31.12.10

CONFIDENCIA


Nadie se salva de lo que es propio del ser hombre.
Carl Gustav JUNG
Arquetipos e inconsciente colectivo

En este avanzado estado de decrepitud universal, nadie que esté armado con una robusta capacidad de análisis y discernimiento creerá en la existencia de una naturaleza moral, pero sólo un monstruo de sensibilidad podrida querrá actuar menospreciando a su paso el simulacro de la dignidad humana. Algunos considerarán este pronunciamiento como un remanente cristiano o una debilidad de carácter –para el caso es lo mismo–, y sin embargo, desprovisto como voy de toda carga de fe, puedo reconocer mayores flaquezas en la aspiración a ser más de lo que se es que le sirve de abogado a esa crítica presumible cuyo cinismo, no por estar en alza, se sustrae a la tantas veces burlona atracción de los opuestos donde queda demostrado que cuando un individuo persiste en volverse más que humano termina revolcándose en la ciénaga de sus miserias cual bruto de la peor especie.

Despido el año sobre la arrebatadora grupa de La Folie interceptada por Podkowinski.

27.12.10

UNIDOS POR EL CRIMEN


A ti te puedes de ti en ti escaparte.
Conde de VILLAMEDIANA
Aconseja a un amigo al retiro

Entre los mitos que favorecen la vida cívica, hay prejuicios que merecen una defensa activa por servir ellos mismos de fortín contra las inclemencias de las relaciones sociales expuestas a la ambición desmesurada de poder. Es lo que ocurre con la libertad de pensamiento, un ilusorio concepto moderno donde caben, perfectamente, expresiones tan reales como diversas puedan ser las mentes que las generan; seductor concepto, imbricado de falsas correspondencias, que cuando recibe sanción jurídica pretende garantizar la variedad de interpretaciones del mundo dentro de una ínsula de amparo legal –paso clave de la invención al hecho– a condición de que no se conviertan en conducta: amago de autoridad que se figura gesto de largueza frente al chantaje de los que piensan igual, o la conjura inepta de la manada que transforma en amenaza las connotaciones de todo aquello que no comprende. Pero libertad de pensamiento ficticia, en definitiva, no solo porque nadie piensa lo que quiere cuando quiere pensar, sino porque apenas quiere lo que piensa quien pensando se piensa.

Aun profundo, el pensamiento sigue el péndulo de las emociones ajeno al control de la voluntad y transcurre por la conciencia como una fuerza anónima que arrastra la experiencia propia junto a elementos anómalos con los que se combina. Por apetencia de equilibrio, pudiera concebirse que el pensamiento de la libertad encauzará en rendimientos positivos la libertad de pensamiento y, sin embargo, casi nada es lo que uno puede pensar libremente por mucho que piense acerca de lo que quiere. Además, si eludimos los excesos académicos de la jerga filosófica, ¿qué nos queda del pensamiento? Una metralla de nervios sin dueño, aunque con víctimas que le procuran soporte. ¿Y de la libertad? Un pastiche de suposiciones que han de ser cargadas de resonancias pasionales para estimular la ilusión de un sujeto pastor de sus acciones. En última instancia, pensamiento y libertad se reconcilian como artilugios psicológicos de afirmación que comparten su indisoluble cualidad poética o metafórica, es decir, mentirosa, en dos estados complementarios que atienden a la humana necesidad de construirse una verdad a la carta: así, en lo pensado, la realidad se torna idea, se volatiliza; en lo liberado, el espejismo deviene real, se condensa. Con el pensamiento, hacemos y deshacemos ideas a partir de las apariencias; con la libertad, alteramos las apariencias a partir de creencias que proceden de ideas enquistadas y llegan a crecer hasta petrificarse en fantasías monumentales que ejercen sobre nosotros un efecto de succión. Lo irónico es que ninguna creencia salva su inocencia, pues incluso los sistemas doctrinales de más benigno cariz nacen de un atentado contra el espíritu y se propagan a expensas de la destrucción del pensamiento, crimen incorpóreo cuya única resistencia digna de mención es el intelecto desbocado que, por un acto de simetría inversa, se enfrenta a la arriesgada labor espiritual de asesinar creencias, de las cuales algunas resultan en extremo difíciles de matar dado su estrecho parentesco con la reflexión asilvestrada, como el dogma que postula, precisamente, la fe en la capacidad de la razón para ejecutar proyectos de carácter iconoclasta.

Zambullida radiactiva de San Pablo en el plasma místico según el siberiano Oleg Korolev.

25.12.10

ACERO Y MIEL


A la Hechicera que con su belleza me dispensa de ser letal antes de dar guerra

¿De qué sirve una filosofía cuya premisa mayor no sea la racionalización de los propios sentimientos?
Aldous HUXLEY
Contrapunto

Madurar es tener el coraje de aceptar como una credencial de realidad que en el despliegue universal de los seres no se ha previsto un lugar para el hombre, a no ser como residuo de una creación accidental, ni la oportunidad de completar sus momentos de dicha al margen de la corrupción que dicta el tiempo. Salvo en empresas locas de amor y en otras relacionadas con la subsistencia que es mejor confiar al instinto o preservar en lo posible de la corrosión de la incertidumbre, si sometiéramos a un análisis exhaustivo las decisiones que nos corresponde tomar la más convincente conclusión que obtendríamos es que debemos abstenernos de actuar. A causa quizá de este divorcio entre pensamiento y sentimiento al que conducen las fracturas de conciencia, los intereses que impulsan y mantienen en movimiento a los demás por regla general me hastían o, en los casos de mayor efecto, rara vez logran franquear mi acendrado filtro de indiferencia y, cuando lo consiguen, de ellos no queda sino un rastro de lo que fueron; poco o casi nada, de cualquier forma, para rearmar la voluntad de un comienzo. Carezco de la emoción acuciante del ahora, odio conducirme con urgencia tanto en los asuntos importantes como en los triviales, pero —deliciosa paradoja— apenas hago otra cosa que flotar en un presente continuo al que repelen los horizontes previstos, probables o imaginarios que se extienden allende el día inmediato.

Mi actitud más arraigada se asemeja a la de alguien que estuviera sobrado de siglos para enmendarse. Solo el amor, con sus genuinas explosiones de magnanimidad y sacrificio, puede hacer de mí una flecha llameante lanzada contra un blanco que adquiera a partir de entonces la fuerza de atracción de un hechizo burlado al vacío con la motivación fanática de un evangelio, de una razón entregada al núcleo de un destino en el que terminar absorbido después de haber visto a cada instante renovada mi capacidad para precipitar los actos en la pasión atómica de lo absoluto.

Como un síntoma onírico de originalidad, lo orgánico y lo mecánico van fundiéndose en la concreción de quimeras que caracteriza la obra de Heidi Taillefer, una artista natural de Montreal de quien reproduzco el atribulado lienzo Frustration Attraction.

21.12.10

DRENAJE


Del misterio y secreto que rodea a todo lo profundo e importante, surge el típico error de creer que todo lo secreto es al propio tiempo algo profundo e importante.
Georg SIMMEL
El secreto y la sociedad secreta

Sumidos en el refinamiento cruel que para la fatalidad es la autoconciencia, a falta de utopías sólidas tras el ocaso de la fe en las instituciones sociales e ineptos para adaptarnos a la ruinosa condición humana fermentada durante milenios en segundas y terceras naturalezas en las que se fue agotando nuestra frescura, queremos redimirnos del vacío en una pasión asequible de ficciones privadas antes que compartidas, pero como adolecen de una carencia de sustancia afectiva que solo pueden adquirir a base de impregnarse con el hollín tenaz de la tragedia (que vuelve visible lo invisible, y también, mal que nos pese, hace memorable lo que sería mejor olvidar), la gravedad a la que se confía su transferencia de entidad empieza por corroerlas desde dentro y prosigue hasta desvanecerlas, así que cualquier esperanza de salvación en una razón sensible deja de funcionar incluso en el terreno más fértil de lo puramente imaginario. Mejor nos iría si supiésemos renunciar con claridad de temperamento a las tentativas de realizarnos en nuestros simulacros o, al menos, si llegáramos a entender las proyecciones de sentido como una innoble flaqueza de la que, podéis suponerlo, tampoco estoy exento, pues me he pasado media vida buscando justificaciones filosóficas para mi forma de ser, y la otra media echándolas a perder por el gusto inútil de hacer algo sin justificación; tanto me he involucrado en esta reversión del contenido, que debo más a mis disidencias de lo factible que a la materialización de mis aciertos, ¿por qué emperrarme en sufrir la atadura de lo contrario? ¿Por qué tomarme en serio el accidente que soy? Cualquier persona despierta puede descubrir que cada existencia traza una trayectoria azarosa cual bala perdida, jamás un sentido objetivo. Que la gente siga haciendo como si todo lo que le atañe estructurase una narración comprensible e importantísima se adscribe únicamente a su propensión a la creencia y se mantiene mientras no traspase el feudo engañoso de sus pretensiones: hasta el viento pensaría que sopla por decisión propia de acuerdo a un plan fehaciente si pudiera percibirse a sí mismo y llenar de palabras el empuje antojadizo de su presencia. Los humanos, por muy postreros que se consideren, son continuadores de un arcaísmo emocional donde se muestran previsibles: creen en lo que hacen porque hacen lo que creen, salvo que un acontecimiento desnude hasta la nada su apego a la simulación; a partir de entonces, si fueran coherentes, se dedicarían a contemplar aburridos el tiempo pasar, y si además de coherentes fueran un poco menos animales, darían por concluida al instante su lucha por la supervivencia.

El mundo ha desaparecido, se ha estancado en su nulidad, pero casi nadie se atreve a proclamarlo, urge fingir que sigue ahí con el ardor de sus trajines. Evidentemente, a los amos les interesa que el efecto de esta sustracción increíble se limite a redoblar el horror al vacío con las precariedades que conlleva porque la actividad por la actividad les produce inmensos beneficios. Sin embargo, existe la posibilidad de celebrar lo ignoto que nos circunda para hacer del horror atracción. Cuando al fin estemos abatidos de no estarlo ya, ¿podremos ignorar el fluir de los restos del naufragio hacia la alcantarilla que siempre ha estado presente en cada átomo? Quizá seamos demasiado occidentales para experimentar el retorno a la vacuidad como un triunfo metafísico... Delego en otros la jabonosa cuestión de averiguar en qué proporción de picardía la aceptación tranquila de una vida viuda de sentido y despejada de propósito contribuye por sí misma a establecer un intento solapado de recuperar por sorpresa la anhelada trascendencia de un imposible tan fácil de creer como difícil de cuestionar.

La foto es mía. Fue tomada hace alrededor de una década en las colinas de Alcázar de San Juan.

16.12.10

ASÍ ESTÁN LAS COSAS


Las debilidades actuales son efectos directos e indirectos de las pasadas demostraciones de fuerza.
Zygmunt BAUMAN
¿Qué hay de malo en la felicidad?

Provocar un brusco descenso hacia el fango de la actualidad puede que no sea el modo más elegante de romper el silencio del blog tras una pausa destinada a la recomposición anímica, salvo que la noticia haga pupa en las costuras de esa misma reparación u ofenda al carácter que asume el riesgo de creer en el control personal de las emociones. Con motivo o sin él, sucede que para escribir una observación crítica con el nivel requerido de humor y desparpajo beligerante hace falta haber cruzado el umbral mínimo de indignación hasta verse atravesado a quemarropa por el rigor de un inspirado malestar. Ya dijo Camus –¿o fue Bataille?– que el mal es prolífico, mientras que el bien se agota en su autocontenida monocromía. Para ilustrar con palabras las ascuas del malestar bastan penas de amor, averías crónicas del yo o trastornos agudos de las circunstancias en la que uno se halla instalado; para narrar desde el enojo, sin embargo, se necesita cierto sentimiento de compromiso con una causa, la que sea, con tal de que sea vivida en alma propia como una herida transferible. Hoy, a pesar de mi escasa inclinación por las causas perdidas y aún menos por las victoriosas, escribo empujado por algo que acaso se parezca mucho a la indignación. So pretexto de los recientes disturbios en Roma desatados en respuesta al pucherazo de Berlusconi, una imagen ha sido difundida por los medios a título de anécdota adobada con altas dosis de demagogia. En ella pueda verse a un policía que acaba de echar mano de su tuerta y pugna contra la cascada de dificultad que representan varios manifestantes, quienes a toda costa tratan de impedirle que apriete el gatillo. El comentario del informativo de sobremesa emitido por la primera cadena pública –ahora comprendo lo acertado de la expresión eslabonada–, resumía la escena de batalla proporcionándole un sentido bien distinto: según los redactores, el agente del orden luchaba para evitar que un grupo de agresores le robara el arma reglamentaria. La instantánea es evidente; la glosa, lamentable. Por si fuera poco lustre en asuntos de cirugía periodística, ninguna referencia a los trueques parlamentarios del primer ministro italiano ni una mísera mención sobre la multitud de heridos civiles tras la refriega. Asqueado, a punto estuve de escupir a la pantalla la tortilla de patata que masticaba jugosamente en ese momento. Tan sólo la celeridad de reflejos de un puñado de black bloc –que no son un colectivo organizado, sino una táctica espontánea de guerrilla urbana– pudo ahorrarnos una chapuza mayor en la praxis cínica de la propaganda, pues en caso de que el esbirro hubiera conseguido zafarse de sus rivales y abrir fuego, ¿qué hubieran contado? ¿Que un terrorista pretendía robar munición al vuelo valiéndose del inmejorable escondite de su cuerpo? Así están las cosas.

¡Que haya dioses, demiurgos crueles, a fin de que puedan parar de una vez el espectáculo que ofrecen estas criaturas que infestan el planeta con su ambiciosa vanidad y superchería! No hay reforma viable: cuando a uno lo han subido por la fuerza a un tren del que no puede apearse y cuyos tripulantes se empeñan en acelerar a toda máquina en dirección al abismo, preocuparse por el color de los vagones o la comodidad de los asientos es, además de un ejercicio de ceguera selectiva, una provocación que insulta cualquier atisbo de inteligencia. Sería deseable regresar al punto de partida, pero para ello habría que exterminar a tres cuartas partes de la población y mantener la hemorragia en la memoria de los supervivientes. Sospecho, y con razón, que hasta el más lanzado de mis lectores estará de acuerdo en reconocer que esa operación implicaría bastantes inconvenientes...

En lugar de ventilar la foto aludida, opto por reforzar el tono apocalíptico con La barca de Caronte, óleo de José Benlliure.
 
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