16.6.18

LA CHAMANIDAD ENTREVISTA

Asya Yordanova, Forest King
Es cierto que la tierra es la cuna del hombre, pero uno no puede quedarse en la cuna para siempre.
Terence McKENNA
La nueva conciencia psicodélica

Pregunta: ¿Cuál es la genuina religión?

Respuesta: La más antigua.

¿Esa antigüedad remite a un fenómeno histórico o de otro orden?

Remite al chamanismo, una cosmovisión que habría de considerarse no tanto la respuesta de una idiosincrasia cultural al enigma del ser cuanto una geografía metafísica, sin menoscabo de que las sociedades donde subsiste desde su aparición en la Edad de Piedra la expresen de acuerdo con sus peculiares metáforas axiológicas.

¿En qué consiste la clave de bóveda de esa cosmovisión?

En el viaje extático, o en otras palabras, en la exploración de las dimensiones ocultas que coexisten con el mundo ordinario.

¿Con qué finalidad?

El conocimiento del alma en sus múltiples facetas, entre las cuales brilla, cada vez más tenue, la existencia humana.

¿Se trata de un conocimiento amoral?

No puede haber moralidad donde se acata como un axioma la insolvencia cognitiva que conlleva rechazar la búsqueda del saber.

¿Podría esa clase de búsqueda ser nociva para nuestra especie?

Menos nociva que la ignorancia, si me permite introducir la disyuntiva. Pese a que el contacto con realidades más complejas tenga siempre un componente aterrador aun para el avezado, esta es la forma que adopta el Misterio para conservarse irreductible frente a las pesquisas lanzadas por una mirada acomodada en exceso a la racionalización instrumental de la physis.

Entre los cuentos jasídicos que Martin Buber recopiló, viene a mi memoria una parábola brevísima que no me parece impertinente referir. Dice así: «Está escrito: “Aceite puro de olivas molidas, para las luminarias”. Nosotros hemos de ser golpeados y molidos para resplandecer con la luz». La senda del chamán es dura para él, pero las ventajas para su tribu son impagables. El entrenamiento del chamán en las relaciones que median entre los mundos superiores y los inferiores, su habilidad para ser un puente entre el reino de lo visible y el de lo invisible, redunda en el equilibrio anímico de su grupo. Que algunas técnicas aprendidas en estados de percepción expandida puedan ser empleadas con fines espurios limitaría el alcance de ese aprendizaje y, en consecuencia, su valor.

¿Cabe afirmar que el chamán es un filósofo?

Y un sanador a partir de cierto nivel, cuando alcanza el dominio de sus facultades incrementadas. Como un herrero de sí mismo, el chamán ha descompuesto y forjado tantas veces su psique, que con cada renacimiento vuelve mejor templado para el arte de curar. ¿Qué puede ofrecer en comparación el curandero de una religión, como el cristianismo, especializada en convertir a los domados en devotos? Arrepentimiento, genuflexiones y actos de penitencia; enormes dosis de falsedad con visos de esperanza y un poco de blanqueante para esa suerte de lavandería de culpas que, bajo su influencia, ha colonizado la conciencia del fiel.

Si desde el origen de las tradiciones chamánicas los psiconautas familiarizados con el éxtasis han podido mantener un intercambio ontológico con la esencia demiúrgica de la realidad, ¿para qué una casta sacerdotal y su aparato de poder sobre las inteligencias? Esa es la pregunta obligada que debería formularse todo aquel que quiera desentrañar el éxito de los credos desprovistos de cualidades visionarias, primer paso para comprender los motivos que han conducido a la estigmatización de los investigadores que todavía pudieran dar coherencia a los vestigios preternaturales cuando se adentran en continentes donde los límites asumidos como certezas se desvanecen, y tras ellos las credenciales que han facilitado mando sin autoridad y privilegios sin virtud a los usurpadores del primitivo trato entre los dioses y los hombres.

¿Qué facultades son indispensables para saber sanar?

La misma que para otras acciones espirituales: tener Visión. Gracias a ella, el chamán se sumerge en una experiencia directa de lo que no funciona como es debido dentro de un sistema vivo, de igual manera que capta los desarreglos sutiles que alguien pudiera padecer o estar causando.

Suena a hechicería.

Brujos, hechiceros y chamanes son nombres que bailan alrededor de un arquetipo idéntico. También podría traer a colación la logia de los druidas, que rendían culto a Dagda, el dios de la sabiduría que asociaban al caldero mágico, trasunto de las potencias del sí mismo, pues el verdadero crisol del conocimiento radica en la interioridad. Según René Guénon, los druidas fueron herederos de la tradición primordial, signada con el emblema del jabalí, y su formación, a la que eran destinados los jóvenes de juicio más despejado, requería no menos de veinte años de enseñanza básica. Esto presenta a mi entender elocuentes connotaciones chamánicas, como las tiene sin duda la orientación esotérica y sacramental, aparte de la terapéutica, que hallaron en el mundo vegetal. Incluso en el ámbito lingüístico existen paralelismos. El latín druĭda es la adaptación de una palabra celta compuesta por dru-, fuerza, y vid-, sabiduría, respectivamente simbolizados por la encina y el muérdago, cuyo significado «ilustrado de los bosques» evocaría resonancias combinadas que van más allá de su literalidad. Sobre la lejana etimología que nos llega a través del francés chaman, si bien se presta a ambigüedades, algunos estudiosos derivan el vocablo del tungús šaman con el sentido de «iniciado».

¿Qué relevancia tienen para los chamanes las propiedades, principalmente las psicotrópicas, de los vegetales?

Para los interesados en la materia es de sobra conocido que Mircea Eliade, en su ya canónico ensayo El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, descalificaba el uso de sustancias capaces de esplendores místicos como indicio inequívoco de un chamanismo en decadencia. Estoy en franco desacuerdo, y tampoco es preciso recordar en favor de mi discrepancia lo mucho que destacó Eliade por su ingente labor de biblioteca, no por la de campo; si mi intención fuera refutarlo con esta alusión, incurriría en un argumento ad hominem como el que bien pudiera haber sufrido nuestro experto en religiones al juzgar demasiado a la ligera épocas pretéritas desde un contexto histórico azotado por la cruzada prohibicionista antidroga. Un tabú social siempre es un velo a descorrer y el autor rumano parece haberlo interiorizado en lo relativo a psicoactivos. Dejando de lado el peso que haya podido tener en su opinión esta circunstancia represiva, cualquier persona versada podría confirmar el aserto de que ninguna herramienta utilizada por el ser humano puede aproximarse al poder que algunas plantas y hongos poseen como catalizadores de la gnosis. Pedirle a un chamán que desarrolle sus técnicas sin este recurso sería tan absurdo como exigirle a un panadero que prepare una hogaza esponjosa sin levadura. En concordancia con esta evidencia empírica, allí donde el ritual adquiere un protagonismo cada vez más sofisticado en detrimento de la ebriedad que sirve de vehículo extático hacia el Otro, puede aseverarse que el chamanismo ha entrado en un proceso de involución que lo aleja de sus fuentes y lo acerca, transformado en una caricatura de sí mismo, a espectáculos inanes como el oficiado por la misa católica.

El ritual solo es un condensador de experiencia cuando refuerza la activación de un estado que centra su razón operativa fuera del régimen figurativo de la sesión.

¿Hasta qué punto es falible la ciencia de un «hombre medicina»?

Tanto como pueda serlo respirar… Lo que pretendo sugerir es que su ciencia no depende de un criterio mediatizado por la historia subjetiva y los intereses parciales de un yo, sino que explota una propiedad intrínseca de la materia muy relacionada con las conexiones profundas que se hacen ostensibles a la mente durante el trance visionario, que puede entonces discernir la información subyacente que afecta a otros seres y modificarla en algunos aspectos, reprogramarla. Esto es posible porque las criaturas, tanto las adscritas a la esfera biológica como las resistentes a la taxonomía convencional, estamos entretejidas semántica y estructuralmente en un continuo universal.

Todo está abierto a todo, pero la modernidad se define por ser el tiempo expuesto al eclipse de la epifanía. En nuestra civilización, un individuo con aptitudes innatas para la chamanidad estaría, como mínimo, desubicado y correría serios riesgos de acabar tutelado por el estamento psiquiátrico. Seguimos en la caverna platónica, ahora distraída con pantallas retroiluminadas, y aun así la misma voz del Logos que inspiró a Heráclito, el mismo genio, nos interpela a la menor oportunidad: «¡Eh, monito, atiende un poco, aquí hay algo más!».

¿Cómo distinguir a un sanador de un impostor?

De igual forma que se distingue a un cojo cuando debe echar a correr.

¿Es usted un chamán?

Aún no he sanado a nadie, a menos que el propósito de curar empiece por la guía y el acompañamiento, casi socráticos, que he brindado a algunas personas confiadas a mi pericia cuando la prueba exigía de ellas abrir la puerta de sus sentidos a las revelaciones. Siendo como soy una bestia incardinada en aflicciones propensas a la desmesura de los pensamientos y los altos contrastes, lamento decirle que mi escepticismo representa un obstáculo insuperable para responder como quisiera. ¿Soy un chamán? A decir verdad, no tengo ni idea.

13.6.18

CINEMÁTICA DE LA HECATOMBE

Lincoln Harrison
Una penosa tarea se impuso a todo hombre y un pesado yugo oprime a los hijos de Adán desde el día en que salen del seno de su madre hasta el día en que vuelven a la tierra, madre de todos: sus pensamientos y el temor del corazón y la espera reflexiva del día de la muerte, desde el que glorioso se sienta en el trono hasta el humillado en la tierra y el polvo, desde el que lleva púrpura y corona hasta el que viste groseras pieles, están sujetos a la cólera, la envidia, la turbación, el temor, la ansiedad de la muerte, a las rivalidades y querellas. 
Eclesiástico 40, 1-4

Si los amantes no saben alcanzar la plenitud que representa el arquetipo alquímico del andrógino primigenio, que conserven al menos la pulcritud ética y la elegancia simbólica de rehusar la servidumbre que supone funcionar como instrumentos biológicos aplicados a engendrar nuevos deudores sometidos a las mismas necesidades congénitas, expuestos a ducas no menores y proclives a mimetizar por igual la vanidad que busca remiendo a los complejos y caducidades del propio ser en el espejismo de su linaje sin llegar a entrever, o lo que es peor, sin importarle que la dinámica de la propagación incremente la velocidad de giro que la especie efectúa, sobre un eje demencial, entre la posibilidad de degenerar en la barbarie o de extinguirse mediante la intensificación traumática de su avidez. La historia es el producto, la ectasia, de una pandilla de simios enajenados, y pese a sus desmanes, por inútil que sea tratar de explicárselo al común de abocados a dar bocados, cada uno de estos agitadores del vecindario terrestre, «con sus circunstancias y sin decir nada, me está enseñando la compasión, la más infinita y dulce que se le puede tener a la flor más pequeña y frágil. Ante una situación así, uno comprende que es sumamente importante hacer lo correcto». Son palabras tomadas de una mujer nagual a quien acompaño en la distancia que este homenaje estrecha.  

Evola, en su parvamente estudiada Metafísica del sexo, alarma de la fecundidad humana por «devenir pandemia y pululamiento indefinido en las especies más bajas, hasta aproximarnos al plano donde, con el hermafroditismo de los moluscos y los tuniceros y la partenogénesis de los organismos monocelulares, de los protozoos y de algunos de entre los últimos metazoos, se encuentra, invertido, perdido en el bios ciego e indiferenciado, el mismo principio que está en el inicio de toda la serie descendente». Líneas después aclara que «no son ya los antecedentes del eros humano, sus estadios evolutivos inferiores, los que aquí se nos revelan, sino más bien las formas liminales de su involución y desintegración bajo la forma de impulsos automatizados, demonizados, lanzados en lo ilimitado y en lo insensato». También de su quirúrgica pluma procede la advertencia que anima a «ponerse en guardia contra la idea que presenta como un progreso y un enriquecimiento el paso del amor sexual al amor de matiz principalmente afectivo y social, basado en la vida en común, con el matrimonio, la familia, la procreación y todo lo demás. Existencialmente, no hay en ello un más, sino un menos, una caída intensiva de nivel».

En conclusión, el deseo narcisista de tener prole se aviva cuanto más se desciende en el plano de los recursos mentales, cuanto más ciegamente se entregan las efervescencias que mueven las fuerzas primordiales de la voluntad al fingimiento de un sentido invasivo de la existencia capaz de anular o solapar el vacío que acecha, dondequiera, a quien no ha explorado las dimensiones misteriosas del conocimiento, los luminiscentes estados que las realidades trascendidas ofrecen, en justa correspondencia, a los libámenes del espíritu.

23.5.18

ENTRE ÁNGELES Y BOSTAS

Marino Muñoz, Instinto sagrado
Porque en la unidad ya hay multiplicidad, lo múltiple llega a existir. Porque en la nada ya está todo, la totalidad llega a aparecer.
Juan Eduardo CIRLOT
Aforismos del no mundo

¿Qué blasfemia hay en el hecho de que alguien defeque en Dios, obviamente en sentido figurado y sin pudor a desfogarlo en forma de chabacanería, cuando a tenor de bien fundadas concepciones religiosas entre el Ser universal y la menor partícula manifestada en el despliegue cósmico media tal relación de inmanencia que la divinidad es tan mierda de simio como éxtasis de santa; tan molécula de hachedosó en los témpanos anillados de Saturno, o en las lágrimas arrojadas al volcán del desamor, como cuásar que corusca en lontananza? En orden a los posibles horizontes metafísicos de la Creación, aquí en la cripta la única blasfemia, si es hacedero adjudicar a la injuria una categoría teológica, se concentra en la presencia de fanáticos lo bastante celosos de su dogma como para creerse en posesión absoluta de la revelación, sentirse dilectos del Desconocido y acosar, en nombre de sus resentimientos privados, a todos aquellos que tienen la llaneza de dar cauce verbal a enfoques diferentes de la cuestión, cuestiones de gusto aparte.

Infinitamente más preocupantes que los exabruptos malsonantes de cierta inspiración abrahámica deberían ser, en cambio, las malpensadas aberraciones legislativas que hemos de soportar, y entre las muchas habidas en las taifas hispánicas pocas más grotescas que las destinadas, por tradición inquisitorial, a blandir una noción exclusivista de Dios con el ánimo de impedir que otras criaturas, capaces de divagar por sí mismas, puedan entenderse con el misterio o desentenderse de él según su sensibilidad para captarlo.

Frente a un código que a lo penal une lo penoso de mostrarse obsequioso con los francotiradores de la fe, y al consabido bloqueo administrativo de cuanto concierne a confesiones alternativas a las mayoritarias, lo extraño sería que la reacción de un individuo en sus cabales, que de ningún modo hago imperativa, no experimentase el despertar de la insurgencia interior contra la movilización de los pobres de espíritu que, valiéndose del chantaje sulfuroso de sus emociones, y en definitiva de su pueril apego a censurar el ajeno discurrir por cuenta propia, prefieren la respuesta punitiva a la aceptación de criterios disímiles, laboran en pro de un índice de ideas proscritas que estrangule el juego dialéctico de mentalidades y tratan de concitar pasiones incriminatorias contra cualquier actitud inclinada a interpretar, en clave de polémica, los demasiado humanos privilegios que disfruta, a erario sangrante, su nada paciente feligresía. «Detrás de la cruz está el diablo», queda dicho en El Quijote hasta en tres ocasiones, y tanto se cumple el proverbio al pie de la errata en el país de Pero Pérez, que mantener un intelecto fiel a la búsqueda de la verdad, siempre violada al calor de las capillas oficiales, equivale a encaminar la dimensión civil de la aventura del pensamiento por los senderos de la criminalidad. No son cosas del pasado estas glosas del pasando.

Más allá de considerar cómo podría sostenerse una duda razonable a propósito de los agravios en materia de creencias, cuyo abordaje analítico es excusable no reiterar ante lectores esclarecidos, el evangelio que profesan esas almicas de Leviatán parapetadas en la mordaza de la ley, no es sino el poder de encausar a sus oponentes gracias al trampantojo jurídico que les permite comparecer como corderos pascuales siendo, a todas luces, perros de presa.

13.5.18

DÍA DE LA ASCENSIÓN

Emily Carr, Scorned as Timber, Beloved of the Sky
Soy un estratega sombrío que, habiendo perdido todas las batallas, traza ya, en el papel de sus planes, disfrutando de su esquema, los pormenores de su retirada fatal, en la víspera de cada una de sus nuevas batallas. 
Fernando PESSOA
El libro del desasosiego

Toda vez que la muerte es el seguro remedio contra los hachazos de la existencia, no debería festejarse en cada happy birthday el cumplimiento de otro año de permanencia en el mundo, sino el acercamiento irrevocable a la liberación. Cada latido nos arrima un poco más a la cura del dislate que lo programó, y si se ha oxidado uno lo suficiente, de la edad que resta hasta el desenlace no podrá desprender ya la certeza de ser el único superviviente de una pedanía de lecturas aplazadas, proyectos desplomados, atributos ajados y confianzas desbaratadas que, desde su impotencia para motivar el celo de sí en ese transeúnte de su desgana, contemplan cómo se va hundiendo lo que pudo ser en el tremedal de asignaturas pendientes a las que solo un acto de soberana desaparición podría otorgar una matrícula de honor. 

Qué duda cabe, no es decente adorar lo que sería mejor abreviar, pero tampoco lo es recrearse diseminando a los cuatro vientos la farfolla de las propias llagas: dejo esa adicción a los cristianos, que como asesinos del alma siempre necesitaron dosis reiteradas de perdón por sus crucifixiones, mientras evoco el linaje pagano que me hizo reverente desde niño con los animales de sangre fría: «No fui, fui, no soy, no me preocupo».

12.5.18

PALABRA DE ALMOTACÉN

Jean-Léon Gérôme, Le jour du jugement dernier
Vuestras perturbaciones excesivas han sido a menudo objeto de mi risa y de mi mal humor.
Quinto HORACIO
(Por vía de Robert Burton, otro sabio riente del vivitur parvo bene)

Si aplicásemos a las realidades ordinarias las mismas claves de interpretación que un docto en estados alterados de conciencia tendrá presentes a la hora de descifrar los elementos más significativos de los sueños, o al menos aquellos que dejan más honda impresión en el soñador, las conclusiones que dilucidaríamos serían tan sorprendentes cuanto acertadas, sin que las aproximaciones proporcionadas mediante este recurso invaliden otros sentidos entramados en los hechos analizados.

En su esfuerzo por sistematizar el estudio de los fenómenos oníricos, el polímata renacentista Gerolamo Cardano sostuvo que «el arte de la interpretación consiste en recopilar el máximo de aspectos generales y en averiguar cuál es la única cosa a la que convienen todas sus características», y apuntó como precepto de este arte, que tiene mucho de anamnesis poética, la fluidez de «saber pasar de un género a otro para reconocer desde los extremos los géneros medios». Revelar conexiones latentes entre órdenes dispares de sucesos tratando de poner en claro las correspondencias profundas que nos influyen, de eso versa la materia. Así, por citar un ejemplo cercano a nuestra cochambre nacional, que un mandatario sea derrocado tras el escándalo producido por el conocimiento público de la falsificación deliberada de sus credenciales académicas indica para el súbdito que el aparato de gobierno, en especial cuando el personaje depuesto era devoto del fraude en sus decisiones corrientes, acentuará las maniobras para obtener exacciones y recabar información personal susceptible de ser utilizada como arsenal incriminatorio contra los ciudadanos, mas también puede ser una señal de que las posibilidades particulares de tener éxito burlando la costumbre, que es tirana, se incrementarán a partir de ese momento. Si además la autoridad caída en desgracia es mujer y durante las comparecencias se ha comportado con avinagrada soberbia, su despeño anuncia en el corto plazo sentencias judiciales que pesarán como una maldición sobre su sexo, como en efecto se ha visto de manera concomitante a lo largo de las jornadas, previas a estas líneas, que ha ocupado en los medios de alineación de masas el proceso referido.

10.5.18

HIPOGEO

Giovanni Battista Piranesi, Il pozzo
Mísero hombre, ¿de qué presumes? No eres más que una pelota golpeada por el error, un navío de cristal arrojado a un mar espeluznante. Con sangre y pena saliste del vientre materno, y arrastrando lágrimas y sollozos avanzas hasta la tumba: ¡qué resbaladizos son tus senderos!, ¡cuán segura tu caída!, ¡nada eres siéndolo todo!
John HALL
El reloj de arena
(Versión libre de Rosario Espinosa)

Machos cargados de turbulento esperma y de impulsos proclives a cebar el pozo de la perpetuación, a vuestras facultades menos insensibles dirijo este bando:

¿Hemos de compadecer a las mujeres por las servidumbres que la menstruación y las alteraciones hormonales les imponen a modo de viciado recordatorio de la mecánica maternal, amén de por el riesgo de acabar infectadas con embarazos a consecuencia de las colisiones, físicas y metafísicas, derivadas de la versión agravada que en ellas tiene la fertilidad? Por consideración hacia su mayor penalidad fisiológica, hacia la autonomía de los seres sexuados que somos, hacia el cachorro que podría ser forzado a existir en un mundo martilleado por intereses repugnantes y aun por cortesía hacia las especies que, directa e indirectamente, soportan las vejaciones ocasionadas por el sobrepeso de la nuestra, en calidad de varones deberíamos abstenernos de fecundar óvulos y, en lugar de conformarnos dando gracias a la naturaleza por no haber tenido a mal equiparnos con la caldera infernal de una matriz, alcemos mejor cada mañana nuestra plegaria de inadherencia contra la suerte que ha hecho posible el desaire de encadenar otro día a la tragedia de nuestro nacimiento.

1.4.18

UN CANARIO EN LA MINA

Su epitafio no informa de cuántos primates salvó del grisú:
«In Memory of Little Joe. Died November 3rd 1875. Aged 3 Years».
Otro remedio hallo yo a los melancólicos, y es que oigan a otros melancólicos sus imaginaciones, porque oídas juzgarán en ellas desapasionadamente lo que la pasión los impide en las suyas propias, y después juzgarán en las suyas lo que sabiamente hubieren juzgado en las ajenas.
Pedro de MERCADO
De la melancolía

1

Cada día añadido a nuestra historia proporciona al desprecio por la especie humana una justificación adicional.


2

Se tendría que haber vivido al menos cien años entre los hombres antes de poder decidir, sobre todas las presunciones que lo alientan, si es acertado cometer el nacimiento de otro ser.


3

Nada más necio que creerse sabio porque los demás no aprenden.

4

El duelo por un ser querido no revela tanto la profundidad de nuestro amor como el analfabetismo que compartimos en cuestiones relativas a las ventajas de morir.

5

Se puede vivir, después de todo, solo para ser causa de inspiración de obituarios.

6

Qué nos aguarda tras la muerte nadie lo sabe, pero la experiencia que la precede es de suyo lo más deprimente que uno pueda echarse en cara, así que por ignoto que parezca el punto de fuga se dibuja más prometedor que prolongar el dolor de la perspectiva consabida.

7

Nuestras mejores creaciones son hijas de nuestros conflictos y nuestros mejores conflictos padres de nuestros desengaños.

8

La génesis ficticia de un dolor no lo hace menos real, luego a pesar de todo existimos.

9

Ninguna vida es real hasta que no la desdeñamos.

10

El arte de vivir no solo consiste en sobreponerse a la grotesca inutilidad del sufrimiento como materia prima, sino en permanecer abierto a las metáforas grandiosas que aún pueda dar de sí el abismo.

11

La vida nos es impuesta y la muerte nos la podemos dar: atributos más que justificados para que la primera nos resulte injuriosa y la segunda simpática.

12

En poco ha de tenerse la inteligencia afilada sin haber sido templada por la conciencia.

13

El mundo se ha convertido en una herida infecta y el entretenimiento en un inmenso vendaje para no verla.

14

Usa el espíritu: tal es la única libertad que te queda y también la habrás de perder.

15

De la misma forma que una persona culta no ilustra las variaciones de su espíritu con un solo género de música o con las lecciones de un único libro, es impropio del ánimo versado limitarse a un estado en detrimento de todos los que puedan enriquecer el conocimiento de sí mismo.

16

Si abrir la conciencia a la lucidez conlleva comulgar con tanto dolor, culpar a la claridad mental por aquello que revela sería no menos erróneo que matar al mensajero por cumplir con sus obligaciones de emisario.

17

La expresión artística es lo único que nos redime, a pedazos, de lo que somos. Cuando esa forma comunica belleza sin necesidad de amputar la médula trágica de la que brota, lo que acontece es un momento de gracia. Tal vez nuestra sabiduría se resuma en la búsqueda de esos momentos y nuestra gracia en acariciarlos donde dentro y fuera se funden, se transfunden, en un mismo esplendor del que somos simultáneamente donantes y receptores. Ya Nietzsche, en la etapa que dio a la imprenta obras céntricas como La gaya ciencia, detectó que «como fenómeno estético la existencia nos resulta siempre soportable, y en virtud del arte nos han sido dados los ojos, las manos y sobre todo la buena conciencia para poder transformarnos en semejante fenómeno».

18

Cuando la inspiración poética introduce en el ánimo fragmentos de un orden intemporal percibido como superior, puede asegurarse sin temor a errar que un dios ha cruzado por él.

19

No se mide uno por la calidad de sus amores y repulsiones, ni siquiera los actos y pensamientos pueden dar cuenta de su tallaje; uno se mide por su entereza ante la cárcava que lo espera con las mismas dimensiones que la destinada a cualquier otro.

20

Ni declararse fiel a una doctrina benévola suprime la malignidad, ni la honestidad de una persona vuelve menos nocivos los disparates de los que pueda ser apologista.

21

A los piadosos hace crueles el convencimiento de ser más buenos que los demás por haber encontrado razones incuestionables contra sus detractores.

22

Si la razón de uno solo —llámese juez, psiquiatra o el cazaherejes de turno— basta para poner a otro en graves apuros, tampoco habría de ser menester más acuerdo que el de cualquiera consigo mismo para impugnar la autoridad que sus perseguidores se atribuyen.

23

Así como la mejor publicidad para un producto cultural es el tabú, la mejor propaganda para una idea la facilita su persecución. Persigan a los antinatalistas, por favor.

24

Comprendemos la grandeza de una idea cuando se nos atraganta.

25

Las revoluciones no arrancan el mal contra el que dicen sublevarse, sino que lo estimulan a fuerza de podas.

26

Aun cuando el revolucionario honesto deba al utopismo la fuerza que sus camaradas menos ingenuos confían a la envidia, sirve al menos de revulsivo a una sociedad que no vive ya sino para ser conducida, de distracción en distracción, a la comodidad del matadero.

27

Para la mentalidad convencional solo es real lo que puede ser percibido bien con la fe de los sentidos, bien con los sentidos de la fe, según ceda el siglo al materialismo o al idealismo.

28

Amar lo mejor sin menospreciar al que ama lo peor, tal vez a eso se reduzca la esencia de un temperamento elevado.

29

Allí donde los modos carecen de gentileza la misma bondad palidece.

Undeviginti, Hermit

30

El escepticismo aporta a cada época un contrapeso intelectual frente a la soberbia de los victoriosos y los rencores de los vencidos.

31

No sabría determinar si es más lúgubre que repulsivo observar la cantidad de almas perdidas en lo irremediable que aún se aferran a un instrumento de tortura esperando hallar en él algún día la salvación.

32

Añádase a las acepciones de penoso que bajo el disfraz del progresismo se ampare hoy una regresión tan brutal de las conciencias.

33

La pieza de un sistema enseña más al ojo astuto que un vistazo a la totalidad.

34

Solo gracias a la inconsciencia no se advierte el culmen de la actitud prejuiciosa en la defensa a ultranza de la falta de prejuicios.

35

La miseria del ricachón es que todavía haya bienes con prestigio imposibles de adquirir por la fuerza del dinero.

36

Cuando se nos pide que confiemos en una economía basada en el endeudamiento perpetuo como principio rector, la situación es la misma que si se nos animara a cruzar un puente construido con plastilina a partir del diseño realizado en un parvulario.

37

Desde que son unos micos, a todos los chulos de patio les gusta ser reconocidos incontinenti por sus trofeos. Algunos llegan tan lejos en las galas de su jactancia que, cuando el territorio bajo su férula es lo bastante considerable como para llamarlo nación, se hacen llamar monarcas.

38

El éxito de una creencia depende de su facilidad para aparear los automatismos biológicos con las ilusiones colectivas.

39

Solo hay una forma de no ser conquistado por una idea seductora: tomarla por asalto antes de que nos aborde.

40

Que los hombres se enfrenten entre sí por la primacía de sus puntos de vista sobre la organización social es un costoso capricho del más pobre nivel de vida.

41

No me preocupa el fin del mundo, sino la fetidez insoportable de su duración,

«porque yo huelgo, como huelga el sano,
no de ver a los otros en los males,
sino de ver que dellos él carece».

42

Después de una vida pautada por el simulacro, solo la muerte nos reclama desde la verdad.

43

La vida posee tantas y tan extraordinarias contraindicaciones, que se precisa un veneno más fuerte que ella para sanarla.

44

A todos enloquece la vida: a unos, desalentados, los hunde a cada instante en el aborrecimiento de los días, mientras que a los más, maníacos de la farsa de sus metas, los unce a un molino de sangre, compitiendo por tirar de lo aborrecible, como si en la servidumbre hubiera gloria en vez de escarnio.

45

Llorarse como viudo de sí mismo mientras se vive, a semejantes refinamientos llega la tristeza.

46

Ir un paso por delante de lo mejor para situarse otro por detrás de lo peor.

47

Antes que maniobra en la zozobra, cada obra es sobra de sí misma.

48

Más por más, raramente es mejor.

49

Incluso en un contexto bíblico la criatura humana revela el gatillazo de su origen.

50

«No me ha dado tiempo»: una frase que lo dice todo.

51

Sobre cada féretro, en lugar de emblemas religiosos a los que el hábito ha velado su carácter colonizador, debería leerse este mensaje sapiencial: «Aquí se gesta nuestra razón de ser».

52

El fondo de la razón es una pasión dragada de sentido.

53

Que nadie aparenta lo que es no tiene menos validez para el grande que para el chico.

54

Reconozcamos a los mercenarios de Cristo su talento en tácticas desodorantes: no todos los hombres viles saben promocionar obras pías que enmascaren el hedor de sus peores empresas.

55

¿Cuál será el próximo chivo expiatorio para canalizar tanto y tan variado descontento acumulado? Los regüeldos de Europa, más fuerte cuanto más al sur, huelen a sepulcro profanado desde hace años. Guardemos algo de clemencia para nosotros mismos, la vamos a necesitar.

56

Desde un punto de vista exterior a los afectados, el álgebra de la compasión es un absurdo por la sencilla razón de que el sufrimiento compartido no se reparte, se multiplica.

57

Uno por uno son tres cuando los unos se sienten ceros.

58

No aparques los libros tan pronto, ya es tarde para encontrar un mundo legible entre la plaga de erratas que lo encarnan.

59

Ante la noticia de otro suicidio, mascullo expresiones admirativas como «lo logró», «no se dejó asesinar por una estúpida enfermedad» y otras que sería más prudente callar. ¿Me convierte eso en un caballero pardo de la negrura? La mayoría de las personas nunca alcanzan la madurez necesaria para merecer el privilegio de matarse porque ni siquiera se atisban como reclusos de una orden de arresto biológico.

Theodor Kittelsen, Danza macabra

60

Que procrear «es ley de vida» constituye un enunciado del que siempre he dudado con espanto por la insensatez desaprensiva de quienes se lo toman al pie de la letra, o lo que es igual, a la cabeza del patíbulo. En la vida no hay leyes, solo necesidades, y muchas de las que pasan por tales no son más que el encarnizamiento de una usanza escasamente pensada, consentida en demasía.

61

Entre las grietas que ocasionan los cabezazos de impotencia para describir una vivencia, se filtra a veces el centelleo de una idea mayor.

62

Ni el suicidio es un sucedáneo del asesinato, ni el asesinato podría llevarse a efecto si el criminal se complaciera en truncar su existencia antes que en afirmar su pequeñez contra otros.

63

El nivel de civilización de una sociedad se mide por la clase de residuos, no solo materiales, que produce. Si además de producirlos los reproduce, la barbarie está asegurada.

64

Ley excedentaria de la población: a medida que una especie aumenta, la importancia de sus miembros disminuye.

65

No es tanto el amor a uno mismo como la aversión a sentirse sobrexpuesto el secreto que dignifica la soledad frente al pasatiempo de una compañía cualquiera.

66

Ante la imposibilidad de disipar nuestro resentimiento, más vale airearlo que retenerlo. Si me tratas como a una mierda, te ensuciarás.

67

Confundir bondad con blandura es propio de caracteres blandos, no de los bondadosos que conocen el valor de ser firmes pero flexibles, duros pero suaves, taxativos pero tiernos.

68

Es erróneo, y muy arriesgado, creer que lo más adecuado que puede hacerse con los hombres malvados es ponerlos al servicio de los benévolos. Para empezar, y en el mejor de los casos, los malvados solo se sirven a sí mismos; para continuar, la malignidad tiende a enseñorearse de la bondad porque su falta de escrúpulos cuenta con mayores medios; y para terminar, no pertenece al régimen de las soluciones sino al de las tentaciones que el bondadoso se consienta la idea megalómana de que en sus manos los malignos se reformarán en el buen sentido: de actuar así, confirmaría que el mal ha logrado echar raíces en el juicio de quien tenía por misión combatirlo.

69

Anhelamos poder estar desnudos ante los otros sin temores ni rechazos, reconociéndonos íntegramente aceptados en el máximo grado de conexión, donde no haya egos que atacar o defender, pero en el momento de la verdad, cuando la entrega es posible, traicionamos la confianza que no supimos tomar reforzando las armaduras que no supimos arrojar.

70

Los amores que se basan en la atracción por todo lo que no es el otro son más sólidos y desinteresados que los fundamentados en todo lo que el otro es.

71

Los conflictos domésticos provocados por instituciones fallidas como el matrimonio no han disminuido con la relajación de las costumbres que comparten hoy los géneros, tan solo han ampliado el espectro de candidatos a convertirse en sus víctimas.

72

Así plantearía yo a los emparejados un juramento fiel a la devoción amorosa en vez de al mantenimiento de la posesividad: «Te quiero porque no eres mío y dejaré de quererte cuando quiera que lo seas».

73

La autenticidad de una idea debería ser razón suficiente para incorporarla al armario intelectual, pero son más fáciles de vestir las opiniones que ostentan su popularidad como razón de ser.

74

Una inteligencia superior dentro de un porte repulsivo nunca podrá competir contra una inteligencia inferior ataviada con garbo.

75

Envejecer no sería tan fastidioso si el número de sinrazones abrazadas por los que van tomando el relevo no superase a las nuestras.

76

Por magistrales que sean los libros leídos después de que hayamos desarrollado cierta suficiencia como autores, lo máximo que pueden agregar es erudición al espacio antes destinado al sobrecogimiento.

77

Retirado en la tersa soledad de su mesa de estudio, y acaso encendido por el nervio confortable de una taza de café, o enroscado quizá en las volutas de un humo más denso que el desprendido por el tabaco, puede el pensador desplegar ante sí su cosmovisión sin ser perturbado por los irrelevantes galimatías de la sociedad.

78

La mejor manera de desempolvar libros es dar portazos con ellos a la ordinariez, especialmente cuando la explicación anhelada hay que especularla por debajo de las palabras. Así me ha pasado con la sustanciosa etimología que a plena voz guarda el «disfrute», donde dis- sabiamente indica negación, contrariedad, tal como corresponde al gozo obtenido sin  rendir fruto, libre de ser fértil, no forzado a producir.

79

Admitir que la pluma es más poderosa que la espada deja abierta de par en par la puerta de la argumentación tanto a los partidarios de la censura como a los defensores de las armas. Quien quiera que me desprenda de las mías, a por ellas tendrá que venir.

80

Nunca fui un buen comentarista de lo propio: me acabo metiendo más de lo debido con lo ajeno.

81

Todo lo que cae del lado de la muerte, por ser esta atemporal, pertenece a Dios; el Diablo, por su parte, se ha quedado con aquello que reafirma la vida.

82

Por elevado que sea el concepto que uno se forme del respeto al prójimo, en poca estima lo tiene cuando decide traerlo al mundo. El mejor cuidado que se le puede dispensar a un hijo es el más básico por excelencia: no tenerlo.

83

Al igual que ese intrigante botón de autodestrucción que aparece en los artefactos de las películas de espías, existe un límite de no retorno que solo puede ser franqueado al precio de mandarlo todo al vacío. Por muy plausible que parezca llegar a ese punto, para el ironista representa una opción no por lícita menos contraria al designio, tan suyo, de no tomarse a pecho nada y menos que nada su propia existencia.

84

La ironía verdadera acaba justo por donde empieza, uno mismo, no sin haber dado antes la vuelta al mundo.

85

Es muy común creer que a los finados se los juzga mejor que a los vivos no porque se disponga de un conocimiento definitivo de sus particularidades biográficas, sino porque así excusan los vivos como falibles los juicios que sus coetáneos vierten sobre ellos a partir de elementos incompletos.

86

Muchos juzgan odioso el autocidio porque ven en su comisión la prepotencia desmesurada del ego. De una forma harto ilustrativa, son los mismos que no ven un trasunto de cobardía espiritual en el optimismo incurable que prefiere verse con el dogal de la vida al cuello hasta donde lo arrastre la indecencia.

87

El mundo no es buen lugar, nadie viene a él por voluntad propia y ninguna persona en su sano juicio aceptaría de grado la inmortalidad si un dios, en un gesto de irresponsabilidad o de nequicia, tuviera el antojo de contagiarle el mal vernáculo que distingue a los de su alcurnia de las especies perecederas como la nuestra. Estas tres obviedades bastarían para poner en entredicho el felicismo patológico de los que aún se congratulan de un embarazo llevado hasta las últimas consecuencias. Tan improcedentes son sus «enhorabuenas» como en otras circunstancias sonarían los aplausos agradecidos por el paseo en tren desde el gueto hasta el campo donde trabajan día y noche los hornos crematorios...

88

Por más que cambie de estado y su forma sea tan voluble como las luces que refractan en ella o el espacio que la delimita, el agua pura es perenne. Nada de extraño hay, por tanto, en que bauticen con ella a los recién nacidos para el holocausto.

89

El arte del suicidio, siempre según mi opinión, es filosóficamente superior al que ha dado origen a la vida porque deroga, en un solo acto de renuncia, la arbitrariedad que lleva millones de años haciendo impronta. En términos proporcionales, el valor del alma que aspira a retornar al centro inmóvil desde el cual se ha irradiado todo lo existente es mayor que el implicado en la construcción de una prisión astronómica a partir de la nada. Dios, entendido aquí como creador supremo, salvo que se haya extinguido por decisión propia —hipótesis que no puede ser descatalogada—, quedaría en muy mal lugar si hubiéramos de compararlo con el más insignificante matador de sí mismo que osa devolver ceniza por ceniza.

James R. EadsWherever You Go, There You Are

90

Entre el «nunca más» y el «para siempre» transcurren imponderables variaciones de un mismo tema, el de cómo habitar la propia piel sin que se convierta en una camisa de fuerza.

91

Dormir significa que el mundo entero cambia sin contar uno. Tal vez sea esta su única equivalencia con la muerte y la verdadera razón del descanso que procura.

92

La incapacidad de acomodación a una sociedad no representa una objeción contra la mentalidad de quien experimenta así frustrada su estancia en el mundo, como tampoco significa necesariamente lo contrario, que sus juicios sean más acertados, aunque siempre sea un indicio de que el orden dominante tiene cimientos lastimosos.

93

Hasta las personas más críticas quedan obnubiladas por el efecto halo, como demuestra la tendencia a vincular el éxito social a una inteligencia superior incluso entre los fracasados cuyas dotes mentales ya quisieran poseer muchos triunfadores.

94

No existe nobleza que pueda ser bombeada por un corazón obstinado en vivir a cualquier precio.

95

Comoquiera que uno estime su vida, siempre y cuando tenga la perspicacia de haberla comprendido en su magnitud de criatura sin ínfulas de superhombrismo, habrá de llegar a la conclusión de que el mayor obstáculo para las buenas acciones lo representa la existencia.

96

Es irrelevante quién haya puesto la contrariedad en nuestro camino o si esta meramente obedece a un ciego azar; lo relevante es la capacidad de la mente para autorganizarse a un nivel superior a partir de los quebraderos ordinarios.

97

En la búsqueda de un equilibrio asumible entre las razones contraintuitivas y las intuiciones irracionales que aporta el paso por la madurez, la existencia adquiere cada vez más significado cuando uno sabe acompañarse en los errores sin convertirse en su azote ni en su cómplice.

98

Dado que el impacto con la estupidez ajena resulta ineludible y su persistencia en las más variadas esferas es tan tenaz como irregulares son las maneras en que se halla repartida, cultivemos la sapiencia de aprovecharla para sacar de nuestro ánimo virtudes que de otro modo no hubiéramos cuidado jamás.

99

La melancolía está excluida de la idiotez.

100

No me vuelve circunspecto el temor a la inestabilidad de las pasiones o el rechazo de los afectos demasiado prietos, sino el retraimiento que provoca en mi desánimo la multitud de acciones tontas que uno debe encadenar para seguir viviendo bajo cierta apariencia de orden, laboriosidad y pulcritud. No siempre hay diferencia, ni implícita ni manifiesta, entre estar sin querer y querer no estar.

101

Es ciertamente excepcional que cuanto halaga a la especie no suponga un agravio para la inteligencia.

102

De nada te servirá lo que hallares en la vida porque con ella lo habrás de perder; te servirá lo que buscares y esta será la mejor noticia que recibirás.

103

Por muy deliciosa que parezca su vida al viviente, el hecho de haberle sido impuesta por principio y de tener que darla al cabo por perdida tras haberla sentido suya en exclusiva propiedad, la convierte en un mal objetivo sin haber contado siquiera la constante amenaza de desmedro entre las múltiples vicisitudes que, solo a guisa de conjetura, pueden ser excluidas del panorama de cada existencia.

104

Existen formas de violación perpetradas solo por mujeres y la más grave de todas, por ser el molde de las demás, es la fuerza de traer al mundo monstruos como yo pudiendo evitarlo, a la que sigue de cerca el uso de la prole como chantaje moral para obtener privilegios especiales de la sociedad. Si el origen del debate relativo a la situación de los géneros es la desigualdad, el deplorable poder de engendrar instaura la brecha principal.

105

¿Tener hijos un instinto natural? Bobadas, el cepo de la sexualidad ha sido siempre el embarazo, aunque aún haya zoólogos que razonan como si el instinto reproductor existiera, cuando lo así llamado son las ganas de fornicar llevadas a un estado apremiante. Con o sin amor, la naturaleza pone la trampa al acto y la cultura adapta después el fiasco a favor de sus intereses.

106

No deberían desdeñarse las potencialmente indeseables semejanzas de los hijos con otros parientes como razón de mucho bulto para no hacerlos.

107

Únicamente donde la zafiedad reina sobre la inteligencia puede tomarse en consideración la opinión mayoritaria como fuerza rectora, y únicamente donde la fuerza rectora está en deuda con la concupiscencia puede la mayoría llegar a la conclusión de que el dinero manda sobre cualquier otro criterio. 

108

A pesar de cuánto aberra la civilización moderna el inaprensible reino del espíritu, sigue siendo más fácil para sus técnicos fabricar contenidos mentales que continentes orgánicos.

109

Cada partícula narra su peregrinaje por la eternidad, solo hay que sintonizar el canal adecuado para escucharla.

110

Los religiosos nunca han mirado con buenos ojos a los místicos porque representaban la certeza de que los elegidos no eran ellos sino otros, aquellos precisamente a quienes el Ser hablaba sin intermediarios en la intimidad.

111

El aguante para soportar dictaduras sanguinarias y democracias chusqueras, bajo el puntual socorro de sus destrezas amnésicas, es lo que después de siglos cruzando muertes define a primera vista a los españoles, amén de la irreversible ruina espiritual que, dándose la mano con la quiebra, invade la práctica totalidad de los órdenes patrios. Lo que fue traumáticamente cierto en países como la Alemania precursora del capítulo nazi, donde las capas depauperadas por la oligarquía acabaron convirtiéndose en su belicosa vanguardia, esa suerte de fidelidad servil y empedernida, heroica solo en la pose, es el padrenuestro que la mayoría tiene por engreimiento natío en esta tierra de fraudes impunes, picotas vecinales, imaginerías que dejan exánime el imaginario y cabezas henchidas como balones para rodar a patadas de reglamento. La formación del «espíritu nacional» ha echado abajo toda tendencia ascendente en aras de una seudocomunidad, lo que se ha traducido en un éxito redoblado para aquellos que viven de las rentas de sus respectivas ciencias muertas, como sucede con la casta del clero y con la del banquero, ambas especuladoras y falaces: de un estafermo deificado la una; la otra de la emisión de una irrealidad monetaria.

112

A toda interpretación demasiado literal de una idea se le debe un efecto innecesariamente feroz en quienes la llevan a la práctica y sus alrededores.

113

Si estamos de acuerdo en que un benefactor es quien tiene la virtud de hacer descubrimientos o emprender iniciativas que redundan en la disminución de alguno de los caudalosos males que anegan la historia de la humanidad, ha de considerarse como un bienhechor en verdad digno de aprecio al que, siendo consciente de lo aterrador que resulta estrellar aquí otra vida cuando uno malavez puede asumir responsabilidad por sí mismo, en vez de apretar el acelerador de sus genes replicantes los detiene en su persona.

114

Ser capaz de transmitir las verdades más terribles habiéndose curado de rastrear el contento en causar desesperación a los talantes delicados es el mejor modo de demostrarles que el abismo puede ser contemplado sin perder la cordura y, por orientación adjunta, que la inequívoca forma de perderla es vivir como si el desposorio con las propias tinieblas pudiera eludirse en la relación humana con lo absoluto. No se trata de estar en contra de la existencia ni de conculcar sus avaras pero subidas maravillas; se trata de saber defenderse de los ataques que nos lanza esa ofensiva de lo manifestado donde hay holgura para el abigarrado ejército de las cuitas, angostura para los instantes hermosos y ninguna plaza para la redención.

115

Si entre varias acciones posibles dudas cuál es la buena, haz la más bella.

29.3.18

NO ALUMBRAN IGUAL TODOS LOS DÍAS

Li Romaz de la poire (BNF FR 2186, fol. 2v)
Buscando mis amores
yré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y passaré los fuertes y fronteras
San Juan de la CRUZ
Cántico

A una más que prudente distancia del amanecer, la víspera anterior a los silencios del Claveteado se calzó de luz recafeinada las vigilias para ir a enchufarlas, medio giro de mundo después, a la garnacha balsámica de la noche. Entretanto, y mientras otros bípedos flanqueaban por las aceras pecuarias de la urbe muñecos tallados bajo la promesa de dar excusa de cirio a los zombis famélicos de penitencia, al campo saqué mis pieles con irredento espíritu lúdico, que es como vive el pagano la comunión entre las caducidades de su naturaleza y las primigenias grandezas, en la respuesta debida a los reclamos del valle donde la danza de las constelaciones tuvo la transparencia de demorarse hasta verme ofrendar astas de piedra a un arroyo en cuyo adagio mercurial, encendido por el masaje de los grillotopos, caían hechizadas las hembras de varias faunas que desviaron, al filo del crepúsculo, la corriente de sus pasos hacia otras geometrías. Amadas sean sus floraciones exentas de fruto.

La espiritualidad no hay que buscarla sino fuera de las religiones, a salvo de párrocos y parroquianos, en los parajes donde las pezuñas de los homínidos sean revocables en cuestión de un silbido, sutiles como la brisa de tramontana que apenas riza los tímpanos en su viaje a través de los collados. Pero en las horas previas al rito insomne de soltar amarras y sentir cruzados en el plexo sacro los umbrales que me pusieron locuzo de epifanías; antes de que el salto de estado fuera anunciado por las arquivoltas del cráneo celeste y de que mi gacela y yo presentásemos los respetos de nuestro ascenso a la reina del altozano, quien esconde felizmente su porte regio en un árbol recio como un templo románico guarda la eucaristía; antes también de vadear sobre lascas de monstruos extintos el meandro que reverdece de lirios y cicutas el irreconocible batán, sin mayor importancia que la estricta amplitud que uno sepa conferirle a las coincidencias, cuatro ángeles —cánido uno de ellos, de nombre Coco para más señas— nos sacaron del barro dejando sembrada en su lugar la bendición que significa recibir una ayuda que a sí misma se satisface en el ejercicio de vencer el desamparo. A ellos les dedico la rodadura de esta estela.

26.3.18

DE LOS KALIYUGADOS

Cornelia Konrads
Los sabios no lamentan
ni a los vivos ni a los muertos.
Bhagavad Gītā 2, 11

No es locura la visión desmedida; locura es el temor a perder la ceguera. Hoy la invidencia viste de moda y así es como enfoca la actualidad por aquellos que han saboteado el desafío de conocerse a sí mismos, primer deber en el arte de ser un animal cabal. En el rostro de la Esfinge de Guiza, mutilado por los cañonazos de la soldadesca impotente para penetrar el enigma de una riqueza inaccesible al saqueo, concretó su alegoría la modernidad cuando aún no había dado lo peor de sí. En diametral disonancia, todos los preceptos que el triunfalismo utilitario desdeña como incomprendidos; todas las fuentes de iluminación que la mentalidad cuantificadora descarta por inservibles u obsoletas, refulgen por encima de las aspiraciones unidimensionales como pruebas para insistir en las verdades poderosas que contienen. 

Solo después de haber sido indebidamente separados, el alma y el cuerpo pudieron ser sucesiva e injustamente maltratados. En los siglos oscurecidos por la cerrazón clerical no era infrecuente que los cuerpos se quemaran so pretexto de salvar las almas; en la época renegrida por la razón industrial, lo habitual es que las almas, soterradas en los cuerpos, sean exprimidas junto con ellos para salvar las haciendas, pero en el fondo y a la postre el mundo no es más que un punto de apoyo para la meditación, una pista de despegue para que el sujeto liberado se eleve hasta confines supraconscientes. «El que no tiene patria posee el mundo, el que se ha desprendido de todo posee la vida entera y el que no tiene culpa goza de la paz», dejó alumbrado en labios de Virata el imprescindible Stefan Zweig. Tener al mundo en mayor estima que la sin duda elocuente metáfora que su presencia expresa a quienes saben ver lo infinito en lo finito, adorarlo en la subyugante inmediatez como un fin absoluto, define con exactitud la idolatría de los que prefieren engolfarse en la superfluidad; y si hay alguien incapacitado para trascender los estrechos límites impuestos a su entendimiento por los fervores y aversiones de sus coordenadas históricas, es precisamente el idólatra, que a la sazón se siente tecnólatra como antaño sus homólogos se sintieron cruzados contra el infiel o posesos de algún demonio celoso de los altares consagrados al Redentor. No ver más allá de las pantallas es el nuevo artificio de las murallas erigidas por la fuerza productiva del engaño, de la distracción que asesina la concentración.

Tan cierto es que la divinidad no necesita mártires ni fiscales, como que no sale de su error quien la conjuga con el verbo «creer» en vez de con el uso pronominal de «saber». No en vano, conocer la divinidad de una única forma es no conocerla de ninguna. Bajo este planteamiento, el ateísmo puede ser diagnosticado como una deficiencia cognitiva susceptible de ser corregida con experiencias visionarias; el fideísmo, en cambio, vive del aferramiento a un incorregible aserto por el aserto, que es lo propio de las categorías reñidas con un juicio receptivo a la ampliación de los horizontes mentales, y poco puede hacerse al respecto. Sea como fuere, nada tiene Dios que ver con las blasfemias del renegado ni con los mandamientos del filisteo; nadie, por consiguiente, puede explicarte a Dios porque Dios es uno contigo.

Puesto que encontrar no es prioritario para el que aquí y ahora reconoce su designio en la exploración de los misterios latentes, ningún hallazgo sincero basta para eclipsar el amor a la búsqueda que funde a navegante y peripecia a lo largo de la vía áurea donde cada individualidad tiene un adentro universal. A nuestro favor media la enseñanza de la intuición, que es infalible porque hace converger al sujeto que conoce y al objeto conocido como vertientes de una gnosis que la racionalidad no puede agotar ni acogotar. Jamás hubiéramos llegado a investigaciones profundas de la materia si no albergásemos en nuestra mente conceptos primordiales a propósito de la constitución y funciones del cosmos.

Esa mirada intuitiva —o en otras palabras, esa mirada real como ningún devoto de los datos verificables imagina—, al igual que en otros campos la pesquisa antropológica e incluso el sondeo psicoanalítico que no se circunscribe a los fatuos dominios del ego, actúan como radios, momentos angulares de la rueda del ser cuyo centro inmutable está en la nada. Por periférico que sea el punto de partida, tras el despojamiento iniciático de la programación cultural adquirida, una vez derribados los tabiques de las conveniencias recargadas de hábitos desatentos, cabe tomar una orientación centrípeta y establecer órbitas de acercamiento a una matriz, no diseñada por el ser humano ni vulnerable a sus destrucciones, que arborece en puridad merced a una sintaxis metafísica en la cual los diferentes niveles de existencia, manifestados o no, permanecen ensamblados de acuerdo con un orden inmanente del que da cuenta parcial el simbolismo que lo reflecta en esta capa, permeada de claves, sobre la cual extiende el buldócer de la costumbre sus trabajos de allanamiento.

Todo lo que existe ofrece, a su peculiar estilo y manera, la traducción de otra obra mayor, oculta a la percepción rasante, con la que guarda una compleja relación de correspondencias y el sistema natural en su conjunto no es una excepción. Desde cualquier énfasis que se contemple, la naturaleza solo adquiere plena significación si se la acepta como la gran proveedora no tanto de recursos fungibles o de renovables apariencias, cuanto de símbolos imperecederos que dotan al intelecto de un canal de comunicación directa con una realidad radiante de la que apenas consta en la bitota una fracción emanada de su inspiración esencial. Es genuino en tal sentido aludir a la naturaleza como una lengua vernácula, imbricada en sus criaturas, que a través del mundo fenoménico extereoriza determinadas propiedades de la inmanencia aludida más arriba, retazos de una estructuración fuera de serie que, a despecho de las concepciones cientificistas y de la hilaridad altanera que le dediquen los adocenados, con premeditada justeza podría denominarse sobrenatural. Ante la sintonía del verbo de los verbos que traspasa con su música esplendente las partículas, seremos siempre diletantes con mayor o menor grado de gracia. Sin hacer relumbrón de la suya, que tuvo prestancia oracular, María Zambrano supo captar el ronroneo de ese no sé qué tan caro a los cantos sanjuancrucianos: «Hay un reino más allá de esta vida inmediata, otra vida en este mundo en que se gusta la realidad más recóndita de las cosas».

Resta añadir que no llegaríamos muy lejos en la revelación de ese orden oculto si concluyésemos que la encarnación de la que somos viñetas ilustra su culminación. «No es a decorar el lugar de nuestro actual cautiverio a lo que debe consagrarse la inteligencia, sino a favorecer por todos los medios nuestra fuga», objeto con Gómez Dávila a las exigencias del submundo. Quizá el Ser encarnado sea un accidente o un ensayo, mis investigaciones no me facultan para afirmarlo ni para negarlo; si se tratara de un modelo relegado al desmayo, como en algunos estratos sugieren sus visos de automatismo y derroche de padecimientos, estaríamos prefigurando el infarto del Sagrado Corazón que gime en el núcleo de todos las vidas atrapadas en la argamasa de los ciclos temporales.

14.3.18

¡ARRE PAÍS!

Emiliano Ponzi, A Village Life
¿Qué se puede hacer
si las estrellas rebeldes
no tienen piedad?
Barbara STROZZI

Me trastorno sólo de pensar que allá donde uno extienda el órgano de su atención, las dimensiones materiales e inmateriales de la aventura humana se revelan cariadas por abismos en los que el desamparo cotidiano de los vivos se mixtura con el destino insondable, hecho gigote, de los que pasaron al lado sumergido de la representación.

Todo cuanto consideramos investido de una trascendencia cósmica podría no ser más que un accidente fatal sujeto a sujeto confirmado; de ser cierta esta conjetura, estaríamos concediendo a la resonancia de su efecto dominó en nuestros cráneos una relevancia mítica que no sería incorrecto figurarse como una danza encadenada alrededor de la brecha hendida en la presencia íntima y desconocida del ser. Los protagonistas cambian, la tragedia permanece y mientras lo contrario quizá fuera legible como historia de los hechos, nunca satisfaría como explicación de los hechos de la historia. Vivimos en la entropía de una trama inconsistente, lo raro es que las cosas funcionen y las almas sonrían.

En la tragedia griega, la obra se dividía en cuatro fases: prótasis (planteamiento), epítasis (nudo), catástasis (clímax) y catástrofe (desenlace). En la tragedia existencial, la naturaleza impone sus mudanzas haciendo creer a los personajes que son ellos quienes escogen sus designios. A decir verdad, ni el éxito individual es prueba de un ideal acertado, ni la impotencia del derrotado supone un argumento válido contra su criterio personal. Alivia conocer que el juicio de Max Horkheimer al respecto no es hostil a los problemas de acomodación del reparto a las condiciones dominantes: «Sobre el destino del hombre particular decide en el presente más la ciega casualidad que sus cualidades».

En contraste con la pobreza que se saludó en otras épocas como un signo de aligeramiento de la identidad y vía de aproximación a la sabiduría desde la búsqueda primordial, quien rumia sus horas en la estrechez económica del siglo que se nos derrumba encima es denigrado como un fracasado de la peor especie, el candidato idóneo al suspenso civil. Pese a la precariedad que define su estado en nuestra cultura, cabe hallar en el imaginario del pobre una épica de la resistencia, como bien demuestran los pensionistas que parecen haber perdido el miedo al poder de unas élites mercenarias que con pulso lento pero creciente nos estrangulan. Y ahora precisamente que su fuerza numérica, otrora adormecida en un fragmentado retiro crepuscular, ocupa las plazas públicas día sí, día también, nos contaminan la escena con no sé qué zamba cruenta ni qué niño muerto, como si no hubiera otros inocentes sacrificados a la perversión de los adultos en circunstancias acaso más descorazonadoras que las del caso de marras, puesto que implican la connivencia de autoridades de alto nivel —permíteme ser elusivo en este punto— a las que pagamos por ser, yendo al mínimo, tan responsables como han jurado con el cargo, y tan punibles, yendo al máximo, como los insensatos que a ras de tierra les siguen otorgando el beneplácito del sufragio. Con todo, estoy siendo generoso al excluir del recuento de víctimas a los niños concebidos desde el daño evitable de venir a cumplir una condena por nada en este presidio abierto a la mirada, ausente de piedad, de las estrellas. La bestia humana, solo por haber sido forzada a existir, lleva tatuado en sus genes el estigma de una violación, la mancha indecorosa de lo engendrado sin consentimiento…

Qué fácil sería proseguir la llamada de la selva que el crimen acaecido en Almería ha intensificado para atizar la monserga sobre las estrategias de trasvase de los reciales del descontento hacia un curso políticamente inofensivo de expiación colectiva, o agitar asimismo la comprensible grima que la obscenidad mediática, con su hambre zombífica de carnaza, provoca en la sensibilidad de las personas cuyo tiempo aún no ha sido abducido por las redes que bullen de improvisados juristas, criminólogos en zapatillas de andar por casa y patriotas remendones, la misma clase de esclarecidos que en el momento de la verdad carecen de algo más fundamental que las hormonas para morder la mano que les roba la comida del plato y los obliga, en su lugar, a tragar insultantes mentiras.

Tampoco sería difícil denunciar la vil manera en que la coyuntura, caldeada como repulsión al sobrecogimiento, ha intentado ser fiscalizada por ese cortejo de mandarines que han acudido a abrazar a los padres del menor arrebatado; por sus caras, las de los gerifaltes, sabemos que los desprecian como a muñecos caídos en el barro del infortunio y creo que habrán corrido a lavarse las zonas expuestas al contacto después de dar por terminada la ronda de compunciones. Podría, sin mucho esfuerzo, volcar mis náuseas contra sus gestos de pringosa falsedad, mas no lo haré porque estoy más cansado de todo que de costumbre y más que de todo de mí; harto como nunca de que se prefiera omitir la urgente meditación sobre la inexorabilidad del mal y de que el estrago, a cualquier escala, sea presentado como un hecho extraordinario toda vez que, si algo ratifica el devenir, atañe a la probabilidad de sufrir percances y otras complicaciones calamitosas, que se agrava por la mera certeza biológica de no haber fallecido.

¿Cómo no sentirse hastiado al ver convertido el asesinato de un crío en una ocasión pintiparada para soltar las riendas, tras la deshidratación lacrimosa, del instinto básico, comunal, que mueve a las masas sedientas de bronca, exultantes por haber encontrado un motivo para desgreñar sus iras, calcadas hoy en su bajeza de la que antaño excitaba los ánimos del vulgo ante los patíbulos? ¡Arre país!, ¡arde en las lenguas de ese fuego primigenio que haces bramar como ningún otro pueblo con la voz justiciera de la indignación moral!, ¡transforma en tizón a la bruja y aprovecha la antorcha encendida de la democracia para avivar la fe en la humos de tus fronteras!

La turba siempre será turba y su incurable peste, aquí y en todas partes, la ignorancia. Son contadas, sin embargo, las naciones que rebosan por arriba y por abajo, por el costado izquierdo y por el derecho, de verdugos vocacionales como esta que sirve de celosía a la prostibularia Europa, y el que afirme estar orgulloso de ser español presume, lo sepa o no, de llevar condecorada la calavera con tales capuchones. La ley del aplastamiento genérico, invocada en forma de mayoría cómplice por los gobiernos que pretenden extraer de ella su justificación, sería papel mojado sin el apoyo de un condensador social, el de la masa aglutinada por los ofuscadores profesionales con sus respectivos martirologios, tantos como causas aspiren al desagravio. Poco importa el contenido de esas causas, su valor es accesorio; importa que se renueve la voluntad de movilización contra un enemigo común.

«A veces aquellos que no socializan mucho no son en realidad antisociales, simplemente no tienen tolerancia al drama», me trincha una compañera cuando le esbozo en un mensaje algunas claves de estas impresiones. «Que “no tienen tolerancia” —le respondo— es una forma condescendiente de contemplarlo donde subsiste la idea de que aquellos que sí toleran el drama son más fuertes y donde se soslaya que ese supuesto vigor, analizado en términos menos fantasiosos, se reduce a un signo de identidad entre morbosos». Una de las películas que mayor desasosiego me ha proporcionado en los últimos meses es La cueva, dirigida y coescrita por Alfredo Montero, gracias a su capacidad para ilustrar, con textura hiperrealista, qué puede esperarse de la conducta humana al ser empujada a sacar todos sus instrumentos de supervivencia dentro de un atolladero. Lo comento porque con idéntico espíritu pedagógico pasan ante mí los hechos sórdidos que aportan su tributo a la crónica putrefacta de este reino, además de duros elementos empíricos de respaldo a una observación ecléctica y participante en la menor medida, propicia a la libertad implacable del ojo crítico que combina el estudio con la desafección de saber que no pertenece a este mundo y nada de este mundo le pertenece.

Añoro el don de una intuición envolvente que desde la radicalidad cognitiva me facultara para sentir en mi savia que somos ramas de un único árbol o disponer, en mi desdón, de una razón objetiva para tener en mejor estima a los energúmenos a quienes hemos de soportar en la dudosa calidad de compatriotas. Tal vez si mirasen menos las pantallas y más al cielo descubrirían en esa bóveda, rotulada con estelas químicas, el perfecto reflejo de la sucia realidad que abre y cierra cada jornada terrícola como se abre cada féretro o cada útero, lo mismo da.

8.3.18

LA HUELGUITA

Francisco de Goya, Disparate femenino
Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. 
Mateo 6, 15-16

Si mis coetáneas quisieran de veras hacer huelga, habida cuenta de que engendrar significa producir nuevas remesas de vasallos en beneficio del régimen deudal de la economía y aportar sufridores frescos al relevo de la especie, se abstendrían de poner sus jodidos aparatos reproductores al servicio de la procreación.

Plantear una huelga de género en otros términos es protesta de similor que evidencia un gran acto de fariseísmo por parte de sus promotoras y el tamaño, no menor, de las anteojeras asumidas con vítores por las rebuznadoras que las siguen.

Todo tiene un límite, y la corrección política alcanza hoy un grado de uniformidad mental que será muy difícil de igualar en años venideros. Como hace notar a sovoz un amigo: «Es muy de agradecer que en este día histórico las mujeres ondeen la bandera de la gilipollez, aliviando a los hombres de esa pesada carga».

27.2.18

MOROSIDAD

Carl Spitzweg, El alquimista
¿Se llevará el sol una ilusión más?
Eugenio NOEL
Diario íntimo

Dos formas básicas hay de enfocar el devenir. En una, que parece ser la concepción dominante en el pensamiento científico cuya umbría postula un desarrollo evolutivo de la temporalidad, el universo se crea a cada instante y lo último coincide con lo más nuevo; en otra, afín a una visión arcaica del mundo pero asimismo compatible con la noción de una flecha termodinámica irreversible, la novedad se sitúa al principio y el momento actual del universo es, por ende, el más vetusto o viciado de entropía. Es muy probable que ninguno de estos encuadres sea correcto.

Tengo por garbo de buen entendedor, y el Tiempo insinúa serlo en sus entelequias, saber no dar a entender lo que se sabe. O el mañana no existe, y carece de sentido preocuparse por lo que deparará, o cumplido está ya e inútil es preocuparse por el ineludible trayecto reservado al peregrino de los eones. Al humor cambiante con que reviso esta disquisición biométrica, antepongo una clase insuperable de honradez: no inventarse más excusas para proseguir a bordo de una empresa que se aborrece y a la que solo se pertenece por el accidente de haber sido engendrado.

Protestar contra la existencia, contra la incontinencia de sus absurdos e iniquidades, sigue siendo trabajar para ella. ¿No es más propio de cobardes asirse a la vida en condiciones indignas que determinar el momento de desaparecer cuando uno siente agotada su razón de ser, si es que alguna vez creyó poseerla, y aun ahogada lleva en el desencanto la misma bestialidad de la que obtenía el empuje necesario para perseverar contra viento y marea? Frente al carácter indómito de la valentía espiritual que reflexiona así junto al precipicio por el que van despeñándose sus apegos, cualquier otro enclave anímico resulta irrelevante.

Si una vez persuadido del salto al desfiladero interior donde la Calva tiene montada su pista de baile pudiera el suicida vocacional concederse «un trago más» de aliento sin tributar patrañas ni temores a la realidad, abriendo el diafragma al esplendor como único método de sustentación, tendría en su conciencia la fiesta continua, que no llamaré demiúrgica, de ser un extra para sí mismo. En otras palabras, quedaría absolutamente absuelto de no poder vivir ni morir del todo. 

20.2.18

ENTRE OBLITOS

Agostino Arrivabene, Il sogno di Asclepio
¿Por qué nos avergonzamos de ser considerados locos? Por mi parte, como tengo reputación de estar un poco tocado, sé muy bien cuántas comodidades y ventajas obtuve de ello. Algunos se burlaron de mí, pero yo en silencio los engañaba, y gozando de los privilegios de un trastornado me sentaba cuando los demás, que se creían muy lúcidos, estaban de pie; mantenía mi cabeza cubierta cuando los demás la tenían desnuda, y dormía gustosamente cuando los otros velaban no sin grandes molestias.
Ortensio LANDO
Paradojas

1

No debería frivolizarse con el asesinato de un hombre: es al menos tan grave como el de un puerco.

2

Con el propósito de pertenecer a la categoría de ciudadanos bien formados e informados, hoy una persona debe aprender tantas cosas que la primera de todas, vivir bien, la deja siempre para después.

3

Raro es el hombre que no dice estar empeñado en superarse, pero más raro aún es que la sociedad mejore gracias a ellos.

4

Solo cuando un ferviente partidario de la vida fracasa podemos tomarlo en serio como a uno de nuestros hermanos, porque sólo a partir de entonces comienza su mirada a confraternizarse ante el desamparo de la sala de torturas de la existencia, donde unas veces penetra un rayo fortuito de luz en mitad de los alaridos, y otras son interrumpidos por la imperfección —bienvenida sea— de la conciencia que se pierde en la inopia, relegada entre cavidades como un oblito, mientras el alma recibe las ocurrencias quirúrgicas de la materia.

5

De la experiencia de los antepasados se aprende casi todo, salvo el rudimento esencial del morir.

6

No se desperdicie la inteligencia intentado disuadir a un optimista: si resulta ser tan bobo como los habituales repobladores de la trivialidad, ni hechos ni razones lo sacarán de su error; y si no lo es, la experiencia se ocupará por sí sola de enseñarle de qué fatigas y golpes bajos se compone la existencia.

7

La titánica carga de conocimientos acumulados en todas las áreas abruma a cualquier intelecto por bien motivado que esté para repartirse entre abordarlos y bordarlos. Distracciones infinitas asaltan por demás su curiosidad mental, y hasta el espíritu insaciable de conocimientos querría aprender en circunstancias más angostas, menos prolijas y dispersas, añorante quizá de aquellas épocas en las que el magisterio del arte era lo bastante proporcionado como para poder discernir, antes de agotar la concentración que cabe blandir en el curso de una vida, dónde buscar lo sustancial y cómo identificar lo accesorio; a qué brújula confiar el rumbo de la experiencia y de qué ímprobos errores librar al juicio que debe hacerse de los volubles contornos que la mente humana ha modelado para habitar en una imagen menos imprecisa del mundo.

8

Si la realidad fuera una empresa decente —sustantivo y adjetivo no casan en este caso—, los humanos no estarían deseando escapar de sus obligaciones a cada momento.

9

La medida del valor irreemplazable de cada uno la determina el volumen de vacío que su ausencia introduce en nuestra presencia.

10

La fracción del mundo representado como mundo dado conviene a las criaturas que son demasiado mecánicas para concebir las periferias donde los espíritus menos dependientes desdeñan las presiones del medio.

11

En su insularidad el solitario permanece en comunicación directa con la verdad; una verdad que implora, como el lamento de un emparedado, salir al reencuentro de otras.

12

La inteligencia desapegada ha sido siempre el santo y seña de los señeros que recorren el yermo en la noche humana del alma.

13

Para desvariar, nadie más lineal que uno cuando parte al cruce de sí mismo.

14

Desprendidos ya del perecerse por parecer envidiables a la vanagloria, los deseos por agotar no deberían ser mayores que los proyectos por hacer y estos, menos que nada, contrarios a las desganas por cumplir.

15

Si nuestro marco de referencias morales fuera benéfico, habríamos organizado de tal manera la existencia que la muerte diera fruto a los mortales mientras viven, no al contrario.

16

Cuanto más duras broten nuestras lágrimas, más puras serán nuestras penas: salario básico intervital.

17

Razón que no duele, ¿a qué disparates huele? Para Huxley, y no creo que sea prudente impugnarlo en este punto, «el hedonismo es la compañía natural del pesimismo. Donde hay risa, allí pueden encontrarse también “las lágrimas de las cosas”. Pero en cuanto a las lágrimas de arrepentimiento y remordimiento, ¿quién sino un tonto podría hacer del mundo algo más deplorable de lo que ya es?, ¿quién sino un criminal que odie la vida podría querer incrementar la suma de miseria a expensas de la pequeña fracción de júbilo del hombre?». Demócrito y Heráclito, la carcajada y el llanto, se dan la mano.

18

Solo es cuestión de tiempo que las risas terminen en llanto; y solo de darle tiempo al tiempo que la tragedia acabe siendo irrisoria.

19

Siempre que el tedio hace acto de presencia, otra capa de polvo cae sobre la lápida de la imaginación.

20

No hay mayor insulto a la conciencia que vender el alma a cambio de una felicidad duradera.

21

A fe mía, es arriesgado juzgar la grandeza o vileza de un estilo de vida hasta que no lo completa la forma de morir.

22

A todos nos ha reservado la existencia una versión particular del apocalipsis, o según la etimología del vocablo, una revelación, una puesta al descubierto. Albergar otra esperanza es una puerilidad y tampoco está claro que esta contingencia no lo sea.

23

El tiempo solo es oro cuando puede ser despilfarrado con impunidad. Si tienes tiempo para no hacer nada, eres rico para lo que de verdad importa.

24

Usa el oro como si fuese barro y cuida de tu barro como si fuera oro.

25

Pertinacia no hace pertinencia, aunque su fruto sea mayor.

26

Nada nos aporta mayor distanciamiento para moderar los vaivenes que nos acosan como la contemplación del ínsito temblor de la vida y la constancia de la aridez que los muros de nuestro jardín apenas interrumpen allende sus amenidades. Aquella contemplación y esta constancia conforman la fortaleza de la lucidez, un refugio de claridad en un mundo plagado de confusión que huye de lo irremediable hacia lo irremediable.

27

No es que el misántropo odie a los hombres por conocerlos tan bien como a sí mismo, es que ama más el sosiego, la franqueza y el silencio, riquezas de una vida sencilla que junto a ellos se arruinan.

28

En la alegría que no se comparte persiste un poso de inconsolable amargura; en la compartida, el poso que no cesa es de incredulidad.

29

Belleza, amor, justicia, libertad, prestigio… ¿de qué valen si para ser tangibles la verdad ha de no ser?

30

Querer no es poder, sino padecer por no poder.

31

El infierno es no ser capaz de trascender la peor versión de uno mismo que la tierra obliga a interpretar.

32

Lo que todos sabemos es lo que nadie quiere contar por no adjudicarle mayor descrédito a su persona. Lo que todos sentimos y nadie quiere aclarar es que debemos al horror de morir, camuflado de amor a la vida, la vocación de sobrevivir.

33

Siempre hay que mirar más allá de las creencias para ver el más acá de lo que realmente se cree.

34

Es congruencia del hombre espiritual sopesar su vida en cada paso, y majestad no tenerla por un bien mientras no sienta que puede dejarla partir en cualquier momento.

35

Vivir podría compararse con haber mordido un anzuelo unido a la caña que la muerte sostiene desde el principio. Esta caña fue su enseña antes de la guadaña.

36

La muerte nos acepta tal como somos, con todas nuestras flaquezas y manías, sin pedir a cambio nada más que una asunción equivalente; incalculables gentilezas sobre una vida que ni nos quiere como somos, ni se conforma con ser vivida sin abnegación.

37

Si para miles de cautivos en los campos de exterminio la vida fue hasta el último fango un enclave digno de ser preservado, su actitud debe ser contextualizada a tenor de lo que Jean Améry, superviviente de la factoría mortífera de Auschwitz, dejó consignado antes de saltar al otro lado: «No hay ningún puente entre el ser y el no ser».

38

Nunca dejará de sorprenderme la facilidad con que un motivo de lo más trivial, véase la pérdida de un empleo degradante o el jaque de la infidelidad a una relación marital corrompida, pueden ser transformados en causa de suicidio. Remolón hasta el último instante, el ánimo necesita un empujón foráneo para satisfacer su designio.

39

La sofocante cantidad de acciones nimias que hemos de armar y desarmar a diario bastaría para deslegitimar el menor esfuerzo por seguir en el tiempo; tiempo de trinchera para el espíritu consciente de que la contemplación del movimiento es insalvable de las cohortes de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses y años que mantienen activa la contienda hasta el grano irreductible de la realidad, hasta la neta inanidad.

Zurbarán, San Francisco contemplando una calavera
40

Pensemos; a continuación, pensemos más; después, pensemos mejor; a partir de entonces, pensemos de modo diferente.

41

Saber cavilar es bueno; saber crear, mejor aún. La lógica es un método idóneo para estructurar las ideas que solo la intuición puede facilitar al ingenio. No por coincidencia sino por consecuencia tiene la inventiva en la mente humana la suprema función alquímica de animar lo inaminado que la racionalidad intenta imitar sin conseguirlo.

42

La sabiduría ha sido juzgada fuerza de tan oscura naturaleza, que al hombre de probada eminencia otros que no tuvieron nada de necios lo denominaron, con razón, «pozo de sabiduría».

43

«Rectificar es de sabios», dijo uno que no daba una.

44

Somos la resaca de una realidad extinta que tuvo la ebriedad de ser distinta en cada uno de los seres donde ponía en forma su naturaleza.

45

Permitamos reposar al torbellino de nuestros añicos para que renazca de ellos siquiera un fuego fatuo de lo que somos.

46

Ni los animales han contraído deberes con los humanos (y por lo tanto, tampoco pueden ser sujetos de derechos), ni los humanos tenemos derechos sobre los animales (y en consecuencia, todo nuestro deber atañe a la aptitud para coexistir con o contra ellos). Humanos y no humanos, somos todos hijos del viento y como bufidos pasamos haciendo resonar las palabras de Cohelet: «Una misma es la suerte de los hijos de los hombres y la suerte de las bestias, y la muerte de uno es la muerte de las otras, y no hay más que un hálito para todos, y no tiene el hombre ventaja sobre la bestias».

47

Antaño tuve por criterio fiable que entre el mono, el perro y el marrano halló su sede el humano, pero la pericia de los hechos que hablan de su medro me ha demostrado que su reino está entre las ratas.

48

El sentimiento de pertenencia a una especie es, en el caso del humano, de una irrelevancia tanto más popular cuanto que debe su patetismo a la mímesis de una mismidad, no a la profundidad del escrutinio.

49

Las ideas que no se pueden explicar en dos líneas, caen en el terreno pantanoso de la metafísica o son cuentos chinos.

50

No hay precepto moral que entusiasme más de varios días, por eso el yerro y la virtud duermen en el mismo colchón.

51

Salta a las entendederas que los humanos andan repartidos entre los que se atan a las cargas que creen imprescindibles para redimir el sentido de sus vidas, y los que se saben condenados de antemano a cargar con el peso de un moribundo ávido de sentido.

52

Sea cual fuere la sociedad donde lo hagan nacer, el filósofo es un extraterrestre a quien su condición de librepensador obliga a emboscarse lejos del alcance de sus coetáneos.

53

Si pudiera matarme y regresar acto seguido para contarlo, ¿sería como ahora soy? Ninguna filosofía moral, ningún remanso religioso, ninguna suerte de terapia psicológica podrían ayudar más al sentimiento de liberación espiritual que abrir el botiquín de casa y ver en él, listo para ser usado a conveniencia o necesidad, el pasaporte a ninguna parte pulcramente envasado en su blíster, a salvo de cualquier humedad que no provenga de las propias lágrimas. Ser o no ser capaz de hacerlo, he ahí el dilema. Debo añadir, empero, que deleitarse con la inmersión en un paisaje musical de arborescentes sinestesias, derramarse en el entusiasmo mutuo de la lujuria trasvasada con ternura o acariciar a ese gato que solicita zalamero nuestro regazo, impiden en ocasiones que las amarguras tomen el control de la tragedia, no siempre inteligentemente atesorada en cada uno como vicio del cual proceden los disparates que minan nuestro sentido de la irrealidad.

54

Todos los atajos hacia la comprensión de la realidad devienen frustrantes por necesidad, no menos insatisfactorios que las explicaciones humanamente significativas del flujo caótico de los acontecimientos o del sentido común, contrario a la evidencia, que mantiene dentro de los límites de lo extraordinario el suicidio toda vez que la mayoría de las personas, desde un enfoque imparcial, tienen vidas insoportables, más deudoras de temores que libres de ataduras.

55

Llamamos salud al estado de equilibrio provisional en el que todos los componentes de un organismo funcionan de forma coordinada como un solo tumor.

56

Si Lavoisier hubiera sido teólogo en vez de científico, su enunciado respecto al mal habría sido idéntico que el relativo a la conservación de la energía: no se crea ni se destruye, solo se transforma.

57

Entre lo vivido y lo evocado, armonizamos nuestras derrotas con las del universo y comprobamos que desde un recuerdo cualquiera podría uno remontarse en todas las direcciones de su existencia hasta reconstruirla por entero si la memoria le diera capacidad para seguir la trama que conduce al presente continuo. Con tiempo suficiente, diríamos con Borges que «cualquier hombre es todos los hombres» y que la historia es, en su conjunto, la biografía de un solo ser con tantas caras como aquellas que le presta el carnaval de la humanidad.

58

No a pesar de la sublime obstinación en lo sublime, sino más bien debido a ella, el grotesco grumo de la condición humana se hace montaña de muy empinados derribos por los que algunos ascienden a la cumbre de la ridiculez.

59

Cuanto más se masturbe un hombre, mejor para todos: a esos enanos traidores que desean propagarnos a cualquier precio es mejor echarlos de casa cuanto antes.

60

¿En qué cabeza cabe una especie convencida de estar a la vanguardia de la Creación y orgullosa al mismo tiempo de defender que los mentecatos se reproduzcan?

61

El arte de entretenerse excluye la reproducción, que sería una forma poco artística de prolongarse, o un arte de malograrse en su expresión más acabada. Fecundar cuerpos es lo propio de los espíritus que no aciertan a fecundarse a sí mismos.

62

Un hijo no es un favor, sino un motivo de pavor. Nunca pidas a la vida favores que no puedas devolver sin pavores.

63

¿De qué pozo ciego sacan a los niños que nacen defecando su propia salud?

64

Cualquier cita que pretenda unir a dos o más personas para algo que no sea compartir fluidos corporales sin mayores secuelas, debería considerarse una guarrería.

65

Amar la vida recién venida es la forma en que se expresa la impotencia para compadecerla, además de una muestra de complicidad tribal con quienes han tenido a bien la deshonra de gestarla.

66

Cruzarse con las fotos de los bebés que fuimos provoca siempre una convulsión de pena en el alma que aún no ha sido endurecida; pena no por sentir el vértigo de la distancia precipitada hasta los monstruos de medio pelo en que nos hemos convertido, sino por la sentencia de muerte firmada por nuestros padres al concebirnos y confirmada por nosotros mismos al contemplar ese instante remoto de nuestro viaje a través del cuerpo.

67

La libertad completa no es la propia de quien se cree libre para morir, pertenece al que se siente libre de vivir. Ahora bien, si experimentarla implica el fin de la existencia, ¿qué libertad cabe hallar en la condición de un ser vivo?

68

Ni pidas perdón por vivir, ni vivas para perdonar a quienes, hagan lo que hagan, la gracia de haber nacido los matará de todos modos.

69

Puesto que haber nacido es hacerse perecedero, los primeros que ocasionan muerte, en grado de homicidio imprudente al menos, son los progenitores por cuya voluntad debemos comparecer ante el patíbulo que nos reserva la existencia. Dar vida es regalar muerte, o si se prefiere, el modo más plagiado de obsequiar el pecado original de engendrar.

70

La capital del averno está en los ovarios. Este planeta necesitaría el azote de otra glaciación para purificar el ambiente del hedor a lactancia que lo impregna.

71

Si los males de reproducirse arredraran al ser humano tanto como la desgana, la enfermedad, el dolor, el agotamiento, la decrepitud y la muerte que un prolongado vivir conlleva, el consenso ingenésico no necesitaría más apologistas que la fuerza gravitatoria, caería por su peso.

72

Solo es excusable el insulto inteligente, pero excusamos el que está en las antípodas de serlo porque ante todo es insultante para su autor.

73

Beneficiarse de la notoriedad exige un peaje: que se metan contigo. Y si no parece justo ser objeto de burla solo por ser célebre, quizá lo sea menos que alguien que se siente digno de serlo no lo esté para comprender la psicología del vulgo que aplaude con la misma naturalidad que rebaja.

74

Partiendo del inextricable aire simiesco que impregna las semblanzas humanas, ¿qué daño hay en tomar a guasa la faz que nos delata? Riámonos de todo en todos y algo habremos hecho por desembarazar cuantos males encaremos.

75

Sería recomendable no alimentar demasiadas ilusiones sobre uno mismo para no sentir tanta necesidad de ultrajar a los demás.

76

Un átomo de mordacidad es cuanto requiere la conciencia para impedir que la indignación reaccione con orgullo.

77

Mejor temple hay en el alma que no se aferra a las dolencias que en la temerosa de causarlas.

78

Guardémonos de los resquebrajados, porque raro es el que siéndolo no esconde un mazo para hacer de los demás trasuntos de sí mismo.

79

Cierra la navaja antes de acostarte.


La ética es una filosofía que se ocupa de cómo vivir; la estética, de cómo vivir mejor con lo que deja la ética.

81

La ética y la estética van a la par cuando uno sabe sacarle a la angustia, como un pólder a la mar oscura, un territorio habitable para el náufrago que siempre será en el tiempo.

82

Cuando el espíritu y el cuerpo están coordinados, el solaz del primero no ocasiona privaciones al segundo, ni la disciplina de este provoca distorsiones en aquel.

83

Benditos sean los dirigentes cuya gestión, cual mano de santo, ha depauperado la sanidad pública hasta el extremo de haber hecho de la austeridad en los hospitales un reconstituyente universal, pues con tal de no ingresar nuestras indisposiciones en esos antros de dolor y hacinamiento el pronóstico de mejoría es inequívoco.

84

Hay más elegancia en dejarse marchitar con templanza que en todos los intentos de adobar la pochez que nos socava.

85

No importa lo que uno haga o deje de hacer con su vida, cuando el desasosiego empapa los momentos de lucidez esta coquetea un rato con nosotros, después se aleja y aquel se queda.

86

Al que poco tiene, poco lo doblega.

87

La mayor parte de los bienes de este mundo no son solo prescindibles, sino un estorbo para estar en mejor posesión de sí mismo.

88

La forma de tratar los daños causados por la sociedad no es pedirle ayuda ni tomar venganza contra ella, sino alejarse de las marmitas colectivas donde son guisados a sobra viva los anhelos. Mediquémonos con un relajado ocio y una balsámica indiferencia frente a todo plan que exija un estado de tensión adicional para organizarse.

89

No se diga al pasar por delante de su casa «allí vive un amigo» sino «allí tengo una patria», porque la amistad es compañía tan buena como uno mismo en sus mejores aposentos y la patria está, de acuerdo con Teucro, «doquiera se está bien».

90

La mayoría de la gente ni siquiera alcanza el grado de perversidad necesaria para ser mala, solo tiene malos sueños por los que ha pignorado su razón.

91

Comprender no es perdonar, sino adjudicar el lugar que le corresponde a lo inadmisible dentro de lo incomprensible.

92

No añadas a tus defectos el de creerte repleto de todos ellos.

93

No llegarían a excelsos los poetas y filósofos que aman las letras si los buenos sentimientos fueran su objeto de creación predilecto. Lo óptimo se satisface a sí mismo sin más arte, y cuando sirve de tema literario proporciona, sin quererlo, un pésimo efecto.

94

Revelar conexiones ocultas entre campos indebida y precozmente separados, como el existente entre la imaginación y la materia, es la tarea más eminente a la que puede consagrar un investigador su destreza intelectual.

95

La falta de imaginación produce monstruos.

96

Contra la blanda y mortecina erudición, qué inmensa gratitud debemos a las menudencias de los escritores que nos adornan con datos inútiles, ociosos y perfectamente encantadores.

97

Más que la excesiva notoriedad de algunos pensadores vivos cuya obra parece concebida desde la urgente necesidad de adulación, asombra la fama nula de los contados autores de mérito —no diré nombres por lo feo de señalar— que son deliberadamente ignorados por el mundo editorial, por el público y por los intelectuales, lo cual solo habla en favor de los omitidos.

98

Literariamente, sería de empachoso gusto darlo todo a todos y fraudulento querer llegar al público antes de llegar al contenido. No debe uno crear esperando recompensas por hacer lo que debe, como tampoco es apropiado que contraiga deudas por hacer lo que no debe. Es primor de minorías, y no cebo de multitudes, coleccionar inéditos hasta que tengan bien añejada su independencia del autor y puedan ser contemplados por él como obras libres de servir como libros.

99

«¡Letra, letra!», declamé. Y la libreta vino a mí saltando con frases fofas como una sapa preñada.

100

El que escribe acaba convenciéndose de lo que no calla y quizá sea este el motivo de que tanta ignorancia reiterada subsista como enseñanza.

101

Lo menos encomiástico que se puede decir de un gran talento es que sigue vivo.

102

A los autores vivos el intelecto avisado se los dosificará con el mismo respeto que un catador de mundos ingiere sustancias psicotrópicas o un médico escrupuloso inyecta vacunas.

103

Las drogas son cultura, una biblioteca de origen ancestral impresa con alcaloides, y negarlas querer arrancarle de cuajo una raíz al árbol del conocimiento.

104

Solo hay un modo de prevenir que la gente abuse de las drogas y de alentar el abandono de hábitos perniciosos como la adicción al etanol, a la fluoxetina o a Alá: proporcionarle un sustituto superior, con efectos anímicos más eficientes a un coste orgánico menor, que vuelva tan prescindibles estos venenos como indispensables han sido siempre los estados modificados de conciencia, desde la experiencia laudable de abrir un paréntesis en la extenuante realidad común, a la proeza de navegar hasta sus confines con una óptica que deconstruya el asentamiento, alias normalidad, en la alucinación consuetudinaria.

105

El verdadero viaje es interior y puede realizarse casi en cualquier lugar, solo es menester fusionar el vehículo y la actitud adecuados. En cuanto al adelgazamiento geográfico que procura desplazarse a través de diferentes culturas, es un recorrido que depara, mayormente, un cambio de decorado y algunas anécdotas que compartir en alguna telaraña virtual. Aun así, incluso esta forma tan somera de viajar es buena para percatarse de lo postizo que todo es allí donde uno pose su atención.

106

Entre la penuria y la euforia, la diferencia está en la dosis —axioma válido para las drogas y para la vida.

107

Emprender expediciones visionarias en la edad juvenil es capital porque en la edad madura, cuando el pasado se convierta en una pesada carga de sombras y el futuro agudice progresivamente el sentimiento de desarraigo, aquellas revelaciones aportarán una savia reconfortante al pasajero que se acerca a orillas del abismo.

108

Arrojarse de cabeza al cráter de un volcán en erupción, recibir en el pecho el rayo invocado o ser devorado por un tigre tras un selvático careo son muertes épicas, no las ejecutadas a mayor gloria de un trapo colgado de un mástil o de un ovejero crucificado que exige, para ser amado, asco de sí mismo al creyente.

109

«Dios odia al género humano», he leído en algún sitio. ¿Qué tiene de extraño, pues, que el humano lo ame odiándose a sí mismo?

110

Las iglesias que otrora, en siglos menos desequilibrados, fueron santuarios de recogimiento, no son hoy sino vertederos teologales regentados por traficantes de fe.

111

Entre otras expresiones que con orgullo haría mías, he leído en Noel, el antiflamenquista, una referida a las almas de los serranos, provistas según él de raíces que «pueden levantar las losas de un templo». ¿Servirán algunos recios desarraigos para volver a ponerlas en su sitio?

112

Hasta los dioses necesitan del desánimo para aprender lo que saben.

113

Por más que todas las partes estén en Dios y no al contrario, como piensa la clerigalla, es de justicia admitir que hay más espacio para él en un lapo que en una iglesia. «¿Y si el lapo está dentro de la iglesia?», podría objetarse. Bien, escúpase fuera en tal caso, bastante tiene el Criador con andar revuelto en sus inmundicias.

114

Los maníaco-teístas aborrecen este silogismo, quizá por su menguada razón para argumentar por qué no predican lo que hacen en vez de tanto hacer lo que no predican:

1. El Todopoderoso creó el Pleroma, «la realidad o el universo salido inmediatamente de las manos de Dios», según lo define García Bazán.

2. El mundo, ese cosmos manufacturado por Él, se reveló perverso.

3. Luego Dios, por acción u omisión, es el primer responsable del mal que hay en el mundo.

115

¿De qué valores presumes, gusano? ¿De poner la otra mejilla mientras roes mi cartera y tus obras pías cosechan privilegios mundanos? ¡Dos puños de dádiva al así sea!

116

Recalcitrante en el amor a sus errores, la canalla no sabe intimar con una verdad y resistirse a inseminarla de sectarismo.

117

Sin que juntas o por separado garanticen el éxito al que aspiran, la ambición y la convicción son estimulantes imprescindibles en la popularidad de una doctrina, y el recurso que precisamente una persona dotada de alta sensibilidad, o de una constitución más delicada que la obvia, no tiene ni quiere la menor voluntad de incorporar a su bagaje mental.

118

Donde nuestra faceta de imbéciles natos nos hace notar que «esta persona es buena porque piensa igual que tú» (o mala cuando piensa de forma adversa), la voz inteligente advierte en tono quedo «que varias personas piensen lo mismo es tan contrario a la divergencia creciente de todas las cosas como absurdo sería oponerse a los límites originales más allá de los cuales sabios y necios se pierden por igual». No andaba descaminado Pablo, el apóstol, cuando anunció que «la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios». Pero ese Dios, ¿quién, qué es ante sí mismo?

119

Dios es un insensato y solo a condición de serlo aún más puede ser Dios. Pobre diablo, ese Dios que ha hecho de su incontinencia una obra empedernida de onanismo factual, aunque para Él dure solo un parpadeo. «También esto es vanidad y apacentarse de viento».

Kevin Best,  The Seven Ages of Man
120

La naturaleza humana roza la sabiduría cuando no promueve la estupidez de creerse sabia por ser natural.

121

Ni la naturaleza es neutral, ni mucho menos natural. La naturaleza es el ecosistema donde prosperan los mitos y todo lo que apela a su valor prístino rebota en la nada como una tautología de disipaciones.

122

Una ración esporádica de los tormentos que algunos contribuyen a crear redundaría en un despertar del ángel que aún pudiera latir dentro de ellos.

123

Así en la piel como en la patria, somos liberales cuando abrimos la mano para coger y conservadores cuando la cerramos para asir.

124

El capitalismo, sobre todo en su fase de metástasis financiera, es un sistema necesitado del mal de muchos para extraer el bien de pocos; el socialismo, por su parte, se ha especializado en confundir el mal de muchos con el bien de todos.

125

Por más vueltas que se le den a las responsabilidades, la chusma y la indecencia son correlativas: gobierna la chusma indecente que la indecente chusma ha consentido.

126

La democracia no es el opio sino el oprobio del pueblo que con ella desciende al nivel de colaboracionista de sus opresores.

127

Tanto se rebaja la plebe en su ciclo diario de enajenaciones, que al final de su vida el hombre común está demasiado encogido como para que haya algo en él digno de aniquilar.

128

Si bien no se necesita una fuerte inyección de escepticismo para comprender que la maleabilidad de la condición humana es una caja de Pandora, abundan los abducidos por la esperanza antropológica que aclaman al poderoso que hurga en ella como un prestidigitador dentro de su chistera.

129

El coste de la inclusión social en un estilo de vida que exige centrarse más y más en el rendimiento profesional y en la imagen pública, eleva muy por encima sus desventajas específicas sobre las derivadas de la exclusión.

130

Algunos partidos políticos, como ese de cuyo nombre no quiero acordarme, parecen haber sido creados con la expresa intención de demostrar que aún había un rescoldo de ingenuidad por conculcar en el pueblo al que tanto dicen respetar.

131

Las explicaciones económicas de los acontecimientos son tan elementales que no tenerlas en cuenta delata un candor tan acusado como temeraria es la historiografía que supedita a esta razón todas sus razones.

132

Si tuviésemos tiempo para pensar con perspectiva en cosa distinta que la recesión económica, seríamos conscientes de que también estamos en el umbral de una recesión encefálica. Nuestro próximo eslabón evolutivo será el zombi, y la revolución biotecnológica que ya lo ensaya tiene en la realidad mental su campo de batalla.

133

Ninguna sociedad consagrada a la opulencia deja de expiar una inflación en lo económico que tiene su correlato fisiológico en la inflamación crónica de sus miembros.

134

La vanidad de la banalidad y la banalidad de la vanidad tienen su nadir en los malsines y enajenados sin los cuales la redes sociales quedarían desérticas.

135

La gente que fuera de las pantallas desconoce la viveza del ocio pertenece a una comunidad aparatosa: la de las prótesis. Ya sabíamos que la vida en general no es sino una extravagante categoría de lo muerto; desde que el modelo para el ser humano consiste en vivir con mayor perfección técnica que sus antecesores, a no vacilar atestiguamos que las propiedades del espíritu son inferiores a las del chip.

136

Poco importa que el torniquete del consenso apriete o afloje el desmoronamiento de la intimidad: la escasez de tiempo para reflexionar y tomar distancia de las mentiras globales impide a la masa cerciorarse de la merma en que vive prisionera su alma.

137

Antes por fallo humano y ahora por fallo informático, los servicios públicos se han esmerado en crear versiones sucesivas de su propia disfunción.

138

Por deseable que sea conservar la cortesía del tono y hacer un uso inteligente de la mofa, cuando el precio a pagar por no ser zahiriente es la libertad de expresión lo único asegurado es la insolvencia de la risa.

139

«La letra con sangre entra»: la letra de la ley, por increíble.

140

El hecho de que podamos cachondearnos de los convencionalismos constituye la mejor estrategia cultural para garantizar que los lugares comunes lo sigan siendo. La rebelión del pensamiento se desinfla en la irreverencia verbal y su eficacia no trasciende de la anécdota gestual.

141

Conviene estudiar las creencias más aberrantes que han movido a la fiera humana para saber cómo podría ser el mundo si las olvidáramos.

142

Nadie puede hacer uso de la libertad donde todos abusan en su nombre.

143

No se me fuga, en todo ese bizantino asunto suscitado por los roles de género, un malentendido radical puntualmente explotado por los seudocríticos de la cultura, a saber: que existe la identidad sexual. La sexualidad se rehace y se deshace cada vez que se concreta, no es nada que sea igual a sí mismo dentro de la excéntrica voluptuosidad de la libido, pero admitirlo aguaría el desfile conceptual de los temperamentos jesuíticos enmascarados con la bandera multicolor. Tampoco es necesario forzar el análisis con la intención de desvelar que detrás de esta sedicente ideología de liberación persiste, metamorfoseada, la voluntad de politizar lo que por naturaleza corresponde a una espontánea expresión de seres en estado de efervescencia erótica, ya se ocupan sus adalides de que un naciente fumus persecutionis contemporice las feromonas, no solo las de su tropa. Si la obsesión de los puritanos fue la promiscuidad, el efecto expansivo y disolvente del arrebato carnal, a los rompedores de armarios les importa, más que las intensidades del acto lascivo, definir qué usos de la lujuria son correctos, transgenéricamente respetuosos, y cuáles no. Conversos de desviación con efeméride oficial, son los elegetebianos quienes ahora marchan por ahí necesitados de identificarnos, obsesionados con purgar de actitudes rancias el deseo y sus lenguajes. Tan pervertidos por la moral como sus hipócritas predecesores en la inspección del fornicio, no les basta festejar las anatomías y sus salaces combinaciones, quieren que además su apostolado asuma la policía del nuevo orden sexual.

144

Lo engañoso de los ideales es que proyectan luz sobre el camino que uno debe seguir a expensas de no reparar en las tinieblas que lo rodean.

145

Si todos somos cobardes por nuestra conservación personal, por conservar el honor de la manada se otorgan indulgencias criminales.

146

La obediencia irreflexiva y el autocegador afán de ascender en la sociedad fomentan, juntos o por separado, situaciones más dañinas que el desenfreno de los instintos.

147

Por amor a las taxonomías —así consuelo mi caos—, no me canso de repetir que la división ortodoxa del espectro político obedece a un principio desfasado, si es que alguna vez fue funcional, e insisto la necesidad de redefinirlo según coordenadas multipolares. Uno de los ejes opondría las concepciones del mundo rígidas, totalitarias y exclusivistas a las concepciones abiertas, favorables a la autonomía espiritual. Así pues, mal que les pese la junta a los conjuntados, no sería erróneo situar a las religiones abrahámicas, al marxismo, al fascismo y al nacionalismo dentro de la misma categoría.

148

¿Hemos de consolarnos porque el hombre corriente, a pesar de la necedad con que adora a los líderes que lo engañan, respete aun menos al promotor de una injusticia que al autor capaz de extirparle una mentira?

149

Se nos vende como paradigma de la libertad personal un modo de vida excrementicio, orientado hacia un rutinario despojamiento de la guía interior en beneficio del abarrotamiento de cosas inútiles, de fealdades supervendibles y de personas inaguantables; sometido a una permanente rotación de vacuidades; expuesto a la intoxicación generalizada de los elementos y de los alimentos, de los sentimientos y de los pensamientos; anclado al malcontento fundamental de hábitos que solo funcionan a costa de aumentar el sabotaje laboral contra los dominios de la privacidad. Y entre las rendijas que el mandamiento de la eficiencia deja, cada cual intercala en sí mismo la ilusión de estar vivo yendo de aquí para allá en pos de una distracción que apenas empieza a disfrutar chafa por el ansia de saltar a la siguiente.

150

Quien más y quien menos se ha enrolado en alguna causa (y la biología, cuando se sigue como acto de servicio al género humano, sin duda lo es), de ahí que la deserción haya sido motivo de pena capital en los ejércitos y de sobreseimiento entre los que preferimos el acero de la pluma al de la espada.

151

Si no queremos afligirnos por las muestras de alegría grupal, empecemos por no consolarnos de nuestras desventuras cuando las sabemos producto de un clan.

152

Otra paradoja de nuestro tiempo: vivir lentamente no está al alcance de todos los bolsillos.

153

Las ocupaciones que hacen de la vida algo más digno que la lucha por la subsistencia son aquellas que no pueden ser reducidas a un valor monetario para el sujeto que las realiza.

154

Yerran quienes malgastan su tiempo trabajando para ser ricos; yerran porque toda la riqueza está en el tiempo y hemos de darla por perdida de antemano al tener que trabajar.

155

Lo que subyace al complemento de antigüedad en los salarios no es el reconocimiento de los servicios prestados, sino ciertamente algo más tenebroso: una ridícula propina por el tiempo y los sacrificios personales que el trabajo usurpa a medida que la vida útil disminuye.

156

En el laberinto deslocalizado del siglo se multiplican las mentes depauperadas y los cuerpos desregulados, existencias sin descanso suficiente ni adecuado suministro de nutrientes que han sido expropiadas de tiempo para sí mismas, y se ven forzadas a consumir fármacos para mantener en régimen de producción sus dolencias o poder enmascarar frente al espejo la colección de trastornos que resume los requerimientos de un modo de vida empozoñado, complicado por el nerviosismo de una actualización permanente que atenta contra la capacidad de evaluar los cambios exigidos por los nuevos sistemas tecnológicos.

157

Se puede estar dispuesto a tolerar de forma extraordinaria un grado agudo de sufrimiento a fin de poder armonizar los desajustes entre el mundo interior y el exterior, pero estar dispuesto a soportarlo por un trabajo es una vejación que, por respeto, debería ser abandonada antes de que sea demasiado tarde para recuperar la firmeza.

158

Solo tenemos una encarnación para aprender lo desarrollado a lo largo de muchas descarnaduras, y de la que disponemos el tiempo para el estudio es mínimo, una nonada. Elegir a contrarreloj una ciencia sobre las otras es tarea de locos, así que uno, que no quisiera por menos de saber lo justo de todo, ha de conformarse justo con todo lo que ignora.

159

Concederle un fin exclusivamente social a la adquisición de alta cultura, además de un hábito muy extendido entre personas de buena pose, es uncir la exquisitez del conocimiento a la vulgaridad del gusto; es contribuir de un modo suntuoso al homenaje de lo convencional.

160

La propaganda de una buena acción la deturpa y quienes a ella recurren no quieren ser buenos como codician lo bueno de que los tengan por tales.

161

Mostrar buena educación, una virtud que mejor haríamos en llamar amabilidad por poner más teclas humanas al alcance de la buena voluntad, cuesta muy poco y vale mucho; es la diferencia que media, nada más y nada menos, entre querer sacarle los ojos a alguien y cederle el paso con una sonrisa.

162

Si parece de balde poner en tela de juicio una actividad como la tauromaquia sin haber puesto nunca en riesgo la vida frente a un cornúpeta —aunque tal vez en ruedos de alcoba uno haya lidiado contra bestias más bravas—, compárese con la facilidad de los huevones para vitorear una matanza sin que una gota de sangre manche sus galas.

163

No entiendo en qué te afea el desliz de tu pareja en otros brazos, aparte de la necedad en que tú mismo te pones al sentirte vejado por una acción cuya responsabilidad pertenece a otros, no a ti, como de otros son los méritos por las hazañas que de ningún modo osarías atribuirte por más admiración que te procuren.

164

Vamos tan saqueados de lo esencial, que la actitud mendicante se ha colado hasta en los requiebros, escasos de por sí en este mundo no más menoscabado de ingenio que sobrado de idolatría. El último piropo que he tenido el chance de escuchar suplicaba a una morena garbosa en términos que no me resisto a reproducir: «Hermosa, por caridad, una ayudita para despojarme de estos malditos bichos». Yo lo hubiera batido más: «Dedicarte un holocausto siempre me sabría a poco, pero ese poco, mejor que nada, me vuelve loco». Y aún se me ocurre otro: «Inalcanzable como tu belleza es el verbo con el que a falta de contacto quisiera regarte con tacto».

165

En qué indecoroso lugar se ponen los procreadores cuando son incapaces de escuchar algunas verdades simples sobre sus hijos, y no pienso ahora en las gravísimas taras que muchos desgraciados heredan de ellos. Hace unos días, sin intención alguna de herirla, hice bombear lágrimas a una madre cuyo bastardillo episcopal, más imberbe de lo que ella nunca fue —cálices caprichosos cobijan las poluciones de Su Excelencia—, había orinado adrede alrededor de un inodoro en una circunstancia que lo delataba como artífice de ese ejercicio de contrapuntería. Me limité a comentarle que los padres prefieren tener por hijo a un gamberro que a un cafre, pero que en su caso se había superado al parir a un gamberro tan cafre como para dar en prenda un autógrafo que limpiaría él solito so pena de tener que repetirlo ante el alumnado.

166

Pertenezco por crianza a la última generación de lo que Gómez Dávila llamó «infancias rurales», pero mientras él se dolía por la desaparición de todo un imaginario preguntándose qué podía esperarse «de quien no atesore un olor a tierra húmeda en el alma», el planteamiento que yo me hago atañe a la clase de escombreras que habrá de remover quien ha sido maleducado para buscar su tesoro en el porvenir. Las sepulturas están abiertas, el momento es propicio para saltar. El espíritu agoniza.

167

Aunque es ley de establo que todas las generaciones emergentes se afirmen contra la anterior, la hostilidad de los mozos de hogaño contra sus mayores no tiene parangón en la galería de los siglos contiguos. Cuanto más dependientes de mamá, de papá y de los yayos, más ingratos y zopencos, menos considerados también con las personas maduradas en otras épocas, a las que con deleite desinstalarían con un gesto de sus dedos mugrosos si pudieran acceder desde sus adminículos a cuantos se resisten a sus soberbias. Tales adolescentes, que envejecerán creciendo solo en superfluidad, son sucios, ruidosos e indisciplinados, y todo lo que quieren, dicen y hacen lleva la marca ruinosa de estas tres características. Ociodependientes por escasez de sustancia mental, sobrealimentados literal y simbólicamente con basura, son palmarios exponentes del binomio perentoreidad-obsolescencia que define la cultura exprés.

168

Colmo del engreimiento es que uno imponga a otro la existencia solo porque le gusta, o cree que le gusta vivirla, y acuse de ser egoísta al que se abstiene de emularlo.

169

Acojo consternado la noticia de que una vecina, a quien conozco desde mi niñez, ha sido ingresada en un geriátrico después de que la descubrieran extraviada en su propio dormitorio como una pelusa agitada por oreos aleatorios. Había consolidado su independencia desde que enviudó décadas atrás, dando un ejemplo de entereza doméstica a cuantos parientes se propusieron tenerla bajo tutela. De ahora en adelante, demenciada, padecerá intervalos de consciencia allí donde recluyan sus restos de individualidad. Más apetecible es tener una salud quebradiza, seguro de muerte temprana, que vivir en conserva, tan truculenta es la vida cuando se le autoriza que obre a sus anchas. No obstante, se tiene por norma la temeridad de quien la dona a útero batiente como si su legado genético fuera inmune al deterioro. Todos los botarates se sienten superhéroes en una parte de sí mismos; para calamidad de otros, esa parte suele ser la más prolífica.

170

Me gusta saber de que está hecho el mal, mas no tanto que me crea libre de bien.

171

Líbrese uno de querer lo que siente y sentirá más justamente.

172

Escéptica para unos, opiácea para otros e incógnita de cualquier forma que se la mire, la sonrisa de Buda nunca será accesible a la dinámica establecida entre ganadores y perdedores.

173

Ser pagano significa hoy congratularse de que los grillos sigan cantando en la trena de cemento, luces enlatadas y aires depravados donde los hombres se han venido a enquistar; es aliar el espíritu propio al de otros seres animados y tener presente, como tributo a los poderes ignotos, los aspectos diversos de la naturaleza humana sin la desmesura de proclamarlos dueños de estos horizontes donde a los mortales nos aguarda la endeblez, a los dioses la locura y a todos el olvido a perpetuidad.

174

De la misma forma que el organismo humano puede sintetizar los lípidos necesarios a partir de glucosa, excepto los ácidos grasos esenciales linoleico y linolénico, un repertorio magro de experiencias basta al cerebro para componer elaboradas ciudadelas oníricas. En los sueños, un defecto del carácter o un hábito pernicioso pueden aparecer como un escorpión que lanza el telson de su agresividad contra el soñador, o tal vez como una esfera impoluta de cristal que estalla al menor roce. En correlativa deducción, no podemos estar seguros de que en la vida de vigilia esa misma tacha no sea sino la forma de representar al alacrán que pudiera ser, bajo apariencia humana, quien la padece. ¿Es este sistema simbólico de reflejos invertidos el indicio de un dispositivo universal de permutabilidad ontológica?

175

Si el mundo fuera en verdad una estancia agradable, ¡ay!, ¿de qué repugnancias escribiría un ebrio de pesadumbres como el que aquí las denigra solo para cosquillear la desnudez de vuestros ojos? Como libro, soy un hombre abierto en canal, y como hombre, un libro asequible a la curiosidad, mejor cuanto más recíproca, que se anima incluso en el allegamiento de las bestezuelas hambrientas que merodean por él, siempre y cuando no lo hagan con afán de desollar a la gárgola despeñada entre sus líneas.

 
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