1.1.14

¿EL ALMA O LA VIDA?

Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre.
Aldous HUXLEY
Un mundo feliz

Los escándalos motivados por las excarcelaciones acaecidas tras la derogación de la doctrina Parot, aun siendo tangenciales a mis planteamientos políticos, me animan a revisar algunos problemas subyacentes a los sistemas penales en general, y a prevenirme de la probable evolución de las tendencias ideológicas que los regulan en particular. No quiero entrar en argumentaciones prolijas ni en detalles técnicos, sólo hacer una observación que acaso parezca ajena al núcleo más polémico de las cuestiones que merecen un análisis laborioso, como pueden ser las razones que tratan de fundamentar, respectivamente, la conveniencia de una rehabilitación psicológica del criminal (su conversión espiritual) o la apología del castigo físico (somatización del delito) que se ejerce sobre el recluso con supuestos fines profilácticos para la comunidad de la que ha sido retirado.

Sabiendo —como nadie podrá negarme— que la brutalidad suele imponerse a la justicia, de la cual toma en usufructo tantas veces el nombre, ¿qué es más monstruoso: sentenciar a muerte a los protervos o poner en manos de los gobiernos la potestad de blanquear los cerebros que juzga errados para dispensarlos de la negrura del patíbulo? El apogeo de lo espantoso, no cabe duda, sería combinar ambas opciones a la manera orwelliana, soviética, demópata, que consiste en reeducar al culpable, obligarlo a retractarse públicamente de sus crímenes y liquidarlo a continuación. Pero puestos a especular sobre los reversos menos divulgados de las atrocidades con funciones de Estado, pregúntese cómo y bajo qué variables enfocan estas disyuntivas los poderosos señores dictaleyes que han tenido siempre por aliados y esbirros a peligrosos asesinos, cuando no lo son ellos mismos.

Qué magnífico péndulo de meditaciones propone El ahorcado de Francisco Goitia.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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