en acusar a la mano negra de la Providencia de estar obrando con enmascarada socarronería tras el mosaico mutante de los azares que proponer al Homo sapiens como pináculo del reino animal. Somos artilugios ensamblados por antiquísimas colonias bacterianas cuyo número supera al de células que componen los organismos donde se integran; incluso estas células, como es sabido, funcionan gracias a orgánulos que poseen un genoma independiente, las mitocondrias. Nuestros cuerpos deben su efectiva sinrazón de ser a una tecnología que compartimos con el resto de las criaturas vivientes, un legado que apenas conocemos pese al sentimiento animista arraigado en las intuiciones que hemos abandonado en beneficio de mitos redentoristas (desde los fundamentalismos teocráticos al fanatismo de la opulencia) y obnubilaciones gregarias (desde la iracundia de los amasijos patrióticos a la tribalización deportista). La desaliñada verdad, indiferente a las opiniones de sus comparsas, es que necesitamos a la biosfera más de lo que ella nos necesita y que nuestro exitazo ocupando el planeta como si fuera nuestro lagar ha provocado la devastación de imponderables formas de vida, aunque ha de señalarse que ninguna civilización, por titánicos que sean los desatinos inferidos de combinar voracidad e inventiva, sería capaz de acabar con el canallesco impulso vital si entre sus pretensiones albergara la iniciativa de debelarlo en la Tierra mediante una canallada mayor.

Cuanto más mire uno a sus coetáneos arramplando con lo que más les gusta o no absteniéndose de hacer lo que más los deshace (actividades a menudo indistinguibles allende el sieso que las excreta), más arduo le resultará refutar la impresión de que la maquinaria natural cuenta con recursos excepcionalmente aptos para seleccionar como candidatos a los ejemplares más burdos de cada casa: la parida social se reconstruye con los parias de cada parida. Pero al igual que sucede con cualquier otra fiera proclive a volverse invasora (llámese rata pestífera, garrapata sobaquera o fornicario opusino), el crecimiento epidémico de la población humana no se prolongará de manera ilimitada sin que su propio desmadre decline en un justo revés de los efectos de su expansión. Por lo pronto, el desenlace aún está lejos de generar consenso entre las previsiones que los estudiosos barajan, y puesto que las Erinias son indisolubles de los escenarios que pinta monicaco a monicaco la tragedia, parece menos probable el pronóstico de alcanzar una relación simbiótica con el medio ambiente que el advenimiento de la nueva era geológica anunciada por el biólogo Edward Osborne Wilson, la Eremozoica o Edad de la Soledad, caracterizada por un empobrecimiento biológico del orbe que los muermos del futuro podrán presumir de haber conservado… en los estrictos confines del entorno renqueante que mantenga su espejismo de vivacidad.

3.3.19

CUESTIÓN DE ESCÓPICA

Guim Tió, Iceberg, Moon and Girl
Los dioses solo conceden la sabiduría a los decrépitos, porque si alguien uniese a ella la juventud y la belleza se haría más fuerte que los mismos dioses.
Francisco CHAVES GUZMÁN
La tragedia de Hipólito y Fedra

Irónica disposición representan las pasiones humanas ante la inteligencia capaz de abrirlas en canal, y entre las muchas convulsiones que los posesos encarnan para escarnio de sí mismos y de la especie, pocas revelan mayor insensatez que el deseo de una larga vida dedicado a quien amor inspira, acaso equiparable en inconsecuencia al afán de aniquilación que los transidos de venganza incuban contra sus ofensores, ¿pues qué amor, sino uno emponzoñado, prefiere la decrepitud al desenlace tempestivo? ¿Y qué odio, sino uno de pacotilla, puede ser satisfecho con la muerte toda vez que el deceso, aun impuesto en alguna de sus horribles versiones, comporta un alivio definitivo?

De la misma forma que el sañudo desbordado quiere vivo a su enemigo con el propósito de que apure el sufrimiento de la carne hasta las zupias, ninguna amorosa ofrenda es más pura, ni quizá más incomprendida, que la de quien hace suya la renuncia a asestar vida a otro ser porque conoce, a gravedad cierta, las cuitas que la venida a este mundo conlleva y nada, salvo la nada previa, tiene la virtud de remediar.

21.2.19

DOS MIL Y PICO: UNA ODISEA SIN ESPACIO

Jeremy Geddes, Ascent
¿Qué cosas será posible integrar y qué otras será posible subordinar? Mal trueque ha hecho el que al conquistar el dominio del mundo ha perdido la libertad en su propia casa.
Ernst JÜNGER
El nudo gordiano

No por casualidad, el ambicionado idilio de exploración a ultranza que fijó su objetivo en otros cuerpos celestes experimentó su mayor impulso cuando afloraba, a ras de mundo, la evidencia de los límites del crecimiento de la civilización. Tal fue el punto de fractura donde se hizo patente que los prebostes de las naciones con capacidad de jaquear al resto y su séquito de expertos estaban dispuestos a desdeñar su responsabilidad a cambio de invertir en proyectos que muestran al observador desprogramado visos de haber funcionado en respuesta a una tentativa: la de zafarse de las consecuencias calamitosas del progreso, aunque a la sazón no solo mediante la huida hacia el traspiés que promueven la aceleración bélica de la industria y el trucaje fiduciario de las rentas, que de cualquier manera implican mal por mal, sino buscando además un efugio fértil fuera de órbita, a salvo del pesebre terráqueo saboteado por una especie que parece tan obstinada en convertirse en el vertedero literal de sus fantasías megalómanas como en no cubrirse de rubor bajo el título autoasignado de «sapiente».

Cual si fuera el fruto maldito de una ironía remozada en virtud de resonancias míticas, cada conquista que el ser humano emprende merced al poder de la técnica se traduce en que este, o sus protuberancias criminales, determinan los siguientes giros de su fatalidad. A favor de esa ironía rueda el descalabro ecuménico sin pausa hacia derroteros nada halagüeños por la estrada de la domótica, como el habido en la bien fundada sospecha sobre el trasfondo real de las aventuras siderales. Capitaneadas por las agencias que se ocupan de escudriñar el entorno extraplanetario, aparte de dotar de una excusa de proeza al despilfarro económico, la lectura crítica de sus planes indica que nunca han perseguido como prioridad la colonización de los astros más próximos, ni soluciones ingeniosas al problema de atravesar las vastas distancias interestelares en intervalos de tiempo asumibles. Por el contrario, su principal cometido sería el desarrollo de modelos artificiales de subsistencia para que el abollado antropoide de las postrimerías, alojado en colonias subterráneas, pueda aclimatar su obsolescencia a un ambiente hiperacondicionado y ultracontrolado una vez que el forro de la Tierra se manifieste en extremo hostil a las condiciones que habían cobijado nuestra odisea evolutiva. En estas sofisticadas infraestructuras futuras los habitantes, según presagió Mumford, «pasarán su existencia como si se encontraran en el espacio exterior, sin un acceso directo a la naturaleza, sin sentir el paso de las estaciones o la diferencia entre el día y lo noche, sin cambios de temperatura o de luz ni contacto alguno con sus congéneres, excepto a través de los canales colectivos que se hayan habilitado a tal fin». 

Embutido de lleno en el papel devaluado de estrella cósmica de la creación, surgirá en el vientre venidero el hombre encapsulado, el tecnonauta, como arquetipo del simio posthistórico; un ser extirpado incluso de sus posibilidades de relacionarse consigo de forma natural, reducido a vegetar como un feto en una cavidad custodiada por un ordenador central, realimentado con la papilla procesada de sus propios excrementos y obligado a viajar hasta el óbito, sin mejor deriva posible, por el circuito de una presencia confinada dentro de un complejo biónico que, en síntesis, no dejaría de incubar sujetos en permanente estado de excedencia vital. No es forzada la comparación, ni un recurso sacado de la mera coincidencia, que la realidad virtual, indispensable como dispositivo de soporte experiencial en esas circunstancias de regresión embrionaria, comparta con los trajes espaciales de los cosmonautas la necesidad de fundir el organismo a una escafandra de la que los espacios simulados de abducción cibernética, que hoy visitamos como pulgones de las pantallas, no representan más que un preludio de los compartimentos estancos destinados a minimizar la individualidad a base de cuidados intensivos. Conecta asimismo con este anticipo de la accesibilidad total la cultura de simplismo y malacrianza que contagia nuestro presente, pues en lugar de fomentar que los niños maduren pronto el Nuevo Orden Mecanomental exige que los adultos se infantilicen en manejable complacencia de hato.

Si la llamada de la selva irradia todavía su encanto a los transeúntes de este vigesimoprimer siglo de microprocesadores, jaulas urbanas, fumigaciones aéreas y arboricidios, la otrora viable emboscadura de extramuros ha de satisfacerse penetrando a fondo en las inexploradas galaxias de la psique. ¿Qué misterioso equilibrio trastornado procura restaurar de esta suerte el alma que ha sido ultrajada por la invasión masiva de la técnica? ¿Es demasiado tarde para emitir un pronóstico propicio a las dimensiones vulneradas por el avance formateador de la barbarie y la presión demográfica?

Ojalá los fracasos colectivos, cuya entropía se multiplica generación tras generación, fueran contemplados con el mismo interés que los éxitos particulares cuando se trata de esclarecer las claves que la sociedad debe evitar como aberraciones o estimular como atributos de talento. Situar la automatización al final en vez de al principio de un proceso, como pretende hacer la tecnocracia con la humanidad, es pervertir el sentido de la evolución a costa de infligir lesiones irreparables a las funciones superiores de la actividad encefálica, que en la actualidad ya se siente condenada a dar lo peor de sí en un molde donde el granujo, el coltán y las pitanzas liofilizadas se aúnan, junto a una miríada de errores deliberados, como sucedáneos de la plenitud. 

12.2.19

TIEMPO DE CHIRIBITAS

Página 186 del Thesaurus anatomicus de Frederik Ruysch
Estar integrado era ridículo; volver a ser aceptado era inimaginable; pertenecer, el infierno sobre la tierra.
Peter HANDKE
El momento de la sensación verdadera

«Muero, luego existo», proclamó a modo de enmienda cartesiana a la mismidad el tanatólogo Hermann Burger no mucho antes de autosurtirse de muerte en la foresta de las determinaciones. En fiera consonancia, y me asombra que no se glose más, los condenados a fingirse contentos mientras dan coba a la actualización del maleamiento de la especie, esos que tanto insisten en aumentar el volumen de desperdicios vivientes con las secuelas genéticas de los que acaso fueran en tiempos primates de respeto, arrojan al tuntún su excedente de lechigados como si las implicaciones del axioma «me reproduzco, luego mato» no fuera con ellos. 

Con todo, y sin perjuicio de lo expuesto, aún más vergonzosa que los regueros de ojiva y compañón paridos por tales gorrinazos de dos zancas, y no menos remarcable en su acción detrítica que la redundancia ovulolefosa de sus coyundas, cae a plomo la indecente escasez de imaginación que evidencian al fabricar bebés por bobalicona distracción, como si creerse adanes y evas del último desdén fuese un juego jarifo, loable en afectos y en efectos, o los belenes de alfeñiques a que dan traspié sus maripepeces no hicieran bulto de guerra en el apretado vagón donde, a máquina dopada, somos acelerados derechitos al abismo.

Hagan sus puñeteros experimentos de estilo sobre papel —o en píxeles si sufren de remilgos hacia el tacto de la celulosa—, no con carnes destinadas a secuestrar almas.

11.2.19

ACOTACIÓN A LA ROJIGUALDERÍA EN EL SIGLO DE DESDORO

Quería comerle el espacio un servidor público retribuido mensualmente para defendérselo.
Santiago LORENZO
Los asquerosos

No escamotearé verdades con paralogismos políticos ni zarandajas históricas, pues a tal fin contamos con expertos nubladores adscritos a partidos políticos, audiciencias teleinvasivas, periodicuchos de dos más dos cinco y foros de garañones. A la hogaza hay que nominarla por lo que ha devenido hogaño, no alimento sino bocado descerebrante, y al bebercio fermentado de la parra no vino, sino marchó, a tenor del eclipse que los multitudinarios cofrades de grial diario escancian en sus mentes, como por otra parte ocurre en cualquier otra comunión instituida con el devoto ahínco de privarse de seso.

A ojos de este mismo rigor de periscopio diviso que en el cortijo español, donde cunde por democrático ejemplo la sobreatención a lo irrelevante a costa de desatender lo primordial, cohabitan con hediondez mutua tres tipos básicos de personas: los que piensan por sí mismos (minoritarios por naturaleza y nada -istas por ilustración), los que embisten (la masa clínica de gente ahormada o normal, apresable y apesebrable a cambio de una hamburguesa o güifi gratis, esa «mochufa» de Santiago Lorenzo que para mí ha sido siempre la vergüenza farfollona de nuestra especie, la «puta cáncana») y los que se creen más listos que el resto por concitar a los embestidores, tan lidiados estos en las faenas de proporcionar réditos crónicos a sus apoderados como redundantes son los avispados haciendo don de baldón, prosapia de hijoputez, razón de Estado de la canallada corporativa, proxenetismo patronal del ajeno abatimiento y cepo legal de los sablazos asestados al común, en piratesca comandita, desde alguna talanquera de mando. 

No me engaño: sé que este recuento de tipos quedaría descogotado si mi esquema, inventario de pálpito priado, incurriese en un despiste de lesa majestad. Garrafal desacato sería echar fuera de la mención al capo capón y su consorte recauchutada, áulicos garantes de que tamaña disfunción nacional marche, como hasta ahora, en intocable y muy católico amor a la felonía.

5.2.19

PÍXIDE AQUÍ, LEJOS DE TODO, RANCHO DE MÍ

Folio 13v del Beato de Sain-Sever (MS Lat. 8878)
Los locos hacen descubrimientos que los sabios explotan.
Herbert George WELLS
Una utopía moderna

Bien a la inversa de lo que arguyen los hombres triviales que tanto gustan de brasear sus pasiones en la grey, a un espíritu señero no le pesa la gravidez de las soledades donde ha puesto un regazo de silencio para recoger el fruto de sus estudios, panteísmos y contemplaciones, ni le dañan las renuncias que ha hecho suyas a fin de otorgar más concordancia a los sentidos acrecentados que, de otro modo, habría de cercenar en aras de las infinitas exigencias de la mezquindad hiperpoblada. Pródigo, empero, es el sufrimiento que le suscitan las dudas acerca de su propia valía, y tenaz, como mancha indeleble de fuel, su pesadumbre por la devastadora polución de tiempos y espacios que la mayoría social, la del contrato ídem, extiende haciendo del mimetismo un estado de sitio frente al cual el poder de las desafecciones individuales a menudo se siente desbaratado.

Quien no teme ir demasiado lejos en el viaje a través de la interioridad acaba empotrándose de lleno en lo sagrado, y entre otras confesiones que acaso sea urente sacar de su inefable verdad de explorador ensimismado, ese espíritu anacoreta que hemos bocetado tomando de la lejanía su medicina, ronronea para sí mientras esteza su flacura con el frío de la mañana: «Que no te domine la tristura ante la pululación de bajezas y las mutantes barbaridades azuzadas por doquier, solo es el humo de un incendio que nada te puede arrebatar ya, a ti que todo lo has desatado, ni tampoco te posea la frivolidad de despreciar el horror alegremente, como cosa vana, pues en la dosis justa no es de menor ayuda en el entrenamiento de la veta más noble de una naturaleza sensible; la veta de alma que, siendo exactos, nunca ha querido estar aquí y sabrá exhalar sonriente el ombligo donde fuere menester hallar su sino».

Bienaventurados los que llegan a no ser, porque a ellos se les concede el mayor de los respiros, y divinos los que no llegan a ser, porque a ellos ni siquiera se les concede, como a nosotros los precitos, el cadalso a sorbos de tener que respirar hasta el último alelamiento.

3.2.19

ENTRE LO SUBLIME Y LO SUBLIMINAL

Alex Grey, Net of Being
Adoramos la perfección porque no podemos poseerla; nos repugnaría si la poseyéramos. Lo perfecto es inhumano, porque lo humano es imperfecto.
Fernando PESSOA
El libro del desasosiego

A expensas de la atrofia mental que auspicia su conducta, para el sapiens pedestre, uniformado hasta en el disfraz moral con que cubre su joroba de fobias, nada es más lógico que tachar de orate a quien experimenta percepciones que rebasan sus registros domésticos sin atisbar incongruencia alguna en seguir llamando «sueños» a las alucinaciones que cada noche lo asaltan y nadie, ni siquiera él mismo, comprende.  

Aunque soñar sea también un sonar al que recurren los sentidos en sus modos de comunicarse con las capas proteicas de la realidad que los estados ordinarios de consciencia no alcanzan ni a columbrar, no puede uno haber soñado que se despierta y actuar en las vigilias sucesivas desdeñando las grietas de su arquitectura como si la más reciente desvelada fuera la concluyente, la neta, salvo por militancia utilitaria en una presunta normalidad o deserción cognitiva ante el asedio de la incertidumbre; el efecto, en ambos casos, no difiere en la incapacidad del sujeto que encuentra execrable, a falta de mejor reacción, penetrar en ese domo. 

El corpus de una ensoñación envuelve al precedente de igual forma que es envuelto por el siguiente a lo largo de una serie de escalas donde invención y percepción, imaginación y sensación, componen simultáneamente la estructura de la vivencia. Por arriba y por abajo, sin embargo, es tan absurdo establecer límites definidos como apegarse al afán categórico de retener los habidos entre forma y contenido, causas y efectos, exterior e interior, después de que hayan estallado los embastes de sus primeras apariencias.

Si se aspira a una sola aproximación a la verdad, ha de ser tal que abarque cuantas dudosas variedades de conocimiento produzca la experiencia en los giros que dilucida alrededor de sí misma como haz y como envés del tapiz, de la maleza enigmática de su ser.

Las más graves, pero también las más hermosas responsabilidades, crecen dentro del psiconauta que intuye, al contemplar la unicidad que ensambla cada peldaño de su existencia, que la naturaleza del tiempo y de los sueños ofrece a nuestras dotes una calidad intercambiable.

2.2.19

DE LA UBICUA GARATUSA

Stanislaw Szukalski, Orangutang with a chain
En tiempos aristocráticos lo que tiene valor no tiene precio; en tiempos democráticos lo que no tiene precio no tiene valor.
Nicolás GÓMEZ DÁVILA
Escolios a un texto implícito

Ante la emergencia de los hechos que eluden ser descifrados, el ojo público desenfoca con la misma facilidad que la lengua corporativa miente al servicio de las trampas de siempre, sofisticadas hoy como lucrativas versiones de enredo pronominal en el complejo de producción, reproducción y postproducción de la piña humana. El individuo ha devenido empresa renovable por antonomasia de su propia obsolescencia y la peligrosidad de cualquier proyecto cargado de repercusiones sociales crece, por consiguiente, en proporción directa a su vinculación a los centros de mando, las industrias extractivas y los laboratorios de investigación supeditados a los cuarteles generales. La rapacidad del siglo engloba hasta las supuestas divergencias que lo resisten, y no temer confluir en un bullaje sin retorno de meneadores de datos no es aval de sentido, sino inequívoco síntoma de haber sido disuelto en el disvalor de la más grosera rentabilidad.

Mediatizada por la tecnología, la comunicación ha pasado de ser un intento de entendimiento mutuo a un proceso de permanente vivisección e imperativa opsonización cuya finalidad intuible excede las lecturas de signo agorero que derivarse pueden a partir de las trepanaciones etéreas que impiden mirarse los párpados como a uno le gustaría. En vez de cultivar desde las aptitudes verbales, anímicas y gestuales un clima de empatía que críe y rescate confianzas, igual o más que otras nobles disciplinas como la expansión erótica o la expresión musical, con ritmos dilatados de asimilación mutua, intervalos de silencio reflexivo y juegos de perspectivas combinadas que se abran paso a través del bosque de significados alternando acercamientos y distanciamientos, hoy más que nunca se pone en evidencia que lo promocionado como bueno tiende a ser, por necesidad, tan feo e inflacionario cuanto falso y enfermizo.

El emblema de una experiencia acorde con la marcha de los tiempos es la devaluación sistemática de la belleza, de la verdad, de la inteligencia y de la atención en todas sus formas conocidas, especialmente si ofrece pruebas benignas de vida equilibrada y despierta. Es este un quilombo donde rige un canon invertido que ha convertido en bien supremo la extrema malevolencia de una barbarie personalizada, así como los apremios carentes de discernimiento en un culto monolítico a la visión más nublada y contagiosa de las cosas.

1.2.19

EUGENIA Y SUS TUTORÍAS

Auguste Levêque, La Parque
La vida no es un argumento. Entre las condiciones de vida podría estar el error.
NIETZSCHE
La gaya ciencia

Eugenia no parece en modo cierto una réplica de la chochona de Willendorf pese a ostentar en semejanza hechuras de copiosa paridora que se advierten, más eclipsadas que realzadas, bajo un embozo de mantecas cuya estructura inconsistente, sin llegar jamás a derretirse, son la causa de los sudores que al menor esfuerzo empapan, alrededor de umbrales estratégicos, el embutido con que abandera, so pretexto de vestidura, su muy discutible noción de gusto en lo que a elegancia atañe. Además de ayudar a reponer con sus hambres insondables, que la ponen puntualmente al borde del desmayo, la bollería de aspecto inofensivo que la cantina abastece a los yonquis del azúcar, tiene Eugenia a su cargo impartir la asignatura de valores, o comoquiera que ahora llamen los docentes a las salmodias destinadas a lograr que quienes brotan únicos se vuelvan pasto de otras bestias.

Dilatando lo dilatable, Eugenia engulle igual que fecunda: con bulimia. Todo lo demás es un afán secundario para ella no obstante sus desvelos por disimular algunos defectos que la contrarían. Nadie atinaría a concretar, por ejemplo, si las preseas coruscantes que porta y los perfumes caros que escancia sobre sus volúmenes con sofocante dispendio son, en el fondo, un dispositivo de distracción para ocultar a los sentidos del observador sagaz otras sufridas muestras de los efectos que en su organismo produce una estiptiquez recalcitrante. Sus heces, privadas de la frecuencia y cantidad adecuadas de desalojo, rebosan en ella por las vías delatoras de los forúnculos, las flatulencias, los reflujos de roeduras y un humor ladrador, calcado de un perro gozque.

Para conmemorar el Día Internacional de la Paz, Eugenia y sus alumnos más bitongos, conjunto que suele reunir en estos zoológicos a lo más zoquete de cada casa, dedicaron no menos de dos semanas a la confección de un mural donde había que adivinar, pintada a dos tonos, la icónica silueta del «árbol de la vida» junto a un lema digno de fulgurar como epígrafe en un catecismo pintiparado a la acefalia que hace suya el ciudadano de nuestros días: «La vida es un regalo. ¡Cuídalo!». Hiriéndome el chirumen que Eugenia pontificara fetén un regalo envenenado —lo que cae sin duda dentro de sus oficios— en un grado solo comparable al hecho de que reputara plausible esa esquela de árbol demediado, ya que lo habían representado mutilado de raíces, fingí no poder contener mi horror no bien tuve ocasión de interpelarla.

—Eugenia, tengo una duda y te la planteo sin ánimo de ofender.
—A ver.
—¿No sientes que algo le falta a vuestro dibujo? ¿Qué sentido tiene un árbol sin raíces?
—¡Anda…! No tiene importancia.
—Yo diría que la tiene y en mayor medida de lo que imaginamos. Una vida sin raíces es una vida desalmada —deslizo a lo socarrón tras el tapiz natural de una sonrisa.
—Tiene gracia que seas tú quien haga esa puntualización.
—La relación que tenga conmigo es indiferente, aunque entiendo que te parezca sorprendente que un hombre despoblado de retoños haya sido el primero en llamar tu atención sobre ese pequeño olvido.
—No lo decía por eso… ¿Así que no tienes hijos?
—Ni los tengo, ni los pretendo. Me abstengo de hacerlos, entre otras magníficas razones, por la conciencia de que traer más personas al mundo es un acto de prescindible ferocidad, sobre todo para los que son traídos.
—¿Acaso no amas la vida? —me espeta dando un respingo.
—No es cuestión de amar o repudiar la vida, sino de considerar que la vida en abstracto, despojada de atributos, no es un argumento frente a los hechos de la vida en particular, radicada en un contexto.
—¿No me digas? —su ironía quiere en vano ganar tiempo de procesamiento mental.
—Permíteme otra pregunta, Eugenia, que hago extensiva a quienquiera engendrar: ¿podrías darle a tu prole una existencia libre de enfermedades, de taras, de percances, de deterioros, de desencantos, de ataduras, de miedos y de fatigas?; ¿una vida libre, en resumen, de los trastornos, menoscabos y pesares que la caracterizan?
—Yo creo que la vida es buena.
—¿Buena por sí misma?
—Buena sin más. Y a veces —remacha—, maravillosamente buena —seguro que piensa en un donut.
—El verbo que has escogido, «creer», es perfecto para formarse una idea bastante fiel, nunca mejor dicho, de lo que cuesta convencerse de que la vida carece de una larga ristra de contraindicaciones, a cual más disuasoria. Negar esa cruel realidad quizá sea lo contrario de un acto de amor hacia el recién venido que ha de soportarlas. Y aun si una vida individual resultara razonablemente buena, habría que examinar cuánto debe ese juicio favorable a una percepción sesgada por el optimismo, o a un conocimiento insuficiente de la gravedad que entraña existir por dictamen ajeno. Lo que de ningún modo puede admitirse es la generalización de las excepciones que suponen los intervalos de dicha, como tampoco es válido extraer joviales conclusiones por anticipado, a una edad prematura, cuando el declive y recrudecimiento de las posibilidades vitales están por venir. ¿Conoces el refrán «quien mucho vive, mucho mal vive»?
—¡Tú también juzgas la vida sin haber llegado al pie de la sepultura! —una flama de ira pugna en ella por explotar como una espinilla ante el espejo. 
—Es verdad. Por eso la pondero, o lo intento, como si estuviera precisamente en el lecho de muerte, con la más completa perspectiva que me sea inteligible recorrer, pero a despecho de que mis estimaciones pudieran ser inapropiadas, aún queda por señalar otra objeción a esa hipotética vida de ensueño que solo desde la propaganda o la inexperiencia puede concebirse como un regalo.
—¿Cuál? —por la energía con que escupe su interrogante es evidente que a estas alturas me freiría vivo.
—Si existe una ley biológica inapelable, no es otra que toda vida ha de disolverse al fin por encima de lo prendado que uno esté de ella. Con cada alumbramiento se hace entrega de la obligación de perecer. Hacer nacer es hacer fenecer. Ese obsequio del que hablabas es una bomba de relojería.
—Esa es una manera bastante pesimista de contemplar la vida. Y estoy siendo generosa.
—Para ser exactos, yo diría que es una manera más objetiva que la basada en el artículo de fe que identifica a la ligera la vida con el bien absoluto obviando no solo las limitaciones de la naturaleza humana, sino también las condiciones reales en que transcurre. Por fortuna, aunque la muerte sea un misterio velado, a mano está como último recurso contra las peores penalidades y los estragos del marchitamiento. ¿No estás de acuerdo en que madurar consiste en deshacerse poco a poco de uno mismo, en el aprendizaje indispensable para dejar de ser?
—Si todo el mundo compartiera tu punto de vista, la humanidad se extinguiría.
—Lo primero, malas noticias: la humanidad se extinguirá, como cualquier otra especie, con independencia del interés que tengan sus integrantes en perdurar. Respecto a eso que llamas «mi punto de vista», solo es el reconocimiento desapasionado de la vida tal cual acontece, sin adornos superfluos ni artificiosas concesiones. Y por último, te desafío a localizar un solo procreador que, después de haberse pasado por el arco del triunfo las actuales circunstancias de presión demográfica, se haya diseminado con la finalidad de salvar al género humano.
—¡Qué negativo!
—Negativo, claro que sí, en el sentido de no hacer nocimiento de vida. 
—¿Nocimiento?
—Perjuicio. También vale como sinónimo de nacimiento
—¿Dónde está el chiste?
—Tal vez deberíamos buscarlo en el discurso de los autodenominados «provida» y en el impagable servicio de multiplicación de esclavos que ofrecen a todos los sistemas de degradación al seguir alimentando los úteros como si fueran factorías de mano de obra desechable.
—¡Qué barbaridades salen por tu boca!
—Hasta que los robots, o series de seres tan automatizados que sea imposible diferenciarlos de máquinas, reemplacen a los sirvientes de carne y hueso, el activismo en pro de la natalidad trabajará sin descanso para empobrecer la vida humana, para seguir fabricando gentes excrementicias. El excedente de residuos y el excedente humano son eslabones de una misma cadena.
—¿Te estás oyendo?
—Más para bien que para mal, o así me lo dice mi sentido ético, he aprendido a no tomarme tan en serio a mí mismo como aquellos que defienden a ultranza la desmesura reproductiva.
—Solo piensas en ti. No tienes ni idea de lo que significa el amor por un hijo.
—Eugenia, no necesito hijos para poder amarlos; mi amor, el menos impuro que puedo dar en esta usina de mamones, manifiesta su esplendor en la decisión de no haberlos tenido. Cada vez que uno quiera reproducirse, piense antes en todos los padecimientos posibles y en los efectos adversos que la miseria humana comporta. Procrear no es un acto de amor, ni siquiera de amor a sí mismo.
—¿Qué es entonces, listillo?
—Una toma de posesión que implica a otro ser en los rigores de la existencia sin tener en cuenta su voluntad.
—Me rindo, no hay quien pueda contigo.
—No hay quien pueda convencerme de que es mejor ignorar que saber, y desde luego no puedo soslayar el daño que muchos padres han preferido ignorar a sabiendas para satisfacer el devaneo egolátrico de propagarse —pronuncio estas últimas palabras entonando un esmero cordial, recreándome en despreciar la sombra de una ocurrencia brutal, imperdonable, que una segunda voz, solo audible en mí, susurra mientras observo el adiposo oleaje que demora sus inercias en la papada de Eugenia: «Querida, yo tampoco podría contigo».

14.1.19

OSTINATO DE CAMPAÑA

Kevin Best, The Domino Effect
En las restricciones que se impone a sí mismo se revela el maestro.
GOETHE
Naturaleza y arte parecen rehuirse 

En aras del potingue que su propia desgracia rebosa, la especie humana no ha desarrollado todavía, ni muestra pretensión alguna de hacerlo, un límite autodefinido a su proliferación. Somos fuera de duda escasos los que en cada generación, conscientes de la yactura que supone venir a esta monstruoteca, en vez de fomentar la anosognosia que sigue habiendo en la lucha por cambiar el mundo con la intención de ofrecer una herencia menos inhóspita a la posteridad, optamos por la medida, más poderosa en sus consecuencias y coherente en sus principios, que «deja a los muertos sepultar a sus muertos» (Mt 8, 22) sin participar en el atentado, plagiario del adánico, de añadir un solo relevo inocente a este atolladero de infamias. 

Van perdidos cuantos piensan que esta tierra de malparanza puede ser nido de otra condición que la intrínseca a la marioneta, pues no es sino zaraza, un regalo asesino y fraudulento, el que aquí pone de relapso nacimiento sobre fallecimiento con la jurisdicción que la imprudencia tiene por natura sobre una progenie, de la que nadie ha obtenido jamás consentimiento, cuando los seres son sacados al albur que Calderón identificó con el «frenesí» de un sueño general donde moramos al retortero de un desvelo por desvelar. 

Hecho el trasfondo, hecha la trampa en la que caerán los que vendrán igual que fueron despanzurrándose los que vinieron. Y sabiendo, por ende, que quien crea vidas su misma muerte cría en aquellos que reciben de fayanca la espuma de su semilla, la mayor y más ninguneada piedad concebible es el respeto a los no concebidos: permitirles que sigan a salvo de la existencia que los egos armados de fertilidad se creen con derecho de infierno a imponer.

COLETAZO

Descreer, y aún más, descreerse, es el paso previo para descrear en el sentido al que, entiendo, Simone Weil apuntaba en La gravedad y la gracia: «Hacer que lo creado pase a lo increado», y que debe ser distinguido con rigor de la destrucción, «sucedáneo culposo de la descreación», porque no inflige la nada, no a-nihila, simplemente se abstiene de hacer que sea lo que no ha pedido ser.

Cuenta Heinrich Zimmer en Filosofías de la India que el mundo creado por el encadenamiento entre los deseos y sus consecuencias, Kāma, es personificado en la tradición budista por el demonio Namuci, «el que no deja ir», quien se ocupa de mantener a los seres hechizados en la persecución de sus afanes con vistas a engendrar más vida para Māra, la muerte: «Kāma y Māra, el goce de la vida y el zarpazo de la muerte son, respectivamente, la carnada y el anzuelo». Y profundiza: «A la vida en el mundo se la pinta como una angustiosa paradoja: mientras más viva, menos soportable; un mar de sufrimientos, placeres ilusorios, promesas engañosas y terribles realizaciones; en realidad, la vida es el mar de la locura de los peces, la locura de una fecundidad que se nutre de sí misma y a sí misma se devora». Elocuente alusión al pez, símbolo que ostenta el apetito en su función de pescar almas con el propósito de que el ciclo de las creaciones y destrucciones perdure. Ahora bien, si en estas rasgaduras estás, como yo mismo, dándote al sarvakarmafalatyaga o «desapego del fruto del acto» cual mono enjaulado entre barrotes cuánticos y arrebatos de éxtasis, ¡cuidado!: obstinarse en rasgar el velo es seguir enredándose en la trama del anhelo.

Eso eres también.

5.1.19

RUMORES DE EVASIÓN

Última luz de 2018 que me fue concedida.
A mis compañeras de cansancio

El uso de esclavos y criados puede haber retrasado la llegada de la automatización, pues inclu­so hoy día se ve que los organismos humanos siguen siendo los mejores servomecanismos que existen, los más baratos de produ­cir, los más fáciles de conservar y los que mejor reaccionan a las señales, antes que el robot más delicado.
Lewis MUMFORD
El pentágono del poder

Clasismo, racismo, sexismo, credocentrismo y colonialismo tienen en común la producción de diferentes regímenes de derechos para distintas categorías de personas según el imaginario cultural del grupo dominante. No importa lo que uno valga por sí mismo, importa lo que uno parezca a los supremacistas que dictan las normas y velan por preservar su parque temático de usurpaciones. De esta suerte, los rebajados por un modelo de relaciones interpersonales en el que rige alguno de esos sesgos ocupan una posición social ínfima, a medio recorrido entre el reino de los objetos y el de los sujetos. Lo sé de buena sangre porque lo vivo a diario en alma propia: en calidad de menestral, soy parte del mobiliario circundante, o a lo sumo una herramienta de servicio; así, mientras trabajo, mi condición humana, y no digamos ya mi singularidad, permanece eclipsada por al menos tres de las características que definen a los electrodomésticos de alta eficiencia energética en cuya sarta de ahíncos nadie reparará siempre y cuando funcionen conforme a lo previsto. Ni siquiera la indumentaria que uso durante la faena es la óptima para los menesteres que debo desempeñar, pero su insulsez garantiza, con toda seguridad, que mi presencia sea tan invisible, inaudible e insignificante como la de una máquina programada con el fin de realizar su tarea sin plantear el menor problema. He conocido lavadoras superiores en la estimación de quienes toman por preciosa estofa considerar al sirviente una subespecie semoviente.

Todas las perredas degradan dado su carácter de tributo a las fatigas de la subsistencia; ningún salario, en cambio, denigra a quien lucha por conseguirlo como el que une al imperativo prostibulario de venderse el empleo de la fuerza contra otros, por muy flamantes que se sientan al esgrimirla. Frente a esta desangelada forma de estructurar poblaciones confundiendo orden con tensión y alienación con corrección, la «conciencia cívica» no representa una expresión natural entre gentes bien avenidas, capaces de asociarse como simbiontes, sino el injerto de un artefacto de control manejado por los esbirros de un sistema que se ha especializado no solo en la expropiación de excedentes y en la implantación de necesidades extenuantes como medio de postergar el colapso reabsorbiendo sus desechos, pues también hace las veces de necrocracia o factoría de zombis entregándonos al proyecto caníbal de ser el presupuesto de esa fame que no cesa de engullir lo proyectado.

«Cuanto más nutras cuerpos impuros, más los dañarás», advierte un aforismo de Hipócrates. Rehusemos el pan, que lastima el cuerpo, y el circo, que envenena el espíritu. Concedámonos, descreídos del comodín de una solución, la impertinencia de no tener más razón que la potencia deprimente de los hechos: nos consta, como un pelo en la sopa boba, que el éxito es el camino más tortuoso hacia al fracaso y que cada pueblo, al igual que pasa con los individuos, labora con mayor intensidad contra sí mismo allí donde se cree mejor asegurado ante los estragos de su podredura real.

La defensa de la conciencia empieza por la verdad y poca verdad cabe en la conciencia donde aún medra el servil apego a las ilusiones. ¿Cómo es posible asirse al reclamo de una posesión inexistente? ¿Por «carecer de la facultad de alimentarse de luz» que Simone Weil situaba en el origen de nuestros defectos? «En esta sociedad —rubrica Estulin—, lo vergonzoso conduce a la fama y el pecado es uno de los instrumentos de la movilidad social». La apertura a la verdad es, en efecto, un derroche de energía cuando lo único que se pretende es triunfar o subsistir.

Quien no ame el mundo tal cual es, que no lo repueble; y quien lo ame, que se prepare para pesar fielmente sus actos en la balanza del postrer desengaño. Hasta entonces, y aunque estos cambios de calendario que ahora cruzamos sean solo convenciones, dichoso cambio traiga el año a los esmerados que intentan compensar con un eje de sabiduría los delirios renovados que agitan el puchero global. O como de justa ley declara un amigo, cuyo nome no mentaré en atención a sus cautelas, «alternemos los convencionalismos rotacionales por sapienciales giros derviches». Ejem.
 
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons