25.3.17

APENAS UN BOSQUEJO DE LOS MÁS VALIOSOS INVENTOS

¡Venimos!, uno de los exlibris diseñados por M. C. Escher.
¡Oh soberbio teatro del mundo, continúa tus representaciones, a las que nadie suele llamar comedias o tragedias, porque ninguno ha visto todavía el final! ¡Oh teatro de la existencia, prosigue tu espectáculo incesante, en el que a nadie se le devolverá nunca la vida, del mismo modo que no se devuelve el dinero! ¿Por qué no volvió ninguno jamás de entre los muertos? Porque la vida no sabe cautivar como lo hace la muerte, ni tiene la persuasión de la muerte.
Sören KIERKEGAARD
La repetición

Tras haber paseado la iniciativa durante meses al puro capricho de la imaginación y negándome por principio la consulta de referencias externas a mis divagaciones, he tanteado al fin en los pliegues del ciberespacio el asunto y he aquí una lista de inventos que parece repetirse, con alguna variación insustancial, en las principales fuentes consultadas:

— La rueda.
— El papel.
— El alto horno.
— La imprenta.
— El microscopio.
— La máquina de vapor.
— Las vacunas.
— La bombilla.
— El automóvil.
— La radio.
— La penicilina.
— La fibra óptica.
— El microchip.
— Internet.

Da la impresión de que los humanos modernos están pagados de sí mismos con una munificencia temeraria, cual si mirasen los accidentes de la historia abducidos por los efectos especiales que la civilización ha desencadenado en los dos últimos siglos, con tumulto de mecanizaciones y profusión de maquinaciones, no sin haber socavado para lograrlo el significado de acciones y omisiones que se tenían por virtuosas en la era precedente. Fletar aviones, por ejemplo, con hordas de pasajeros en busca del trofeo audiovisual de su estancia en lugares chapados de prestigio es un hecho fuera de toda discusión para la misma visión del mundo que descalifica como un dislate optar por una vida ordenada en el retiro de un cenobio. Deberíamos pensar el valor de los inventos como si partiésemos de un apagón tecnológico irreversible y quedásemos desprovistos de los rudimentos que tendemos a eclipsar gracias a su facilidad actual de producción y adquisición. Nos encontramos en un contexto donde ya no es posible percibir de forma inmediata, sin hacer un acopio previo de documentación contrastada, la gravedad de las pérdidas ocasionadas por la banalización acelerada de la vida bajo el dominio global de cánones técnicos a expensas de los cuales la persona singular es instruida en una clase de disponibilidad permanente cuyo modelo no es otro que el humano abierto en canal al medio, convertido en un cosificado Homo accesibilis que distrae la confiscación de sus experiencias y ulterior dragado de sus facultades como Homo communicare. Las exigencias que se le hacen hoy al ser humano tienden a igualarse con las mismas prestaciones que se le piden a la máquina y uno de los síntomas claves para comprender esta mutación radica en la coexistencia de una ingente capacidad movilizadora de estados anímicos, informaciones y mercancías, por un lado, con la interdependencia colectiva para fomentar una fe fatua en la máxima eficiencia y proyección social, por otro. Nuestra unanimidad es inequívoca mientras se rinde a la perfección definida en función de un menú en línea con las demandas robóticas del día, y ni siquiera los más críticos con el control informático de la población parecen preparados para desconectarse de las simulaciones montadas por unas plataformas que funden en la gran turba de la gusanera virtual a individuos de toda calidad, procedencia y condición, indiscernibles en lo sucesivo de cualquier otro proceso computacional que requiera introducir en sus cálculos agentes vivos. Como templo neurálgico de este cabaret ecuménico donde se agolpan, entre otros devanadores de majaderías, los neocolonizados que se oxidan proactivamente reclusos de sus confesionarios móviles, internet, a qué negarlo, no ha dejado de ser un continente, un laberinto enciclopédico en expansión, y, a ojos de sus coétanos, un invento fascinante «con su tonelaje de cosas regulares y su tonelaje de cosas malas», como sugiere A. R., autor de algunas de las aportaciones más ingeniosas que me han hecho llegar los notables a quienes animé a participar en una consulta privada sobre los diez inventos menos prescindibles. Por buscar la simetría de sombra, habríamos de preguntarnos a la par de qué sirve poder compartir en un relámpago archivos y escamas de personalidad si después del colapso venidero las destrezas telemáticas de poco valdrán para encender una hoguera, tejer una manta o enmendar un hueso roto. Tras el frustrado intento de esclarecer esta y otras prioridades, mi relación de inventos, por lo pronto provisional, no pretende ser más verdadera ni más exhaustiva que el gusto de haberla confeccionado y la expongo como sigue aunque no necesariamente para ser interpretada por este orden, que debe considerarse aleatorio:

1. La rueda. «Dales un círculo y no dejarán de dar vueltas», machihembré en un viejo lance con el propósito de afilar el aguijón de mi escepticismo. Hecha la prevención y la trampa, a los primeros simios trasteadores debió reclamarles la rueda su cuota de realidad con el ciclo de los días y las noches, con el cambio periódico de las estaciones, con la rotación terrestre reflejada en el desplazamiento del disco solar a través de la bóveda celeste y, más aún, con las pupilas enmarcadas por colores nunca idénticos que hablaban de sobrecogimientos indescriptibles en los prójimos: fue cuestión de conferirle una forma sólida al plenilunio y la cosa echó a rodar por sí sola. Ha de pensarse, por añadidura, que hasta la idea del cero, con cuanto el concepto de vacío es capaz de conjugar, podría provenir de la misma versatilidad de un redondel que gira alrededor del mudo eje del mundo.

2. La escritura, comprendida la pictografía, como el más poderoso y asequible sistema de expresión, intercambio, transmisión y conservación de conocimientos.

3. Aunque procuro pensar en la potencia de simientes y matrices más que en resultados concretos, y con esta muesca en mente a punto he estado de sugerir en masa las aplicaciones derivadas del estudio y familiarización con los cuatro elementos clásicos (el elemento agua, sin entrar en detalles, conllevaría lo relativo a su almacenamiento, potabilización, canalización e irrigación), decido arriesgarme y escojo mi queridísima farmacopea por la conexión galénica a la ciencia de las plantas no sin haber vacilado frente a la elección de la alfarería, hijas ambas del saber telúrico.

4. Los métodos anticonceptivos cuyo empleo no haga merma de la sensibilidad. Sin la debida separación entre el instinto que nos utiliza como vectores de genes y el placer de la unión carnal, no solo la liberación sexual sería inconcebible, sino también el autocontrol incruento de la natalidad, que seguiría abocado a truculencias como el infanticidio, una práctica sostenida en las regiones depauperadas donde se procrea para el hambre. Tampoco es preciso proclamarse portavoz de una rama homínida divergente para advertir que allí donde las relaciones íntimas no pretenden bombardear la línea de flotación de la amistad y se disfrutan con un erotismo libre del precario apetito de posesividad (apetito del que afiliado ineluctable es el deseo de tener prole), se está favoreciendo un desarrollo del entendimiento social incomparablemente superior a los pegamentos habituales de la paz: mejor enderezan bodomías de bonobo que actitudes de chimpancé.

Agradecidas a estos métodos deberían estar todas las personas con estatura moral, y también al uso discrecional de medidas contraceptivas, por la incalculable cantidad de sufridores y avasallados que han ahorrado al orbe.

5. La música como lenguaje supremo de la creatividad al servicio de la emoción.

6. El cuchillo, habida cuenta del escrúpulo que señala entre sus posibilidades el inicio de la carrera armentística, por ser un utensilio básico para llevar a una isla planetaria inaugurada por náufragos y superpoblada de villanía, además del prototipo de otras herramientas concebidas para adaptarse a la mano como se adapta la capacidad de análisis al pensamiento. 

7. La autonomía individual y su culminación congruente en el suicidio. Sin obviar que algunas bestezuelas comúnmente menospreciadas por nuestros congéneres exhiben comportamientos análogos en circunstancias excepcionales (no hay que escarbar mucho: se sabe de canes que se amortajan en la pena hasta consumirse cuando sus dueños desaparecen), e incluso que a nivel corporal existe una forma de obsolescencia celular, la apoptosis, implicada en la gestión del crecimiento mediante un proceso de muerte selectiva que aporta ventajas al organismo en su conjunto, estas versiones autolíticas distan mucho, no obstante, de la aniquilación de sí planteada como mors tempestiva, que a mi juicio es un fenómeno privativo de la consciencia reflexiva y supone una victoria mental sobre los automatismos de la conducta, tanto si son biológicos como aprendidos por imitación gregaria. Lejos de entrar en otras disquisiciones, pues el asunto las merece con amplitud de miras y serenidad en lugar de la voluntad reprobatoria y la desesperación por donde suele oscilar el debate, podría inducirse una relativización del enfoque si se inquiriese qué vida es tan regalada como para justificar el haber venido a ella, o cómo cambiaría la actitud frente al discurrir del propio despeño en la existencia de conocer de antemano el plazo de la misma y las calamidades que habrá de soportar en el ínterin.

8. La amistad (no estrictamente un invento ni vedada a otros seres sintientes), aunque solo fuera porque quienes suavizan nuestras escarpaduras son los responsables de que podamos mantener a raya la demolición ininterrumpida que hemos emprendido armados de misantropía.

9. Llegados hasta aquí y siguiendo el rumbo de interés por los objetos intelectuales sobre los tangibles, dudo entre elegir la invención del derecho o la noción de destino. Respecto a la primera, no me engaño sobre la función dentro del teatro de la existencia que le corresponde al poder instituido, y dado que ninguna ideología autoritaria logró nunca echar raíces en mí tampoco pierdo la escucha de aldabonazos como el de Agamben cuando denuncia que «la hipertrofia del derecho, que pretende ante todo legislar, traiciona incluso, a través de un exceso de legalidad formal, la pérdida de toda legitimidad sustancial»; ni hago caso omiso del desengaño de Juan Poz en la máxima «la ley es el fracaso de la especie»; ni despisto el adagio de Solón reformulado de manera magistral por el aviso de Setantí: «Como telas de araña son las leyes que prenden a la mosca y no al milano». Todo ello es una verdad sin aditivos que quisiera hacer compatible, sin menoscabo de mi celo autárquico, con la preservación del frágil equilibrio de un orden de reciprocidades que podamos sumar jurídicamente sin restarnos lucidez. En cuanto al fatum entendido a modo de adaptación filosófica a la fatalidad en un mundo incognoscible, con frecuencia depravado (la mayor parte de la humanidad, en cualquier momento histórico, habita durante la mayor parte del tiempo en alguna forma de penuria) y carente de certezas pese a que nunca construimos con las manos yermas sobre el legado de los antepasados, podría evocar con añoranza la estabilidad catedralicia de un ecosistema metafísico que ampare al alma cuando implora al reino de lo ignoto un surtidor constante de sentido. La religión, al menos cuando no desvía su motivación original, se atribuye para sí la satisfacción de dicha necesidad; religión a la usanza pagana para mí, no como secta proselitista a la que se acude en rebaño a balar miedos y prejuicios monolíticos, sino como escuela de vida donde se va en busca de un método argumentado de sosiego y claridad que empiece por la aceptación sin enmascaramientos de lo irremediable.

10. La vestimenta (de la cabeza a los pies) y, por ende, los tejidos y otras artes involucradas. Si fuéramos un paso más allá en los aliños del vivir, otro aporte crucial es el jabón y la higiene en sentido amplio, sin que se caiga en el defecto de repudiar la fisiología connatural, o se ancle uno a la adoración engreída de algunas partes que componen su anatomía. Traigamos a colación, porque sirve para cualquier zona de inflexión donde se haga patente que el conocimiento es largo y la vida breve, el segundo precepto délfico que anunciaba «nada en demasía», quizá como pauta para moderar el «conócete a ti mismo». Una persona limpia no es aquella que huele a cosméticos industriales rociados sobre la piel o corrige su aspecto de conformidad con la imagen socialmente aplaudida, sino alguien que comprende la virtud de saber habitar con dignidad la residencia del propio cuerpo. 

Puede que con demasiada ligereza excluyera de mis primitivos inventarios la domesticación del fuego por haber resuelto después que participaba más del descubrimiento encauzado por la suerte que de las victorias de la inteligencia sobre las inclemencias de la realidad. En contrapartida, al no estar a salvo el avance desaforado en un campo de provocar retrocesos en otros, podría objetarse que aquello cuyas bondades son persuasivas en origen raramente dejan de traicionarse en sus secuelas. De esta guisa contemplo la geoponía y la ganadería, con las que se dispara la demografía, se consolidan como ciudades llenas de inmundicias los asentamientos y la estratificación social despliega sus males. No menos irónico es comprobar cómo al explotar sistemáticamente a otras especies el animal humano comienza su marcha imparable hacia la granja de almas... Y mientras daba vueltas a la rueda como icono mágico de la cultura material, me revolvía de calambres con la electricidad, pues al mismo tiempo que los beneficios de su implantación respecto a capacidades de trabajo y comodidades hogareñas son innegables, el horizonte que surgió con la electrificación a ultranza ha multiplicado los modos de exprimirnos y, en síntesis, ha reemplazado a ritmos forzados nuestra ontología milenaria por la eficacia productiva. De este paisaje no me parecen promotores en exclusiva los poderes fácticos que velan por la conservación de sus intereses a costa de penosos sacrificios para muchos más; por encima de su rapacidad patrimonial, creo que para explicar este atolladero cabría recurrir a la entelequia aristotélica en atención al hecho, tantas veces observado, de que las inercias tecnológicas, aparte de nuevos desafíos, generan más problemas de los que resuelven.

Por último, rondaría el descontento si no especificara que con la farmacopea incluida en la lista le aseguro una posición irrenunciable al alivio de contar con sustancias que ofrecen propiedades analgésicas frente a la inmensidad de dolencias y trastornos que nos acechan, lo que a su vez me pone en el aprieto de tener que disculpar el papel de algunas creencias como franquicias proveedoras de consuelo y me sitúa frente al interrogante de si es lícito todo aquello que tiene por fin la supresión del sufrimiento, sea este de índole física o espiritual. 

17.3.17

PALOS DE VIDENTE

Ali Gulec, Garden Skull Light
Mi hueco sin ti, ciudad, sin tus muertos que comen.
Ecuestre por mi vida definitivamente anclada.
Federico GARCÍA LORCA
Poeta en Nueva York

Coronada de fogosidades sin artificio la cena en casa de B. donde su compañía sirvió, con diferencia, el bocado más exquisito a un retablo de estímulos destinados a aligerar el ánimo, pensaba en el libro de Lorca que días antes le había regalado cuando este, perfectamente vertebrado en un estante, cayó de su sitio como imantado por una fuerza misteriosa. No creo que un ente sobrenatural tratara de enviarme un mensaje cifrado a través de canales hurtados a los cálculos de la racionalidad ni que mi estado mental se hubiera calibrado por azar para inducir al volumen un impulso telequinésico; mi explicación es a la vez más física y más mística: estoy a una brizna de persuadirme de que algunas personas podemos recordar el futuro, momentos antes de que acontezca, de una forma que vinculamos por hábito a la esfera de los fenómenos subjetivos hasta que el curso de la realidad los confirma como hechos tangibles. Para ilustrar esta conjetura debo añadir que de Lorca estaba recreando la semejanza entre el retrato de su mirada y la mía en el instante previo a que su poemario cambiara la posición erguida por la yacente. Tampoco se me escapa que el origen de este súbito movimiento podría ser imputable a factores en modo alguno superiores a los pedestres aun cuando un análisis pormenorizado los revelaría de todo punto indeterminables: un estremecimiento que hubiera recorrido un lienzo de la estructura del edificio dentro de límites subliminales para los inquilinos y respetuosos con la estabilidad de otros objetos que permanecieron firmes; una turbulencia imperceptible pero lo bastante sostenida como para que la inclinación del ejemplar oscilara hasta hacerlo volcar por el lado menos proclive; o quizá cualquier otra causa fortuita —¿es lícito juntar ambas palabras?— desprovista de mayores significaciones pese a las inverosimilitudes que habría que aportar en defensa de su probabilidad. Tan empapados estamos del materialismo vulgar de las magnitudes mensurables y fácilmente convertibles en valores monetarios, que de ordinario nos desmemoriamos frente al verdadero crecimiento de la percepción, muy requerida de silencios en su síntesis de contenidos y de quietudes no secuestradas por el acto ni sometidas a la necesidad de propaganda para iniciar su floración.

Sonreí con una extraña familiaridad al imprevisto y volví a pensar, por demás, lo que en tantas ocasiones he circundado de andamios conceptuales: mientras bajo el prisma de la causalidad el mundo aparente se presenta como una imparable cascada de entropías donde cada suceso es el nudo y desenlace de otros no siempre contiguos, contemplado desde la casualidad ese mismo mundo empieza a mutar sus elementos caóticos en formas sincronizadas de sentido que coquetean con el devenir. Nos guste o nos asuste, podemos ver en el interior de esas formas como ellas pueden ver en las nuestras cuando atendemos a las irisaciones de las circunstancias sin el vicio de aferrarnos a sus efectos pasajeros, es decir, haciendo entrega del desinterés apropiado para que todo en ellas sea digno de abundancia.

8.2.17

DESNUDOS GORDIANOS Y OTROS FIASCOS INTEGRALES

Gervasio Sánchez
Un mal pensamiento puede
ser una buena palabra:
una palabra que dice
lo que el pensamiento calla.
José BERGAMÍN 

Avísate bien que yo llegaré
a ti a desora, que non he cuidado
que tú seas mançebo o viejo cansado,
que qual te fallare, tal te levaré.
Dança general de la muerte

No es ni eso ni aquello,
ni ahora, ni yo, ni nada: es no sé qué.
Angelus SILESIUS
El peregrino querúbico

1

Yo no creo lo que pienso, yo pienso lo que no creo.

2

Para realizar grandes hazañas se requiere la dirección de una ambición no menos grande; se requiere ser tan pequeño y tenaz en el rumbo como una bala.

3

El mundo tiembla y os aseguro que no es por la fuerza de mis pasos ni por la virulencia de mis pensamientos. Que pregunten por el estruendo y las malas vibraciones a los que tienen el explosivo gusto de seguir poblándolo; a ellos debemos más que a los señores de la guerra el hecho de que la ecúmene subsista en un estado crónico de enemistad contra sí misma que arrasa irremediablemente a otras especies.

4

Capaces son los humanos de envidiar cualquier idiotez antes que admitir que los únicos dignos de envidia son los difuntos.

5

Desestimar el poder del absurdo es ignorar deliberadamente las razones de que la vida sea como es.

6

Ni aun la certidumbre de la inanidad es real, pero con ella respirar cuesta menos: en vez de un mundo asfixiante, se respira un aire sin mundo.

7

Agrava en cascada los problemas existentes quien en vez de privarse de añadir mal a los males consabidos cree contribuir al enriquecimiento amoroso del mundo asegurándose de plantar su simiente en este vivero de calamidades.

8

Tarada no tanto en las formas de su naturaleza biótica como en la esencia de su naturaleza simbólica, la humanidad reproduce los añicos de su alma caída en cuanto crea y se desalma en cuanto procrea.

9

Cuando la tienen, saben los sabios que su posteridad ha sido producto de un acto favorable a la entropía y contrario a la sabiduría.

10

Sed cuidadosos con todo y sedlo aún más con nada para que no sea. Arriesgaos a velar por todo lo que es y por todo lo que no debiera ser.

11

Cada generación reacciona ante la existencia como si fuera la primera en la historia, y ante la historia como si su existencia fuese intemporal.

12

Ningún pueblo tiene derecho a creerse digno mientras no tenga por más memorable extinguirse pasivamente que seguir echando leña a las grandes convulsiones de la historia.

13

Incluso en soledad uno se descompone a imitación de una sociedad en miniatura sólo para poder cebarse con la ilusión de atacarla y caer sobre alguien.

14

La verdad, amante inhóspita, solo encaja en la vida a costa de lubricarla con imaginación.

15

Con tal de acomodar la conciencia individual a las fechorías que el modelo triunfante de conducta insta a satisfacer, lo mismo piensa el ser humano de la crueldad progresivamente refinada de su especie que forma parte de los privilegios adquiridos por haber conquistado la cima de la evolución animal, que se limita a reprender sus abusos, sin abstenerse de fomentarlos, cual si fueran rasgos innatos de los que no es responsable bajo ningún concepto. Y es que la evolución, más que fortalecer al humano en sus cualidades originales (que podrían haber sido las definitivas), ha ido despojándolo de sus mejores recursos espirituales habida cuenta de lo que constituye un fenómeno filogenético innegable: quienes se sienten comprometidos con la renuncia voluntaria al prejuicio consuetudinario de causar existencia no pueden imponerse moral ni políticamente a los que por ser más descuidados o insensibles están involucrados en la maniobras de la procreación.

16

Para que se puedan transmitir libres de culpa los gérmenes de nuestras anomalías se los formula como un derecho, cuando ningún motivo es digno de hacer soportar a otros el pecado original de mezclar el alma con la proteína. La familia que detona su ignición es también el primer atentado contra la persona singular, al que más tarde se añadirán otros, desde la comunidad que empieza por el vecindario hostil al Estado que lo reclutará para alistarlo en el envilecimiento. Reaparece aquí no una relación simbiótica entre las viejas y jóvenes milicias de la especie, sino una colisión renovada entre el organismo individual y la organización colectiva.

17

Abundan los despistados en preguntarme si tengo progenie y mi respuesta nunca los defrauda: «Me declaro inocente de ser padre». M., mi hermano de laberinto, lleva en la recámara una carga más aguda: «Soy tan buen padre que no tengo hijos». Y es que formas de destrozar la inocencia las hay a mansalva, pero ninguna de ellas tiene el descaro de complacerse en el daño provocado a otros como el hábito de reproducirse.

18

El horror del nacimiento está justificado porque supone el nacimiento del horror, la espontánea confirmación de un totalitarismo biológico que conduce a cavar la fosa de los descendientes sin más razón que un capricho personal disfrazado de necesidad evolutiva.

19

Al pensamiento simbólico de la realidad iniciado por la tradición mítica y proseguido por la psicología profunda le sobra justo lo que le falta: la percepción de un exceso de sentido en las cosas, o lo que viene ser igual, la ausencia de un arquetipo que aglutine por sí solo el cortejo de cuanto es superfluo en el mundo, empezando por ese irreflexivo afán de sobrevivir a cualquier precio que es dogma del ser, y terminando, quizá, por la misma existencia del mundo.

20

Toda vez que se puede salvar el orgullo personal maguer no sin condenación de la dignidad por arrogancia, salvar se puede también el orgullo de la especie a costa de condenarse a embarazarla de nuevos reos.

21

¿Cómo podría el humano ser puro si su radio de acción cae dentro de la existencia? El más acuciante peligro para la labor de la humanidad en el tiempo no es tanto que fracase como especie cuanto que alcance rápidamente el éxito, como viene sucediendo con la proliferación demográfica. Lo más detestable de un patinazo histórico no es que demore su avance, sino que le imprima una aceleración adicional al advenimiento del porvenir. Vamos hacia el Idiota Universal de costumbres masificadas y reacciones binarias cuyos rasgos ya se filtran desde las premoniciones que sacuden la presente infancia digital. Y es que el mandria encaja mejor en el plan del mundo que el clarividente, el conformista mejor que el escéptico, el activista mejor que el irresoluto. La constelación de los cafres no se hallará nunca retratada en el firmamento, su lugar está en el panorama apuntado por los cromosomas que hoy determinan el derrotero de la especie. O se crece cualitativamente en dimensiones espirituales, o se crece numéricamente hasta reventar la pompa biológica.

22

La primera regla de la historia es cuán poco sabe aprender de ella el espíritu humano; la segunda, que aun disponiendo de las fuentes de estudio más fidedignas y de las más sutiles capacidades de análisis, el funcionamiento del devenir no está orientado a la búsqueda de la sabiduría ni favorece la retrospección que lo sondea hasta remontarse a los signos de esa Edad de Madera anterior a la de Piedra donde su destino ya estaba cumplido.

23

Irritarse contra otros es tan fácil; tan asequible es a cualquier zoquete la venganza, que deberíamos concedernos una ración mínima de altanería para poder negarnos la ocasión de tomar revancha cada vez que somos ofendidos. Con idéntico argumento podría uno fundamentar la abstención de procrear después de advertir todo lo que la actividad reproductiva tiene de venganza contra los que serán.

24

Doblemente desgraciadas son las hembras que de la fertilidad que la naturaleza les niega hacen su calvario: a la desgracia de incubar contra sí mismas un deseo que no pueden satisfacer, le añaden la de no ser conscientes de la buena suerte que tienen.

25

Superación profesional y maternidad son los pilares más recios de la esclava moderna. En esta categoría de mujeres también han de incluirse las perdidas para la noble causa de la lujuria, pues en ellas la serpiente ya no tienta como en la víspera, cuando se tenía por cosa cierta la falsedad de que menor es en la hembra el entendimiento que en el varón. Ni ahora son más listas ni antes más estultas; listas y estultas las hubo siempre en no menor cuantía y proporción que hallarse pudieran en el otro género los arbitrios despejados y los zopencos. Ayuntémonos, pues, los espabilados y dejemos a otras sombras llenar las cunas.

26

Lleno de conjuros está el lenguaje de los genes que ordena, del primero al último engendro, el maleficio de perdurar. Estos comandos genéticos podrían ser interpretados como agentes contaminantes vertidos en el guiso planetario (si se restringe el asunto a un enfoque ecológico), o bien como la letra pequeña de las cláusulas de un pacto ratificado con el Diablo generación tras generación (si se prefiere ubicar el hecho en un meridiano teológico). De la informática también podrían extraerse símiles curiosos: los genes serían el firmware, los tejidos celulares el hardware y las especies, como nosotros, simplemente software. Nada de lo apuntado son para mí, sin embargo, que leo en ellos el miedo atávico del sistema natural a pasar de estar en suspenso a quedar suspendido.

27

Entona la Tierra un llamamiento a todos los nacidos para que regresen de buen grado al calor de su seno. Suena su voz a susurro de alabanza, a nana de recepción a los segados y a epicedio de prosodia geológica: por ella reconocemos a la parca en la matriarca. Asimismo, por escueto que sea el horizonte macabro que le pinta visaje grotesco a la tragedia, cualesquiera de las danzas que se han cantado en honor de la calaca podrían servir como himno internacional de hermanamiento con mayor justeza que aquella marcha que dice reivindicar a los parias de la Tierra cuando todos, por arriba y por abajo, parias somos de la Muerte.

28

¿Quién necesita enemigos teniendo padres, por adorables que estos sean —prevengo contra toda esquematización freudiana que los míos, en efecto, lo son—? ¿Y quién se librará de verse envuelto en la cruzada anónima de la evolución si a cada momento y en todas partes es requerido para hacer algo más de lo que hace mientras «la hierba crece sola»; si la única salida que le queda frente al agobio es reptar de cansancio y aun este es penalizado con la deshonra pública y el varapalo económico, cuando no reeducado según los cánones del estamento sanitario?

29

Lo que es verdad para la especie difícilmente es falso para el individuo, y puesto que todo lo que el humano hace se vuelve contra él; puesto que nunca se ha sobrepasado con impunidad y siempre ha sido obrero de su propia ruina, la conclusión particular no puede ser otra que el fracaso.

30

La única comprensión que cabe conceder a la injusticia que reina en las sociedades humanas sin volverse sicario de la abyección ni sucumbir a la banalidad del mal es que el universo, desde un punto de vista moral, está montado como un aparato de tortura del que solo puede sacarse en claro la lección de que vale más no haber nacido que prolongar los padecimientos.

31

Se pueden tener hijos por amor, mas no por amor a los hijos.

32

Anotó Cioran en sus cartapacios que «para soportar la vida, hay que ser cínico o bobo», y yo no encuentro razones para disuadirme de su aserto. Hasta en la vida más regalada los lamentos pesan más que las dichas y las verdades hieren más hondamente de lo que cualquier consuelo puede suturar.

33

Si uno naciera sólo para morir, aún podría sonreírle a la vida. Pese a todos sus anhelos y esperanzas, la vida se refuta a sí misma: solo es preciso cumplir varios decenios para comprobarlo.

34

Quien no se para a pensar en los males que la vida puede acarrear a su prole es un inconsciente. Quien conociendo esos males decide tener hijos, es un irresponsable. Quien sabe que el primer mal que se les causa es, con diferencia, el de haberlos engendrado, delata su culpabilidad. No seré yo quien afirme que ni de la tranquilidad que se niegan a sí mismos ni del reposo de una muerte segura son acreedores los humanos que procrean sin asomo de responsabilidad ni de clemencia, pero tampoco seré yo quien omita lo que uno se atreve a pensar en el desarraigo.

35

Concebir un hijo con la intención de arreglar un problema es como tratar de restaurar la salud dañada por un virus con la ciencia del padrenuestro.

36

Las épocas de las que no se guarda recuerdo porque maduraron sin echar grano en los surcos de la historia debieron ser las mejores, las más favorables para desfallecer en paz.

37

Si con independencia del estado del mundo traer niños a la vida no deja nunca de ser un acto despótico que ocasiona una nueva encarnación forzosa, ¿qué no será traerlos cuando el mundo empieza a semejarse a un campo titánico de concentración?

38

¿Evolución de las especies? Menudo novelero ese Darwin… Sólo se evoluciona a pesar de la especie; sólo el ejemplar evolucionado se detiene, recapacita y decide subsumir a conciencia el propio ser en un callejón sin salida para la deriva contagiosa de su genotipo antes que sumarlo al carro triunfal del excidio.

39

Solo habría de consentirse el bautismo de menores si a los niños que lo recibiesen se les tatuara en la frente: «Extíngase antes de engendrar».

40

Que la esencia de cualquier sociedad es malsana la evidencia el hecho de que, siempre que se salvaguarde la fertilidad de las madres, la población se adapta a la tiranía con menos problemas que a la libertad, y hasta bendice como seguridad el terror impuesto desde cúpulas infames frente al caos de una libertad que nunca se ha sabido disciplinar en conjunto. Pensar en una sociedad exenta de coacciones sobre sus miembros es claudicar en favor de una antinomia que ni siquiera es creíble como producto literario. Bajo ciertas formalidades y concesiones decorativas que cambian según los tabúes en boga, entre los males inmutables que la cohesión social excita se cuenta el que todos puedan fastidiar a todos dentro de ciertos límites. Se acepta como normalidad un estado de guerra civil permanente a condición de que las agresiones sean rentables y no demasiado molestas para la perpetuación; incluso se celebra como un rito de ensañamiento colectivo contra la inocencia que cualquier cenutrio pueda repoblar el érebo planetario con la urgencia de su podredumbre hecha camada.

41

Todo el dolor que he ahorrado no basta para llamarme bueno, ni bueno me llamaría, si debiese criar el mal que otros necesitan para no sentirse hombres y mujeres de menos.

42

Negar la sepultura al enemigo caído, además de vejar en sus restos el nombre y la memoria que de su escueto paso por la Tierra pudiera dejar, revela antes que nada una condición moral impropia de ser considerada guerrera, la de un inepto para reconocer en el adversario cualidades que deben permanecer a salvo de la contienda.

43

Quizá por aquello que se conoce como «reducción eidética», olvidar es saludable en la dosis justa, justo la necesaria para comprender que nada esencial es inolvidable.

44

Los pecios fluyen, la mirada cesa. No se puede enfocar la corriente de la vida sin amarrarse a la orilla de la consciencia.

45

No es lo mismo ver para vivir que vivir para ver, como tampoco lo es olfatear la mierda de existir que revolcarse en una existencia de mierda.

46

El cerdo es un animal que evita comer donde defeca, luego el humano es un animal más guarro que el cerdo (nido come nido bajo el sol). El excremento hiede como una constante cuya presencia tiende al absoluto en los albores y postrimerías de la vida humana, momentos decisivos en los que irrumpe como una versión peyorativa del barro primordial.

47

A la atracción que ejerce una gran personalidad acuden toda clase de parásitos, por eso nada conviene menos a la molicie de esos huéspedes inopinados que saludarlos con la fusta de la verdad.

48

A desgastarse se limita el vivir entre gentes a las que nada podemos dar y de las que nada podemos tomar.

49

La más bonita es siempre la última capa: el hueso en el cuerpo, el alma en la mente y la nada detrás de todas las realidades.


50

Nuestras inmoralidades son también nuestra bandera... y acaso la más flamante a nuestro pesar.

Maurice Sapiro, Lily

51

Disputar un conflicto a golpes rebaja a quienes los dan al nivel zoológico donde los más brutos, partidarios a ultranza de la violencia, siempre han sido, son y serán los más fuertes, puesto que pelean en su terreno. Para los contendientes más cívicos, una victoria obtenida por los excesos de la violencia antes que por las armas de la inteligencia implica, sobre todo, no una victoria con violencia sino una victoria de la violencia y, por ende, un triunfo seguro de las reglas del bruto, aunque este pueda perder la batalla. Cuando el civilizado da carta de legitimidad a la moral de guerra del enemigo, asume como propia una degradación ética que destruye cuanto otorgaba sentido y honor a su lucha.

52

Quien se extiende más allá de los límites que le impone su propia ley moral se arriesga a alcanzar lo más bajo: la perdición irreparable de la estima de sí.

53

No sé por qué me sorprende todavía que la gente siga acudiendo a las urnas como cuadrúpedos camino del matadero si más hondamente insulta el buen sentido traer hijos a la existencia y no me sorprendo por ello.

54

Concederse la vanidad de figurarse estilita entre rufianes y tunantas, pero concedérsela sabiendo que caerá de la columna sin nadie que respete sus restos.

55

Las virtudes relamidas acaban calando como defectos.

56

Sentirse firme dentro de un cuerpo cuyos procesos fisicoquímicos nunca descansan en un planeta que no deja de girar sobre sí mismo a la vez que se desplaza por un espacio sideral fugitivo de la luz, a eso podría llamarse tener majestad.

57

No merece la pena discutir por lo importante; discutirlo es tenerlo en la misma consideración que todo lo demás.

58

Los problemas ajenos no son nada comparados con el de no ver ninguna solución, salvo aquella capaz de compensar la barbaridad de haber nacido.

59

Nunca somos menos loables que cuando nos creemos más loables de lo que somos.

60

Hacer o recibir elogios desmedidos equivale en ambos casos a dar paso expedito a la calumnia, pero lo consentimos porque callarlo o rechazarlo sería una descortesía, luego importa más el buen trato con las gentes (es decir, con enemigos potenciales) que el buen trato con la verdad.

61

En cuestión de códigos de conducta se olvida de inmediato lo esencial: que ni el amor puede hacerse por la fuerza, ni la fuerza puede hacerse por amor.

62

El moralista más desabrido está excusado en su aspereza cuando su deseo de reprobar es superado por su necesidad de condonar. Sólo gracias a esta contradicción aparente puede servir de referencia a quienes pretende corregir.

63

Si ha de hacerse daño por necesidad, que sea un daño hecho con riesgo de quien lo hace; que sea no para evitar que se digan después cobardías de quien lo emprende, sino para no privarse en el combate de la ocasión de ser indulgentes.

64

Mejor es llorar por lo perdido que lamentarse por aquello a lo que se sigue prendido.

65

Se demuestra sapiente quien con la mera concepción de un mundo admirable pierde para siempre los diminutos deseos de ser admirado.

66

No se dé consejo que no haga consuelo, ni se dé consuelo que haga conseja.

67

No tiene más razón quien razona mejor, sino quien halla un patrón razonable para ordenar las porciones de razón distribuidas por el mundo de forma caprichosa.

68

No pocas veces lo único que hace noble una misión es comprender, en el apogeo de su actividad, que se tiene el deber —y ninguno mayor— de abandonarla.

69

Más persevera uno en sus defectos por orgullo para adoptar virtudes ajenas que por impericia y falta de criterio para corregirlos.

70

Medita si es meritorio elevar tu aplauso a quien más que desafiarte a pensar desde otros ángulos halaga tu opinión, y examina mejor aún si no estarás execrando arbitrariamente al portador de una opinión porque no halaga tu impostura.

71

Ver la muerte no solo como predestinación, sino ante todo como oportunidad.

72

Ocuparse de hacer bien lo que uno sabe hacer mejor es la manera más valiosa de ser social, aun si ese buen hacer implica retirarse del mundo.

73

Radica la grandeza en tener la gracia de proteger la integridad de los más débiles, no en avasallarla, y la inteligencia de protegerse de los aprovechados que pasan por indefensos.

74

Ningún progreso es real mientras se tenga sed de poder —mientras uno sea el anfitrión de una sed, en realidad.

75

Rememorando una vez que de manera inadvertida conduje por una calle de acceso prohibido y al pasar junto a unas ancianas las escuché murmurar «van mal, van mal» momentos antes de quedar atrapado en una angostura de la que no se podía escapar ni hacia delante ni hacia atrás, creo que ningún concienzudo tratado sobre la condición humana podría resumir mejor el destino de los hijos de Adán que aquel binomio de palabras, ese «van» con ese «mal», cuyo sentido profético enfatizaba la repetición. Van mal, claro que sí, pero ¿alguna vez fueron bien?

76

Después de haber salido airoso de la expedición que supone abordar las grandes pruebas del espíritu, el afán de impugnar las instituciones humanas puede ser debido a una forma de condescendencia con el curso más obvio de los acontecimientos, aunque lo más probable es que se trate de una regresión a enclaves anímicos ya superados desde los cuales todavía parece creíble el sentido de batirse con los coetáneos como útil dar fe de los abusos cometidos en nombre de las aspiraciones terrenales.

77

Afianza el mal quien odia, incluso si el odiado agente que lo causa lo merece por sus odiosas obras y por ser, con estas, odioso en primer orden para sí mismo.

78

Todos empezamos a ser causa de desgracia para los otros desde el instante en que desistimos de ser causa de plenitud para nosotros, y en ningún caso puede existir esa gracia si se halla obturado el reconocimiento medular de lo existente, sin que ello signifique hacer apología de algún recóndito denominador común —¿el vacío?—, sino más bien de una evocación magnánima de la singularidad apresada en un desfile de símbolos y estructuras móviles a los que subyace un principio unificador.

79

Cuando se tiene la ambición de no tener ambiciones, no puede uno prescindir de ingenio para convencerse, a través de argumentos que muchos tendrían por inconcebibles, de que hace no solo lo correcto, sino lo más excelso: una justa y casi perfecta nada a sabiendas de que el universo cuenta desde que nacimos con nuestra nulidad.

80

A semejanza del capitán responsable que se hunde con su navío, el espíritu debe ir a la cabeza de su dignidad hasta en el apocalipsis si es preciso.

81

Todo defecto dispone ventajas a quien lo usa que la virtud, no exenta de las suyas frente al vicio, contempla con una cautela donde la fascinación también tiene su cuota.

82

Cuídese el nihilista de romperlo todo si quiere que el suelo no abandone sus pies descalzos.

83

Días hay sin nada en lontananza que tire hacia delante ni nada en asechanza que empuje por detrás; son días en que un trago de aire resulta más embriagador que todas las esencias.

84

Nada se pega más que la desgracia, cuyo solo nombre basta para volverla contagiosa.

85

Estar no a la altura de los hechos, sino de la idea que palpita en ellos; captar su trascendencia simbólica y el reto de su mensaje intemporal, he ahí una razón para no perder en el acto la razón.

86

Si cada una por separado dota de virtud, denota maestría quien conjuga la discreción con la excelencia.

87

A todos compete la usanza de ser humanos, a pocos la desdicha de serlo con integridad y a menos la experiencia de saber ponerle fin.

88

A la cama hay que ir desnudo, sin más funda que la piel con que uno se despeñó en la existencia, sin otro adorno que la misma carne donde el alma aguarda, prisionera, su gran evasión.

89

Elemento obligado de un espíritu libre es la fuerza de pasar junto a las ideas sin aferrarse a ellas ni afearse contra ellas.

90

No se piense que el mal está libre de cosas buenas; si así fuera, los buenos, además, serían puros.

91

Por muchas que sean las obras filantrópicas a que se entrega un ser humano de talante bondadoso, nunca podrá enmendar el hecho de haber dejado el mundo peor que lo encontró si se ha consentido multiplicar la catástrofe con su descendencia.

92

Puesto que hacer el bien es imposible, abstengámonos de hacer el mal dentro de lo posible.

93

Uno puede aceptar ser desdichado hasta el final, pero ser mediocre sin enmienda es peor que una calamidad: es un desastre privado del encanto que provoca el reconocimiento de ser un fiasco integral.

94

Pensar como un guerrillero y guerrear como un filósofo.

95

Ser incompleto en cada faceta de nuestro ser permite dejar un margen de maniobra para la plenitud que ha excluido de sí mismo quien vive persuadido de la perfección de sus virtudes.

96

No se vuelva uno necio por considerar importantes los problemas que afectan al necio, ni lo sea de todo punto por estimar la importancia de un problema solo en función de la inteligencia de quien lo plantea.

97

La virtud que no halla recompensa en sí misma ni es dichosa ni es virtuosa.

98

Solo triunfa la virtud allí donde no varía con la visión anticipada de su derrota.

99

Conviene dejar claro que quien espera recompensa a cambio de sus buenas acciones sólo es bueno a medias, pues el bien por el bien debe bastarse, y que yerra por vez y media quien no espera hostilidades por la siembra de sus maldades.

100

Por amor a la lucidez, uno debe aceptar sin ambages el menguante curso de su lucidez.

Vladimir Kush, Current

101
No en pocas ocasiones la conducta virtuosa es hija de una reacción impura donde la repugnancia es el germen decisivo. Al menos en mi caso —vacilo al añadir en casi todos los casos que conozco— no es el haberse persuadido a nivel moral del bien el factor que lo promueve como un producto lógico de un juicio esclarecido, sino el asco, la intolerancia que alcanza raigambre visceral frente a situaciones marcadas por la injusticia y en las que un mal evitable provoca una fuerza proporcional en sentido contrario a la que no sería errado llamar indignación orgánica. Se me podría objetar que en situaciones como la expuesta la virtud habitaba larvada en secreto y que solo después, al definirse en contraste con una realidad adversa, adquiere entidad consciente y puede ser desarrollada por el raciocinio, pero esto sería entender el proceso a la inversa y obviar un acontecimiento fundamental: quien dada la naturaleza sensible de su temperamento no puede ser más que bueno, ¿puede considerarse en verdad bueno? ¿Es más buena la bondad por inclinación que la bondad por elección? Se podría hacer notar que sin libertad para obrar mal todo bien se empequeñece como un hecho accidental análogo al de la respuesta inmunitaria que el organismo despliega contra la invasión de un agente patógeno, y, sin embargo, esta bondad de la constitución prevalecerá sobre la que pueda ser alcanzada mediante persuasión (la influencia que tenga el condicionamiento ambiental en la bondad de la conducta abre otra línea de investigación). Así que por dudoso que sea su origen, el asco es una fuente de salud moral que sería inapropiado menospreciar allí donde la sed de mal se ha vuelto insaciable.

102

Tan juntas caminan la ambición y la maldición, que cada una piensa en hacer tropezar a la otra cuando quiere correr.

103

¿Para qué molestarse en competir con otros cuando la victoria es admirar lo que hacen bien y despreciar lo que hacen mal?

104

Es caro a la entereza moral aprender a romperse sin ser impertinente, sin hacer aposematismo ideológico. Y a continuación, aprender a romper con la ruptura, conquistar la indiferencia respecto a aquello que provocó la fractura.

105

Si se toma la vida como un problema, nunca se resolverá; si se acepta como una travesía, se aprenderá a no buscarle solución.

106

Igual que si fueran libros, acerca de las personas recuerda que poseerlas no es leerlas y que leerlas tampoco es tenerlas, solo apenas comenzar a conocerlas.

107

Golosinas son para el espíritu los halagos: recibirlos agrada, máxime si son sinceros e inteligentes, pero engordan y no alimentan.

108

Si propio de alguien vil es tener mala opinión de quien es mejor que él, del que une a la vileza la estrechez de miras lo propio es tener mala opinión de cualquiera que opine de forma distinta.

109

Ninguna idea que sea en verdad grande se resiste a ser captada en su esencia por los espíritus más pequeños.

110

Si la clase más nefasta de egoísmo consiste en buscar una ventaja personal a costa, consciente o inconscientemente, de causar sufrimiento a otros y en ocasiones también a sí mismo como secuela de una mala decisión, ¿cómo calificar al procreador que por no privarse del supuesto bien que es el hijo no guarda el menor recato en destinarlo a recibir el legado envenenado que conlleva vivir?

111

El secreto de todo está en el centro de cada cosa como cada cosa está en el secreto de todo. Otra manera de poder decirlo es que la perspectiva de un solo espíritu implica el destino de toda la humanidad, mientras que la de un espíritu lúcido no solo la implica sino que, además, la explica.

112

Como los defectos de un carácter no pueden ser disminuidos por definición, tendemos a compensarlos con incrementos que solo pueden proceder de algún exceso, de donde tenemos que los defectos se sirven de los excesos y los excesos acaban por servir a algún defecto.

113

Una historia dentro de la historia es cada vida y una vida dentro de la vida la historia de cada día.

114

Que haya más personas de opiniones coincidentes no significa que sus juicios sean necesariamente más valiosos y razonables, si bien raramente deja de ser cierto que al saberse capaces de formar una mayoría se produce un «efecto llamada» sobre los dispuestos a equivocarse de la misma manera.

115

Me mortifico, luego pienso.

116

La magia se da en los hechos que ocurren porque a uno se le ocurren. Visto así, el mundo es un lugar destinado a suministrar soporte material a las operaciones mágicas de sus ocupantes, quienes a su vez pueden ser vistos como avatares de campaña para otra clase de artífices que no llegamos a vislumbrar.

117

Disponer de una vida es en última instancia el único ingrediente que se necesita para llevar a efecto la evacuación de sí mismo. Tarde o temprano, debe uno estallar con todo su ser, y que lo haga sin  herederos simplifica enormemente las cosas.

118

Nos fascina la belleza porque constituye un comienzo de irrealidad en medio de la debacle, o lo que es igual, porque se anuncia como la mentira desnuda de una ilusión verdadera.

119

El tiempo histórico admite ser comprendido como los anillos concéntricos en que se subdivide el tronco de un árbol, y a semejanza del sujeto que a lo largo de su devenir va incluyendo en cada visión del mundo la precedente, cada ciclo temporal engloba al anterior porque todos remiten a la médula original de la que partieron. Así, tanto en el mundo objetivo como en el subjetivo, el conocimiento no es en el fondo sino un reconocimiento, la hendidura que llega desde la corteza hasta el núcleo de la realidad situada entre el órgano que conoce y la extensión recorrida.

120

Con los animales abatidos en jornadas de expoliación se hacen trofeos del todo feos, pero conformes del todo al gusto de quienes los devoran.

121

Lo que ofende con frecuencia no es tanto el fallo en sí mismo, que en todo lo humano lo hay y existen a tal efecto medios de compensarlo, cuanto la evasiva para admitirlo y poder resolverlo con prontitud. Hay negligentes que nunca lo son para elaborar cuantas versiones del suceso que los compromete sean imaginables con tal de salir indemnes, aunque de lejos se vea que tratarán de hacer lo inconfesable para que un mal cumplimiento del deber culmine con una perfecta irresponsabilidad. A la lengua me viene una expresión que no es raro escuchar por aquí, en la estepa manchega, cuando el desafuero se complace en rizar el rizo: «¡Abulta!».

122

Cuando uno riñe muy cerca del enemigo reduce las posibilidades de ensañarse impunemente que aumentan, en cambio, con la distancia donde se velan los efectos más devastadores del ataque. Al guerrero le cabe todavía en la proximidad con la sangre del adversario confiarse a su criterio humano y ser clemente, mientras que si estuviera movilizado en una gran masa de tropas todo lo que podría hacer tendería a coincidir con lo que se espera de él: actuar como un arma, no como un alma.

123

Amar la música es no poder soportar la realidad sin ella, y como todo amor apasionado, vive a su lado la prueba vehemente de que abolir las causas que lo suscitan sería abolirse en las consecuencias.

124

Ya quisiera la mortaja igualarnos tan rotundamente como la persistencia en la vida, que como vicio es de oficio el mayor sin parangón.

125

El saber ha de sujetarse al espíritu como este va sujeto al temperamento: a las duras y a las maduras.

126

Nadie es menos duradero que el recuerdo que lo sucederá, ni más mortal que las circunstancias que lo precedieron.

127

Nada colma más rápidamente de sentido que poder maravillarse ante el absurdo en que se incurre cuando se intenta salir airoso de un mundo al que se ha venido por desliz ajeno.

128

Todo cuanto agasaja comporta hábito, todo cuanto habitúa es causa de atadura y todo cuanto ata acelera el deterioro de lo que sólo puede subsistir contra sí mismo.

129

El re-cuerdo, esa cuerda con la que se enreda el corazón cada vez que se reencuentra con el pasado y rememora el futuro.

130

¡Cuántos coetáneos se colocan un escalón por encima de los demás en virtud de lo viajados que están y cuán pocos entre los que así se adelantan han dado un paso fuera de los sótanos de su conciencia, que por nada del mundo expondrían al contenido que se extiende más allá de las fronteras del yo!

131

La más extendida inhumanidad es, y no por casualidad, el hábito más humano: no el de masacrar al congénere, que tampoco es una acción exenta de predicamento precisamente, sino el de humillar por sistema a los más cercanos con medios que pueden llegar a ser tan sutilísimos como las humillaciones que todos, a poco que hayamos vivido, reunimos en concepto de experiencia social.

132

Quien no puede remontarse a los orígenes en cada tramo de lo percibido se condena a vagar alelado entre los espasmos de las postrimerías.

133

Que guste gustar es un principio activo de la vanidad, pero también un catalizador de reacciones amables.

134

Tener un viaje de más o un viaje de menos, he ahí la raíz del verdadero aventurero.

135

La fugacidad del pensamiento que se aprende y se desprende por momentos es la garantía de que uno es más de lo que piensa y menos de lo que quisiera pensar.

136

Si ordinario es hacer por apego lo que jamás se haría por conocimiento, más que ordinario el afán es soez cuando busca el disfrute de una libertad que difícilmente tolera en los demás.

137

Con mejor derecho que el conglomerado cohonestado de pasiones que cabe no tener, sino contener, uno es el núcleo que reconoce dónde está incluso cuando no se encuentra en parte alguna.

138

Si de alguien consigues que le guste lo que te gusta, obtendrás un cómplice; si consigues que le disguste lo que te disgusta, tendrás un compinche; si consigues que le guste y le disguste lo mismo que a ti, de nada estarás tan convencido como de la necesidad de cambiar de gustos.

139

Se puede ser antinatalista —o ingenista— por numerosas razones y a cual mejor: por la dignidad de no cumplir como un autómata el programa de propagación genética prescrito por la naturaleza; por la clarividencia de no querer complicar más el destino de una especie a la que no solo le ha sido negada toda posibilidad de bienaventuranza en el reloj de la materia, sino que más bien pareciese concebida para sostener sobre su cabeza el mausoleo del universo con todas sus incógnitas; por el amor a la independencia que rehúsa vincularse a otros seres cuyo despeño biológico puede evitar; por el respeto debido a quienes no han pedido venir a la existencia en un mundo donde siempre ocurre lo que no debería ocurrir y que, objetivamente evaluado, reserva a sus ocupantes padecimientos que ninguna experiencia, por maravillosa que devenga, puede compensar y menos aún justificar. Solo hay una gravidez inocua y no es la que acondiciona el vientre a la función incubadora, sino la que Simone Weil describió con fulgor de santidad: «Ser inocente es soportar el peso del universo entero. Es arrojar el contrapeso. Al vaciarse, uno queda expuesto a toda la presión del universo circundante».

140

Velan los secretos al reino humano vacuidades prodigiosas que el filósofo, descontento por la indigencia cósmica de nuestra estirpe, alcanzará a descubrir sin dejar nunca de lado la presunción de hallarse ante el simulacro de un secreto mayor donde la vocación de verdad sea correspondida con algo más que nada.

141

El dogmático que esbatimenta cuantas facultades mentales sean precisas para mantener intacto su tabernáculo doctrinal recuerda a la roñosa ama de casa que prefiere habitar en un tabuco a solazarse en un salón donde ni Dios tiene permiso para sentarse.

142

Puede decirse sin temor a generar consenso que la unanimidad de criterio no sería loada sin un abastecimiento inagotable de mentecatos que ven compensada en la coincidencia su pavor a la independencia.

143

De las mentes abiertas se sale con idéntica facilidad que se entró, es decir, con las manos llenas y sin haber echado raíces.

144

Debe de ser muy pesado sentir necesidad de inclinar la cabeza y no encontrar a nadie con la bajeza justa para sostenerla.

145

Primer indicio de madurez en el niño, el aburrimiento quizá sea el último descubrimiento del adulto.  Mientras el niño empieza a reconocer en el tedio la distancia insalvable a la que se halla del mundo circundante, el adulto termina de reconocerse unido de forma irreversible al mundo por el hastío que le causa todo lo real.

146

Uno sólo está solo cuando ni se le arriman los pensamientos.

147

Suicidar el impulso de suicidarse, eso es pasar de lo certero a lo artero, de la pusilanimidad a la longanimidad.

148

Cuando juegan, las niñas imitan la vida que quisieran tener de mayores, son como mujeres en miniatura; los niños, por el contrario, juegan a inventarse una realidad alternativa, son como dioses mermados. De mayores, la situación tiende a invertirse y son los hombres quienes experimentan la necesidad de ajustar su vida mental a su vida real al tiempo que las mujeres sobreviven a la rutina gracias a la vida imaginaria que cultivan en paralelo.

149

Apegarse a la vida o apagarse con lucidez, ¡quién pudiera elegir no engancharse a los afectos sin cerrarse a otros y tener goces compartidos sin desembocar en la servidumbre! Una vida sin apegos está más próxima a la lucidez, pero la lucidez está más cerca de la tumba que de la vida.

150

Arte, ciencia y espiritualidad son una misma cosa sujeta por manos diferentes.

Nikolai Yaroshenko, El prisionero

151

En la glosa del nebuloso viaje alrededor de sí mismo que es el pensar, la reflexión no carece de elegancia cuando se precipita en picado sobre el ser que le ofrece la dureza necesaria para estrellarse.

152

El poder político introduce cambios, pero la fuerza de esos cambios es una flor que se deshoja al primer soplo. Las ideas son, en definitiva, lo único que nos sobrevive y lo único que podemos cambiar en nosotros sin poder cambiarlas.

153

Ser queridos cuando no somos convencidos es la manera de querer convencernos sin sentirnos queridos ni convencidos.

154

Para querer bien a nuestros allegados debemos sentirlos mal, como si padecieran terribles dolencias, rondaran la agonía del último trance o ya hubieran muerto: solo bajo los efectos de una desolación inducida podemos aventajarnos a nosotros mismos en ternura.

155

Tan cierto como que toda creencia, hasta la más inverosímil, es asumible por un intelecto preclaro mientras pueda escalar con ella la abstracción, es que aquí abajo, si uno se atiene al torbellino de las vicisitudes ordinarias, nada hay en el tuétano de los sucesos que no invite a pensar con irreverencia y a sentir con pesar.

156

El grado de poder que comúnmente se reconoce a la experiencia significa que tiene entre sus haberes antigüedad en la expiación de las ilusiones que marcaron los años ascendentes de la vida.

157

A mayores decepciones, menores posibilidades de juzgar torcidamente cuanto incumbe a los mortales.

158

Uno se lamenta de no poder tomar en serio algunos desatinos cuando los halla formulados con una brillantez que hasta la verdad quisiera para sí a riesgo de equivocarse.

159

Mujer amada, mujer armada.

160

Instructiva muestra de memoria selectiva: los envarados de petulancia olvidan su condición tan pronto se los deja de humillar con el recuerdo del fimo en que fue amasada nuestra especie, y a los hundidos en la tristeza les cuesta remembrar que buena parte del sufrimiento que experimentan se debe a que han precipitado desde cotas excepcionales.

161

A nadie se le debe pedir más de lo que se siente dispuesto a compartir. Error de bulto y causa de otros mayores es intentar forzar el curso de los deseos: locura no cura locura.

162

No digo que la decisión de suicidarse no atente contra el instinto básico de supervivencia, sino que esta óptica habría de completarse con la de ver cómo atenta el instinto de conservación a la claridad de la inteligencia.

163

¡Y pensar que hubo, hay y habrá almas consternadas dispuestas a cercenarse de cuajo por el amor imposible a un semejante! No se necesita pensar en su calavera, bastaría recrear con viveza a la persona amada como una bestia que defeca, ventosea y desprende halitosis para extinguir de inmediato los abnegados suspiros lanzados en su honor.

164

Antes que acicalar la tragedia, el melancólico hace tonsura de su desolladura.

165

El pasado empuja la historia, el presente la traiciona y el futuro la descarrila.

166

Los estratos sumergidos de la mente humana son los más próximos al pulso telúrico y los primeros en ser fecundados con las imágenes que después serán irradiadas en el escenario histórico. Está justificado reputar al soñador individual incrustado en las turbulencias del destino como un condensador de energías indescifrables donde confluyen los cauces de las antiguas tradiciones con las venideras.

167

Así como para tocar el piano o montar en bici no es preciso estudiar anatomía, tampoco es menester estudiar psicobiología para efectuar un cálculo mental. Los engranajes de la realidad obedecen a unas técnicas que no podrían explicar por sí solas los juegos que el espíritu puede ingeniar con ellas.

168

Desagitar la sociedad, en ello estriba una de las mayores dificultades de divulgar una filosofía digna de tal nombre.

169

No puede haber elación donde faltan los escrúpulos, ni haberse puede uno donde los escrúpulos se adueñan de la situación.

170

Entre las certezas que la experiencia asimilada me ha proporcionado, está la de haber comprendido que aun estando hecho uno para nadie, ninguna riqueza es comparable a la que procede de la alianza íntima con otra persona capaz de prodigarse desde la profundidad que solo un conocimiento purificado entre dos almas puede transmutar en indestructible reconocimiento. Ese quizá no sea el mejor de los reinos imaginables, pero sin duda es el mejor y quizá el único de los reinos posibles.

171

Ninguna edad reconoce el espíritu escarmentado como la suya, mas para no ser arrastrado por el vaivén de los años ha de pertenecerle un poco a todas.

172

No en virtud de lo irrenunciable que a menudo parezca la existencia puede ser querida si las infinitas dilaciones inventadas para eludir el careo con la verdad dejan de ocultar el desaliento que produce su apretón de realidad.

173

Despejar de ilusiones al que va sumido en ellas es un acto de ilustración que muy pocos de los afectados perdonarán si después no se le ofrecen mejores narcóticos.

174

El mundo posee momentos estelares en cuanto juego, atributos cautivadores en cuanto fuente de conocimiento y descubrimientos repugnantes en cuanto sistema.

175

A las lesiones más graves no siempre se llega por accidente; los accidentes son a veces la consecuencia de una lesión original que nuestro universo reproduce a escala por azar.

176

La vida nos pone continuamente en situaciones de las cuales no se puede salir sin cometer errores y en las cuales no se puede permanecer sin agravarlos. La inacción parecería una respuesta óptima si no fuera porque se trata de un trampantojo: una acción que simula no hacer, aunque acción donde al cabo se reabsorben las demás.

177

Pienso en sinónimos del yo y al momento se anudan a mi cabeza: apéndice, armadura, bandera, barniz, coraza, costra… todos ellos exactos y todos nimios.

178

Quien experimenta la misión de que tiene algo que dar, debe darlo, lo contrario es faltarse a sí mismo y retener una esencia que no le pertenece. La firma de quien haga posible ese acto de transmigración creativa es casi accesoria, un elemento que no por determinante durante el proceso de condensación artística deja de ser un rasgo ornamental. Se puede ser celoso de un estilo y aun de las propias vivencias que van cifradas en él, mas no del torrente que pasa a través de ellas y del corazón que, como los cantos populares, nada debe a los arrendadores del medio humano.

179

Al pie de un acantilado el campo de las opciones se aclara: saltar al vacío o concebir una cosmogonía.

180

La observación gana en profundidad con la experiencia directa (suponiendo, y es mucho, que exista una experiencia de este tipo), pero la experiencia por sí sola es poco instructiva si no la atestiguan dotes superiores de observación.

181

Como la juventud puede ser definida como la edad mental en que se puede creer en cualquier cosa, ha de llegarse a la conclusión de que la inmadurez puede perfectamente lucir arrugas y la experiencia limitarse a girar en círculo alrededor de la misma estulticia.

182

El amor, las aventuras de todo lance, la lucha por una causa sentida como justa, la vocación artística, el estudio, los negocios, la fiesta, los viajes, los deportes, la inmersión en la fe u otras adicciones e incluso el trabajo enajenante y cuantas formas innobles de estorbarse a sí mismo sea factible seguir al compás de la novedad, son géneros de actividad que tienen en común su fuerza de penetración para ocupar las facultades mentales de una manera continua y casi plenaria; una fuerza capaz de distraer, aplazar y desplazar el luctuoso trasfondo que se revela cuando uno toma conciencia de estar atrapado en una vida que tampoco le convencería por distinta que fuese.

183

«Tan segura está la muerte de su victoria que nos concede una vida de ventaja», releo en un grafiti anónimo. Ni la muerte es la única medida de la vida, ni la vida el único espejo donde la muerte se mira. Hay otras medidas, como hay otras superficies donde aclararse la condición de esqueleto, pero ninguna puede ser contada sin haber aceptado que se ha muerto antes de ser.

184

Del nudo gordiano de la realidad desnuda siente su aspereza quien se aferra todavía a una ilusión frente a la certeza de esa muerte cuya proximidad cabría abrazar sin dramatismo a condición de que signifique lo que nada claro está: el desenlace por antonomasia, la cita nunca corroborada con una libertad fatal.

185

Los sabios tienen respuestas para las cuales hay preguntas que ningún filósofo podría plantearse no formular.

186

En cuanto uno se siente limpio vuelve a espolear las ganas de ensuciarse. A esto yo no lo llamo, como hacen otros, «nostalgia de barro», sino «marcar el territorio».

187

Podemos decidir, pero solo una vez: la primera... y la peor.

188

Arremolinarse en la sensación de que el instante presente no alcanzará nunca el siguiente y caer en él y en los sucesivos como un sapo llovido del cielo que se precipitara escaleras abajo, rebotando de peldaño en peldaño, hasta ir a parar a la morgue.

189

Velados, mas no vetados, le están al humano los secretos de la materia; son enigmas que tienen más de prestaciones que de iluminaciones, y ahí es dónde radica su peligro. Entre el átomo y la ciencia la relación es análoga a la que pudiera darse entre un mandril a los mandos de un cohete.

190

Empieza a desperezarse el pensamiento cuando se alza como objeción contra la existencia, pero se encoge como una ramera desdentada cuando le ríe las desgracias.

191

La olla que cada quien porta como copa de vivencias, cúpula de interioridades y cópula de mundos puede «irse» tanto por exceso de presión nerviosa como por vaciamiento; en este último caso convendría precisar que la cabeza sería una hoya donde la copa está seca, la cúpula invertida y la cópula frustrada.

192

Con cada pérdida irrecuperable el alma encallece un poco más, pero así de curtida está la piel de un ser libre.

193

Sólo se puede tener fe en los sueños; es una fe que exige no la ceguera de una realidad tangible, sino la fuerza de un sueño superior que la despeje del anterior.

194

Está previsto en las profundidades del alma que no haya óbice para que uno se sienta libre mientras no pase de la superficie. Por eso y porque aún conserva cierto apego a la disonancia cognitiva, puede uno mantener el reflejo de rebelarse cuando ha dejado de creer que la rebelión sea posible.

195

¡Ojalá no fuera cierto que todos cuantos nos dedican alabanzas deseen vengarse de nosotros por haber rebajado su orgullo para poder admirarnos!

196

Tan irrespirable es la desolación absoluta que el mismo acto de desilusionarse pronto se convierte en el objetivo de otra ilusión.

197

Entre los atributos que el humano ha echado a perder en sí mismo quizá el más irrecuperable sea la experiencia del tiempo detenido, sin tasa ni premura, de la meditación. Como lesión histórica del cuerpo espiritual este menoscabo revela la incapacidad de los coetáneos para remansarse sin ser enturbiado por el hormigueo de producir y consumir.

198

La pasión ofusca la observación, que es la pasión de ofuscar la pasión.

199

Puesto que en la historia, cauce sinuoso para una corriente de seres imperfectos, prevalece lo necesario sobre lo antojadizo, oportuno es aprender a sentirse prescindible antes de que sea demasiado tarde.

200

Identificarse con uno mismo es el yerro del que derivan nuestros restantes fallos de óptica. Uno empieza creyendo ser él mismo y acaba rechazando como una insensatez que mejor hubiera sido no haber caído en la trampa de la mismidad.


Tomás SánchezHombre crucificado en el basurero
201

Desde el momento en que uno deja de creer en sí mismo, la verdad comienza a vengarse de su acercamiento propinándole un hallazgo intolerable: libre al fin de cualquier atadura mental con su propia suerte, muerto el ego con sus pavoneos, en lugar de perfeccionar la aptitud individual para la clarividencia, se descubre necesitado de seguir interviniendo en el teatro de cada día para que la certeza de su nulidad como actor no acabe con su puesta en escena.

202

No hay preludio del castigo en la vida; la vida es el castigo.

203

Si la necedad de los humanos no cambiara tanto de faz no sería menos necia, pero más fácil sería identificarla.

204

Librémonos de conocer a los paladines de las causas que creemos justas si no queremos renunciar a ellas.

205

Escasas posibilidades hubiera tenido la consciencia de sobrevivir a la evolución sin las esporádicas erupciones del misterio que nos envuelve.

206

Explicar las propiedades de un sistema por las de otro no deja de ser un buen modo de demostrar que no se puede explicar nada.

207

Piensa en el árbol que eres cuando no sepas pensar quién estás siendo.

208

Hay ofensas que ninguna fuerza sabría perdonar aunque quisiera. Si pudiesen sentirse como catástrofes naturales los peores agravios que recibimos aún se podría encajar sin ira la desgracia sufrida, pero los humanos tienen manos y a las manos las mueve la misma voluntad de zaherir que ocasiona en la víctima una sed inolvidable de venganza. De nada sirve a quien padece esta clase de sed el esfuerzo por desapegarse de la furia que enardece sus venas, ni convencerlo es posible de que la civilización empieza por la renuncia a la revancha cuando, a poco que se piensen las formas jurídicas vigentes, se descubre que gracias a ellas se llama paz al hecho de que sea una organización política la que ostente el monopolio de la venganza en nombre de los derechos de la persona a quien se le ha prohibido, so pretexto de justicia, ajustar cuentas. Puestos a elegir entre dos males, más vale abrir las esclusas de la violencia retenida que aceptar como destino la sumisión sostenida a un ultraje.

209

De la misma manera que el pensamiento debe tener la audacia de poner a prueba cuanto imanta su atención, el sentimiento debe tener suficiente confianza en sí mismo para probar la inteligencia sin el desliz de tomar como dogmas las ideas donde, cansado, se posa el pensamiento.

210

Los mártires hicieron grande al cristianismo, la Iglesia solo lo ha hecho opulento. Sin el sacrificio dramático de sus cabecillas y sin Jesús, asesino de sí mismo por cuenta ajena, apenas hubiera sido otra horda más a contar entre las muchas acaudilladas por fanáticos que fermentaron por entonces el pueblo hebreo. El cristianismo, como las sanguijuelas, debe todo lo que ha sido a la sangre que ha sabido recolectar.

211

No se entendería que las religiones más longevas hayan perdurado durante centurias sin su habilidad psicológica para que la censura de algunos apetitos humanos no pudiera llevarse a efecto sin fomentar otros.

212

Fáciles de amar en la lejanía e indefendibles en las distancias breves, los humanos, al haber sido tocados con el ascua demiúrgica, abrasan a su paso cuanto tocan.

213

La atmósfera del infierno no ennoblece el talento, solo le saca punta al tormento.

214

Hechos a imagen y semejanza de los caracteres humanos, los dioses acaban teniendo vida propia, una vida privada que ningún pobre creyente terminará nunca de comprender.

215

Dios, colega de hambre y osambre, no sabe ni acompañar nuestros adioses.

216

Pueden los demás apartarse de uno en su papel de amigos, amantes, familiares, aliados y penates, pero el abandono es una ausencia que sólo puede hacer el dios que nos la ha dado infinita.

217

Os avergüenza mencionar los daños causados a náyades, nereidas y potámides cuando increpáis la contaminación de fuentes, ríos y mares porque nunca os ha movido a espeluzno aclimatar vuestra indignación a la jerigonza de los irresponsables. Disertad cuanto sea necesario sobre los estragos de la tala de bosques vírgenes, pero recordad que allí moraban egipanes hoy desaparecidos y dríades unidas al destino de los árboles mutilados. Lamentad el reverso feo y ruinoso de la civilización, sí, pero lloradlo como la sufrida evidencia del asesinato de las Gracias que otrora inundaban el mundo de entusiasmo.

218

¿Que queda ya de aquella physis donde el corazón humano iba conexo en inspiración a la inteligencia de los dioses? Se ha dicho desde antiguo que la fragancia del incienso es un signo de presencia divina… de la misma presencia que se refocila con los efluvios de la carne quemada después de haber sido saqueada.

219

El ser humano es todo cuanto necesitan los dioses para imaginarse a sí mismos como ningún mortal osaría pensar.

220

Dios está solo, absolutamente desamparado. Ni siquiera sabe Quién es. Apiadémonos del muñeco humano con el que intentó fingirse acompañado.

221

Toleran los dioses la desmesura del humano no tanto por impotencia para evitarla o por juntar causas para castigarla cuanto por la curiosidad de observar hasta dónde puede llegar el espectáculo de su degradación.

222

Omnipresencia enroscada de la infinitud a cualquier nivel y bajo cualquier aspecto: no a mucho más puede denominarse religiosidad.

223

Aun en la más sosegada desafección echa uno de menos la vehemencia esporádica de una blasfemia solo por alborotar el corral donde algunos meapilas venidos a más cacarean como gallos soberanos. Son momentos lautremontianos en los que el ingenio, cercado por tanta mezquindad, se siente capaz de alzar una capilla donde aparearse con la Madre de Dios pensando en hacerla abortar.

224

Posar disecado en el árbol del castigo no parece mala sede para un dios cuyo discurso, en vez de ayudar a que uno se valga por sí mismo, nos exhorta a sentirnos desvalidos.

225

La sensualidad ha llegado a ser la religión profana de los que todavía creen posible recuperarse del trauma que han supuesto veinte siglos de guerras religiosas.

226

A diferencia de la decrépita Roma, hoy no es la fe importada de un pueblo abrasado el último reducto del desánimo que define el estado de conciencia más habitual en los países occidentales, sino la gastromanía azuzada por el menor motivo y a cada instante exprimida en cada situación.

227

Atender a las ganas de fornicar es también una búsqueda de intimidad con lo esencial, una voluntad de hallar un altar apropiado donde absolver el deseo acumulado y verterse en el misterio que allí late. Que de la convergencia entre quienes comparten esas ganas devenga la mórula de otro ser excede los propósitos de Eros y ninguna ley humana debería impedir que se lo arranque de las entrañas como el sacrilegio cometido por un bárbaro en el templo del placer.

228

De todos los hombres amados por la mitomanía de los pueblos, el Ungido (chantaje a la creación) es después de Caín (envidia codiciosa) y de Abraham (fe ciega) al que más debería aborrecer quien no crea beneficiosa la reconciliación con la esclavitud.

229

¿Qué substanciación para humanarse hubiera escogido la divinidad si no se le hubiera ocurrido aparecer como gusano en el fruto prohibido que mordieron nuestros ancestros?

230

A la verdad, o lo menos alejado de ella, se llega solo a fuerza de cuestionar los señuelos de la sociedad y los ensueños de sus enemigos.

231

Las disfunciones que la sofisticación de la sociedad humana exige asumir como normalidad son gravísimas, casi tanto como los anhelos insaciables que el más normal de los individuos puede empollar sin ayuda de otros.

232

Nunca habrá sosiego para la maldición de creer en alguna causa a la que adherir a las miles de millones de causas que pueblan el orbe.

233

Ninguna visión lúcida ha infundido nunca motivos de atracción para agrupar multitudes en torno a su mensaje excepto por reacción, cuando las masas de aludidos quieren pisotearle los ojos.

234

Del hecho de que una idea provoque al vulgo no se debe deducir que tenga en su génesis más sentido que las convenciones infringidas, pues no está lejos de la verdad que una opinión infundada choque contra otra que lo es en igual proporción, y bien cerca está de la evidencia que la renovación de un dislate nunca ha sucedido sin levantar revueltas.

235

Puede uno estar seguro de que la tecnología que no genera más problemas de los que soluciona no pertenece a este mundo.

236

El instinto de conservación al que tanto deben los seres vivos no dice nada sobre el valor del ejemplar porque se trata de un mecanismo que funciona de forma indiscriminada. Conservar ¿qué? Hasta un parásito intestinal tiene bien aprendido ese deber.

237

Si la validez de una actitud ética se subordinara, como postulo, al respeto profesado a los adversarios, ninguna estimación merecerían los sedicentes provida que tan obstinados están en punir a los partidarios de elegir cuando nadie favorable al aborto ha pretendido nunca que los embarazos de sus antagonistas sean interrumpidos por ley.

238

Intento esforzarme lo menos posible, pero no me sale sin esfuerzo.

239

Tener casa propia, pareja estable y sueldo fijo equivale a rendirse, a cambio de una vulnerable pero muy persuasiva seguridad, a lo más flatulento y adiposo que hay en nuestro ser.

240

Cada vez que una mujer pare, su familia alumbra otra causa para vestir de luto.

241

Que los mejores caigan primero es el cero donde acampa en el mundo entero.

242

A lo sumo de uno queda el bosquejo, que es la traza original y el último albergue del animalejo.

243

¿Qué necesidad hay de demostrar que el cansancio se ha convertido en moneda corriente cuando millones de despertadores aúllan a cada instante?

244

Aunque las lesiones causantes de la muerte sean las mismas, preferiría ser devorado, como Acteón, por una jauría de perros enardecidos que ser presa de la frialdad de una máquina desbocada, como un automóvil fuera de control. Esa es también la diferencia que media entre los defectos morales del mundo arcaico y los excesos amorales del moderno.

245

Luchemos contra quien luchemos, sean cuales fueren nuestras causas, nos derrotará la misma maquinaria.

246

No aberra solo la idea de que los artilugios tecnológicos imiten e incluso reemplacen a la naturaleza en muchas de las funciones cuyos rendimientos superan, aberra más atisbar, tras el relámpago cinético de estos inventos, que la esencia de la naturaleza está igualmente animada por una suerte de ingeniería.

247

En el improbable caso de que la técnica le conceda valor operativo, el espíritu es para ella como para la mentalidad castrense la inteligencia: pertenece a la categoría de los peones, es un instrumento complementario de la fuerza.

248

No se necesita poner un pie en la Luna para saber que su rostro apenado ha empalidecido a causa de mirar durante tanto tiempo nuestro mundo.

249

Cuando uno ha nacido en el imperio de lo falso, traicionar a los comprometidos con el siglo es un acto de verdad.

250

Trabajamos para industrias cuyos objetivos entrañan peligros acerca de los cuales parecería bueno no adquirir conocimiento alguno si fuera posible ignorar las consecuencias.

Rinaldo Carnielo, Tenax vitae

251

Salvo en circunstancias que requieran habilitar un mando enérgico que se disuelva tras las causas que motivaron su necesidad, no debería por norma residir el poder en los muchos o pocos que desean ostentarlo, sino en el modo de contener a quienes están llamados a ejercerlo.

252

Sólo a mucha distancia puede uno dejar de sentir temor, admiración, repulsa o atracción por la presencia humana; en el tú a tú, la incertidumbre lo puede todo.

253

Uno ya es legión; muchos, una guerra civil; todos, un cadalso global donde los supervivientes pelearán entre sí por calmar con un retales las tripas.

254

La técnica, al encapsular y refundir las costumbres en moldes que son definidos a tenor de funciones desconocidas, está logrando modificar la estructura mental de las personas y lo próximo será transformar el estado biológico en la dirección sugerida por la especialización que acaece dentro de un panal o de un termitero, donde hasta la propia reina debe no solo su razón de ser, sino también sus características morfológicas, a la tarea que desempeña.

255

La sociedad no teme tanto al sentido de la opinión vertida sobre ella como a mojarse por aquello que no entiende.

256

Deberíamos introducir una nueva partición histórica: a. H. y d. H., antes y después de Hiroshima. Sería una contribución enorme a los historiadores del futuro, que podrán sentir así más próximos a los nuestros los desastres de su mundo.

257

«¿Y la gente aguanta todo esto?» No muy distintas serían las palabras de un alma nacida en algún rincón amable de la prehistoria si contemplara los logros de la vida civilizada.

258

No se ha de ver en el juicio desaforadamente hostil hacia nuestro siglo una forma de pensar demasiado inadecuada para captar la realidad dominante; véase mejor en esta perspectiva la única manera en que esta época de muertos ambulantes admite ser ponderada por los que se saben arrastrados hacia el vertedero.

259

Sondeo el futuro y veo lo mismo que me muestra el pasado, pero en negrita: guerras y vileza por doquier, ducas inconsolables, empobrecimiento espiritual, cretinismo social, tristuras, angustias, desalojo de la pureza y, como siempre, almas yertas que se mueven, entre posesas y gemebundas, al eructo de los tiempos.

260

Si el odio es el motor más potente de la historia, como resulta difícil refutar contemplando la rosa de los vientos que corona los aconteceres humanos, los genes son, mucho antes que las instituciones socializadoras, los primeros motores del odio, pues insertos van en nuestras células.

261

El sueño de la democracia engendra absolutismos.

262


Ningún dopante es más positivo para la distopía social que el optimismo político, una actitud que siempre produce consecuencias temerarias con independencia de la ideología que adopte. La cuestión sobre cuantos deben ejercer el poder político en una comunidad resulta de menor sustancia a efectos prácticos si se la compara con la de saber cuales son y como se han de articular los límites efectivos contra la tendencia a la vigorexia que adolece cualquier concentración de poder.

263

Mientras que en una dictadura el poder no está limitado, mas tampoco legitimado, en una democracia el poder tiende a extralimitarse precisamente porque puede adquirir visos de legitimidad gracias al apoyo de una mayoría.

264

Ni la corona real ha hecho nunca por sí sola rey a nadie, ni el número basta para convencer del derecho al mando de quien lo cuenta a su favor. Nunca podré aceptar que la legitimidad de una decisión emane por sí sola de una mayoría, como tampoco es aceptable para mí que la encarne el mayorazgo de uno solo. Pese a las constituciones y marcos jurídicos donde puedan ser contextualizadas, democracia y monarquía se parecen demasiado en aquello que tienden a no tener: riendas cortas al poder que acaparan.

265

Mediante la democracia los pueblos son oprimidos en nombre del pueblo; si ese sátrapa es más soportable que otros, habría que juzgarlo en función del precio a pagar por formar y no formar parte de ese pueblo.

266

Estando el origen de las ideologías en alguna forma de delirio, no debería sorprender a nadie que su desenlace natural no sea la grandeza, sino el delirio de grandeza.

267

Cuando la mentira y la vulgaridad se dan la mano, un político saluda.

268

Con el atuendo de «pobre diablo» no pocos han franqueado las puertas de los palacios.

269

Si la ley tolera la injusticia y la corrupción, la corrupción y la tiranía están en la ley.

270

Mercenarios para la conquista del espacio físico, misioneros para conquistar el espacio mental y mercaderes para la explotación de lo conquistado.

271

Aparte de que la capacidad de autogobierno de los pueblos sea mínima, por no decir ilusoria, en un contexto de todopoderosos emporios supranacionales, el mayor peligro de la democracia no radica en cosa distinta de su popularidad, ya que esta forma de gobierno se basa en obtener el número suficiente de cómplices entre las masas a fin de autorizar cualquier iniciativa sin que importe demasiado el propósito que persiga.

272

La exaltación patriótica no es obra de una voluntad compartida que habita segura en la conciencia de sí misma, sino de la impotencia agregada de los muchos exasperados que la encarnan.

273

En tiempos convulsos donde las guerras civiles, las locuras colectivas y las barbaries redescubiertas marcan la pauta, no solo se abren en la condición humana las simas de un caos ancestral, sino que la misma ceguera que allí reina es ascendida por encima de lo que naturalmente cabe tolerar.

274

Adquirir dominio sobre otros a costa de perder libertad en los propios fueros es una adquisición digna de lástima.

275

Pretender justificar como una hazaña económica el maltrato a las fortunas familiares, la grosería rutinaria de poderes extralimitados en sus funciones y la brutalidad en todos los órdenes exigida para mantener el orden público, demuestra una regresión a edades donde la crueldad tenía más peso que la destreza indispensable para impartir justicia.

276

La arbitrariedad es una violación de la sede interior de la libertad. Ni que decir tiene que los pueblos sumisos se violan a sí mismos.

277

Los tiranos no caen del cielo, brotan del mismo substrato que quienes los abuchean.

278

No lo puedo superar, es superior a mí: cuando estoy frente a un esbirro, empiezo a sentirme culpable de todos los crímenes que no he cometido e inocente de todos los que cometería…

279

En personas de corazón ecuánime la rebeldía no procede de una torcedura del buen sentido, sino del alejamiento del mismo por parte de las instituciones que deberían velar por él.

280

Tanto da confiar la organización del poder al resultado de un bombo lleno de bolas numeradas que a la cifra más alta obtenida de unas urnas llenas de motivaciones abombadas. Puede que matemáticamente salgan las cuentas, pero humanamente tiene visos de alucinación colectiva que la única partitura legítima para un gobierno sea la bendecida por el mayor volumen de las ovaciones.

281

Si hoy existe algo que pueda considerarse medianamente aceptable en nosotros como pueblo, equivocado estaría quien lo agradeciera a los responsables del semillero resultante de nuestra última contienda fratricida, pues los mejores de los que chocaron pasaron al exilio, murieron en combate o fueron fusilados durante la brutal y muy católica represión sin la cual no hubiera podido asentarse la victoria de los sediciosos. Seamos francos: ¿qué cemento humano quedó para reconstruir el país? Un compost formado por hambrientos y acobardados, delatores y lameculos, asesinos uniformados campando por sus barbaries y prisioneros de guerra reducidos a la más nefanda esclavitud bajo el esputo del vencedor que podía ser sanguinario impunemente en un cuadro donde el terror gubernamental y la canallada de servicio que sucedieron al desconcierto nacional fueron condicionantes más devastadores que la miseria incurable y el rencor acumulado de quienes hubiesen preferido finar heroicamente a contarlo.

282

Cantinela tonta o legítima proeza, el sentido de la libertad nunca se pierde cuando decide hacer lo que no puede dejar de hacer.

283

Donde rige la ley del oro, el oro de la ley ni rige ni corrige.

284

Conoce de sobra el poder político que sus relaciones, aun sometidas a una severa planificación de costes y beneficios, no se guían por la autoridad de la razón, sino por el instinto. Este poder tiene en común con el erotismo la obediencia a impulsos de atracción y repulsión que admiten hasta cierto punto ser previstos y analizados, pero nunca abarcados ni dominados por la lógica durante el transcurso de los encuentros.

285

Uno de los síntomas inequívocos de la muerte de Occidente —o del Oeste— como motor espiritual de la historia es el menoscabo en sus territorios del derecho a la propiedad concebido como expresión de su bien más primordial, que no es otro sino el don de sí, la potestad de uno mismo. Quizá las constituciones con que Occidente ha vestido sus antinomias nunca hayan respetado realmente este derecho, pero allí donde se ha vulnerado ha existido la conciencia, tanto en el ofensor como en el damnificado, de que se profanaba algo sagrado y daba lugar a convulsiones impredecibles.

286

No es viajando como mejor se conoce el carácter dominante de una nación, sino estudiando el foro que componen los comunicadores de los medios con más audiencia, los novelistas más leídos —es decir, los menos eminentes— y el tipo de publicidad que registra mayores ventas: estos aclamados son los que plasman sin remilgos la vida doméstica de un país.

287

Como el burro no se libra del rebuzno, el orden democrático ha logrado hacer que parezca plausible que a cada rebuzno le corresponda un voto.

288

Llegando estamos a un tiempo en que la decencia solo será custodiada por listas negras.

289

Pensar con sentido común es lo primero que uno suele hacer cuando está decidido a involucrarse en alguna empresa turbia… como la fundación de una familia.

290

Los gobiernos cambian, pero los expedientes permanecen: no creo que pueda reproducirse mejor el carácter del poder político.

291

Aún cabe achacar a la democracia otra perversión impensable en otras sociedades: si en una democracia los sirvientes eligen a sus señores, ya no es el señor quien toma, para bien o para mal, al sirviente, sino el sirviente quien escoge al señor más fiel a su talla moral.

292

La paz, como la guerra, tiene también sus desastres, que son muchos, aunque muchos sean también los que se niegan a reconocerlos como tales por su afición a los despojos.

293

Existe un paralelismo evidente entre la deforestación de los espacios silvestres y la desertización del campo humano. El espíritu es un árbol postrado.

294

Donde el humor es perseguido, ni siquiera la razón —grandísima fulana— gobierna: el punto de mira manda.

295

No consiste únicamente la libertad en las limitaciones que al libre albedrío se le dan en el contexto de la convivencia sino para quien está decidido a paralizar la inmensidad de lo que puede hacerse sin desmandarse.

296

El terremoto que asola barriadas enteras no siempre hace temblar castillos, pero ninguna barriada se salva cuando el terremoto derriba castillos.

297

Llega también la perversión a la razón cuando erige ídolos en lugar de derrocarlos.

298

Se revela en la rebelión una clase de vitalidad que compensa con creces el infantilismo que no prevé su quiebra como método de transformación. En la reacción, en cambio, se manifiesta un género de temperamento que parte de la comprensión de los estigmas de una época y que, ante la inviabilidad de los remedios, la inverosimilitud de los consuelos y la incapacidad de celebrar la resignación, opta por enrocarse en sus axiomas.

299

Si la política es un arte, sus obras maestras son las más desapercibidas.

300

Hoy es lugar común, y por tanto patente confusión, que cada persona piense que el mundo marcha peor porque no atiende a los caprichos de su opinión.


301

Quien se ciñe a la legalidad como requisito de moralidad asume erróneamente que el cumplimiento de la ley está por encima del valor de las personas, cuando lo cierto es que nadie se vuelve valioso por seguir al dedillo los reglamentos. Una ley solo es valiosa cuando beneficia a quienes la aceptan voluntariamente como norma, no como horma.

302

La pluma y la espada pueden recorrer juntas un largo trecho del camino si aciertan a otear la realidad que nace más allá de lo que juntas o por separado podrían concebir.

303

Cometer la locura de hurtar a las palabras lo que por condición natural no pueden dar sin volvernos cuerdos de atar.

304

Ningún alivio intelectual es comparable a la emoción de estética de ver expresados los mismos horrores que uno mismo, a pesar de haberlos vivido, no tiene valor para expulsar de sí.

305

Para un exlibris: a falta de buena moza, con libros bien se retoza.

306

¿Existe algo más caprichoso para un creador que la relación entre el esfuerzo aplicado a la obra y el resultado alcanzado?

307

Hay libros que no admiten con bien para sus autores una segunda visita y de ellos podemos aseverar que son prescindibles, si no francamente malos; otros, en cambio, ya desde la primera lectura están pidiendo una segunda, una tercera y aun incontables confrontaciones más a la vuelta de cada ciclo de experiencia: solo estos deben considerarse imperdibles.

308

Una obra solo puede tener estatuto de autenticidad, aunque no suponga ningún logro para nadie, cuando el autor ha puesto contra sus pudores más arraigados toda la carne en el asador y su alma es capaz de elevarse sobre la chamusquina de sus pensamientos como una emanación incombustible.

309

Más descriptivo que calificar nuestro sistema nervioso de esponjoso —¿de verdad nos creemos tan invertebrados?— sería decir que en el sensorio subsisten en diverso grado de complejidad funciones propias de animales filtrantes, pues tomamos de continuo nociones de aquí y de allí que reformulamos después según nuestro peculiar estilo y naturaleza. Al pensador honesto, como al artista sincero, siempre le ha de resultar un poco decepcionante descubrir que la interacción con la obra de otros autores despierta asociaciones de ideas que hubiera sido más dificultoso, o incluso imposible, alcanzar en solitario.

310

Toda literatura que no claudique de sí misma siendo experimento señero o calco de un modelo previo, comienza con panfletos incendiarios y termina con odas.

311

Más que con otra labor, cuando uno está concentrado en la escritura padece las tareas por cumplir fuera de la creación como si le hubieran saqueado los pensamientos para servir mejor al tiempo.

312

No pocas de mis mejores ocurrencias las he tenido durante la estéril persecución de una idea, cuando he tropezado con el hallazgo que me ha hecho caer de bruces sobre una posibilidad más radiante para el pensamiento.

313

El largo tiempo empleado en la confección de una obra revela una meticulosidad que con suerte se traduce a la excelencia del resultado, mas deja insinuada en la linde de lo tácito una confesión de torpeza o falta de fluidez en el medio empleado. Por poner un ejemplo sin ir a escarbar en ámbito ajeno, yo pienso priado pero escribo despacio... y nunca he tenido por motivo de presunción ni lo uno ni  lo otro.

314

Más que cambiar las ideas con los tiempos lo que cambia es el daño que la mentecatez de cada época causa a la libertad de pensamiento. Ya no sirven las palabras a quien las maneja con propiedad, sino al que peor las entiende, y esta militancia en el menguado entendimiento del verbo no pocas veces debe su origen a las mismas autoridades que tienen precisamente a su cargo velar por la integridad de los significados y fomentar la congruencia de los usos relacionados con ellos. La primera víctima del revisionismo no es el pasado histórico, sino la semántica; no los restos documentales donde reposa desgajada la memoria, sino las enciclopedias y diccionarios. De la última subversión del diccionario de la Real Academia Española (la vigesimotercera), basta consultar la entrada gay para percatarse de las proporciones del desastre infligido: fuera del apartado parentético donde se registra un conato etimológico, no hay rastro de aquella acepción adjetival de «alegre, vistoso» que Corominas especuló de origen occitano, idioma desde el que pudo extenderse al francés, al castellano y a otras lenguas romances a partir el siglo XI, o quizá derivada de gau por reducción del latín gaudium (godeo, gozo). Indagar en las motivaciones para haber ordenado la actual exclusión de este significado sonriente del conocimiento público es algo que se presta a varia y nada halagüeña digresión, entre las cuales resulta menos convincente descartar de las probables la voluntad, correctísimamente política, de ahorrar a ciertos colectivos surgidos de las tinieblas del armario un matiz jocoso del vocablo con el que quizá muchos de sus miembros (y «miembras») pudieran sentirse ridiculizados.

315

Si hay belleza en el mal, solo se la encontrará en el lenguaje que le presta por decoro sus tesoros, vestiduras sacadas del imaginario donde la realidad prístina de las musas se mezcla con el inefable acoso de los monstruos.

316

Don indomable por definición es la lengua y, por definición, lo indomable es la obsesión. Lengua obsesionada con la lengua, la escritura está siempre en pos de sus extremos.

317

Uno es merecedor de buenos lectores cuando ha renunciado a otro público que no sea él mismo y, con todo, cuida su expresión como si cada palabra fuera no una mera comunión, sino la sentencia de la que depende la salvación o condenación de su especie.

318

Sobrevivir a la publicación de un aforismo que se lee como un genocidio es un sarcasmo del que nunca se repone su artificiero. Imaginen si en vez de ser un adagio se trata de muchos, de un cuerpo de entradas que puedan ser agrupadas como un ensayo, incluso de un blog…

319

El pensador a quien su obra reporta éxitos en vida haría bien en tomar el prestigio que cosechan sus ideas como una advertencia sobre su escasa sutileza y, con mayor razón, ponerse en guardia contra la notoriedad que solo alguien carente de previsión para detectar caramelos envenenados podría festejar.

320

Tan henchidos van los artistas de automanía al auspicio de un comunismo tecnológico donde la huella cibernética de una persona y su comparecencia en la picota pública son realidades indisociables, que la autonomía del autor respecto a su obra ya solo es posible si se impone a sí mismo como penitencia la invisibilidad.

321

Pienso, y no a mi favor, que dedicarse a refinar el pensamiento es dejar en basto lo que está fuera de él.

322

Transmito a quien se inicie en la escritura mi menos interesado consejo desde una confidencia de mal ejemplo que sería inútil menospreciar: la claridad del mensaje y la contención de las formas suelen penetrar más intensamente las neuronas que la pulida elaboración estilística y el concienzudo trabajo de erudición. Virtuosismo y prolijidad brillan mejor insinuados como posibilidades asequibles al autor que como pirotecnia deslumbrante de confín a confín.

323

Juro por mi genio —y no es juramento en vano— que quisiera poder construir escritos de consolación para descreídos y escépticos recalcitrantes; una especie de fortaleza portátil pero segura que lo mismo sirva de refugio en las inhóspitas cimas de la duda que de jaima en los abrasadores desiertos del desasosiego.

324

Evocando el subclima químico que reinaba en la liturgias nictálopes de los años noventa, el autor de una crítica musical comenta: «Para levantarnos del suelo y dejar nuestro cadáver listo para la incineradora». Precioso. Los nuevos tiempos traen también nuevos cátaros.

325

Sin deberes, sin gente y sin luz solar: mi momento de floración.

326

Sólo puedo ser español contra algo, y nunca lo soy más que contra los españoles cuando quieren ser más españoles que yo.

327

Más que desafiarme con la mirada se retaba a sí mismo arrojándome un odio africano por los ojos. Con gusto me hubiera desarmado de paciencia para sacárselos y jugar con ellos al frontón, pero me bastó pensarlo para sentirme henchido de indulgencia. Es lo que tiene ser un poeta de sangre caliente.

328

Si disputara esa carrera en la que de ningún modo estoy interesado más allá de la teoría, vosotros, los que transmitís nucleótidos sin pudor, perderíais. Mientras penáis por hacer de cada trasvase de tragedias un motivo de orgullo y los más imprudentes de las cohortes de enamorados de la existencia preservan sus momias en pirámides criogenizadas a la espera de ser reanimados a un papiamento de espectros posthumanos, yo, que sólo transmito ideas, me río en solitud por anticipado. Vuestras procreaciones son frágiles y mutantes, tan dolientes y perecederas como sus soportes orgánicos; mis creaciones, más etéreas, permanecerán incorruptibles siempre que haya un intérprete adecuado para tañerlas con el laúd del pensamiento. Vosotros roturáis la carne, yo grabo la roca. Tras el ocaso de los seres putrefactivos, otras inteligencias vendrán que alguna lectura me harán.

329

Inesperado concordato entre electricidad y mitología, a Venus ofrendo lavadoras repletas de ropa de cama.

330

Me gusta que a los demás les disguste regocijarse en el dolor que tanto frecuento. Lo malo que quiero para mí no lo quiero para ellos: tal es mi Regla de Plomo.

331

Reírse de todo y venerar todo lo que sale purificado de la risa: hay otras formas de jugar con la vida, pero esta es la mía.

332

Credenciales que no me sonrojaría presentar en una tarjeta de visita: contemplador intempestivo, señor a la intemperie de sí mismo y confesor de vulvas en éxtasis.

333

Taracas propias veo en los demás y ajenas taritas en mí; nada me obliga a consignarlas por escrito y nada, descontado el equilibrismo mental que procuran, me es más caro para no callarlas. Si hubiera garbo de balde en el empeño de brindarlas como quien imparte la extremaunción, adelante, no tengan ningún reparo en sentirse mejores nacidos que yo. A decir verdad, verdad acuso. Bien sé que como mensajero del páramo por mi palabra de bravo he de morir en un pleonasmo; permitan al menos que me despida con otra copla resucitada del nuncio que dio la vez a mi voz:

No sabes para qué vienes,
ni sabes en dónde estás.
Ni sabes por qué te quedas;
ni sabes por qué te vas.

 
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