31.1.14

SIEMPRE MOCOSOS

Habiéndose apoderado el enemigo de su patria, Priene, y huyendo los ciudadanos con los bienes que cada uno podía acarrear, amonestado por otro a que hiciese lo mismo, le respondió: «Ya lo hago, porque llevo conmigo todo lo mío».
Marco Tulio CICERÓN
Las paradojas de los estoicos

Desde la cuna al epitafio, las peores arrugas son las que no llegan a evidenciarse por falta de maduración o poternas por las que salir airosas, y de las visibles, terribles son como un diezmo las que suturan sin obliterarla una estocada interior.

La infantilización social que padecemos, amén de facilitar la tarea de gobernar con alevosía desviando el malestar hacia territorios si no asimilables, al menos disimulables por las instituciones, pone de relieve el valor referencial de cambio que el sistema nos asigna al fiscalizar las transacciones humanas hacia el máximo común divisor concebido para empaquetarlas sin dejar resto en una perdurable orfandad geriátrica de lenguas quemadas y esfínteres abiertos.

Ornato alegórico de Sayume Tachibana, uno de los numerosos artistas nipones cuyas obras que pueden apreciarse en The Art of Japan

27.1.14

ÉLITROS QUE SE ABREN Y SE CIERRAN

Si Dios cometió un error al crearnos es el de darnos deseos de vivir cuando menos motivos tenemos para ello.
Jim THOMPSON
El asesino dentro de mí

La lujuria presupone una industriosa inocencia, el rapto que se abandona a las inercias de los cuerpos vibrantes, enmarañados en las apariencias de su coloquio de voluptuosidad, que en cambio dejan inmune a quien deshuesó el deseo desistiendo de atender cuantos le siguen en los limos movedizos de la experiencia. No a mí, de momento, que apetezco de absorber como un percance analéptico las expropiaciones y convalecencias a las que me lleva la persistencia de la libido.

Recidivas de un arrobo donde caben, también, las hipérboles de la afectación siempre que lo desenvuelvan, siempre que uno las crea.

24.1.14

CINABRIOS

Reino sin monarca, yo, pues, ciénaga mía, en ti me adentraré, y sea mi suerte la que sea, ya que no soy distinto de estos diminutos efímeros que hacen de este espacio admirable y horrendo un cementerio y un nido, una generatriz conclusión.
Giorgio MANGANELLI
La ciénaga definitiva

Salvo que juguemos a las metonimias con la fantasía, una etimología de credibilidad más que discutible relaciona el cinabrio, cinnabaris para los romanos, con la mítica sangre del dragón. Autores como Plinio el Viejo, Solino e Isidoro de Sevilla sostuvieron que estas fieras buscan con avidez la hemoglobina de los elefantes, que se consideraba muy fría, para aliviarse con ella de las inclemencias veraniegas. Cuando su sed llegaba a extremos insaciables, los dragones perecían aplastados bajo el peso exangüe de los paquidermos, y, empapada con los fluidos de ambos animales, la tierra daría origen al pigmento que hoy conocemos como sulfuro de mercurio. Amasando algunos terrones de ese barro imaginario, he coagulado estos cinabrios:

Quien lo tiene todo, menos amor propio, se burla con aparente facilidad de quien nada tiene a excepción de esa veta de autoestima sin la cual hasta la risa que escarnece carece de valor. 

*

Signo de humilde proemio de sabiduría, con una caución que goza el treno en su aplazamiento, me fabulo abrazando la humanidad por el acto mismo de repeler el deseo de anular su adaptabilidad de marioneta a los temores recurrentes con que la agitan los titiriteros.

*

No te aflijas por haber decepcionado a alguien que confiaba en ti: ni unos ni otros hemos venido al mundo para defraudarnos, pero no podemos permanecer en él un instante sin traicionarnos.

*

Así como en los sueños lúcidos uno es consciente de que está dormido con independencia del grado de control que pueda ejercer sobre ellos, la lucidez en la vigilia no implica el despertar, sino la conciencia de seguir inmerso en una ensoñación que concede un margen a la voluntad sólo para hacer más convincentes sus figuraciones.

*

Frente a la página en blanco, soy yo el que se desnuda; frente a mi desnudez, la realidad se hace llaga de elocuencia que me transcribe en carne viva.

*

Mi soberbia, si la tengo, no instruye causa sino consecuencia de un error de juicio en busca del tribunal adecuado, siempre será escuálida comparada con la arrogancia del idealista que exige a otros rendición de amor so pena de excomunión y nunca supondrá un obstáculo para la comedida sensatez del hedonista que no desprecia el goce del presente con todas sus carencias por perseguir las maravillas del imposible.

*

Mientras el necio se afirma en el engaño por su tendencia a infravalorar la inteligencia ajena que el listo, dueño de sus limitaciones, aprende a utilizar en su beneficio, quien es realmente agudo sabe que la diferencia esencial entre una mente superior y la de un idiota es tan ínfima como la habida entre arrojarse desde un décimo piso y desde el siguiente.

*

También a nivel intelectual lo semejante aglutina a lo semejante, pues a los tontos les gustan los tontos tanto como a los que se creen despejados aquellos que disimulan mejor el hecho de ser obtusos.

*

Cuanto más derecho va un hombre, más quebrado está por dentro. Lo fuerte, cansado de serlo, se hizo justo.

*

 Como dos extraños condenados a intimar, estamos en la realidad y ella en nosotros.

*

Extravíos por el intramundo. Holgarse del desapego que contempla exiliado el mundo con la tranquilidad de no pertenecerle y la confianza de que todo en él está a su alcance, dispuesto dentro de sí para ser tomado o rechazado.

*

Aunque se diga, solamente lo inefable es indeleble; aunque se olvide, el infinito teológico y la disgregación en la nada coinciden.


Miniatura perteneciente al folio 58v del Bestiario de Harley, datado en la primera mitad del siglo XIII. 

23.1.14

LIMES O LOS ASEDIOS

Dadme la prosperidad que viene de los dioses, y tenga
ante los hombres por siempre un honrado renombre,
que de tal modo sea mis amigos dulce y a mi enemigo amargo,
respetado por unos, terrible a los otros mi persona.
SOLÓN
A las Musas

El agua y el fuego volvieron a enlazarse en los veneros del reloj solar. Era perentorio esconder a mi hermana menor sin facilitar pistas a los delatores: las autoridades palaciegas habían decretado que las doncellas y mujeres en edad núbil permanecieran encerradas en sus casas a la espera de los alguaciles para ser conducidas ante el Pontífice Arconte, que como en una versión macabra del famoso cuento, buscaba a la enigmática Cenicienta fugada de su última bacanal de disfraces. Poseída seguramente contra su voluntad, según rumores había gozado en los desgarros de su sexo de un estado de gracia que ansiaba repetir, aunque lo más probable es que su único propósito fuera calzarse a todas las mozas de la región que presentaran a los sentidos la salaz alianza entre unas formas sugestivas de contemplar y un palpar suculento. Habíamos visto a damas de alcurnia más ilustre que la nuestra pudrirse en la picota por desagradar al tirano en alguna de sus caprichosas convocatorias; la sed de esta capitaleja rastrera la abrevan sangre de nobles y plebeyos por igual, y la chusma, arruinada moralmente por la costumbre de congraciarse con el poder aun calumniando al vecino, no vacila en hacer lanzadas a moro muerto cuando la ocasión abre cauce público a esas emociones arpías cebadas con envidias y canguelos, pues las vilezas conjuntadas arraigan mejor en el ánimo perverso que por separado. Ni siquiera el apreciado gremio de los orzeros, encargado del misterioso cultivo de licorolas cuyas virtudes euforizantes desprovistas de resaca los hacía merecedores de un prestigio quizá sólo superado por la hermandad de los polímatas, estaba exento de sufrir el más fiero de los castigos cuando cofrades y navarcas, mano y garra del arcontado, entraban en desaire. A tenor de estos precedentes, el pregón del edicto presagiaba una amenaza insoslayable, y apremiados por su inminencia decidimos refugiarnos en el palacete que una disputa familiar por una herencia había dejado deshabitado en La Marca, franja de tierra limítrofe con las estepas pobladas por caníbales de piel caoba y rasgos prominentes donde las falanges de mercenarios mal pagados rara vez osan penetrar.

Los dioses, a quienes nunca rezamos ni imprecamos, fueron favorables a nuestra evasión no menos que los corceles herrados con leales doblones para franquear las puertas del burgo. Partimos a galope tendido: no era desestimable que algún espía nos siguiera de cerca en pos de una ración de oro, pero lo que encontramos al llegar acaso fuera peor que exponerse en los salones al ultraje de los grandes: una numerosa tribu de hombres embadurnados con légamo en señal de beligerancia acampaba junto al sistema amurallado que guarecía los jardines de la mansión y servía de veto a los feudos sometidos al pritaneo. Dicho sistema estaba modelado con una característica arcilla teñida de almagre formando una serie concéntrica de aletas escalonadas que, vistas desde el cenit, no escatimarían semejanzas con las motillas prehistóricas, así como estas recuerdan en su distribución de áreas y estructuras internas al corte transversal de la típica célula animal. La estrategia que los salvajes habían adoptado para iniciar su campaña de asalto a los territorios de La Marca se anunciaba, cuando menos, curiosa: por el día se replegaban al dédalo de sus galerías excavadas en la greda, verdaderamente inexpugnables, y al llegar las tinieblas se distribuían en filas anexas al cerco para dormir en pelotón, convencidos de que la fuerza aunada de sus sueños los haría invencibles.

Durante la noche que siguió a nuestra ocupación de la finca, creyéndome protegido por los amigos y parientes que cubrían mis espaldas armados con mosquetes desde el alminar, decidí merodear al otro lado de la frontera. Mi cautela extrema no impidió que mi olor corporal alertara a algunos guerreros del clan, que de inmediato echaron a correr con la intención de apresarme, y sin duda lo hubieran conseguido de no ser porque al sortear las barreras de contención puse de manifiesto alguna cualidad, o ejecuté una secuencia de movimientos, que interpretaron colectivamente como un signo sagrado. Sorprendido por su repentino cambio de actitud y con la empática seguridad de que no se trataba de una estratagema para darme caza, entendí que prolongar mi carrera era inútil y adopté un paso normal cuando todavía me quedaba un largo trecho de retorno. Por el camino, me crucé con varios nativos que, saliendo de sus escondites, podían haberme atacado por sorpresa; lejos de hacerlo, me saludaron palmeándome los hombros y acariciando mis manos, como si representara para ellos la majestad encarnada de un tótem, gestos que correspondí en todo momento con un agradecimiento natural impregnado de la atmósfera mágica que presidía el ritual por completo ignoto para mí. Al salvar el umbral que me devolvía a la barbarie civilizada, los soñadores desvelados, perfectamente alineados bajo el inmenso erizo de sus lanzas, dizque me ofrendaban la auscultación impresa en sus ígneas, exaltadas miradas de masticadores de hombres.

Diluimos como mejor supimos varias jornadas entre turnos de vigilancia, frecuentes visitas a la magnífica bodega y otras zarandajas hasta que el influjo del plenilunio me reanimó el prurito de mezclarme con los antropófagos. Sin ningún cuidado, con el afán casi suicida de ponerme a prueba más allá de lo que había menester, volví a interrumpir con mi presencia su duermevela táctica. Intruso entre los metecos, toleraron que recorriera los aledaños de su acantonamiento rodeándome como una jauría de mastines a un lobo al que su coraje señero de poco le valió frente a la nueva condición que se le impuso: usando un dedo índice a guisa de llave sobre uno de mis discos intervertebrales, un brujo me efectuó una humillante evicción raquídea que le permitía pilotar mis extremidades cual si fueran las obedientes partes de un mecanismo de poleas y engranajes. Cuando lo consideró oportuno, me liberó, quedándome por consecuencia de la singular operación un orificio mínimo, del tamaño de una roncha, idéntico al que exhibían todos ellos, como advertí estupefacto en ese mismo instante... justo antes de despertar.

Decocción de las almas en los calderos infernales según la enciclopedia medieval Hortus deliciarum, obra profusamente iluminada sobre textos de la abadesa Herrada de Hohenbourg, también conocida como Herrada de Landsberg.

18.1.14

TÓSIGO

Yo he hecho lo que he podido;
Fortuna, lo que ha querido.
Mote español que Quevedo engastó como estribillo en una letrilla.

El fulano que se obstina en proyectarse revela, por encima de las dudas que no atiende y de la experiencia resinosa que lo atasca, su semejanza de propósito con el microbio, pues el ser más acerbo en determinación, mínimo en todo salvo en la perseverancia para refrendarse por sistema, es el virus.

Si se desea contrarrestar El castigo de Sísifo del maestro Tiziano, que difunde mucho peso y no menos foramen, admírese su Concierto campestre, obra que propone los beneficios combinados al natural de la amistad y de la música para tañer leticias del vivir.

17.1.14

LUCERNA DE ANATEMA

¡Ojalá vivas en una época interesante!
Maldición china

Para sentirme no ya íntegro de pro, sino la tersura de ser hombre, debo imaginarme como un dios sin culto, olvidado por todos o demasiado nuevo para tener nombre, al que ofenden las costuras de la vida criminalmente organizada por donde supuran normas los fervorosos de cualquier pasión consueta.

Conciencia, Judas de Nikolai Nikolaevich Ge.

14.1.14

PREESENCIAS

Eres el único inefable,
pero engendras todo lo que está abierto al lenguaje.
Eres el único que no puede ser conocido,
pero engendras todo lo que está abierto al pensamiento...
Eres el fin de todas las cosas,
y una y todas y ninguna,
no siendo una ni todas,
reclamando todos los nombres,
¿cómo te llamaré?
Gregorio NACIANCENO

De un intrincado sueño que suscitaría la envidia de algún que otro cineasta oscarizado, traigo fresco el recuerdo parcial de haber atravesado incontables leguas mar adentro en estado de semihipnótica ablución, más lineal y cristalina en sus interacciones con el medio que una duermevela opiácea. Iba abrazado a la panza de una Manta birostris cuya única diferencia ostensible con otros ejemplares de su especie era la cola, reemplazada en este caso por una elegante serpiente con las escamas dispuestas en un sardinel de trazos negros y blancos, presididos por una cabeza con porte de dios escandinavo que irradiaba una inteligencia muy distinta de la humana, aunque no menor, homóloga a la que podríamos reconocer en la mirada de un elefante escarmentado o en el amuleto con el Anguípedo si fuésemos antiguos gnósticos. El animal, sincronizado conmigo, me permitía oxigenar la sangre saliendo a la superficie a intervalos regulares, y cuando al fin recalé en un lugar accesible de la costa, mi capacidad auditiva se había sensibilizado a tal extremo que no soportaba los ruidos, todavía lejanos, arrojados a tierra y aire por las actividades propias de la civilización. No exageraría si declarase que llevaba todo el océano agitado dentro de mi masa encefálica, porque una parte sustancial de mis ramificaciones neurales había quedado conectada a las profundidades ebrias de tinieblas que podía sentir reverberando más allá del rechinante oído interno. En contraste con los fugaces minutos de acomodación para la aventura subacuática, me costó horas adaptarme a la posición erecta y desenvuelta, sensorialmente concentrada en una burbuja espacial de escasos metros, donde pule su orgullo nuestra naturaleza de simios configurados para el desarrollo de habilidades manuales. Pero este esfuerzo fue nimio comparado con los que debo arrostrar periódicamente en los umbrales del despertar: desde que tengo memoria o réplica creíble de la misma, me consta haber vivido en adversa intimidad con los poderes de la Noche, que se enroscaban a mí bajo el aspecto de terrores abstractos, casi inimaginables, hasta su reescritura estable en las abscisas de la parálisis del sueño a partir de los trece años, estimo que a raíz de un contratiempo quirúrgico por el que sufrí una reacción imprevista a la anestesia contra la que hube de luchar, entre violentas convulsiones y ráfagas bituminosas de conciencia, para no sucumbir al magnetismo de un viaje irreversible a los agujeros negros de la apraxia a través de un maremágnum de derroteros más próximos al descalabro autoconclusivo que a la experiencia iniciática. Llevo desde entonces los ojos más que mal cerrados, y voy a mí como una araña a su presa. Cazador cazado, al menor contacto con ella me descubro acechado por la desazón de ciertos seres interdimensionales que deambulan hambrientos en los intersticios de la vigilia y se aferran mediante sus quelíceros etéreos a mi médula espinal, en la que buscan abrir un canal de succión para extraer, puenteándola, mi energía nerviosa...

En 1997 escribí un Bestiario que permanece inédito y quizá me decida a subir antes de que pierda el respeto por su extraño atractivo. En el capítulo «La Araña Psíquica» que reproduzco a continuación, he captado una serie de pistas que podrían servir como peristilo de parasomnias:

«No se sabe de dónde procede ni cómo fallece, sus costumbres son un misterio. Aunque las consecuencias de su sibilina presencia han hecho estragos durante toda la historia humana, nada se ha podido aprender de la terrible experiencia, ni siquiera los preliminares para obtener un antídoto eficaz contra su veneno.

»En la teogonía del poeta chino Ling Seng-Tzu, escrita hacia el siglo I a. e. c., se puede leer:

   Con el hombre vino la Araña que socava la mente y con el hombre desaparecerá. Durante el devenir de las épocas, sabios y doctores tratarán de elaborar una cura; labor inútil, el mal de la Araña nos pertenece tanto como la piel. Así lo dispusieron los Primeros Desconocidos.

»También el pirata de origen andalusí Ibn Asabbalem, que narró sus memorias en el Libro de Pandora (s. XIII) tras hastiarse de abordajes al infiel y negocios infames, nos proporciona un testimonio abominable de la Araña Psíquica:

   Uno de mis hombres desobedeció el reglamento y estuvo husmeando en la Esfera de Conchas que sustraje a un coleccionista de Damasco junto a otras preseas y tres odaliscas sin enjundia (carnes flojas, aliento fétido) a las que ningún fogoso se arrimó. La curiosidad se adueño [fragmentos ilegibles] tanto terror había suscitado en Oriente. Yo mismo contemplé junto a la tripulación los efectos de la mordedura. El desgraciado imploraba a gritos que le aplastasen la testa hasta que se tragó la lengua, sus ojos derramaban bilis, era pavoroso, ni al asesino de mi hijo Azhar puedo desearle semejante agonía. Nadie duda del coraje intachable de mis guerreros, y nadie podrá negar que ninguno de ellos se atrevió a acercarse hasta que el alma abandonó al infeliz, buen marino en vida. La paz y las bendiciones de Al-Lāh sean con él. Los tiburones, abundantes en aquellas aguas, no tocaron el cadáver. Mandé buscar al arácnido prometiendo oro y leche negra en cantidad a quien lograra capturarlo. Durante la aciaga noche, perdí a la mitad de mi tripulación en el empeño [fragmentos ilegibles] quemar la nave. De la impía criatura, nunca más se supo.

»Tarántula ambigua, recreada según la paleta emotiva de quien la intuye, sólo durante la fase de excitación que precede al ataque se convierte en un depredador visible que muestra la característica textura erizada del vello glauco que rodea su región abdominal. Su picadura inyecta un tóxico que se extiende velozmente por el sistema nervioso al liberar una devastadora combinación enzimática en el axoplasma que no cesa de extenderse por los circuitos sinápticos hasta envolver al agredido con una red de virulentas dudas y atroces visiones vencidas sólo por la parada cardiorrespiratoria.

»Los registros de las autopsias más recientes, realizadas en 1957 por el médico forense Fedor Illich a dos supuestas víctimas halladas en la península de Crimea, no lejos de Sebastopol, mostraron lesiones dispares localizadas en el interior del cráneo, principalmente una inquietante maraña de seda mohosa que tras invadir sendos córtex dejó los cerebros atrofiados como higos secos. Años después de este incidente, entre los soviéticos correría el rumor de que la NASA estaba llevando a cabo una investigación sobre las propiedades extraordinarias de un tejido producido por un género no identificado de arañas propagadoras de locura».

Quisiera retomar el sueño bosquejado al principio; sin embargo, creo que será preferible evitar hacer mención de las braguitas de ganchillo azul turquesa con un cangrejo bordado al frente que le quité en la playa a una niña para cubrir de irrisoria contención mis desvergüenzas.

Al acostarte, piensa en que querrá eso que merodea a tus espaldas. Premonition de Henry Weyssenhoff.

13.1.14

OFRENDA

Dicen que la soledad es necesaria para alcanzar la santidad. Se han olvidado de que en la soledad la tentación es más grande.
Carlos FUENTES
Aura

Puede que no tenga el calor del pueblo que siempre me ha estorbado, ni llene la orla de reconocimiento a la que nunca quise ceñir mis hábitos creativos, pero soy un elegido. Me eligen quienes me honran leyendo lo que escribo, y me reeligen esos impensables indispensables, selectos entre los selectos, que perseveran en entenderme a pesar de las condensaciones heréticas de mi sintaxis disipada y, sobre todo, de lo bien que se entienden a sí mismos sin necesidad de mí, que con presunción de malentendido o por un sagaz desentendido redunda en mejor planteamiento para ambos términos de la ecuación. Como ha sido la afición al abismo la que me ha incitado a balizar con embriones de palabras mi peregrinaje por estas tierras crepusculares, me viene muy a propósito la observación de Ceronetti: «Si buscando una mano en la oscuridad encuentras un culo, piensa en la riqueza y en el misterio de la oscuridad».

La mocita hamletiana es hija de Glenn Arthur.

11.1.14

MENOS DA UNA MIGA


—Aristipo, si se resignara a co­mer hortalizas, no querría tratar con los reyes.
—Si supiera lo que es tratar con los reyes, no querría hortalizas el que me criti­ca.
Quinto HORACIO
Epístola 17

Pasaba en cierta ocasión por donde Diógenes estaba lavando unas hierbas, y le dijo éste: «Si hubieses aprendido a prepararte esta comida, no solicitarías los palacios de los tiranos». A lo que respondió Aristipo: «Y si tú supieras tratar con los hombres, no estarías lavando hierbas».
Diógenes LAERCIO
Vidas de los más ilustres filósofos griegos

Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey. Y le dijo Aristipo: «Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas». A lo que replicó Diógenes: «Si tú hubieras aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey».
Anthony de MELLO
El canto del pájaro

Haciendo colchón improvisado del estruendo, me he dormido al sol con el zumbido constante de una cosechadora herrumbrosa que hormigueaba en un cultivo cercano. ¿A cuántas legiones de laboriosos himenópteros equivaldrá la fuerza de trabajo de este gigantesco herbívoro especializado en deglutir la cabellera terrestre a medida que avanza? Misterios de la transubstanciación mercantil o paranomasias del absurdo que con apariencia de racionalidad económica campa aquende los sueños, las dentelladas chatarreriles de su glotonería gastarán más combustible en la ocupación desempeñada que la energía obtenida del grano recogido, cuyo fin declarado es producir biodiésel. Trato de pensar en ello para desperezarme la sedente modorra desde la que atiendo, en realidad, al cohete furtivo de una erección destinada a ascender sin alcanzar la exosfera vaginal (en esencia, soy un chico solitario). Esta pasajera merma del riego cerebral no me impide reflexionar, lateralmente, en la bomba de demencias a punto de estallar con la prolongación artificial de la vida y de la que cada uno ofrece una obertura inquietante por medio de la atención casi maníaca que presta a la millonésima fracción de alteraciones que lo recorren a diario. Nos hemos escindido de nosotros mismos en tantas partes como molestias podemos albergar; así, nos sentimos acosados por un órgano demasiado insolente o un enclave anímico desazonador, semejando peones vacilantes de un arcidriche psicosomático en el que son habituales jugarretas las atizadas por un corazón frágil, unos pulmones irascibles, una digestión caprichosa, unos nervios lacerantes, una estampa menos deseable de la apetecida, un descanso que no repara lo debido o se cotiza plúmbeo en exceso, entre todas las formas imaginables de queja que hacen de la muerte segura, de los estragos del tiempo o de las angustias derivadas de la iniquidad social asuntos en extremo remotos, como si pudiéramos excluirnos de las corrupciones de la Babel universal por el hecho de ser perseguidos, de yo a yo, por una miríada de malestares exclusivos, pequeños lamentos usados para distraer los grandes daños sin amparo que nos atacan por todos los flancos de nuestra humana desnudez.

Ilustración sin título de Ken Taylor, de quien os recomiendo la sección de cartelería para clásicos del cine.

10.1.14

EL CENAGAL ESPAÑOL

Pues muerte aquí te daré
porque no sepas que sé
que sabes flaquezas mías.
Calderón de la BARCA
La vida es sueño

Tanto más hiriente cuanto menos columbrada, la maldición del pueblo español, vástago ejemplar de Caín, es que nunca se dejará orientar por alguien que no esté ciego o eluda como misión de corte lanzar espumarajos envenenados sobre todos los que se opongan a su fanatismo secular, cuya única flexibilidad constatada está en la gradual asimilación de bazofia dentro de su vientre de alquiler: primero lo vendió a los coronados de Castilla y Aragón, después al Vaticano, más tarde al Uncle Sam y, finalmente, a la troika de los aventadores de cenizas.

El cuadro de Brueghel que acompañó mi entrada Abejorros de hueso hubiera sido el idóneo, pero el presente no le va al dorso en expresividad y proteína moral: La desolladura de Sisamnes, obra de Gérard David incorporada al Díptico de Cambises, que para muchos entre los que me incluyo debería presidir las salas judiciales en lugar del soberano descaro de oficio. El panel ilustra el castigo sufrido por el juez que le da nombre tras haber sido acusado de prevaricar ante el rey Cambises II de Persia, quien ordenó que fuera despellejado vivo para tapizar con su piel, convenientemente curtida, el asiento en el que Ótanes, hijo del primero y sucesor en la magistratura, habría de impartir justicia. ¿Hay mejor garantía de aptitud que ascender en el escalafón a lomos de un padre?

9.1.14

TIROS DE GRACIA

Si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias.
Teorema de Thomas formulado por William Isaac THOMAS

Quien trata de minimizar el mal que brama en las células de cada hijo de Maya, creyendo hacerle justicia a la condición humana la fecunda, de revés, con la misma vileza que no advierte.

*

Los destrozos causados por el azote de una pasión largamente reprimida son superados por los flagelos de la inteligencia, más interesada en sistematizar con un método instrumental la explotación del suplicio que en considerarla un perjuicio. La experiencia del crimen puede que comience por el instinto, pero culmina sólo con la razón.

*

Lo importante no es que la flecha llegue al blanco, sino que su sentido lo traspase.

*

Transebriedades. No me yuxtapongo a mis estados, conmigo los conmino y entre sí los combino hasta con vino.

*

¿Neoliberalismo o postmafia? Asqueados e indefensos, asistimos al implante social de una política de concentración de capitales que se beneficia de la farsa de un contexto moral de dispersión de responsabilidades, dos características demasiado rotundas para dejar de comprender que el fenómeno no es nuevo históricamente, aunque los medios se hayan sofisticado, ni respeta una pauta liberal en lo económico, por mucho que el dinero simule circular a su antojo.

*

El combate no justifica la decisión, mas ¿puede llamarse determinación a la voluntad que no implica lucha?

*

El ocio cura lo que el trabajo lastima, y cuando la ocupación escasea, cae la holganza en el oficio sin descanso de la molicie, que remunera tiempo con necesidad, recompensa deuda con culpa y señala la sumisión asalariada como el único antídoto contra el pecado de haber intentado sobrevivir sin peculio en un mundo que desprecia la viabilidad de la honra.

*
Rendir trancas y barrancas. Deponed las avenencias con los fines que necrosan el cerebro en las premuras de una actividad interminable y lo demás se os dará por sustracción.

*

La construcción más ordenada debe mucho a las casualidades de la destrucción que la precedió.

*

El paralelo es a ultranza: en el ámbito material, la civilización tecnocapitalista superproduce trastos inservibles que acaban formando un estrato sepulcral omnímodo, pues así lo encarece el modelo catastrófico de obsolescencia programada, obsecuencia renovada para los vivos; en lo social, avalancha de microsujetos condenados, asimismo, a volverse pronto inservibles, pero demasiado duraderos para que no se los ayude a perecer por otros medios...

*

El vulgo suele creer que los sueños agoreros pierden su poder maléfico al ser contados, convirtiéndose por el acto de hacerlos públicos en profecías autofrustradas. Es curioso que este comportamiento en relación a las tinieblas de la vida onírica obedezca a la idea de su propia eficiencia disruptiva, no tan supersticiosa como parece a simple vista, salvo que lo supersticioso se interprete como germen factoide de lo real, con lo cual el vaticinio truncado remite, a su vez, a la profecía autocumplida que comporta toda fe en la influencia de un mecanismo psíquico para determinar el despliegue o la inhibición de un suceso. Ahora bien, si la sutil interacción detectada entre el inconsciente y los eventos reales puede resultar válida para las pesadillas, ¿qué cabe sospechar acerca de las latencias de la vigilia, que además de ser la mayor y más funesta ensoñación conocida se macera en el vaivén continuo de rumores, ideas y pasiones de los sujetos que, quiéranlo o no, participan en ella?

*

Circo Desolación. No estoy seguro de si la historia es un laboratorio que tiende a presentar sus descomunales ensayos como un espectáculo circense, o de si las grotescas variedades del espectáculo humano se suceden de una forma sólo presentable como historia. En ambos casos, los gigantes del mundo son enanos que se alzan amputando a quienes amenazan sobresalir por encima de ellos, una devastación preceptiva que no es incompatible con la posibilidad de conservar a una parte considerable de los grandes enjaulados en su soledad para manejarlos, contra su propia naturaleza, como fieras domadas.

*

Ritos de profazo. Los sentimientos no sostienen la estructura mental que completan, o así te lo explicaste antes de abandonar tus tesoros más queridos, aún vivos y gozosos, en el alfoz forrado de mugre, a expensas de cualquier desaprensivo o de alguien, quizá, peor que tú mismo en tus momentos más bajos. Después, mientras ponías trecho de talones a la condenación cuyo desamparo tan a menudo habrás de visitar con el pensamiento, se hizo el silencio en el cerco sin clemencia de tu corazón como un hueco rebosante de horror que aceptaste dirigir —te crees ímprobo pero valiente— contra las luces aliviadoras de tu presente, del inmediato y de los que con el ahora se irán: tu abominación merece la reserva negra de ese honor por ser más grande que todo lo grande que en tu vida puedas ser.


Iván el Terrible y su hijo, óleo de Iliá Repin que muestra el arrepentimiento del padre tras haber asesinado a su predilecto en un acceso de ira. 

6.1.14

DIETÉTICA PARA HUMARRANOS

A Juan Montero, por meditar en tres dimensiones

El sentimiento de la humanidad es quimérico; nunca podrá hacer frente a las pasiones, ni siquiera a las necesidades, puesto que vemos a los hombres devorarse mutuamente durante siglos.
Marqués de SADE
Juliette o las prosperidades del vicio

No feliz, aunque sí menos desdichado por haber ganado independencia de los factores extrínsecos, sería el humano si pudiera prescindir del excesivo protagonismo estomacal que interviene en el ritmo de sus ciclos naturales, y su boca fuera capilla abierta sólo al arte desgustativo en vez del ineludible proemio a la alcantarilla digestiva que agita consigo como un anuncio de su descomposición; daría una muestra de esplendor en la carrera hacia la decadencia orgánica si desarrollara la facultad de alimentarse de praná sin supeditarse jamás a la expansión y vaciado de sus intestinos, con los que mantiene un pulso sometido a una confidencialidad relativa en función de la cual ha de ocultar a la mirada ajena el acto de desocupar la materia ingerida que, por el contrario, suele engullir en público sin ningún apuro. Comer es un rito social del que su conclusión lógica está proscrita. Se entiende mejor la irregularidad del tratamiento simbólico que la costumbre establece sobre las diferentes fases del proceso fisiológico que va del paladar a la deposición cuando se atiende a la suntuosidad y consumo exacerbado que la aristocracia de patrimonio ha exhibido como signo de distinción, en contraste con las nociones de equilibrio y serena gestión de sí que asume como ejes la nobleza de conducta.

El pensamiento resultará hermoso por la simetría del concepto, pero dudo que recuperásemos la inocencia en caso de tener la oportunidad de volver a morder el fruto prohibido, incluso si fuera la carne del hermano cuyo conocimiento nos enseñaría a vomitarlo. Sin embargo, algunos códigos persisten frescos en los tejidos gracias a su validez estética. Arrojar del propio cuerpo el sobrante de su actividad interna siempre será más deleitoso que meter más de lo necesario en él, de ahí que el sabio, cultivado en la templanza y templado en la cultura de la fortaleza, prefiera morir de inanición a reventar de empacho, mientras el bárbaro, chabacano por dentro pese a la exquisitez que pueda afectar, resulta reconocible porque se ceba con una impudicia que concuerda, a la postre, con la enorme cantidad de mierda expelida del mondongo y otros silos, pues no es porquería cular todo lo que apesta a quien afina, en su proximidad, el olfato.

La lámina procede de Historia de la composición del cuerpo humano escrita por Juan de Valverde e impresa en 1556. La encontré en Pretty Potache, un blog dedicado a mostrar, entre otros encantos, la importancia de saber descacharrar unos juguetes que al aficionado hasta podrían parecerle hombres.

4.1.14

ABEJORROS DE HUESO

El mundo está hecho de tal manera que una y otra vez exigirán sangre los prejuicios, las pasiones; y hemos de saber que esto no cambiará jamás. Los argumentos varían, sin duda; pero la estupidez mantiene eternamente su tribunal. Se lleva a la gente ante el tribunal por haber despreciado a los dioses; luego por no haber admitido un dogma; más tarde por haber atentado contra una teoría. No hay ninguna gran palabra ni ningún pensamiento noble en nombre de los cuales no se haya derramado sangre.
Ernst JÜNGER
La emboscadura

Irrealista. Las ilusiones están para desengañarse de ellas; los desengaños, para generar la ilusión de un despertar. ¿Cuándo prescindiremos de la obsesión de hacer realidad las ilusiones que siempre agravan el laberinto original de la existencia añadiéndole trampantojos, callejones sin salida y muros superfluos? Sabemos que con el hombre que nace no muere esta ilusión portadora de otras, como tampoco desconocemos que es preciso detraer realidades a pesar del asilo que representa para la soledad la ficción donde se amparan. Renunciar, por encima de todo, a las ilusiones que nos resultan cómodas y esperanzadoras ¿es acaso pedir demasiado? Solamente puede comprender la necesidad de vaciarse quien antes se ha llenado.

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Todo lo que puede aportar la clarividencia es la regularidad de que nadie sabe nada. Cuestiónese, en consecuencia, lo bueno, lo correcto y lo real más que ninguna otra cosa, pues uno sólo es dueño de lo que duda, y aun dudarse puede que lo sea sólo en estado precario, de prestado.

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Fascinación por la disolución. ¿Y qué tiene de nocivo, sucio o espantoso la entrega a la voluptuosidad de los instintos si el regodeo animal, como el espiritual, remite al ánima de la cual procede? Concibo el sexo no sólo a modo de placentero uso del otro, sino como disolvente inmersión en él, y experimento sus delicias, más allá del sexto, en virtud predilecta del acercamiento a la desaparición de la que expresa una humilde pero fascinante versión todo clímax. El hechizo erótico embriaga por lo que la carne posee de intercambio suicida, de liminar haram o acoplamiento furtivo, llave y cerradura en el vacío cuyos preludios tangibles excitan al funcionar como una ausencia acrecentada, mientras el amor tan alabado con el que muchos tienen el aciago gusto de aliñarla, introduce en el proceso un batiburrillo de proyecciones, anhelos y malentendidos, mezcla inestable que ha de estar bien sellada para que no se esfume su más adictiva esencia, más duradera cuanto más aromatizada esté con distracciones que le impidan heder a lo que efectivamente contiene.

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Mayúsculas en paños menores. La Casa empieza y termina por la Cama.

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Centro inmóvil en un remolino de aislamiento a kilómetros de cualquier amansamiento urbano, devengo señor dual en mi morada con el vate que desdeña guiar y el abate que detesta seguir. Si habitara en la ciudad —como ya hice—, estrujado en una continuidad vecinal o hipotecado en una murienda adosada, me sentiría necesariamente expulsado de las manifestaciones numinosas que me ayudan a ser un monstruo amigable para los humanos, comenzando por esa multitud que llevo dentro y no consigo metabolizar.

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Teórica, metafóricamente al menos, soy un inmoralista que niega la responsabilidad del sujeto frente a su destino, pero sucumbiría a la fealdad de los hechos si no dispusiera, al mismo tiempo, de sólidos principios éticos para moverme a través de la acumulación de ignorancias que llamamos historia.

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Aflojar el ritmo (de producción, de consumo, de comunicación, de copulación, de lo que sea) constituye la gran herejía de nuestra época robotizada y el único modo asequible de hacer temblar la maquinaria económica sin mancharse los puños con ADN de banquero; mácula ecua, sí, y deseable, claro, e inútil, también: nadie los ganará nunca en su propio terreno.

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Donde hay consentimiento no puede haber perversión; la perversión surge allí donde uno puede conminar a otro a soportar un sufrimiento que no ha elegido, luego ¿qué lugar del mundo, fuera de las alcobas de los amantes y de algún fugaz ascenso a las esferas del éxtasis, está libre de ser un antro de perversión? Ni siquiera los patios escolares, que guardan el secreto a voces de un legado de torturas con reputación de juegos infantiles.

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Los vicios privados no son la fuerza motriz que ensambla las virtudes públicas (Mandeville), sino el premio de consolación por tener que tirar de ellas.

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Un coño tierno y generoso puede salvar súbitamente a un hombre de sus propias e insondables oquedades. En cambio, ¿qué recompensa mística puede darles a ellas el falo, aparte del vulgar éxito de una inseminación o de algunos espasmos tonificantes?

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Al sollozo de los faroles, su silueta ceñida de roja concisión aportaba al frío que estoicamente despreciaba una fantasía de cromatismos eréctiles devorada por los viandantes, flâneurs que recorrían menos molestos el error de sus vidas al frotarlo contra las improvisaciones del escenario. Cuando uno de los mirones habló, la revoltosa lo hizo retroceder hasta su escondrijo...
Y: ¿Por qué dejarle a los gusanos lo que puede comerse un humano?
X: ¿Por qué llamar humano a la extensión de un gusano hambriento?
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Los verdaderos pesimistas son aquellos que, arraigados en la inmundicia o siendo testigos de ella, porfían en demostrar la bondad fundamental de la vida. Son ellos los que adolecen de una pésima visión de ambas, de la bondad y de la vida, con una insuficiencia que debe de resultarles ventajosa por su actividad profiláctica contra las pesadillas, pero ofende como ninguna al hondo sentimiento consciente de los pesares humanos.

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Memoria escéptica. Quizá Dios, asesinado por los seres que ahijó, ha reparado con esta Némesis su hibris cosmogónica, mas no se hará justicia hasta que sus restos descansen en paz, la misma que los nostálgicos del desaparecido deben dejar a los parricidas, convertidos igualmente en huérfanos... ¿A quién corresponde enterrarlo?


Arriba, La parábola de los ciegos de Brueghel el Viejo, óleo sobre tabla que ilustra el versículo: «Dejadlos, son ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo» (Mateo 15, 14). Abajo, como muestra el folio 62v del manuscrito del siglo XV Histoire de Merlin, mediante ardides dignos de emular un demonio consigue ayuntarse con una monja, o la hija célibe de un rey galés según otras leyendas, de cuyo vientre nacerá el futuro mago Merlín.

3.1.14

EPISODIOS DEFECACIONALES

Todos somos locos, los unos de los otros.
Gonzalo CORREAS
Vocabulario de refranes y frases proverbiales

La pena de muerte, lejos todavía de estar obsoleta, adquiere una relevancia aterradora; pero al contrario que en los siglos que desconocieron las bondades chatarreras de la industrialización, profusa en lo material y roñosa en lo espiritual, hoy no se mata tanto en los cadalsos o en los campos de batalla, se prefieren, lucen más rentables las calles, los hospitales, las carreteras, las factorías, los bloques de vecinos, los bares, los grandes almacenes, las aulas, las pantallas... lugares deshogarizados por una sobrerrealidad acosadora donde lo fácil es convertirse en un matarife asistido de las virtudes propias y quimérica la gesta de mantenerse dueño de sí. Por el tránsito continuo que va de desgastarse en lo malo conocido a renovarse en el peor venir, se ha pasado de una explotación prematura de la existencia a la premura inabarcable de un desvivirse anunciado: seguridad a cambio de duración, subsistencia parca, aparcada en un penadero premortuorio. El contagio ha sido conjurado por contingentes penalizados de vida que se sienten posesos del final como esas moscas alrededor del enfermo reblandecido cuyo cadáver anticipan. 

No es el fin de la humanidad, sólo su camelo. El holocausto cotidiano es una bestia multiplicadora de barrigas cuyos resuellos inflan de miasmas la mentira de una conciliación de intereses, lo mismo para crecerse que decrecerse en fervor y compaña de multitudes. Inevitable, quizá, dentro de este compudrirse a la intemperie monotemática del se vende todo que ha de seguirse a cualquier precio, brilla en su pérdida la liturgia deflectora, el concierto ceremonial habido entre el sacrificado y el superviviente. Descatalogada, otrosí, como improducto por la mera ganancia de gastancia, esta oclusión de claves escénicas demuestra que nuestra condición acomodaticia puede bastarse sin necesidad de consagrar a un mito su demanda —literal y figurada— de canibalismo, más exacerbado que nunca por las presiones de la civilización extrema, indistinguible ya de la extrema barbarie.

Sombras venidas a más o diablos venidos a menos, animales tan cóncavos como convexos, bajo el código genético persiste otro de fatalidades que hace del hombre hambre de hombre, un goloso Ouroboros mortífero y mortífago que se muerde la lengua con el culo. No hay honra plausible ni posible transformación para la especie que en su búsqueda de la saciedad se ha decantado por el credo de procrear, mediante formidables evacuaciones, la sociedad celestial en la tierra, a la que sueña como puta e ingiere como veneno.

En la imagen superior, la obra Ophelia del dúo de escultores Afke Golsteijn y Floris Bakker, quienes presentan sus trabajos como Idiots. A la derecha, Wolf Like Me de la atractiva Kelly Denato.

2.1.14

DEL HORRENDO CRUCE ENTRE FERTILIDAD Y ESTUPIDEZ

¡Dichosos los muertos! ¡Y tres veces desdichados aquellos que, llenos de locura, engendran! ¡Dichosos los castos! ¡Dichosos los estériles! ¡Dichosos incluso aquellos que prefieren la lujuria a la fecundidad! Pues ahora los Onanistas y Sodomitas son menos culpables que los padres y las madres de familia, porque los primeros se destruirán a sí mismos y los segundos destruirán el mundo, a fuerza de multiplicar las bocas inútiles.
Albert CARACO
Breviario del caos

No hubiera sido necesario recurrir a estudios como el de Gerald Crabtree para hacer patente el retroceso cognitivo que se obtiene con cada generación; la decadencia de aptitudes intelectuales puede verse contrastando la mutación del valor cultural que se concede a la individualidad en los pueblos que históricamente han habitado un mismo territorio. Con todos sus defectos y esclavitudes, en la antigua Roma de la que Hispania llegó a ser provincia esencial nunca fue delito abortar, pero en la actualidad debería serlo, y muy grave, obligar a los órganos sexuales a producir seres, máxime cuando sea previsible el parentesco, aun lejano, con tipos degenerados como el instigador de la Ley Orgánica de protección de la vida del concebido y derechos de la mujer embarazada, cuyas intenciones chocan frontalmente con la madurez deseable para alcanzar la neutralidad institucional en materia de fe, criminaliza a las mujeres tras equipararlas a perras interrumpiendo la capacidad de gestar una decisión soberana sobre sus cuerpos y, en síntesis, sirve para dar pábulo a los más tontos de entre los tontos que reproducen sus taras en las cunas y en las urnas, pues siempre ha sido capirote de orgullo entre gentes de mala raza fundar sagas con la esperanza de que sus engendros los rediman de su propia necedad.

Besos secretos al calorcillo de la putrefacción en Amore e morte de Calcedonio Reina.

1.1.14

¿EL ALMA O LA VIDA?

Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre.
Aldous HUXLEY
Un mundo feliz

Los escándalos motivados por las excarcelaciones acaecidas tras la derogación de la doctrina Parot, aun siendo tangenciales a mis planteamientos políticos, me animan a revisar algunos problemas subyacentes a los sistemas penales en general, y a prevenirme de la probable evolución de las tendencias ideológicas que los regulan en particular. No quiero entrar en argumentaciones prolijas ni en detalles técnicos, sólo hacer una observación que acaso parezca ajena al núcleo más polémico de las cuestiones que merecen un análisis laborioso, como pueden ser las razones que tratan de fundamentar, respectivamente, la conveniencia de una rehabilitación psicológica del criminal (su conversión espiritual) o la apología del castigo físico (somatización del delito) que se ejerce sobre el recluso con supuestos fines profilácticos para la comunidad de la que ha sido retirado.

Sabiendo —como nadie podrá negarme— que la brutalidad suele imponerse a la justicia, de la cual toma en usufructo tantas veces el nombre, ¿qué es más monstruoso: sentenciar a muerte a los protervos o poner en manos de los gobiernos la potestad de blanquear los cerebros que juzga errados para dispensarlos de la negrura del patíbulo? El apogeo de lo espantoso, no cabe duda, sería combinar ambas opciones a la manera orwelliana, soviética, demópata, que consiste en reeducar al culpable, obligarlo a retractarse públicamente de sus crímenes y liquidarlo a continuación. Pero puestos a especular sobre los reversos menos divulgados de las atrocidades con funciones de Estado, pregúntese cómo y bajo qué variables enfocan estas disyuntivas los poderosos señores dictaleyes que han tenido siempre por aliados y esbirros a peligrosos asesinos, cuando no lo son ellos mismos.

Qué magnífico péndulo de meditaciones propone El ahorcado de Francisco Goitia.
 
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