22.10.17

CLARABOYA

Barco negrero estibado según criterios británicos
Se nos colocó a todos en fila para calcular nuestro valor. Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, casados y solteros fueron alineados junto con los caballos, las ovejas y los cerdos. Caballos y hombres, ganado y mujeres, cerdos y niños, todos tenían el mismo rango en la cadena del ser, y todos eran sometidos al mismo examen minucioso. Hombres de cabello plateado y jóvenes vivaces, doncellas y matronas tenían que pasar la misma inspección humillante. En estos momentos vi más claramente que nunca los efectos embrutecedores de la esclavitud tanto en los esclavos como en el esclavista.
Frederick DOUGLASS
Vida de un esclavo americano escrita por él mismo

¿De qué ha servido atesorar durante milenios lo más ungido de la sabiduría de Oriente y Occidente aparte de dar pábulo a pretextos, a cuál más alevoso, con los que resarcir la impotencia de soslayar la mirada de un niño al omitir explicarle que ha sido engendrado para verse desencajado en cuantas cuitas le imponga la existencia, y corroído en su condición de alcantarilla de males, sólo por surtir de satisfacción a un antojo emprendido por alguien que no se contuvo en transmitirle la herencia fatídica de venir al mundo, el «abismo del alma» según Artaud? 

Hay que sentirse muy demediado para querer hacer hombres enteros con los trastos de procrear; no merece sino categoría de disfunción que los miembros más irresponsables de nuestra especie continúen proliferando a ritmo de atrocidad y que nadie consciente de lo que entraña multiplicar las presencias en este invernadero se atreva a llamarlos a la razón de cuestionarse su voluntad de crecer. ¿Por qué ser lúcido pudiendo ser normal? La educación, los instintos, el miedo a transgredir costumbres ancestrales y la lucha por destacar se ocupan de inculcarnos los condicionamientos necesarios para hacernos creer que la vida, por injusta que sea, representa un regalo que debemos preservar y optimizar a ultranza, pero una persona solo puede llegar a tal convencimiento si asume que toda su misión consiste en comportarse como una herramienta.

Más preocupante que la evolución de la tecnología hacia una inteligencia similar a la humana es que los humanos tiendan, por medio de su integración en ese proceso, a involucionar cada vez más semejantes a los artefactos que concentran la persistencia de su fe proteica en un demiurgo. Labores no son albores y sobrecogernos por que la bestia más dañina del planeta haya quedado prisionera de su propia carrera industrial es otra hipérbole de la necesidad de amortizar nuestro desatino colectivo. Reducidos a un registro de cantidades provistas de algunas propiedades burocráticas y mercantiles, los individuos nacen, crecen y mueren almacenados en depósitos sociales que garantizan, a varios niveles, el suministro regular de repuestos a un sistema cíclico que cuenta con tres momentos capitales: la producción (circuito laboral), la reproducción (circuito genésico) y la postproducción (circuito cultural). Como antes el aceite de ballena, la transfusión plutónica de combustibles fósiles lubrica la ilusión cinética de funcionamiento que esta maquinaria ostenta mientras evade su responsabilidad encasquillada en las supuestas bondades de su fisiología depredadora.

Aunque desde los sectores menos interesados en divulgar información susceptible de acelerar el disloque, comprometidos hasta las heces en fomentar el sonambulismo social a fin de retrasar la muerte clínica de sus saqueos, sea todavía objeto de controversia la teoría del Pico de Hubbert, la comunidad científica no centra el debate sobre la crisis energética en averiguar si asistiremos al agotamiento del petróleo, lo dirige a precisar cuándo ocurrirá. Los estudiosos del fenómeno sitúan entre los años diez y quince de nuestro embarrancado siglo el cénit en la producción de este combustible con una inflexión también conocida como Peak Oil. El vertiginoso encarecimiento de los precios de los bienes básicos y el ulterior colapso financiero que vaticina la escasez de tan sombrío fluido podría crear un escenario de despertares propicios a relaciones simbióticas, imprescindibles para un cambio de modelo económico, si la coyuntura de transición hacia el uso de recursos menos destructivos no estuviera acompañada por el declive de otras reservas fundamentales, como el agua potable y la talla moral. Sin lugar a dudas, la población comprimida, sedienta y arruinada extremará su patrimonio de ingenios y codicias hasta límites no por pasmosos menos sospechados, pero será finalmente la sequía de la dimensión moral la causante de los estragos más graves en la deriva irreversible hacia el exterminio a partir del punto crítico del deterioro de la coexistencia, el Peak Human, donde ni el dinero, ni el prestigio, ni la legalidad, ni la preparación académica, ni las dotes de persuasión, ni el armamento disponible, ni el suministro de víveres, ni Dios ni su Santa Madre Iglesia, serán, juntos o por separado, tan determinantes en la conservación de algo parecido a un asilo de respeto como la integridad de la conducta individual, atrapada sin remedio en el hundimiento de las estructuras humanas que habrá de suplir con valores autónomos.

No entiendo qué quieren decir mis coetáneos cuando comentan, sorprendidos, el peligro adyacente de ver abocada su posteridad a un «futuro apocalíptico», pues no hay futuro que pueda ser sostenido por el desarrollo de la civilización sin fabricar un grado de catástrofe superior al actual. Si algo significa el porvenir es que a partir de ahora será peor. 

Tomar conciencia de la barbarie administrada de cuanto sucede a nuestro alrededor no supone que uno tenga capacidad para revertirla, ni tampoco que actuar contra el encanallamiento generalizado sea un método útil para cosa distinta que recrudecer sus efectos. La realidad es tan incongruente por sí misma como el intento de superarla con una utopía. Necesitamos una aleación ética adaptada a la inmersión en el cataclismo… o tener a punto una ración de cuatro gramos y medio de fenobarbital.

16.10.17

PERMÍTANME DESPRECIAR SUS PECIOS

Ito Jakuchu, Crisantemos
Sé muy bien de lo que huyo mas no sé lo que busco.
Michel de MONTAIGNE
De la vanidad

La presencia de banderas crece a medida que disminuye el sentido común de quienes embozan con ellas vergüenzas pasadas y pretenden colorear de dignidad civil ambiciones cocinadas en el bruxismo del rencor contra el que orienta sus intensidades hacia un paradigma diferente.

De sobra es conocido que una patraña repetida infinidad de veces propende a tomar visos de credibilidad, pero poco se ha reparado en estos apriscos de que una verdad acaba produciendo impresiones de mentira no bien es callada a coro por aquellos que viven sin empacho de honrarse las vilezas en conjunto. Discernir cuál es cuál, dónde medra la filfa y dónde la certidumbre, es tarea del historiador; confundirlas, el oficio al que políticos y fabricantes de noticias deben la regencia de sus adulteraciones.

¿De qué sienten tanto orgullo los que no aciertan a entenderse ni a hacerse entender sin él? Entre idiocracias crecientes y trivialidades tribales, ¿seremos capaces los homínidos cariatados por un documento de identidad de reemplazar, antes de extinguirnos, las insolentes adherencias del patriotismo por una federación de individuos soberanos, tranquilos y venerables como cachalotes?

Las grandes ideas huyen del trabajo en equipo y en las manadas de fervorosos encogen los intelectos más que en el naufragio etílico de los abollados por el martillo de menesterosos en que se ha convertido nuestro mercado nativo de contribuyentes. Y en cuanto a ese amor a la unidad tan presente y acibarado en las homilías de las vindicaciones nacionales, o pone rumbo al aborto de cualquier proyecto social que pretenda juntar a más de un puñado de almas en una empresa distinta del éxtasis, o se quiere tarugo en la hoguera donde arderán, entre otras vanidades, los paisanos que no quieren lo mismo que los que quieren más de lo mismo.

21.9.17

ENGENDRAR ES LA GUERRA

Sandro Botticelli, Venus y Marte
Hay menos formas de ayudar a los demás que de perjudicarles, porque es así la naturaleza de las cosas, no el método estadístico. Nuestro mundo no está a medio camino del infierno y del cielo: parece estar mucho más cerca del primero.
Stanislaw LEM
Provocación

Harto está uno de escuchar la petición que clama por impedir las tropelías de la guerra con las miras puestas en los menores de edad y harto no por el remolino insistente del mensaje, que sin duda es de justicia formular y un acierto atender, sino porque los mismos pacifistas que procuran restarle malparados al mundo no vacilan en escupir un prontuario de epítetos nada lindos al que con santa franqueza pregunta qué resulta más factible: ¿dejar de hacer la guerra o dejar de hacer niños?

«A la infancia hay que protegerla», corearía con los biempensantes que me sacan de recato si no pensara demasiado en los horrores que ni a duras ni a maduras evitan preceptuar quienes copulan en apoyo de una estirpe asesina. Antes que de las armas se debe proteger a la infancia del nacimiento. Más auxilian gatillazos que salvas de fecundación.

El camino termina por donde ya es costumbre que inicie a culebrear: entre las piernas de una mujer. Que no nos engañen sus deliciosas humedades, ¡esa zona es un polvorín!
 
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