6.1.14

DIETÉTICA PARA HUMARRANOS

A Juan Montero, por meditar en tres dimensiones

El sentimiento de la humanidad es quimérico; nunca podrá hacer frente a las pasiones, ni siquiera a las necesidades, puesto que vemos a los hombres devorarse mutuamente durante siglos.
Marqués de SADE
Juliette o las prosperidades del vicio

No feliz, aunque sí menos desdichado por haber ganado independencia de los factores extrínsecos, sería el humano si pudiera prescindir del excesivo protagonismo estomacal que interviene en el ritmo de sus ciclos naturales, y su boca fuera capilla abierta sólo al arte desgustativo en vez del ineludible proemio a la alcantarilla digestiva que agita consigo como un anuncio de su descomposición; daría una muestra de esplendor en la carrera hacia la decadencia orgánica si desarrollara la facultad de alimentarse de praná sin supeditarse jamás a la expansión y vaciado de sus intestinos, con los que mantiene un pulso sometido a una confidencialidad relativa en función de la cual ha de ocultar a la mirada ajena el acto de desocupar la materia ingerida que, por el contrario, suele engullir en público sin ningún apuro. Comer es un rito social del que su conclusión lógica está proscrita. Se entiende mejor la irregularidad del tratamiento simbólico que la costumbre establece sobre las diferentes fases del proceso fisiológico que va del paladar a la deposición cuando se atiende a la suntuosidad y consumo exacerbado que la aristocracia de patrimonio ha exhibido como signo de distinción, en contraste con las nociones de equilibrio y serena gestión de sí que asume como ejes la nobleza de conducta.

El pensamiento resultará hermoso por la simetría del concepto, pero dudo que recuperásemos la inocencia en caso de tener la oportunidad de volver a morder el fruto prohibido, incluso si fuera la carne del hermano cuyo conocimiento nos enseñaría a vomitarlo. Sin embargo, algunos códigos persisten frescos en los tejidos gracias a su validez estética. Arrojar del propio cuerpo el sobrante de su actividad interna siempre será más deleitoso que meter más de lo necesario en él, de ahí que el sabio, cultivado en la templanza y templado en la cultura de la fortaleza, prefiera morir de inanición a reventar de empacho, mientras el bárbaro, chabacano por dentro pese a la exquisitez que pueda afectar, resulta reconocible porque se ceba con una impudicia que concuerda, a la postre, con la enorme cantidad de mierda expelida del mondongo y otros silos, pues no es porquería cular todo lo que apesta a quien afina, en su proximidad, el olfato.

La lámina procede de Historia de la composición del cuerpo humano escrita por Juan de Valverde e impresa en 1556. La encontré en Pretty Potache, un blog dedicado a mostrar, entre otros encantos, la importancia de saber descacharrar unos juguetes que al aficionado hasta podrían parecerle hombres.

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