8.3.19

GLOSA ISONOMISTA

Más en Jakob Rüff, De conceptu et generatione hominis 
¿Cómo consiguen las mujeres inspirar a los varones ese sentimiento de felicidad que experimentan cuando trabajan para ellas, esa consciencia orgullosa de su superioridad que les espolea a rendir cada vez más?
Esther VILAR
El varón domado

Sin ganas de armar otra exégesis lexicográfica, y aún con menos humos para armarla —como la ocasión merece— contra quienes desde las ramas del verbo se aferran al sesgo del género creyendo asir con él todo principio moral, encuentro por los márgenes del asombro una razón válida que cualquier persona inteligente podría aducir en amparo de objeciones mayores cuando tropiece en el lexicón realacadémico con la semántica de «feminismo», voz que allí se define en primera acepción como «igualdad de derechos entre el hombre y la mujer», lo que invita a plantearse una lectura adicional: ¿qué pasaría si, mediante una acción recíproca, alguien propusiera alternar el uso de ese vocablo con el término «masculinismo»?

A efectos de una superación complementaria de estas rivalidades empobrecedoras, la opción en verdad cabal consistiría en aportar una palabra neutral, inclusiva e incluso transversal a ambos géneros, y he aquí que no será menester urdir neologismos ni tender la propia lengua como alfombra roja a la intrusión de barbarismos porque ese vocablo idóneo existe y data de un concepto nacido en la Hélade: isonomía, que significa igualdad ante la ley, sin restricciones de sexo, clase, nivel de renta u otras contingencias en virtud de su etimología, compuesta por el prefijo iso-, igual, la raíz nomos, norma incardinada en la costumbre, y el sufijo de cualidad -ía. Helena, una de las eruditas que hay detrás del Diccionario etimológico español en línea, explica que «entre los griegos ἰσονομία se utilizó algunas veces casi como sinónimo de democracia. De hecho suelen caracterizar el sistema democrático por tres rasgos: isonomía (igualdad jurídica, ley igual para todos), isegoría (libertad de expresión, igualdad de condiciones para hablar y discutir en el ágora, en la asamblea) e isocracia (igualdad de condiciones de acceso a los cargos de poder)». Nada que ver, por otra parte, con la superstición que da boga a los gobiernos parlamentarios desde que los tronos endogámicos quedaron demodés.

Al feminismo supremacista, que hoy parece haberse adueñado de las reivindicaciones con forma de mujer en el ámbito de la cultura de masas, lo adecuado sería denominarlo «hembrismo» en justa paridad con el «machismo», así las pugnas que mantienen por la alfalidad del establo resultarían empatadas en la bajeza que comparten como fuerza aglutinante. Y por ende no se tema cavilar, a partir de esta apostilla, acerca de la utilidad que tiene la «guerra de sexos» para consentir al Estado nuevas atribuciones sobre las vidas privadas, para que las relaciones domésticas sirvan de foro a la inspección ideológica y, por supuesto, para soslayar la atención debida a la lid natural que se libra, en todos los órdenes de coexistencia, entre los brutos que siguen las consignas como mandamientos y los lúcidos que oponen a la estulticia común un pensamiento orientado a esclarecer, no a enardecer, las causas de las pasiones involucradas en los conflictos sociales.

2 comentarios:

  1. Si señor, me parece una propuesta realmente lúcida pero me temo que no case con los intereses políticos y económicos de la casta que tenemos en el poder. Las asociaciones y grupos hembristas perderían sus subvenciones, los medios de comunicación no tendrían su paquete amarillista y de odio para rellenar sus informativos y programas propagandísticos, la agenda comunista se iría al traste pues desaparecería la polarización que están logrando implantar con gran éxito, vamos que ni vende ni interesa. Esto "sólo" beneficiaría al pueblo y claro ya sabemos que el pueblo es lo último en la agenda de todos estos grupos apolillados de sanguijuelas. Intentaré transmitir la idea a todas esas personas que quiero y que me miran como un fascista machista heterosexual privilegiado y opresor. Saludos y gracias

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    1. Gracias por tu palabras, escoliador desconocido.

      Estamos en los albores de un totalitarismo de cuño rosa que utiliza a las mujeres para infiltrarse en las capas más profundas de la sociedad de un modo comparable a la forma en que la protección a los infantes viene siendo empleada sistemáticamente para justificar el incremento de la coacción sobre los mayores.

      A ojos del Estado todos somos sujetos inmaduros a los que no solo hay que dirigir y distraer en el ámbito público, sino expropiar del fuero privado y mutilar de todas las potestades individuales que no concuerden con su patrón predefinido de ciudadanía. Por eso el sedicente feminismo impulsado a instancias oficiales rinde tan bien en aras de ese cometido. La maniobra de intrusión consta en este caso de dos fases: convertir las discrepancias particulares en un asunto de género y hacer de los asuntos de género un eje de interés general, o nuevo auto de fe, que funciona básicamente como un allanamiento a la inversa: en vez de irrumpir por la fuerza en las casas, el gobierno saca los hogares a la calle, los ventila por medio del adoctrinamiento mediático.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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