11.1.14

MENOS DA UNA MIGA


—Aristipo, si se resignara a co­mer hortalizas, no querría tratar con los reyes.
—Si supiera lo que es tratar con los reyes, no querría hortalizas el que me criti­ca.
Quinto HORACIO
Epístola 17

Pasaba en cierta ocasión por donde Diógenes estaba lavando unas hierbas, y le dijo éste: «Si hubieses aprendido a prepararte esta comida, no solicitarías los palacios de los tiranos». A lo que respondió Aristipo: «Y si tú supieras tratar con los hombres, no estarías lavando hierbas»
Diógenes LAERCIO
Vidas de los más ilustres filósofos griegos

Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey. Y le dijo Aristipo: «Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas». A lo que replicó Diógenes: «Si tú hubieras aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey».
Anthony de MELLO
El canto del pájaro

Haciendo colchón improvisado del estruendo, me he dormido al sol con el zumbido constante de una cosechadora herrumbrosa que hormigueaba en un cultivo cercano. ¿A cuántas legiones de laboriosos himenópteros equivaldrá la fuerza de trabajo de este gigantesco herbívoro especializado en deglutir la cabellera terrestre a medida que avanza? Misterios de la transubstanciación mercantil o paranomasias del absurdo que con apariencia de racionalidad económica campa aquende los sueños, las dentelladas chatarreriles de su glotonería gastarán más combustible en la ocupación desempeñada que la energía obtenida del grano recogido, cuyo fin declarado es producir biodiésel. Trato de pensar en ello para desperezarme la sedente modorra desde la que atiendo, en realidad, al cohete furtivo de una erección destinada a ascender sin alcanzar la exosfera vaginal (en esencia, soy un chico solitario). Esta pasajera merma del riego cerebral no me impide reflexionar, lateralmente, en la bomba de demencias a punto de estallar con la prolongación artificial de la vida y de la que cada uno ofrece una obertura inquietante por medio de la atención casi maníaca que presta a la millonésima fracción de alteraciones que lo recorren a diario. Nos hemos escindido de nosotros mismos en tantas partes como molestias podemos albergar; así, nos sentimos acosados por un órgano demasiado insolente o un enclave anímico desazonador, semejando peones vacilantes de un arcidriche psicosomático en el que son habituales jugarretas las atizadas por un corazón frágil, unos pulmones irascibles, una digestión caprichosa, unos nervios lacerantes, una estampa menos deseable de la apetecida, un descanso que no repara lo debido o se cotiza plúmbeo en exceso, entre todas las formas imaginables de queja que hacen de la muerte segura, de los estragos del tiempo o de las angustias derivadas de la iniquidad social asuntos en extremo remotos, como si pudiéramos excluirnos de las corrupciones de la Babel universal por el hecho de ser perseguidos, de yo a yo, por una miríada de malestares exclusivos, pequeños lamentos usados para distraer los grandes daños sin amparo que nos atacan por todos los flancos de nuestra humana desnudez.

Ilustración sin título de Ken Taylor, de quien os recomiendo la sección de cartelería para clásicos del cine.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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