27.9.16

ENTRE PECADORES

Francisco de Goya, El gran cabrón
Corren tras el mal sus pies
y se dan prisa a derramar sangre inocente.
Sus pensamientos son pensamientos de iniquidad,
y a su paso dejan el estrago y la ruina.
No conocen el camino de la paz,
no hay en sus sendas justicia;
sus veredas son tortuosas;
quien por ellas va no conoce la paz.

Isaías 59,7-8

Si yo fuera un libertino, postularía que las eras no han conocido estimulantes más poderosos que los pecados, regalos suntuosos que la religión ha hecho a la humanidad y la ciencia, vengativa, se ha propuesto destrozar. Si fuese un creyente, pensaría que el perdón por el pecado es una bendición que consuela como ninguna liberación profana y que su razón de ser, justamente, está en alabar la misericordia de Dios. No sin rebeldía podría declararme réprobo con trazas de gnóstico para deplorar en profundidad como único pecado el que estriba en haber encerrado el alma en envoltorios de materia doliente, pero lo cierto es que ninguna de la definiciones anotadas se ajusta a mi visión. El pecado es para mis adentros una realidad simbólica sustentada en la pasión que trastoca, por exceso o por defecto, el equilibrio de las múltiples dimensiones de la individualidad y cuya práctica comporta no solo daños potenciales para otros, sino, antes bien, una penitencia segura para quien lo comete. No es el pecado una transgresión que atente de palabra, pensamiento u obra contra las leyes de un orden trascendente, sino un trastorno que perturba por sí mismo un orden inmanente. Por tanto, convencido estoy de que la paz, la calma de aceptar con unánime omisión de servidumbre la victoria y la derrota, anula el pecado.

Atajaré a grandes rasgos porque infinita es la tela que cortar con la tijera del pecado. Los pecados capitales, que hubieran podido bautizarse radicales por ser connaturales a la estirpe humana, han recibido una atención especial por parte de la moral cristiana, que finalmente los fijó en siete, aunque a juicio de algunos escritores religiosos, como Casiano, habrían de ser ocho con la tristeza, censurada como un vicio gravísimo porque aparta al devoto de las obligaciones espirituales y, quizá peor, porque desde la lipemaníaca deserción del deber parece más hacedero caer en otras tentaciones (puede decirse que los Padres de la Iglesia inventaron la «teoría de la escalada»). Con diferente rango de peligrosidad y elaboración retórica, tanto Gregorio Magno como Tomás de Aquino estuvieron de acuerdo en sostener que los pecados capitales son los que la cristiandad, y una porción nada desdeñable de los moralistas laicos, sigue hogaño teniendo por tales:

1. Soberbia.
2. Avaricia.
3. Lujuria.
4. Ira.
5. Gula.
6. Envidia.
7. Pereza.

Distingue Tomás de Aquino en la Suma teológica que la capitalidad de los pecados (por derivación de capital, del latín capitālis, perteneciente a la cabeza) es la propiedad que cada uno de ellos tiene de capitanear a las otros, de tal manera que todos mantienen entre sí una relación de intrínseca correspondencia y difusión. Convengo que cinco de estos pecados, en efecto, lo son (excluyo la lujuria y la pereza), echo de menos la mendacidad en el listado y difiero en dar por válidas la mayoría de las virtudes que cabe cultivar, según manda la ortodoxia, para contrarrestarlos:

1. La soberbia, apetito de la propia supremacía, arrogancia en inflación, hibris en definitiva, no tendría que combatirse con humildad por cuanto esta tiende a convertirse en un persuasivo enmascaramiento de aquella cuando aspira a cosechar los méritos de una conducta modesta. En su lugar, nada es más contundente que la relatividad psíquica (no confundir con relativismo moral), porque ningún mortal es tan importante como para ser tomado en culto, ni tan excelso que pueda envanecerse sin seria merma de otras cualidades. La vía contra la soberbia pasa por desarrollar una conciencia ampliada donde el yo se vea cabalmente desposeído de su panoplia de miedos, esperanzas, ambiciones y narcisismos hasta poner en evidencia la costra orgullosa que siempre ha sido. La primera lección capital en este campo consiste en saber destronarse.

2. ¿Qué mayor riqueza que no precisar riqueza? La avaricia no se corrige con generosidad, sino con desprendimiento, entendido aquí como una forma sensible, abierta, de desapego del fruto del acto, sarvakarmafalatyaga según la nomenclatura hinduista que podríamos ilustrar con este canto de la Bhagavad Gītā (III, 34):

El deseo y la aversión están distribuidos
en los objetos de cada uno de todos
los sentidos.
Nadie debe someterse a ellos:
son sus enemigos.

3. No evalúo la lujuria como un pecado salvo en los sujetos proclives a traducir el desenfreno sexual en la instrumentalización invasiva de lo ajeno. Lo que de ningún modo puedo obviar en mi clasificación es la procreación, matriz arbitraria de los perjuicios que la existencia conlleva. La negligencia y la arrogancia se dan cita en el acto generativo, no es otra la causa primordial de que aún galopen las penosas secuelas del accidente humano. No me dilataré sobre este particular, El peso del universo es opimo en textos concebidos bajo perspectivas antinatalistas (verbigracia, la entrada del pasado día 13, por no remontarme más allá). La abstinencia voluntaria de la reproducción, que he denominado ingenesia, resulta ser una opción ética fácil de asumir gracias a los métodos anticonceptivos actuales; ya no es imperativo renunciar a explorar las amenidades de una compañía voluptuosa si se quiere eludir la fecundación. Al mismo tiempo, la multiplicación de la especie debe ser conectada con la noción de pecado original si se estima necesario enmendar la metonimia que, por perversión de causalidad, encontramos en las Sagradas Escrituras: no hay falta moral derivada de ser hijo de pecadores, pero esta no falta siempre que un inocente es engendrado. «¿Qué pecado has cometido para nacer, qué crimen para existir? Tu dolor, como tu destino, carece de motivo», acomete Cioran, así que la ocasión de romper una lanza en favor de la equidad semántica está servida: hablar de pecado original es, ni más ni menos, que reprobar la condición de progenitor. Y a malas, mal se dudará si traer más vida a este averno es un acto benéfico o endiablado.

4. Contra la ira no siento eficiente la paciencia, puede incluso de manera subrepticia servirle de fermento y suscitar, a su pesar, el enconamiento del mal humor en ausencia de un cauce adecuado para evacuarlo. Lenitivos para suavizar el ánimo airado los hay hasta la exuberancia (la misma lujuria se presta con gustosa versatilidad a ese cometido), dado que tiene su origen en la frustración retenida, aunque ninguno es más catártico y desopilante contra las erupciones que se incuban dentro del temperamento que el sabio sentido de la ironía. Ironía sabia, en primera instancia, porque antes que ceder a las ofensas las supera riéndose ingeniosamente de ellas, y, en una segunda aplicación, porque al ser vertida sobre sí misma atiende su despejo a la indulgencia que se sobrepone al espanto de cuanto existe. Con un enfoque similar podríamos mencionar también la recomposición interior frente a la adversidad o resiliencia, que cuesta por otro lado emprender sin alguna suerte de alianza con la ironía.

5. A la gula la tradición ha enfrentado la templanza, que no es sino la moderación y disciplina en el uso de los bienes a nuestro alcance. Nada que añadir al respecto, tan solo que sería pertinente ensanchar el concepto como hizo Evagrio, asceta cristiano, al emplear el término gastrimargía, que conjunta la ebriedad desmedida con el vicio de la mandíbula insaciable. Pueden ser leídas con ejundia antropológica sus enseñanzas monásticas para fortalecerse frente a los «ocho vicios malvados».

6. Para la envidia, más que remedio la caridad me suena a chiste. Cicerón tenía clara la simetría emocional cuando expresó que «sentir piedad implica sentir envidia, porque si uno sufre por las desgracias de los demás, también es capaz de sufrir por su felicidad». La envidia no solo es una reacción hostil a la prosperidad de los congéneres y, en consecuencia, el motor principal de numerosos proyectos, también actúa como una fuerza perversa que se solaza en las desgracias acontecidas al envidiado, una categoría de regocijo con el dolor foráneo que tiempo ha neologicé como alevidia (por cruce de alegría y envidia). Propongo empequeñecer la envidia con admiración, que puede ser rendida o emulativa, y mejor aún con el recurso sugerido para encarar la avaricia: un estilo de desapego que no incurra en insensibilidad, capaz de engrandecerse con ternura, para lo cual conviene tener presente la trampa que puede suponer este dulce sentimiento. La Rochefaucould sabía que «nos consolamos fácilmente de las desgracias de nuestros amigos cuando sirven para señalar nuestra ternura hacia ellos», si bien en este caso podría citarse al mismo autor en su descargo con la prenda escogida para elogiar la hipocresía como «un homenaje que el vicio rinde a la virtud».

7. ¿Es la pereza un pecado si los mayores desastres proceden, se enviscan y persisten a costa del obsesivo afán de crecer, crecer y crecer? Así como las decepciones son los demonios de un mundo que ha matado a los dioses, las enfermedades se ajustan como nunca a la necesidad de una épica. De seguro los humanos tendríamos menos cosas que hacer y que contar si fuésemos más haraganes, pero mejor convivencia obtendríamos los unos de los otros si prefiriésemos la holganza reflexiva y un contemplativo recogimiento al hábito de volvernos posesos competidores y abnegados engranajes productivos. A esta fagocitación absurda de energías por el ahínco de atarearse le viene apropiada la crítica de Gómez Dávila al progreso: «Se reduce finalmente a robarle al hombre lo que lo ennoblece, para poder venderle barato lo que lo envilece». Contra la afanosidad, pues no de otra manera debe ser calificado el pecado que denuncio, la respuesta debe ser ociosidad. Quisiera introducir una observación más sobre este punto antes de concluir con un giro testimonial.

Leona herida (arte asirio, s. VII a. C.)
Una sociedad funciona a base de renovar sus sistemas de blanqueamiento generalizado, si los pecados de unos pocos disimulan los de muchos y los de muchos los de unos pocos. Los problemas latentes afloran cuando las creencias de sus integrantes son tan volubles y dispares que nadie consigue disimular a nadie. Entonces, sin fingimientos verosímiles, el espectáculo se torna salvaje. Hasta que llega el momento irreversible de la debacle, el triunfo de un grupo social sobre los otros hace cantar su propia gloria en forma de mitos, dogmas con presunciones de fidelidad histórica e ideologías. El trabajo, vilipendiado durante milenios como una calamidad, es en nuestra época uno de esos timos ascendidos al reino de los mitos: no solo se ha vuelto respetable en sí mismo en cualquier ámbito donde una actividad pueda devenir lucrativa, sino que ha de ser buscado, disputado, amado y conservado como un bien supremo sin el cual el valor cívico de la persona queda en entredicho. Con este cambio de actitud se pone de manifiesto que los asalariados, prestamistas y tenderos han definido la cultura moderna a su industria y conveniencia aprovechando la inutilidad de las élites rectoras, más interesadas en no contrariar los propósitos populares después de haber corroborado su ineptitud para influenciar a otras clases sin exacerbar la situación. Como era de prever, los efectos sobre la ociosidad han sido lamentables, y ahora es un lujo excéntrico reservado a los sumamente ricos que no la pueden excusar y la llegan a exhibir no exenta de la malicia de herir susceptibilidades. Apenas se recuerda que la ociosidad fue antaño un signo de independencia que los espíritus no mancillados por el servilismo ostentaban con una dignidad que describe un relato incomprensible para nosotros. No era cuestión de pundonor, lo que andaba en juego era la integridad: sólo era íntegramente humano quien vivía ocioso. «Es necesario convenir en que ciertos hombres serían esclavos en todas partes, y que otros no podrían serlo en ninguna. Lo mismo sucede con la nobleza». Son palabras de Aristóteles. ¿Cuántos rasgos típicos de los antiguos linajes de esclavos son reconocibles en los criterios corrientes de las últimas generaciones de ciudadanos educados en democracia y libertad?

Escribe todo esto por desvío un raro espécimen que trabaja con las manos en una ocupación mediocre, de poca monta, según la opinión de la mayoría de sus compatriotas, y aunque la ejercita con corrección, en vano negaría que cualquier hominicaco podría decir ídem. «El hombre, un ser un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo», sentenciaba Baroja. Gana un modesto estipendio de armisticio —va por lo civil antes que por lo criminal— entre compañeros a quienes ha aprendido a despertar simpatías desde el respeto a estilos de vida diametralmente opuestos a los suyos. Durante la faena, se afea con un atuendo del que un Benvenuto Cellini no acertaría a rescatar un solo pliegue de inspiración escultórica. Sus manos, delicadas de natío, conjugan en los encallecidos restos de cada jornada la invisibilidad hecha de menosprecio que bruñe como escudo de ataraxia bajo el mando de jerarquías fundadas sobre reglas espurias. Si nada de ello, en cambio, ha hecho de él un resentido ni hará de él un proletario —encuentra irresistible la generosidad de no tener hijos—, ¡cuánto menos el menestral satisfecho de ser un subproducto de la fábrica global de quimeras! De haber en él adhesión al orgullo, orgulloso estaría de aureolar su efigie con el epíteto de desclasado, porque lo es desde que lo parieron.

Haga lo que uno haga, ha de tener para sí como altamente probable que acabará semejándose a los demás en lo que menos le gustaría parecerse a sí mismo. No sé si esta epifanía de la contingencia debería considerarse pecaminosa. Tal vez, una vez más, nuestros pecados sean los demás; tal vez, puesto que morirán con cada uno, haya pecados por los que merezca salvarse.

21.9.16

DE LAS BESABLES OQUEDADES

Francesco Hayez, El beso
Es preciso que el hombre tenga siempre algo que combatir, que vencer; es preciso que la mujer tenga siempre algo para conceder, incluso cuando haya concedido ya sus favores supremos. Y cuando está ganada la victoria corporal, es preciso que quede por ganar una batalla espiritual.
Wilhelmine SCHRÖEDER-DEVRIENT
Memorias de una cantante alemana

Yazgo sobre el mismo colchón que ha sido testigo políglota, aunque silencioso, y frenopático absorbente de mis principales experiencias amatorias, de manera que con cada acto acometido sin salir de sus arrabales me revuelco un poco más en las esencias disipadas de mi historia, lo que no empece para que sienta deseable imaginarme vencido al fin en su regazo como en un tálamo mortuorio, con la física exánime y los puntos de vista recolectados a lo largo del vivir fundidos en las nupcias de clarividencia donde la sucesión aparente de momentos sea conciencia simultánea, sin ángulos ciegos ni tiempos secuenciados, de una identidad que debería, más me vale, desaparecer en sí. El elenco de mis afirmaciones y negaciones ha tenido en estos trastes de sábana trotada su mullido origen y permanente cloaca, polivalencia que con apenas dos decenas de años a lomos, verde para todo menos para pochar la vitalidad, quise plasmar a modo de dedicatoria en un inédito, de muy heterogénea calidad, que titulé Tropiezos en el purgatorio:

«A la cama, el invento más valioso y exquisito que ha concebido el ingenio humano; tierra santa, único lugar digno de culto y peregrinaciones; altar que presiden juntas o por separado, y a veces también revueltas, la pereza, la lujuria y otros deliciosos pecados. Madre, amante y asesina, eres el cálido nido donde cobijas nuestras pasiones ocultas y la cómplice muda de secretos inconfesables; sabes regalar ensueños y tramar la pesadilla, sosegar la enfermedad y exorcizar el cansancio; sólo tú, después de haberte ofrendado las horas más íntimas, nos guardas el último adiós».

Si uno se deja engañar por la cinegética económica de competir con el prójimo se adelantará, llegará pronto a un desplome donde aun la fiebre que pisa el freno pierda su efecto reparador y el menor traspiés lo hunda, con toda la arboladura del ánimo, en el estertor productivista de las causas sin pausas, lo que no resta ni una micra de seducción, por otra parte, a la evidencia supina: desde el lecho, hasta el mundo parece bello.

Presa fácil de galbana al despertar, evoco a remedo de motivación, mientras quiero y no quiero izar el saco de la existencia, algunos cuerpos conocidos por aquí al modo aristotélico, en virtud del justo medio obtenido del refuerzo de los extremos, y siempre fiel al espíritu de statio cunnilingiorum como la abeja es devota al néctar repartido en la floresta por más que regrese al panal de rigor, ya que la lengua, reina de la palabra y embajadora del sabor, antes que nada es un órgano de incomparable potencia de servicio, cuando no un consolador más diestro en su frenesí de espiritrompa que los otros grupos musculares implicados en los juegos a los que se presta, con enajenada fruición, nuestro estatuto de corruptibilidad. Y para que el rastro huela, así lo siembra el poeta con su musa de encendedor: «Los tesoros que no se comparten son de hojalata». Dejemos, pues, la chapa para los robots; démonos quietud sin dar en frialdad mayor que la propia de este siglo tan colmado de cachivaches como de vidas atormentadas.

Paul Laurenzi
En vano se buscará una razón de altura para el circunloquio antedicho, por vocación cuadrúpeda ella sola se ha postrado remolona, y no sin culebrear, tras los honores de hacerme proclamar que nada es digno de alabanza de cuanto pertenece al aparato digestivo y sus malditos recovecos, salvo el cáliz flanqueado de labios donde tiene su comienzo y el catalejo de tinieblas donde rectamente concluye y no recto, sino curvísimo agasajo es besarlo como si fuera la última vez que pudiésemos presentarle nuestros miramientos. Porque cabe tener una ley ante la sociedad y otra ante sí mismo, o ni la una ni la otra —también hay quienes aborrecen, dentro y fuera de casa, la gracia de paladear estos ápices—, pero gozoso es reconocer, y anotado en plata queda, que la moral más relamida con el coño relamido es más amable, de igual forma que el sentido de la ética mejor se pule ensalivado entre dos bocas, o ceñido con sumo gusto a la redondez proverbial de un culo, espejo del alma.

13.9.16

HONRARÁS A TU PADRE Y A TU MADRE

Pedro Morales (Laixus), La madre
Pienso en el hijo; yo no creo, como Calderón, que el delito mayor del hombre sea el haber nacido. Esto me parece una tontería poética. El delito del hombre es hacer nacer.
Pío BAROJA
El árbol de la ciencia

Tanto si un procreador decide fundar un hogar para engrandecer la vida de su prole con bienes y oportunidades que la suya nunca tuvo, como si cree obrar haciendo lo debido al abonar con un nuevo ser la elevada estima que, a saber por qué, tiene de la existencia, ni su amor entregado con esmero a la progenie ni todos los esfuerzos (a menudo contraproducentes) por hacerla feliz proporcionan, junto con los motivos que él cree justos para engendrar, razones que justifiquen la reproducción: aun en los casos más halagüeños, la humana decadencia no garantiza que su descendencia se resuelva lo bastante cretina como para celebrar que la imposición de venir al mundo sea un acontecimiento merecedor de gratitud, reverencia y devoción.

12.9.16

MAYOR PESAR SERÍA NO HABERLA

Willem Cornelisz Duyster, Carnival Clowns
Fingimos lo que no somos, seamos lo que fingimos.
Pedro CALDERÓN DE LA BARCA
En esta vida todo es verdad, y todo mentira

Bien entendido su mal por bien que no sea mal atendido, conocer la moral como hija del artificio no es razón suficiente para carecer de ella, sino un estímulo insalvable para crear un precepto en cuya excelencia lo más razonable sea creer.

10.9.16

RESPUESTA A PERPETRADOR

Edwin Deakin, She Will Come Tomorrow
Quiero decir que aunque nadie conoce la muerte ni sabe si, a lo mejor, constituye el mayor bien del hombre, casi todos la temen como si supieran con certeza que representa el mayor de los males. ¿Y hay ignorancia más censurable que la del que cree saber lo que desconoce?
PLATÓN
Apología de Sócrates

Tanto nos hemos acomodado a revestir de seguridad nuestras rutinas en la civilización actual, que cuando el asalto irrumpe desde dentro la inmediata y más persistente reacción suele ser de perplejidad, de estupefacción ante la claustrofobia del espíritu que se reconoce asediado por la arbitrariedad de unos límites no menos estrechos que dolorosos e irremisibles. A las heridas abiertas en la conciencia acuden raudas las formas más extremas de autoengaño, y como lo que somos en tal situación nos hace netamente infelices, es fácil creer que aquello que nos falta podría hacernos dichosos. La disyuntiva, sin embargo, reaparece con una fuerza equiparable a la insistencia que la evita: o la vida, bajo la perspectiva de la criatura consciente, es profundamente inmoral, o la consciencia, desde la perspectiva de la creación, es un lujo intensamente perverso, por no decir incompatible con la lógica mecánica de la perpetuación de la vida.

Algunas enseñanzas budistas, la entereza impasible cultivada por los estoicos, el acervo psiconáutico de las tradiciones chamánicas e incluso el hermetismo concentrado en los principios del Kybalión proporcionan, sin duda, muy estimulantes recursos para que el dolor, el miedo y el ensañamiento —contra el mundo o contra uno mismo— no se consoliden como lo que parecen, un atolladero y nada más que un atolladero. Si la materia, como me gusta pensar, tiene la calidad onírica de ser la capa más externa de una serie escalonada de apariencias que se extienden, a lo largo de múltiples ejes ontológicos, de lo singular a lo universal y de la inconsciencia a la clarividencia, ni la muerte ni la vida existen realmente, ambas constituirían sólo hitos, nudos y desenlaces donde la ilusión se compone y descompone a sí misma, ignoro con qué propósito —suponerle un propósito es ya un acto que fomenta, de obra y de pensamiento, la ilusión.

No he leído Cuando todo se derrumba, pero mientras iba en busca del enfoque de Pema Chödrön acerca de dos o tres conceptos capitales he podido picotear en sus páginas algunas sentencias que tú mismo podrías haber firmado. Permíteme lanzar varios botones de muestra:

«El sufrimiento empieza a disolverse cuando cuestionamos la creencia o la esperanza de que hay algún lugar donde ocultarse».

«Cultivar una mente ecuánime, que no se aferra a tener razón ni a estar equivocada, te llevará a un estado de ser presidido por la frescura. La cesación última del sufrimiento procede de ese estado».

«Mientras seamos adictos a la esperanza sentiremos que podemos matizar nuestra experiencia, o animarla, o cambiarla de alguna manera, y seguiremos sufriendo mucho».

«Nuestros demonios personales tienen diversos disfraces. Los experimentamos como vergüenza como celos, como abandono, como ira. Son cualquier cosa que nos haga sentirnos tan incómodos que tenemos que huir constantemente».

Cuando todo se derrumba, me repito, la primera estructura en caer es la más postiza; de seguido, si no mezclado con ella, se desmorona lo más frágil y vulnerable, que bien puede ser lo más querido hasta ese momento; no queda en pie necesariamente lo mejor, sino lo más duro. Las filosofías de la resistencia, como el mentado estoicismo, y de la aceptación, como el quietismo o las escuelas vinculadas al vaciamiento en el nirvana, pretenden mostrarnos —si las he concebido sin desnortarme— que los embates de la adversidad, por fatales que devengan a nuestro juicio, vuelven a situar en su centro genuino a quien los sufre; una vez allí lo asequible, en relativo grado, es contemplar el tormento más como accesorio que como fundamento.

En cuanto a mi amigo, aún es demasiado pronto para que despierte su receptividad a otros modos de encarar el abismo. Trasluce signos de haberse acuartelado en el estupor, y es comprensible que así sea tras la demoledora noticia. Con el obligado recogimiento frente a la mueca que para él ha tomado la tragedia humana, debe ahora iniciar un proceso de decantación de su periplo biográfico. Con el yo desleído, yo sólo puedo acompañarlo siempre que necesite la complicidad afectuosa de otro náufrago, una fidelidad que guarda bastante similitud con la naturaleza del entendimiento que intento trasladar desde aquí a quienes todavía son capaces de expandirse con gentileza y altura de ánimo.
 
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