16.12.10

ASÍ ESTÁN LAS COSAS


Las debilidades actuales son efectos directos e indirectos de las pasadas demostraciones de fuerza.
Zygmunt BAUMAN
¿Qué hay de malo en la felicidad?

Provocar un brusco descenso hacia el fango de la actualidad puede que no sea el modo más elegante de romper el silencio del blog tras una pausa destinada a la recomposición anímica, salvo que la noticia haga pupa en las costuras de esa misma reparación u ofenda al carácter que asume el riesgo de creer en el control personal de las emociones. Con motivo o sin él, sucede que para escribir una observación crítica con el nivel requerido de humor y desparpajo beligerante hace falta haber cruzado el umbral mínimo de indignación hasta verse atravesado a quemarropa por el rigor de un inspirado malestar. Ya dijo Camus –¿o fue Bataille?– que el mal es prolífico, mientras que el bien se agota en su autocontenida monocromía. Para ilustrar con palabras las ascuas del malestar bastan penas de amor, averías crónicas del yo o trastornos agudos de las circunstancias en la que uno se halla instalado; para narrar desde el enojo, sin embargo, se necesita cierto sentimiento de compromiso con una causa, la que sea, con tal de que sea vivida en alma propia como una herida transferible. Hoy, a pesar de mi escasa inclinación por las causas perdidas y aún menos por las victoriosas, escribo empujado por algo que acaso se parezca mucho a la indignación. So pretexto de los recientes disturbios en Roma desatados en respuesta al pucherazo de Berlusconi, una imagen ha sido difundida por los medios a título de anécdota adobada con altas dosis de demagogia. En ella pueda verse a un policía que acaba de echar mano de su tuerta y pugna contra la cascada de dificultad que representan varios manifestantes, quienes a toda costa tratan de impedirle que apriete el gatillo. El comentario del informativo de sobremesa emitido por la primera cadena pública –ahora comprendo lo acertado de la expresión eslabonada–, resumía la escena de batalla proporcionándole un sentido bien distinto: según los redactores, el agente del orden luchaba para evitar que un grupo de agresores le robara el arma reglamentaria. La instantánea es evidente; la glosa, lamentable. Por si fuera poco lustre en asuntos de cirugía periodística, ninguna referencia a los trueques parlamentarios del primer ministro italiano ni una mísera mención sobre la multitud de heridos civiles tras la refriega. Asqueado, a punto estuve de escupir a la pantalla la tortilla de patata que masticaba jugosamente en ese momento. Tan sólo la celeridad de reflejos de un puñado de black bloc –que no son un colectivo organizado, sino una táctica espontánea de guerrilla urbana– pudo ahorrarnos una chapuza mayor en la praxis cínica de la propaganda, pues en caso de que el esbirro hubiera conseguido zafarse de sus rivales y abrir fuego, ¿qué hubieran contado? ¿Que un terrorista pretendía robar munición al vuelo valiéndose del inmejorable escondite de su cuerpo? Así están las cosas.

¡Que haya dioses, demiurgos crueles, a fin de que puedan parar de una vez el espectáculo que ofrecen estas criaturas que infestan el planeta con su ambiciosa vanidad y superchería! No hay reforma viable: cuando a uno lo han subido por la fuerza a un tren del que no puede apearse y cuyos tripulantes se empeñan en acelerar a toda máquina en dirección al abismo, preocuparse por el color de los vagones o la comodidad de los asientos es, además de un ejercicio de ceguera selectiva, una provocación que insulta cualquier atisbo de inteligencia. Sería deseable regresar al punto de partida, pero para ello habría que exterminar a tres cuartas partes de la población y mantener la hemorragia en la memoria de los supervivientes. Sospecho, y con razón, que hasta el más lanzado de mis lectores estará de acuerdo en reconocer que esa operación implicaría bastantes inconvenientes...

En lugar de ventilar la foto aludida, opto por reforzar el tono apocalíptico con La barca de Caronte, óleo de José Benlliure.

1 comentario:

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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