27.2.21

ESBOZO DE UNA VISIÓN CIRCULATORIA DEL SER


Louis Jean Desprez, Tombeau de mort intronisé comme un sphinx
Si buscando el hombre la verdad desde el fondo de su corazón no quiere desviarse del camino, debe volver sobre sí mismo los ojos de su mente y replegar su propio espíritu con amplio movimiento, a fin de comprender que todo lo que penosamente busca en el exterior se halla encerrado en los tesoros de su alma.
BOECIO
La consolación de la filosofía

Aquí se hace, o se ha intentado hacer recurriendo a toda ciencia de sí, una purificación empírica de humores que nunca olvida que el origen etimológico de asceta es atleta, palabra que como bien salta a la vista de mis curiosos lectores deriva del nombre Atlas o Atlante, el gigante que tenía la inconmensurable responsabilidad de sostener la bóveda celeste, trasunto del peso del universo, sobre el torturado capitel de su crisma.

No es negable ni evitable, quizá tampoco loable ni vituperable (los juicios de valor dependen del valor del juicio), que todo esté en uno como uno está en todo, ni siquiera si se abraza la impecable conclusión de que el conocimiento de uno mismo no es diverso del conocimiento de Dios, luego reunión a la postre de creador y creatura, no privada de antagonismos, en una gnosis que ilumina el hecho prístino de que siendo nosotros, Ello sea; que sea Ello con a la vez que pese a nosotros, los detritus de estrellas amasados por el devenir histórico. 

Con esta reverberación en mente he creído detectar una resonancia de este acorde alucinante en el fragmento cincuenta y cuatro de La gaya ciencia, intitulado «La conciencia de la apariencia», del que extraigo las siguientes líneas clave: «Por mí mismo descubrí que la antigua animalidad del hombre, incluyendo la totalidad de la época originaria y del pasado de todo ser sensible, continuaba en mí poetizando, amando, odiando, extrayendo conclusiones. Me desperté de pronto en medio de mi sueño, pero sólo para tomar conciencia de que estaba soñando y de que necesitaba seguir haciéndolo para no perecer, como precisa el sonámbulo seguir soñando para no caerse. […] Para mí, la apariencia es la realidad misma actuando y viva que, en su ironía para consigo misma, había llegado a hacerme creer que aquí no hay más que apariencia, […] que quien está “en trance de conocer” no es sino un medio para prolongar la danza terrena, y que en este sentido figura entre los maestros de ceremonias de las fiestas de la existencia, y que la consecuencia y el vínculo primordiales de todos los conocimientos constituyen y constituirán tal vez el medio supremo de asegurar la universalidad del sueño y la comprensión mutua de todos estos soñadores, y por consiguiente de prolongar la duración del sueño». ¿Hemos de postular, en consecuencia, que por ser la vida un sueño que se prolonga con el señuelo del deseo, y el desenlace conocido de los sueños el despertar, que el fin de la vida suponga una transición efectiva a una suerte de vigilia omnisciente? No lo sé; pero lo que no sé no me resta del entendimiento que, a sabiendas de la cantidad de penalidades que su contenido ha multiplicado desde tiempos remotos, hoy Atlas rehusaría soportar el cosmos…

¿Se siente en mí el universo como yo me siento en él? Lo fáctico es la carne de lo fatídico y a ningún corazón aventurero con un nacimiento a las espaldas que bombear le resultará inédito que el espectáculo del mundo acabe peor de como empezó. «La evolución, vista por un producto racional suyo, es una sabiduría inicial degenerada en tontería», leemos en Vacío perfecto, obra de Stanislaw Lem. Por virtud mal concebida, o más probablemente por defecto de virtud, no me sorprende que la sociedad se haya henchido a rebosar de figurantes, pues en ella escasearon siempre las mentes auténticas y su misma renovación depende de que estas sean despreciadas; lo que me asombra y no puedo estudiar sin hastío es que la repetición de vanidades que representan con tanto celo los arrastrados por la corriente de sangre, sudor, heces y lágrimas sea de una calidad que únicamente acierto a calificar de nauseabunda, y con esta reacción presente doy en aseverar que ninguna revolución es transgresora porque, lejos de detener la rueda de los aconteceres, acelera la máquina del mundo. 

Evadirse, dejar atrás la condición de galeote del tiempo: he ahí la estrella polar que los santos, demasiado conscientes de su divinidad interior, mas también demasiado cargados de irredimible humanidad, siguen como punto de fuga. Puente entre el alma cautiva de los días y el alma liberada en Dios, la santidad expresa una cosmomaquia, un boicot radical basado en una disciplina de renuncias que por sí sola denuncia el patrón constructor de la realidad, razón que sería suficiente para explicar por qué los santos, hasta su asimilación generalmente póstuma por parte del aparato ideológico de las religiones gregarias, han sido simientes de recelo desde la óptica de los interesados en la perduración del orden social. El santo está en los antípodas espirituales del procreador que repuebla el abismo con descendencia porque, a diferencia de este, alienta ánimo de ascendencia, e, instruido por el desierto, aligera de cargas su vocación de ascenso sobre un trípode liberador que tiene por ejes la ingenesia, la independencia y la inadherencia o, dicho en otros términos, el santo despega del mundo a medida que se desapega de sus frutos. Con toda evidencia, sería un desatino interpretar su celibato como una aversión a la sexualidad o la manifestación aviesa de un temperamento hipoerótico, máxime cuando la soledad es tierra abonada por la libido para ensayar otras variedades de clímax; la contundencia que puede alcanzar su rechazo del comercio venéreo significa, en estricto sentido, una declaración de guerra a la matriz donde proliferan las pesadumbres. «Si se quiere de verdad vencer a este mundo, no basta con oponerse a su presente, es preciso también entrabar su futuro, impedir que el Mal se propague, oponerse a la procreación», ha escrito Jacques Lacarrière en Los hombres ebrios de Dios, que a mi gusto es el ensayo más exquisito dedicado a los «atletas del exilio».

Dentro de las múltiples deserciones de la regla ancilar que santos y anacoretas practican, interrumpir la trocla de los nacimientos es asunción de prioritaria escrupulosidad. Tal ortodoxia de desasimiento se trasluce, sin embargo, deudora de una visión enjaulada aún en las proporciones de una escala compatible con la noción de libre albedrío; desde una macrovisión no constreñida por las perspectivas parciales intrínsecas a la índole transitoria del ser viviente, el sub specie aeternitatis captaría, por el contrario, que la Creación no es un proceso en curso sino un mosaico de realidades consumadas donde todas las capas de sucesos serían simultáneas e inmutables, como un fractal desplegado donde nada se movería salvo para el sujeto que, confinado en un derrotero temporal, avanza de espaldas a su destino, o lo que no es distinto, todo parece estar subordinado al cambio sólo para el ser inserto en el trampantojo de la existencia. Reacio a los narcisismos genésicos tanto como a los éxitos materiales, el verdadero asceta puede que no halle en ese piélago de incertidumbres la concordancia justa entre la ultraconciencia de la fatalidad y la necesidad de atenerse a una guía maestra de conducta, ¿y qué? Ante la inseguridad del trasfondo, seguro está de que nada manumite mejor que abstenerse de agravar lo existente. En cuanto a si parte de una decisión soberana o se amolda a un espejismo volitivo, poco importa al que propone si confía en lo que Dios dispone.

Pierre Louis Surugue, L'antiquaire

Es natural que quien se sienta ajeno a la lógica trágica de la existencia no ampare remilgos en multiplicar estragos, lo que no exime al optimista antropológico de responsabilidad, a escala humana, por su contribución activa al envilecimiento de la realidad. Que las convenciones culturales se esfuercen en subrayar la idea de que la vida es un regalo facilita una pista esclarecedora sobre el perjuicio que entraña. Aun con el atenuante de que la prole sea el corolario de una consciencia deficitaria del mal o del ordinario autoengaño en que incurren sus promotores, todo ser nacido es catapultado hacia el drama de la individuación en circunstancias subordinadas al denominador irreversible de la adversidad. ¿No remite la amnesia del propio nacimiento a un percance traumático en extremo, o bastante doloroso al menos como para haber sido secuestrado de la memoria? No hay duda de que la elipsis de este evento habilita la adaptación narcótica del reo al corredor de la muerte mientras roe a su manera el calendario de la existencia. 

Dado que ninguna violación puede equipararse en magnitud ontológica al daño que cometen los padres contra sus hijos forzándolos a existir, inhibirse de participar a la perpetuación del error y orientarse hacia el abandono cabal de la existencia que nos ha sido impuesta destacan como atribuciones fundamentales de la sabiduría. No aspira el alma atrapada en esta precariedad corpórea al fin de la individualidad porque quiera morir, debe morir porque esa es la exigencia para culminar su peregrinación fuera de la materia, que ha de ser sacrificada en su retorno a la fuente primordial. Según Desiderio de Rotterdam, «quien desee poseer un sitio entre los hombres debe reprimir su sabiduría»; quien desee un sitio entre los sabios, se infiere, debe soltar las ligaduras que lo atan a los demás. 

Así como dos ojos crean una sola vista, dos realidades, la existencia y la inexistencia, configuran un solo cosmos. Que el universo nos contiene es un lugar común; que al igual que Atlas contenemos al universo que nos contiene es una vivencia erosionada que a duras penas podemos entrever mediante revelaciones marginales que han sido excluidas del paradigma sensorial, cuando no perseguidas por la policía psiquiátrica de la percepción. Sea como fuere, nuestra demora en el mundo físico separa la prexistencia de la postexistencia, esferas en las que cabe intuir que el alma individual y el alma universal se cohesionan divinamente. Cerrar el círculo, hallar su florecimiento en la postexistencia, parece ser una tendencia primigenia del alma soterrada en la existencia. El tránsito del alma por la realidad existencial consta entonces, si es caso, de un valor didáctico: funcionaría como una escuela de escarmientos cuya lección capital no es reproducir el lance que se padece sino escapar de él.

Philippe Petit caminando entre las Torres Gemelas (1974).
Peter Sloterdijk ha plasmado en Extrañamiento del mundo algunas observaciones perspicaces a propósito del arte que toma como objeto la evasión metafísica: «Justo porque la ascesis ha radicalizado el distanciamiento del mundo del individuo; justo porque una rabia contra el propio cuerpo lo ha desligado, ya en gran parte, del obligado metabolismo físico y social; justo porque una añoranza consoladora de liberación ha transportado ya las almas de los ascetas a zonas elevadas de la interioridad y de la pureza de contactos mundanos; justo por eso son capaces los individuos de la época de la metafísica temprana de sentirse, al mismo tiempo, confrontados y superiores al mundo en que están. Ese estar confrontado, esa superioridad, esa ruptura con todo, como es el caso, ya se presupone cuando acontece el primer auténtico acto de lenguaje metafísico. Son, sobre todo, aquellos que han llegado a perderse del mundo los que se disponen a decir definitivamente qué es el mundo en suma».

Si la experiencia dilatada de sí mismo en la desnudez del retiro convierte al santo en un psiconauta y a este, a la larga, en un «neurocosmólogo» (otro préstamo de Sloterdijk), se hace preciso matizar que ni el neurólogo ni el astrofísico tienen garantizado por oficio un vislumbre del conocimiento de las relaciones íntimas que entre el universo de la psique y la psique del universo encuentra el explorador solitario de su alma. Aclarado este punto y hecha la advertencia de que no me sería evitable caracterizar mis propios descubrimientos metafísicos sin un matiz de autoironía, incluso una inteligencia minúscula como la mía puede abrir escotillas por las que asomarse a estados mánticos. En ellos he atisbado una tríada óntica, o estructura ternaria del ser, que además se presta a trazar un paralelo metafórico con la Santa Trinidad: 1) preexistencia (progenitura), 2) existencia (hijo) y 3) postexistencia (Espíritu Santo). La circulación por estas tres fases del flujo universal del alma se corresponde a otras tantas coyunturas: 1) la concepción que marca el paso de la preexistencia a la existencia, 2) la muerte que reintegra la existencia en la postexistencia y 3) la recaída que, no sabemos si por ejecutar un comando inexorable (el eterno bucle del sistema cósmico), por una reminiscencia de la voluntad universal o por otras causas cerradas al sondeo humano, precipita la postexistencia en la preexistencia. 

Con estas anotaciones, ambiguas e insuficientes como es obligado a fuer de emisario honrado en mitad de una envergadura incognoscible, he querido manifestar de nuevo que mientras permanezcamos en el nivel preliminar o fisiológico de las apariencias no es hacedero trascender la dualidad entre mente y materia, índice y horizonte, órgano y paisaje, tonalidad y totalidad; a lo sumo, gracias al ímpetu ascensional que busca la transmutación del espanto en esplendidez, puede situarse en la superación del yo la primera escala hacia la desatadura de esa cosita inflada, de esa teratoteca, que al tuntún del cataplum los idólatras de la tribulación llaman Vida. 

«El mundo es estrecho, el cielo es pequeño en demasía. ¿Dónde estará el refugio, que mi alma tanto ansía?», ululaba el búho Silesius con esplín de hombre cumplido. Reconozcamos en el diáfano sosiego de cada éxtasis que nuestra meta es la Muerte y ella nos mostrará la travesía menos tortuosa por donde discurrir.

3.10.20

CONDENADOS AL MAÑANA

Gutiérrez Solana, Cabezas y caretas
Nuestras esperanzas de acabar con la rueda del eterno retorno son estériles incluso apretando el botón de game over. Cuando llego a la conclusión de que es el padre el que debe pedir perdón al hijo, empiezo inmediatamente a sospechar que el hijo debe perdonar al padre que lo es por imposición del Destino.
Kawaita FUNSUI
Las veladas del dolmen

Instituida por el Estado con toneladas de aplausos por parte de las inteligencias que, en oposición a las despiertas y naturales, hemos de considerar postizas, programables y felizmente amodorradas en un mayoritario consenso de indigencia mental, la Lotería Solidaria era un sorteo que cada semana extraía, de una lista engordada con desafectos a la normalidad, a un recluso que pasaba a disposición visiva para ser ajusticiado en «riguroso directo». A tal efecto el cadalso irradiaba el «corazón soberano» de un plató cuya funcionalidad y aspecto variaban según el método de ejecución elegido, mediante sufragio digital, entre los mil y un suplicios que abastecían la oferta de un catálogo conocido, a nivel coloquial, como El Sanitario. 

En un mundo donde el enemigo es ambiguo y la publicidad ha elevado a ciencia suprema la excomunión, cualquiera puede encarnar el mayor grado de animadversión colectiva, así que estimé favorable que «la ciudadanía» determinara que mi peregrinaje por el tiempo concluyera en una sesión de estrangulamiento y decapitación. Experimentada desde dentro, la ceremonia de finiquito fue una chapuza mayúscula: la guillotina cayó sobre mí cuando aún estaba consciente porque la anaconda discapacitada que dos verdugos formaron con sus manazas biónicas alrededor de mi cuello no supo culminar su cometido. 

Después de ser sometidos a un proceso de plastinación, los cadáveres de los condenados eran donados a una popular cadena de ropa que se había comprometido a «dar ejemplo» empleándolos como maniquíes en sus portentosos escaparates. Un asco de proporciones cósmicas, la insondable disconformidad con este desenlace de la materia, fue la razón de que el candil de mi ser quedase atrapado entre dos estratos de realidad, el de la existencia y el de la postexistencia, mas la ley, que había extendido su jurisdicción a los arcanos de ultratumba, había dictaminado que las almas en pena ocupasen sus antiguos cuerpos al término del horario comercial y recibiesen, en tan lóbrega condición, la visita reglamentaria de sus familiares. 

No puedo parangonar con ningún dolor trabado en vida la compunción de ver a mis padres acudir cada noche a la boutique donde se negaba, hasta nueva orden, paz y pudor a mis restos. Aparte de otras restricciones entre las muy puntillosas trampas que sólo un comité de sádicos podría haber promulgado a su taxativa satisfacción, mis parientes tenían prohibido, bajo amenaza de arresto mayor, el menor contacto físico con el espantajo al que intentaba en vano dotar de un aire humano, de una fisonomía tranquilizadora. Por si fuera poco escarnio, pesaba también sobre ellos la obligación de conversar conmigo sin poder obtener a cambio nada mejor que la locución seca y latosa de una máquina expendedora.

11.9.20

DEL ESPANTAHOMBRES A LA PSIQUEDEMIA

Kevin Peterson, Coallition

¿Quién podrá contar cuantos géneros de enfermedades combaten y afligen al hombre? ¿Cuán agudos son los dolores? ¿Cuán terribles los tormentos? ¿Cuán varias y cuán mal entendidas de los médicos son las dolencias que cada día se descubren de nuevo? ¿Cuán penosos son sus remedios y muchas veces mas tristes que las mismas dolencias? ¿Qué diré de la hambre y de la sed, y de los manjares amargos y desabridos? ¿Qué de los malos y pestilentes olores? ¿Qué de las palabras injuriosas y malas nuevas que oye? ¿Qué de lo que ve y no querría ver no viendo lo que querría? ¿Qué de las pasiones turbulentas y olas tempestuosas que anegan el corazón? El amor ciego, el odio cruel, la alegría loca, la tristeza sin fundamento, el temor vano, las esperanzas engañosas, la ira furiosa, los antojos desvariados, los deseos insaciables y sin fin, los castillos en el aire, las trazas desbaratadas de subir y crecer, la memoria de lo que nos queríamos olvidar y el olvido de lo que nos queríamos acordar. Y en los casados las sospechas falsas, los celos y disgustos, la ansia de tener hijos, si no los hay, y si los hay el trabajo de criarlos, el temor de perderlos, el dolor cuando se pierden si son buenos, y las continuas lágrimas, gemidos 
y sobresaltos cuando no lo son.
Pedro de RIBADENEIRA
Tratado de la tribulación

La verdad no ha hecho a nadie dichoso, pero nadie que haya tenido a dicha vivir en el engaño ha vivido de verdad. En virtud de verdades vedadas hasta el delirio por el seguidismo que denigra el menor conato de sensatez, a la que acusa de «negacionista», hoy estamos facultados para afirmar, con la seguridad de no equivocarnos, que nuestra sociedad no está mortal sino moralmente enferma, de otro modo cada medida que sus capataces sanitarios dictan no se traduciría en un atentado contra la ya de por sí rara gracia de vivir. Tal es, así funciona la presunta ciencia de los «expertos».

Quizá la alquimia inversa del progreso megatécnico no haya exhibido tanto cinismo en sus faenas de aprendiz de brujo como al velar rostros y alientos con la impostura del bozal higiénico, símbolo triunfal de la trombosis del discernimiento por mor de una infección doctrinal que ha declarado incompatibles con el dictamen oficial las aptitudes elevadas del espíritu. El tipo de mundo para el que la amalgama de soberbias entronadas e inercias lacayunas se entrena mediante evangelios profilácticos y ritos cibernéticos de posesión más parece hecho a remedo de una colonia de insectos, o de un tontódromo controlado por una versión obsoleta de Windows, que a partir de una sociedad compuesta por seres vertebrados y despiertos; un mundo lavado con lejía y chapado en bits que será el ambiente perfecto para destruir las experiencias valiosas que la existencia puede deparar. La disyuntiva se anuncia clara: o abrazamos a lo bestia esta invalidez teledirigida, o reconquistamos los atributos deturpados por la campaña terrorista lanzada contra la población civil por una entente donde caben en coordinado convoluto gobiernos de choque, magnates del desconcierto y organizaciones que nadie puede nombrar sin llenarse la boca de azufre, como esa de voracidad milenaria cuya sede está en Roma o aquella otra que alza su bastión de avolezas en Ginebra con la venia de Pekín.

Aykut Aydogdu, Reality

No hace bastantes semanas como para haberla olvidado frecuentaba yo la sospecha de que los miedócratas, en lo que parecía una emulación del modelo gansteril de caos seguido de mano di ferro, subían el volumen a sus arbitrariedades porque ambicionaban una revuelta social que excusara nuestro sometimiento indefinido a un régimen marcial pautado según las altas prestaciones de la tecnología, mas ahora salta a la vista que no es preciso apretar más el dogal a la patulea de parias que se prestan aquiescientes a satisfacer las últimas barbaridades exigidas, como la de enviar a sus hijos a centros de enseñanza transformados en campos de concentración. Aparte de extremar el trucaje alarmista de la realidad con el fin de multiplicar los consabidos lucros y prebendas que la red de mentiras públicas reportan a sus artífices, la innegable prioridad que esgrimen los gestores del desastre es pedagógica: nos educan a marchas forzadas para amoldarnos a una automatización subhumana o expirar. En consecuencia, lo que este golpe supranacional trata de conseguir por medio de tácticas de asedio y racionamiento sensorial es minar las mentalidades divergentes de suerte que el suicidio represente la única salida digna frente a la pseudovida que en adelante debemos aceptar como única, incuestionable y novadora normalidad. El legalismo ha suplantado así a la legitimidad, la propaganda al conocimiento, la paranoia a la familiaridad, la delación a la concordia, la sumisión a la soberanía, la represión al respeto, la cobardía a la entereza, la vigilancia a la intimidad, las telarañas virtuales al contacto real, la colonia penitenciaria a la vida social, la repugnancia a la cercanía, el maltrato al cuidado, la histeria a la serenidad, la hipocondría a la salud, el debilitamiento a la inmunidad, la asepsia a la naturaleza, la hipercapnia al aire fresco, la ruina a la solvencia, la competición por ver quién lleva el cencerro más estruendoso a la búsqueda de un entendimiento mutuo y, qué duda cabe, la cacería del fuera de serie ha comenzado…

Los cobiles callejeros son excelentes confesionarios

¿En qué piensan las personas conformistas? Pregunta baladí: pensar es un privilegio de criaturas atormentadas. A los groseros les cuesta entender que la adaptación a una sociedad profundamente enferma no es inocente, y que en ella son más frecuentes las situaciones insalubres donde nada resulta más deprimente que demorar entre desnortados la propia caducidad. De este asco en un vivir al minuendo de la atomización telemática —vivir por viver— no es responsable sólo ni en mayor grado quien lo padece; si se introduce en el análisis de su caso el cerco infernal que construyen los demás cuando la credulidad gregaria reemplaza al uso de la razón y la confianza básica colapsa por las presiones que recibe de la idiocia circundante, es imposible soslayar que la decisión de darse fin compromete a demasiados autores. En el acto por antonomasia de agresión contra uno mismo existen móviles que superan los propósitos del autocida, entre los cuales cumple indicar, y no desde luego como un antojo personal, la profusión de vejaciones y el menoscabo constante que la mayoría impone a los descarriados que no comparten las proporciones de su ineptitud.

La duda es el precio a pagar por la libertad espiritual. Nosotros, que somos escépticos por no haber interrumpido el trance de conocer, hemos problematizado siempre con más dedicación que cautela los equívocos que mantienen la ilusión de la normalidad a cambio del desdén, la censura y aun la ojeriza de nuestros coetáneos, estigmas que el mirlo blanco ha de arrostrar en un momento de la historia que arranca el hálito a los clarividentes, lapida objeciones al vuelo y no concede asilo a los anacoretas. De lo expuesto se infiere que quien no cuestiona las nociones instaladas por la policía cultural se adeuda en permanente apocamiento con las monstruosidades que acatarlas genera. Conscientes de que el cuento de nunca acabar vuelve con cada vida a empezar, no podemos ignorar el alto coste en sufrimientos prescindibles que supone avalar de consuno la repetición de los mismos errores, el mayor de ellos cebar la existencia con nuevas remesas de almas que prosigan la fatiga de prolongar las calamidades heredadas sin alterar el sistema de intereses más favorable a los custodios del matadero planetario. 

Lejos de replantear los fundamentos de las sociedades humanas sobre incentivos que animen a explorar estilos de vida más espléndidos y armoniosos, luego menos prolíficos, simplistas y autoritarios, somos empujados no hacia un orden configurado a tenor de principios y voluntades más amables, sino atrozmente estabulado. Programado en la retaguardia por ciertas camarillas poderosas, las primeras fases del reseteo cerebral han exhortado con notable éxito al doblegamiento incondicional a eventos de pánico hábilmente instrumentalizados. La obediencia que obtienen de los irreflexivos actúa como un condensador político que facilita un plus de energía a los centros de opinión donde se confecciona la narrativa hegemónica. Que la libertad, bien sin el cual los otros carecen de valor, sea menospreciada en beneficio de la servidumbre voluntaria, una de las más gravosas afecciones que aquejan a la estirpe humana, es una forma de secuestro que ningún gobernante hubiera podido perpetrar en ausencia de adherentes a su versión espuria de los acontecimientos. Con toda justicia se tiene a la clientela de la parroquia mediática por gente tan indigna de crédito y de mérito como los mercenarios que fabrican esos artefactos explosivos que llamamos noticias.

«Meses de aburrimiento salpicados de momentos de terror extremo»

«Algunos ni siquiera viven por temor a morir», apostilló Roa Bastos, y algunos serían, en efecto, si el adiestramiento en la homogeneidad no los hubiera vuelto tan excesivos en número como nocivos para la autenticidad. Carente de rayos laserinos en la mirada que palíen el desmadre ocasionado por el tropel de malsines que ni viven ni dejan, trinchera y consuelo busco en la emboscadura contra el avance del ultraje. El enclave más alejado de la colectividad es el más próximo a la sanación del alma, y por mucho que el cuerpo se haya acostumbrado a cohabitar en las comodidades modernas, el reino interior sigue necesitando espacios silvestres donde exuberar. Alejado, pues, del paisanaje ha de estar quien sabe que nuestra cura radica en la Muerte; mientras esta meta de la existencia se aplace, todo esfuerzo por contemporizar con el devenir y hacer enmienda de las apariencias cuenta como un apaño más o menos voluble, no pasa de ser una chapuza ontológica. 

Si el retiro —quiérome ahí— enciende la lámpara de la resistencia intrínseca, ¿adónde van las vocaciones eremíticas en una época rendida a la obsesión por el rendimiento productivo, subyugada por el chantaje epidemiológico y mutiladora, por fundamentalismo inclusivo, de las alternativas que no encajan en los proyectos de una agenda que no por global cesa sus hostilidades contra la mera posibilidad de una excedencia contemplativa, sea esta concebida como el impulso fugitivo de abandonar las cárceles urbanas, como ordenada evasión en el marco de una disciplina monástica o como recogimiento psiconáutico en los continentes relegados del alma? Esas vocaciones van, una de dos, hacia el trastorno anímico que más pronto que tarde acaba siendo capturado por la red de zoológicos psiquiátricos, o a un reventón de autotisis tras algún que otro intento frustrado de rehabilitar el pneuma, de reconstruir el puente epifánico que conecta la subjetividad con el territorio mirífico, permeable a la participación metafísica en el cosmos, de la sacralidad erradicada casi por completo en estos tiempos cerrados a cualquier expansión que difiera de la económica. Hay quien podría sugerir una tercera vía, la que estrella su añoranza de beatitud asumiendo la épica del kamikaze, que además de ser un espasmo inútil de facticidad omito detallar por no incurrir en fantasías delictivas. Ojalá pudiera yo dar fe, como Euquerio de Lyon, de que «el mismo lugar que es desierto para el cuerpo, es paraíso para el alma»; desfallecido, encuentro cada día más motivos para cantar, como Roberto Iniesta, que «el cielo nunca ha estado tan arriba». Aunque el pretexto pestífero remitiera mañana, la impronta del experimento social se ha consumado y prevalecerá durante años de oscurecimiento que me opongo a ilustrar con mi triste figura. 

Llegados a este vórtice de exasperaciones, mi grito de guerra, el kiai que saco a despecho de mi ironía es psiquedemia, la incitación a un realmamiento capaz de volver respirable esta angostura terrestre que más que girar sobre su eje parece retorcerse alrededor de su enajenación, privativa de un mundo que rota roto en su derrota.

Detengo aquí ayuso la efusión de mis aporías. Las firma, por lo presente, un hombre mortalmente herido de ser, gravemente alumbrado de tribulación e incurablemente lastimado por la carga de un estar que lo aplasta. No en balde, Kafka escribió que «uno aprende sin piedad».

No hay verdades bondadosas. Tampoco esta lo es.

 
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