20.12.08

LA DISTRACCIÓN


Azadas son la hora y el momento,
que, a jornal de mi pena y mi cuidado,
cavan en mi vivir mi monumento.
Francisco de QUEVEDO
Sin pensar y con padecer salteada de la muerte

Soy nuevo en el oficio. Es el primer cachalote que veo en cubierta. Sigue vivo mientras le extraen enormes capas de grasa. Los vapores de la carne impregnan mis poros con un aroma en el que se percibe, por debajo de la nota agreste y dulzona, su origen perturbador. No sé juzgar la experiencia, que desde luego resulta espectacular, pero también horrible, especialmente porque me llega con una densidad que supera en tensión dramática a las maniobras explícitas del descuartizamiento. Me aproximo con cautela a la cabeza del animal, que yace vencido sobre su lomo izquierdo. Nadie se ha encargado de comunicarme qué se espera de mí e ignoro por completo cual es mi función como miembro de la atareada tripulación; en cualquier caso, me siento y no me siento, soy incapaz de reaccionar. La prodigiosa bestia repara en mi presencia y me mira con una expresión que me produce una descarga de comprensión súbita. Rompería a llorar si el bloqueo no me naciera desde tan adentro. Entonces, alguien viene por detrás y esgrimiendo un palo mugriento le revienta el ojo para evitar que me distraiga.


El bodegón que encabeza el texto es obra del pintor alemán Georg Flegel (1566-1638), y el ciervo volante que merodea la rebanada su alter ego acorazado. En la ilustración inferior, Mik Baró nos ofrece su visión del relato.

Fuente: Retablo de pesadillas. Inédito. 2005.

18.12.08

PONER LA PRIMERA PIEDRA O TIRARLA, HE AHÍ LA CUESTIÓN



La historia no existe. Lo que somos va siempre con nosotros.
Abel FERRARA
The Addiction

Hace cosa de dos o tres días, una compañera de trabajo poco dada a ventilar sus ensoñaciones relató emocionada en pequeño comité la pesadilla que había estremecido su descanso durante la noche anterior: un enorme toro con el rostro de Barack Obama perseguía a una multitud de personas en estampida hasta que el orden de factores se invertía y, finalmente, la bestia era sacrificada con un ensañamiento unánime que provocó el espanto de nuestra confidente. Mi reacción inmediata y no confesada fue sospechar que la soñadora, influenciada sin duda por ese magnetismo exótico de esqueleto bailarín que transmite el nuevo presidente americano, ardía en deseos de yacer con él y, ante la alta improbabilidad de tal encuentro, su inconsciente había elaborado un desenlace abrupto mediante la intervención de actores anónimos representados por el vulgo acalorado. Este suceso sería tan solo una anécdota irrelevante si su significación no se hubiera visto transfigurada posteriormente a raíz de una siestecita frustrada, puesto que horas después e inmerso todavía en la onda expansiva de una conversación telefónica que encalló en un monólogo a dos voces dominado por la amargura, me asaltó una vaga sensación de inminencia catastrófica y desorden global. Sin querer profundizar en ello y con un rescoldo de tumulto interior, me dejé aconsejar por mi sillón orejero tras reunir el apoyo de un fiel almohadón y las bondades de una manta liviana. Minutos después (aunque pudieron ser siglos según cómputos menos ortodoxos) salía agitado de una duermevela con algunas ideas que chisporroteaban traviesas en el seno de mi cavidad craneal; ideas que son, precisamente, la razón y augurio de lo que os voy a contar:

Dicen que existe un raro planeta de mares y tierras pródigas donde ganar la manduca diaria constituye una guerra sin cuartel para la mayoría y un inagotable negocio para una minoría que, además, acapara el privilegio de fijar el valor de todo y de todos en el disparatado mercado en que se traduce la referida lucha. También dicen que este sistema de esclavitudes progresivas adolece, entre otros fallos funcionales y estructurales, de tener un punto de fuga demasiado irreal: no es el valor de uso lo que establece el patrón de intercambio de bienes y servicios, ni siquiera las alucinaciones masivas del valor de imagen con que se rebozan de fascinación algunas mercancías y signos, sino el valor especulativo que refleja la ilusión del valor de otro valor en un movimiento financiero abstracto que cuanto más perpetuo y henchido se cree, más cerca está de acarrear la debacle en proporción a su inanidad productiva: al tener un valor que nace de la nada, nada queda de los valores que lo sustentan cuando el espejismo se disipa. Dicen que a este ruinoso descubrimiento, en los últimos meses, le han dado el nombre de Crisis, pero hay motivos para la duda: ¿no estará empeñado el gran capital en revalorizar sus pérdidas a través de un proceso que empezó por mentalizar a la población de que hay una crisis creciente al objeto de crear las condiciones propicias para transformar en efectivas sus ganancias imaginarias? ¿A qué responde, si no, el chantaje sostenido a los gobiernos por parte de la plutocracia para recuperar liquidez a costa de los contribuyentes? ¿Están dispuestos los opulentos, como espera algún ingenuo, a acceder al reparto equitativo de la riqueza que han adquirido con usura? En tiempos pasados, cuando los conflictos de una comunidad se agravaban hasta alcanzar un grado de tensión insoportable y había un peligro extremo de desintegración, se recurría a alguna forma de catarsis social que canalizara los descontentos y temores colectivos haciéndolos converger en una sola dirección: el sacrificio ritual de una víctima propiciatoria. De ese modo, en vez de ampliar la violencia por otros medios o llevarla a lugares donde no hay necesidad de ella, la furia diferida se resolvía por sí misma en un estallido puntual a expensas de un inocente en virtud del cual llegaba el alivio indispensable para reconstruir la confianza mutua y reforzar los vínculos conciliadores. Quizá los hombres del presente no hayamos cambiado tanto en relación a los de antaño y aún sea factible ensayar con éxito este remedio arcaico frente al malestar recrudecido por la crisis económica, pero para lograrlo hace falta encontrar una víctima cuyo martirio tenga, al menos, la justificación de una eficacia lenitiva universal. En tal caso, ¿será el sueño de mi compañera una señal de la dirección que deben seguir nuestros instintos asesinos?

23.11.08

CONSEJO ESCATOLÓGICO




E
ntre emanaciones mefíticas, remanentes calcáreos de lo que pudieron ser polvos nasales y pringues de rastro inconfundible cuya catalogación excede los propósitos de este introito, la otra noche encontré rotulada en las paredes de un urinario esta lección clarividente:

«Reduce tus posibilidades de acción al mínimo y habrás logrado mitigar tus problemas en un 90 %. En cuanto al molesto 10 % restante, puedes despacharlo con herramientas simples: una soga, una cuchilla de afeitar o una ventana con amplias vistas».

19.11.08

CIELOS QUE TIRAN DE MÍ

Motete troposférico
Uno cree poder
alcanzar cuanto ve
y sólo emprende
la aproximación
cuando piensa en todo
lo que dista de ello,
empezando
por este mismo
pensamiento.

9.11.08

LA TENTACIÓN DE SER TENTADO


La matriz del deseo es el prójimo; si otros no poseyeran el objeto de nuestros deseos, estos se irían atenuando hasta quedar ubicados en un plano remoto donde, privados de la amenaza de competidores, llegarían a extinguirse. La rivalidad mueve el deseo y en esta emulación omnívora se localiza una fuente importante de la violencia interna que tiñe las relaciones humanas. Deseamos lo que no tenemos y lo que tenemos tendemos a no desearlo mientras no lo avive un tercero en discordia que aspira a reproducir nuestro modelo o, en casos extremos, a privarnos de él. «Saciadas las necesidades naturales, los hombres desean intensamente, pero sin saber con certeza qué, pues carecen de un instinto que los guíe. No tienen deseo propio. Lo propio del deseo es que no sea propio», comenta con su habitual soltura el antropólogo René Girard. En esta naturaleza imitativa y contagiosa del deseo radica la principal disfunción que aqueja a los más diversos tipos de sociedad, pero es una disfunción normal en tanto viene asociada de modo indeleble a todo aquello que las personas hacen. Con diferente grado de lucidez en la identificación del problema, las doctrinas morales conocidas han luchado contra la codicia que suscitan los bienes, el éxito o la buena estrella que pertenecen al patrimonio ajeno. Sin embargo, las censuras y prohibiciones que se han ensayado para evitarla flaquean en el cumplimiento de su papel, ya que estimulan el deseo contrario y permiten que la transgresión se convierta en un objeto deseable por sí mismo. Quizá no haya un método eficaz de prevenir la conducta violenta provocada por los rencores del deseo frustrado sin pagar el precio, asaz elevado, de arruinar la condición humana. Podríamos, por ejemplo, rehusar la excitación que nos inspira la idea de gozar con la mujer de otro, pero para ello sería preciso que fuéramos sometidos a una castración química... o algo peor.

Odios, celos, traiciones, angustia y ese sentimiento de alegría mezquina despertado por el fracaso de los demás que he bautizado en algún sitio como alevidia (de alegría más envidia), por mencionar sólo una parte del extenso repertorio de pasiones nefastas, son la consecuencia inexorable que hemos de sufrir por disponer de capacidad de elección, por ser bichos intrigantes del querer sin opción de renuncia al explosivo atributo de la voluntad.

5.11.08

¿QUIÉN OSARÁ CON OSAMA Y OBAMA?

Hoy me he resistido a leer y escuchar las noticias, pero resulta imposible abstraerse de la fuerza intoxicadora de los medios. Obama, corean algunos, es un fenómeno histórico sin parangón y rectificará los desastres de la administración precedente. Bien, como cada habitante de este planeta hago lo mismo por reponerme de la «guerra global contra el terror» y todavía nadie me ha felicitado por ello.

Corren tiempos revueltos que, en la sombra, podrían madurar revoltosos. Cuando las clases dominantes sienten tambelarse los cimientos de su éxito y el descontento popular crece hasta casi alcanzar ese punto de no retorno más allá del cual se desboca (sobran motivos), los gobiernos recurren a todo tipo de artimañas para ofrecer la apariencia de una alternativa salvífica (un plan B) que ponga a las masas en la tesitura de seleccionar entre dos opciones inocuas a fin de dejar intacta la verdadera elección: tumbar o tolerar el sistema. Obama es el recurso desesperado de un imperio en declive cuya credibilidad se erosiona, en primer lugar, dentro de sus fronteras. Si Obama no existiera, los grandes grupos financieros lo habrían inventado. Y aunque oficialmente sea el único afroamericano que ha logrado presidir la Casablanca, su homóloga racial Condoleezza Rice, asesora de seguridad durante la etapa Bush, demostró con creces al mundo que el poder es incoloro, pues poco importa el tinte del payaso si además de pan nos ponen circo.

4.11.08

ALGO SE ME ESCAPA


Entre la acogedora tiniebla invocada por la música de Matt Elliott, las promesas de una cafetera humeante y la resaca imprevista de una cerveza -solo una- mal digerida, he intentado aprovechar la tarde otoñal que puedo contemplar desde mi ventana para escribir a quemarropa sobre algo que se me escapa y encuentro que al hacerlo sólo consigo jirones de esa invitación astuta a lo misterioso que permite iniciar un argumento sin resultar monótono, lo cual, redundancias aparte, ya es algo. Me hubiera gustado incluir la expresión «digresiones difluyentes» que inmediatamente descarté por exceso de pedantería (una poca, de vez en cuando, me sale natural) y mencionar aspectos de mi descomposición íntima como esa pila inquisitiva de libros que con alta probabilidad no tendré ocasión de leer, la ristra de discos archivados pendientes de una audición justa, las fiestas a las que no asistí por una mezcla de pereza orgullosa y misantropía, los viajes que no llegué a emprender y quise compensar recorriéndome por dentro, los besos que me agriaron por no entregarlos a quien merecía recibirlos y, en fin, todas esas inmensas pequeñeces que gravitan alrededor de cada uno cuando repara en sus órbitas menos accesibles, que no siempre son las más distantes. En el artículo, hubiera incluido frases deslumbrantes que pondrían el acento en mi formidable capacidad de sarcasmo y algún que otro hallazgo retórico del estilo «el desconcierto de las ilusiones abandonadas me ha dejado como un predicado decapitado, convulso sin la guía del sujeto»; en lugar de eso, tras un titubeo cansino de pensamientos inconexos, he tomado impulso en dirección a los estantes de mi biblioteca, he sacado un volumen al azar y, abriéndolo por donde el dedo ciegamente ha sugerido, me he puesto a copiar con agradable sorpresa lo siguiente:

«Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo monstruoso, de una crisis como jamás la hubo antes en la Tierra, de la más profunda colisión de conciencias, de una decisión tomada, mediante un conjuro, contra todo lo que hasta ese momento se ha creído, exigido, santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita. Y a pesar de todo esto, nada hay en mí de fundador de una religión; las religiones son asuntos de la plebe, yo siento la necesidad de lavarme las manos después de haber estado en contacto con personas religiosas... No quiero creyentes, pienso que soy demasiado maligno para creer en mí mismo, no hablo jamás a las masas... Tengo un miedo espantoso de que algún día se me declare santo: se adivinará la razón por la que publico este libro antes, tiende a evitar que se cometan abusos conmigo. No quiero ser un santo, antes prefiero ser un bufón... Quizá sea yo un bufón... Y a pesar de ello, o mejor, no a pesar de ello -puesto que nada ha habido hasta ahora más embustero que los santos-, la verdad habla en mí». Quien esto dijo no pudo ser otro que Nietzsche, el antiprofeta flamígero, con un explícito ejercicio de onanismo filosófico que lleva por título Por qué soy un destino y forma parte de su testamento visionario Ecce Homo.

Os aseguro que en la próxima entrega habrá más savia y menos injertos.

2.10.08

REVERSIBILIDAD

¿Sabe alguien quién es el autor de tan hechizante oleaje?
El infierno es no poder dedicarse a uno mismo como uno mismo quisiera, pero en la felicidad cumplida se produce un deseable alejamiento y olvido pasajero de lo que uno es, ha sido y espera ser.

25.9.08

SUCINTA DISTINCIÓN GEOPOLÍTICA CON ANALOGÍA DE REMATE


- País es el conjunto de pueblos y territorios regidos por las mismas leyes e instituciones políticas.

- Estado es el aparato encargado del control social y la distribución del poder en un determinado país.

- Nación es el colectivo de personas vinculadas entre sí por un sentimiento (no necesariamente falso) de origen común, el uso de una misma lengua y el acervo que representan sus hábitos y costumbres.

- Patria es el apelativo que adopta el Estado cuando pretende mitificar sus objetivos de cara a sus súbditos y magnificar su importancia en relación con otros Estados.

- Potencia, grado inmediatamente inferior al de superpotencia, es la situación ascendente de un Estado que se ha entrenado lo suficiente para emprender con bastantes probabilidades de éxito agresiones militares a otros países y provocar desastres financieros en la economía mundial, situación que la convierte por derecho propio en algo digno de tener un espacio reservado en el tablero de juego internacional.

Si la geografía política fuera un supermercado, en circunstancias idóneas un país sería un envase, el Estado su forma, la nación su contenido, la patria el etiquetado y la potencia el lugar que ocupa en la galería; no obstante, la realidad dista mucho de producir tales condiciones, por lo que resulta harto frecuente encontrarse países, como España, donde parecen coexistir varias nacionalidades pero ninguna propiamente española, así como pueblos desprovistos de país, como los palestinos, y naciones, como la judía, que pese a estar repartida entre varios países dispone de recursos para coordinar sus fuerzas como una auténtica potencia.

En la ilustración, el mapa de Marco Vipsano Agripa (confeccionado alrededor del 20 AEC) que muestra los dominios del Imperio romano bajo el reinado de César Augusto, quien inauguró el periodo conocido como pax romana.

24.9.08

DESINTERÉS INTERESADO E INTERÉS DESINTERESADO


Como réplica a esa amplia franja de ciudadanos que comparte de buena gana inercias y necrosis mentales en virtud de prejuicios derivados del amor al prójimo, y sin entrar a cuestionar las más que evidentes prácticas carroñeras de las organizaciones, gubernamentales o no, que utilizan la filantropía, la solidaridad y otros pastelosos conceptos para extender y preservar sus áreas de dominio, me gustaría ofrecer un par de observaciones refractarias a la opinión comúnmente aceptada sobre egoísmo y desinterés.

De entrada, hay que admitir que una vez esclarecidas con rigor crítico las llamadas acciones altruistas tras previo despojo de toda susceptibilidad ética, resulta difícil encontrar en las relaciones humanas una mínima huella de actos desinteresados, conclusión que no equivale a decir que el móvil de la voluntad sea siempre egoísta. Podríamos hablar de diferentes clases, estilos y grados de interés, ya que tampoco puede negarse la entrega mansa y sacrificio en aras de los otros, fenómenos extraordinarios con los cuales, sin embargo, el interés personal no sólo es compatible, sino en los que está presente e imbricado con relativa ambigüedad: dependiendo de la penetración analítica se encontrará su rastro, que desde luego puede ser muy indirecto, descompensado en relación a la inversión exigida y lesivo desde una visión más cautelosa, pero rastro al fin y al cabo. Incluso cuando no es posible discernir la persecución de algún tipo de ventaja en la persona que brinda su esfuerzo, apoyo y dedicación a los demás, no hay que dinamitar muchos mitos para detectar motivaciones menos idílicas en su origen, que a menudo tiene más que ver con el autoengaño (como en el caso del mártir religioso que cree estar en posesión de la verdad y se autoinmola... sin falsedad), con el miedo al descrédito (pienso ahora en el auxilio que se presta a un accidentado ante la mirada de una audiencia comprometedora), con fidelidades intragrupales (el soldado que con un gesto heroico salva a un camarada dando su vida) o con el puro instinto (cuántas madres no arriesgan su salud por el bienestar de sus hijos). Muchas acciones parecen sacrificios desinteresados porque se interpretan aisladas de su contexto específico, donde sin lugar a dudas adquieren otra importancia. Por supuesto, también existen actos generosos producidos por un amor genuino (el desvelo mutuo de los amantes sinceros, por ejemplo), pero ni son significativos en la distribución de los bienes y servicios de la sociedad, ni están exentos de interés particular cuando se examina con detalle lo que arriesgaría cada una de las partes implicadas, aunque sólo sea a nivel anímico, al renunciar a su responsabilidad afectiva. Además, es preciso destacar que la conducta altruista suele variar en proporción inversa a los peligros que acarrea su ejercicio, y que con demasiada frecuencia manifiesta ambivalencia moral en función de quien demande el sacrificio, de manera que el sujeto capaz de grandes obras en favor del estrecho círculo de sus seres queridos puede ser tremendamente desconsiderado u hostil con el extraño que le pide ayuda.

Para terminar, quisiera traer a colación una brevísima clasificación de las acciones humanas de acuerdo con las leyes de la inteligencia que enunció Cipolla, historiador y pensador italiano, al elaborar su teoría de la estupidez:

1. Una acción estúpida es aquella que causa un daño a otros sin obtener, al mismo tiempo, ningún provecho para quien la realiza, o incluso obteniendo un perjuicio. La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe, sobre todo porque rara vez se percata de que lo es y suponen sus acciones.

2. La acción incauta es la que causa un beneficio a los demás a costa de un perjuicio propio.

3. Una acción malvada beneficia a su autor perjudicando a otros.

4. La acción inteligente beneficia a la persona que la ejecuta al tiempo que procura un beneficio a otras.

19.8.08

LA CONFUSIÓN


...Y robé el alga, similar en lo grumoso a un kéfir de vibrante color turquesa, de los estanques-vivero emplazados en una angosta poza junto al río. Este vegetal era una droga poderosa que funcionarios del Parlamento administraban en instalaciones secretas a escuadrones de gorilas con la doble finalidad de excitar sus instintos más mortíferos y de abrir selectivamente los canales de percepción necesarios para hacer inteligibles las órdenes de sus adiestradores. No recuerdo cual fue el motivo de mi hurto y apenas tuve tiempo de recapacitar mientras lo hacía, ya que al instante fui descubierto por varios primates que deambulaban en un estado de estupor furioso y con los vientres hinchados por una especie de hematoma verdusco, signo inequívoco de su adicción a la substancia. Antes de oír sus gruñidos de alarma me inundó el olor acre que exhalaban sus cuerpos y eché a correr sin que pudieran alcanzarme, lo que hubieran logrado en pocos segundos si no me hubiera arrojado al agua, pues tuve la extraña seguridad de que los simios detestaban sumergirse en este elemento. Uno de los vigilantes humanos, de aspecto agitanado aunque de raza indeterminada, no fue ajeno al bullicio de la persecución y acudió a la orilla esgrimiendo un cayado que proclamaba su soberanía rematado por un muñón con una elocuente pátina de sangre seca. Inmediatamente inicié una nueva fuga a nado por el centro del río y el tipo, en vez de tirarse a la corriente tal como había supuesto, corrió en paralelo por tierra sin perderme de vista. Era obvio que conocía a la perfección la zona y esperaba darme caza unas decenas de metros más adelante, donde el valle se estrechaba aún más entre las rocas cubiertas de musgo. Forcé mis músculos, esfuerzo vano: no tardó en lanzarse sobre mí tan pronto se lo permitió la distancia.

Forcejeamos hasta la extenuación que precede al infarto. Como no había un desenlace claro, el agitanado sacó un punzón diminuto con forma de cruz de Santiago e hizo lo imposible por clavármelo, pero se lo impedí con movimientos certeros y el arma se fue al fondo. Entonces echó mano de un estilete que mediante una reacción tan rápida como impetuosa le arrebaté. Belicosamente romo en ausencia de sus espinas, conseguí aferrar al frustrado captor y después de castigarlo un poco lo obligué a salir del agua. Sin aflojar la tenaza de mis fuerzas en ningún momento, nos dirigimos hacia un banco próximo forjado en hierro de hermosas formas serpenteantes, un diseño modernista cuya incongruencia no me causó la menor sospecha y sirvió de preámbulo grotesco a las palabras no menos absurdas que susurré a mi presa. A medida que iba adueñándome de la situación, una emoción atroz llegó a caldearme las sienes con el presagio de lo que sería una horrenda confusión que sólo alcanzaría a comprender tras el hechizo de lo inevitable.

Le hundí muy lentamente el acero en el pecho, que dilató la conclusión del acto con un suspense extático, libidinoso. Sin embargo, quien tenía entre mis brazos ya no era un cuidador de gorilas, sino mi amada, quien ahogando toda queja me clavó su dolor con el horror impreso en la mirada, estupefacta ante la magnitud de un hecho que ni siquiera yo estaba en condiciones de entender. Lloré penas eternas estrechándola contra mi cuerpo y hubiera muerto corroído por la densidad de la angustia de no ser por el estruendo de un silbato lejano al que siguió el desentumecimiento metálico de una locomotora de vapor. Tenía que partir. Destrozado por mi propia ceguera, que me había permitido servir de marioneta en un guiñol cruel, tuve la miserable certeza de que la misión había sido un éxito.

Fuente: Retablo de pesadillas. Inédito. 2005.

16.7.08

CANCIONES DE ULTRACUNA


Siendo la música una de mis más arraigadas aficiones y raros los días que pasan sin dejarme embelesar por el hechizo de algún disco, resulta extraño que utilice el blog para comentar obras de esta índole, lo que no será impedimento para que antes de terminar la lectura sintáis el deseo de bombardearme a preguntas sobre un artista que para mí sigue siendo un misterio. Os pido de antemano que por favor no lo hagáis: el asunto es peliagudo y no estoy seguro de cuantas leyes violaré por divulgarlo.

Hace varios meses y de una manera cuyos pormenores no voy a relatar por temor a que las coincidencias sean demasiado reveladoras, conocí en una fiesta privada a una esbelta señorita que estuvo vinculada carnal y profesionalmente a un jerarca de la sección contraterrorista del Centro Nacional de Inteligencia. Ella, recelosa y esquiva en un principio siempre que se sugerían en la conversación posibles incursiones en su personalidad, no tardó en mostrarse efusiva y confiada cuando descubrimos que ambos cultivábamos la misma pasión por el estudio de algo que, sin ser extravagante, no tiene nada de común; algo que también por temor a facilitar conexiones demasiado explícitas no voy a mencionar. Con el mariposeo de la emoción compartida y una dosis justa de drogas en el momento oportuno, la agradable sorpresa de nuestra complicidad intelectual fue derivando hacia dimensiones más íntimas que requerían otro contexto. Mientras conducía el coche de camino al hotel donde me hospedaba, ella introdujo un cd, me mandó callar con un gesto tan escueto como delicioso y al cabo de apenas quince minutos me preguntó qué me había parecido lo que sonó. Intuí que ella era la autora de esa música macabra y con mucho tacto le respondí que quien quiera que fuera el responsable tenía idea sobre el manejo de software de producción musical. Entonces, no sé si por un incontenible despecho hacia su antiguo jefe y amante, o quizá sólo por la presunción de un oficio que le daba acceso a intrigas internacionales, me detalló una historia que aun hoy me hace bendecir la noche que la conocí y lo errada que estaba mi intuición.

Me contó que a raíz de la campaña del juez Garzón contra la célula de apoyo a Al Qaeda que operaba en España desde antes del 11S, la policía se incautó de material muy diverso, como la maqueta de un disco que según reconoció Abu Dahdah, condenado finalmente a doce años por el Tribunal Supremo, era parte de los enseres personales que dejó Al-Shehhi, oriundo de Emiratos Árabes, antes de marchar a Estados Unidos y pasar a los anales del mal por ser uno de los cuatro secuestradores suicidas que pilotó el Boeing 767 del vuelo 175 de la United Airlines que despegó de Boston con destino Los Ángeles y se estrelló espectacularmente contra la segunda torre gemela del World Trade Center. Puede que por escrito este hallazgo se os antoje increíble, pero cuando una mujer se sabe explicar con la gracia y naturalidad que lo hizo ella, mi reacción inmediata suele ser de una insensata credulidad, así que no dudé demasiado sobre la veracidad de lo que me dijo. Sin embargo, también soy puntilloso, de modo que me permití hacer un discreto ejercicio de escepticismo: «Por supuesto, Al-Shehhi y los temibles terroristas islámicos... siempre según la versión oficial de los hechos». «No lo dudes —se apresuró a concluir—, todas las versiones sobre el mayor atentado de la historia son oficiales, incluso la tesis controvertida de Thierry Meyssan».

Lo que ocurrió más tarde forma parte de una hazaña de la que no conviene presumir entre gentes de bien. Es probable que ella nunca se percate de mi fechoría, pero le di cambiazo a su disco por otro que llevaba en la guantera (uno de Galaxie 500, nunca podré olvidarlo) y que, al igual que el suyo, carecía de rotulación. La calidad de la grabación de Al-Shehhi era bastante precaria (el disco fue digitalizado a partir de un casete bastante cascado) y los archivos venían en formato wav junto a una carpeta que contenía documentos donde se relacionaba toda la información que había reunido la policía científica, entre los que cabe reseñar un análisis criptográfico de las frecuencias de sonido. Con un poco de empeño pulí las canciones, las convertí a un formato más manejable y edité las etiquetas según los datos que tenía a mi disposición. Si te apetece escucharlas las econtrarás aquí. Los virtuosos pueden respirar tranquilos: ninguna proeza ni momentos brillantes que ovacionar en un álbum compuesto por remezclas caprichosas y breves sinfonías producidas a semejanza de cajas de música borrachas, aunque debo admitir que el origen furtivo de las piezas contribuye a su disfrute. El diseño de la cubierta que acompaña estas líneas sólo es orientativo, una propuesta fantasmal tras un simulacro de narcisismo.

6.7.08

HUÉRFANOS DE UNA FUERZA INCOMPRENSIBLE


El futuro no es lo que está por venir, sino lo que no recordamos. La voluntad no produce acciones ni reacciones, sólo las representa. Podemos decidir cómo interpretamos los sucesos, pero no qué sucesos debemos interpretar. Lo que a escala cosmológica se transforma en ruido, a nivel psicológico compone la materia de nuestras ilusiones, cuyo mayor objeto de artificio es el mundo irreversible (trágico) que creemos conocer y con el que mantenemos una permanente relación osmótica. Asumir que la vida no es una cuestión real o irreal, trascendente o baladí, sino la traducción, el excremento y el masaje de la muerte; que nada importa si todo aumenta la entropía y que, quizá, lo más significativo por incomprensible en el seno de la metralla en expansión universal sea llegar a concebir lo que ni un Dios arbitrario (el azar) ni una divinidad inmanente (la necesidad) pueden cambiar:

Pones y quitas,
no hay quien te añada
ni quien te agote
destino, y yo sin ser
quiéralo o no
¿qué seré, pues,
si no es mi sino?

14.6.08

COSAS Y CASOS QUE MAL SIENTAN Y PEOR SE SOCORREN


— El fútbol y los futboleros.
— Los deportistas de élite que a pesar de estar forrados se prostituyen heroicamente por una causa publicitaria.
— Los señoritos andaluces y los catetos venidos a más que aspiran a ser como ellos.
— Los hombres enamorados hasta el extremo de padecer el síndrome de la covada. Y las futuras mamás, también.
—  Los hispanohablantes que dicen basket en lugar de baloncesto, staff para aludir a la plana mayor de una empresa o casting en vez de audición porque les resulta más chic estar a bien con el colonizador, así como los petulantes que saben lo que es un flashback pero ignoran la existencia de una palabra más antigua y bonita para indicar lo mismo en nuestra lengua: reminiscencia.
Los (hombres y mujeres) gazmoños idiomáticos que, para no ofender a las sexistas, cargan su discurso con un ortopédico desdoblamiento de género («todos y todas», «compañeros y compañeras», «ciudadanos y ciudadanas», etc.).
— La compañera de curro que insiste en que veas las fotos de boda de alguno de sus hijos.
— Los policías jóvenes, vigoréxicos y con patillas perfiladas que exhiben el uniforme como un gallo su plumaje.
— El mapa de Iberia con el mordisco dado a Portugal.
— Los coches tuneados.
— Los correos electrónicos masivos que, para mayor sufrimiento del destinatario, incluyen alguna gilipollez en formato pps.
— La moda con toda su feligresía de cabezas huecas que repiten a cada momento el palabrón nada encantador glamour.
— Los fanáticos del reciclaje que se creen imbuidos de una misión evangélica y tratan de generar sentimientos de culpa en quienes no comulgan con esta forma de autoengaño.
— Los agricultores que después de envenenar el campo con pesticidas, arar las cunetas, malgastar el agua anegando cultivos de regadío en zonas de secano, embolsarse las subvenciones europeas para el desarrollo y llenar los depósitos con un carburante mucho más barato, no hacen más que quejarse.
— Los engreídos con estudios universitarios que piensan que en una democracia perfecta sólo deberían votar los titulados.
— Que se asignen fondos procedentes de las arcas públicas a esa falsedad institucional de la cultura y el espectáculo con sus respectivos repertorios de insufribles, entre los que siempre tendrán un lugar de honor las corridas de toros, las películas de Almodóvar y la promoción de grupillos de música fabricados en cadena para distraer a coro la pesadez de otras cadenas.
— Los abogados.
— Los que se enfadan porque, al contrario que ellos, no te atas al teléfono llevándolo siempre contigo.
— Los que visten ropa de marca con el alivio gregario de haber sido marcados.
— Los vasos usados como ceniceros a rebosar.
— Los hombres que se sienten más seguros de sí mismos por haberse depilado el vello corporal.
— Las feministas resentidas que prefieren dejar los puestos de responsabilidad a otras mujeres porque no se fían de los hombres.
— Los lameculos y correveidiles, plaga de todas las relaciones laborales.
— Los que no vacían la cisterna del retrete después de usarlo. Puede que de manera inconsciente obedezcan al instinto básico de marcar el territorio con sus excreciones, quién sabe.
— El american way of life y sus catastróficas consecuencias para otras culturas.
— La actitud de consentimiento que por hipocresía, miedo, estupidez o un poco de todo ello se manifiesta hacia algunas minorías por el simple hecho de serlo, sin tener en cuenta sus acciones irrespetuosas o el racismo que impregna sus valores, como es el caso de los gitanos.
— Pagar los mismos impuestos al comprar un artículo que alguien cuyos ingresos multiplican cien veces los míos.
— Que una parte nada desdeñable de la recaudación fiscal se destine a mantener parásitos como, por ejemplo, los profesores de religión, la SGAE o, sin ir más lejos, el funcionario de cierto nivel que amuebla su casa a costa de engrosar una factura por reformas del centro que administra.
— Los que confunden servicio con servidumbre cuando lo presta un trabajador.
— Los patronos que creen ser la mano que da de comer cuando en realidad son la mano que pone el collar.
— Las entidades bancarias que se consideran dueñas de tus ahorros en vez de deudoras de tu confianza.
— Los que aprovechan el acceso público a un foro para insultar a diestro y siniestro sin tomarse la molestia de hilar un argumento.
— Los que conducen amagando con el morro de su vehículo al que va delante.
— Las peroratas que se trasiegan a partir de las tres de la madrugada en la barra de cualquier garito.
— La furia de los conversos.
— Los conductores que circulan extremadamente despacio y cuando ven el semáforo en ámbar aceleran al máximo.
— Los papás y las mamás que no entienden tu falta de entusiasmo para secundar la criminalidad de su imperativo reproductor.
— Los que dejan abierta la puerta que encontraron cerrada.
— Los que presumen de la amistad trabada con alguien que no conocen y que probablemente no se dignaría en conocerlos.
— Los que interrumpen la palabra ajena porque creen prioritaria su ocurrencia o, también, porque intuyen que si la callan, la extravían.
— Los que van de ceñudos y ceñudos quedan por la gravedad que alcanzan sus flaquezas.
— Los que se arriman mucho al desembuchar escorias de dimes y diretes como si temieran derramar fuera de la conversación el oro de un secreto.
— Los que imponen la ocasión para comentar las tonterías de sus hijos (o de sus mascotas cuando no los tuvieren) empañando a los presentes en un instante con una nube de aburrimiento.
— Los que se jactan con todo lujo de detalles de sus conquistas sexuales para convencerse a sí mismos de una suerte que no merecen.
— Las damitas que visten escaso deseando que las deseen y cuando las miras más de dos segundos te espetan: «¿Qué cojones miras?»
— Los que quitan el aislante a los tubos de escape para que todo el mundo se entere de que van en moto.
— Los que se ofenden de pura envidia porque duermes hasta muy tarde y no tienes reparos en proclamarlo, como si hubiera que avergonzarse por descansar a placer.
— Los ingenuos que ante una amenaza de huelga compran provisiones para varias semanas.
— Los que preguntan a lo tonto ¿qué tal? y, para colmo, esperan una respuesta inteligente.
— Los que critican duramente al egoísta que va a lo suyo y en nombre del altruismo (o de alguna otra filantropía a granel) exigen a los demás que se comporten como ellos quieren, ¡menudos cínicos!
— Los bobos que se obstinan en creer que el hábito hace al monje.
— Los que por hablar de cualquier cosa opinan sin saber y llegan a afirmar barbaridades tales como que el mercado libre facilita la distribución equitativa de la riqueza.
— El leísmo.
— La verborrea de los ecologistas que han reemplazado el obsoleto sacrificio cristiano de la vida terrenal por una versión no menos decadente de abnegación en aras de los que carecen de existencia, es decir, de las fantasmales generaciones futuras.
— La masificación del mundo actual en todas sus formas. Entre las tragedias asociadas a la presión demográfica, habría que destacar que el humano, al volverse omnipresente, ha descubierto una nueva incontinencia para una vieja pasión: la de ser voraz para sí mismo.
— Ese peligroso afán dictatorial de salvar al individuo de sí mismo que empieza por prohibir a destajo con el objeto de acorralar al ciudadano e inculparlo de crímenes imaginarios tan espeluznantes como fumar en sitios públicos, conducir sin llevar puesto el cinturón, compartir música a distancia, negarse a pagar el tributo de la zona azul, cultivar plantas cuyo uso produce estados poco lucrativos para el Estado o ayudar a alcanzar una muerte digna a alguien que sufre sin remedio.

11.6.08

MONUMENTO AL VERBO FUTURO


Bajo el signo de un señuelo eficaz disfrazado de necesidad, hemos pasado de la colmena al laberinto y de la producción crispada a los letargos de un consumo asistido, pero agazapada entre los retortijones de la ficción, retorcida sobre sí misma en un torbellino de transfusiones colectivas de imágenes, existe una regla incondicional que mantiene su justa simetría a pesar de los enredos a los que se expone el sujeto que recorre las sombras del imaginario: los libros que nos gusta leer son aquellos que hubiéramos querido escribir; los que queremos escribir, aquellos que nos hubiera gustado leer.

De los libros que me seducen hablaré en otro momento, pues encuentro más interesante y menos agotador mencionar, de manera concisa, las obras que todavía me planteo inseminar. Verbigracia:

- Arca de pretextos útiles para salir airoso de situaciones difíciles con gran ahorro de gestos y palabras, tipo: «Nos encantaría hacer un referendo, pero los ciudadanos no están preparados para tomar decisiones sin el dominio previo de complicados parámetros técnicos».

- Piropos proscritos que sólo un sinvergüenza se atrevería a decir públicamente, como: «Con ese Cristo colgado entre tan buenas razones hasta el mismísmo Dios irá de cabeza al infierno», o el casi quebrado abstinente: «La firmeza con que evito la tentación de tu anatomía es la misma que pretendo sofocar en otra parte de la mía».

- Catálogo de maldiciones que de sólo pensarlas cruje el alma. Por ejemplo: «Así te entre un dolor de muelas que te salten como palomitas», o la terrible advertencia: «Que te encuentres la puerta de tu casa atrancada con el espinazo de tu madre».

- Sermones posprehistóricos dirigidos a los primeros pobladores de la Edad de Piedra por un grupo de intelectuales y científicos desencantados procedentes del siglo XXI que aspiran a disuadirlos de querer innovar al objeto de impedir que prospere el germen de crecimiento insensato típico de las fases más sofisticadas de la organización social. Como puede preverse, la aventura está destinada a fracasar en un sarcasmo de proporciones milenarias: al entablar contacto con los clanes primitivos, los peregrinos del futuro serán en la práctica los responsables de incitar a la curiosidad que servirá de acicate para sentar los rudimentos de la cultura neolítica y, a partir de ahí, la decadencia civilizada.

- Recetario de gastronomía antropófaga... qué digo, si hace años (unos diez) lo escribí con el amable título de Delicias carnales e incluso creo que colgué varias entradas cuando estrené blog. Un segundo... sí, aquí y acá.

- Colección de epitafios, aunque sospecho que si me pongo a ello con tesón encontraré bibliografía especializada. Posteé una avanzadilla hace meses.

- Tratado sobre 100 formas distintas de romper un vaso sin herramientas, disciplina zen. Una sugerencia: «Póngase el vaso boca abajo sobre una superficie pulcra y uniforme. Sitúe la cabeza en posición perpendicular al eje longitudinal del vaso. Respire hondo, trague saliva y golpéelo con el hueso frontal empleando todas sus fuerzas. Grite si es necesario, nadie le aplaudirá. Por último, no sea guarro y recoja los cristales rotos».

- Vergüenza, dedicado al ilustrativo desarrollo de ejercicios prácticos para superar el miedo escénico. Pongamos por caso: «Acude a las puertas de una céntrica galería comercial en horario de máxima afluencia. Desnúdate por completo, salvo por un detalle especial: un espejo de mano que has de sujetar a tu cara de manera que quede frente a los espectadores. Inicia un lento y esmerado masaje masturbatorio al tiempo que pones a reproducir al máximo volumen una grabación donde tú mismo increpas al público a escupirte mientras les ofreces una palmeta matamoscas para que te golpeen el culo, en cuyas nalgas te habrás molestado en rotular con letras bien legibles la palabra IDIOTA».

- Indiscoteca, presentación crítica de álbumes sacados de un mundo paralelo con sus respectivos diseños, crónicas e intrahistorias. Ya tengo unos cuantos glosados.

- La risa de la calavera, novela irónica y negrísima en la que el protagonista se ve obligado a cometer un asesinato por cada crimen que resuelve.

- Historia e histeria de la duda, filosofía rompecabezas en re menor que se complementaría a la perfección con una Genealogía paradójica del entusiasmo: inspiración y desesperación.

- El fundamento alucinógeno de la naturaleza, ensayo de materialismo mágico sobre las características ilusorias de los fenómenos biológicos.

No he podido averiguar el autor de la tremenda ilustración donde se representa el suplicio de Tántalo, monarca mítico que osó servir a los Olímpicos un guiso confeccionado con la carne de su propio hijo para poner a prueba la omnisciencia divina.

6.6.08

SUUM CUIQUE



Tras un breve careo (sin cacareo, afortunadamente) con el Canciller General del Obispado, mi compañero de abjuración J. A. Millán y este mal servidor de Dios que os escribe, ya podemos sumar otra A a nuestras respectivas colecciones de adjetivos infames: la de apóstatas.

Agradezco desde aquí a mis enemigos la diligencia y sencillez con que han gestionado el trámite. Tan grata ha sido mi sorpresa en este sentido, que si fuera malpensado podría albergar la sospecha de que estaban deseando librarse de nosotros.

A cada uno lo suyo.

1.6.08

LA APOSTASÍA COMO RETO DE SENSATEZ


Las expresiones audaces retumban como insultos en los oídos cobardes.
Lewis F. HARRIS
Zancadas

Todo el mundo necesita enemigos para calibrar sus fuerzas y definir su carácter; hasta el pacifista desbloquea sus instintos más territoriales cuando se pone a combatir la guerra de boquilla o con la ofrenda tramposa de la otra mejilla. La especie humana es un producto evolutivo de la caza, llevamos una impronta genética depredadora. Me atrevería a decir que puede detectarse un sistema de confrontaciones intrínsecas al fenómeno de la complejidad biológica (donde hay vida, hay lucha) que desde luego nada tiene que ver con la moral y admite extrapolaciones a otros niveles. De ahí que no ande muy descarriado quien acierte a calcular el poder real de una nación en función de la capacidad ofensiva de sus rivales. Los antiguos romanos, por ejemplo, tuvieron que cincelar su prestigio contra celtas y germanos, pueblos duros de vencer a los que finalmente lograron domesticar (aculturar diría un antropólogo) una vez asimilados como provincias con las ventajas que implicaba el reconocimiento de la ciudadanía imperial. El contraste es obligado, y no callaré que demostraron ser estrategas más hábiles que los chapuceros USA de ahora, protagonistas rapaces de una campaña de agresión contra países que siendo militarmente insignificantes (¿por qué no se atreven con Rusia o China, eh?) les resultan útiles, o eso creen, para representar su agrietado papel de potencia absoluta en el teatro del pánico global.

Os preguntaréis a cuento de qué viene este preámbulo divagador en una entrada que promete un tránsito por la apostasía. Bien, dejaré los adornos para otro momento: viene a cuento de que quienes me conozcan, ya sea personalmente o a través de lo que escribo, se habrán cruzado con uno de los rasgos más inflexibles de mi personalidad cuyo trasfondo mordaz, que tampoco me molesto en camuflar, sigue siéndome valioso para entrenar bravuras; me estoy refiriendo al anticlericalismo, consecuencia lógica no sólo de mi sentido ateo de la existencia, sino de mi profundo sentimiento anticristiano, al cual encomiendo siempre que puedo la embriaguez de lo feroz y mis más barrocos crímenes imaginarios. Donde veo una cruz encuentro un enemigo; donde encuentro un enemigo ardo en acechos y le preparo una pira que se enciende con hemorragias de ingenio.

Acometí mi última batalla contra los alabadores de llagas el pasado miércoles, día de asueto que aproveché para formalizar mi solicitud de apostasía por segunda vez (la primera sin éxito hace años, pero falló el cauce de entrega). Quedo a la espera de la ratificación de mi victoria, que me ha de llegar por correo certificado dentro de un plazo razonable so pena de que la diócesis correspondiente tenga ganas de dirimir el asunto en los tribunales. Puede que yo sea un vehemente cuando se trata de manifestar mi irreligiosidad (proporcional a las pestes recibidas, por otra parte), pero mis peculiares estados de ánimo no quitan ni un átomo de sensatez al acto de apostatar, que deberían plantearse libres de aprensiones quienes se sienten ultrajados por formar parte sin su consentimiento de una secta con innegables signos de putrefacción que disfruta todavía de prebendas, paraísos fiscales y una extensa red de organizaciones especializadas en el blanqueo de capitales... y cerebros, ñam-ñam.

En el país donde vivo, que nada tiene que ver con una tierra de maravillas aunque conserve trazas de alucinación colectiva, a la Iglesia Católica hay que darle donde más le duela (autofinanciación, devolución de lo usurpado, persecución por crímenes impunes, etc) y un primer paso sería inutilizar definitivamente la tergiversación estadística según la cual cuentan con el aval de una mayoría de la población que, caso de ser cierta (lo cual es suponer demasiado), en realidad fue bautizada por dictamen familiar cuando sus integrantes llevaban sólo unas semanas fuera del útero y, huelga decirlo, carecían de conciencia acerca del sucio juego de manipulación en el que participaban al recibir el sacramento (¿podría tipificarse como abuso de menores?). No me extraña que al Estado sucesor de la dictadura se le impusiera la fórmula aconfesional, pues en un Estado laico estaría suprimida la colaboración gubernamental con cualquier credo. Sin embargo, habría que aclararle a esa hipotética mayoría consentidora que la libertad religiosa es ante todo un acto de negación, de sacudirse cargas de encima, de resistirse a ser presa abatida, que consiste en estar libre de creencias religiosas antes que en creer la doctrina que a uno le venga en gana, que sería más bien un fenómeno de consumo o de acceso a la oferta de atontamientos espirituales, pero nunca una liberación. La apostasía se nos muestra, por tanto, como la práctica más genuina y el reto más urgente de esta dimensión pagana de libertad.

Adenda: pido disculpas a mis visitantes por haber vuelto a editar la entrada, sólo han sido unos retoques. Cuando uno se pone a escribir textos que le afectan de lleno nunca sabe la medida de su desaliño hasta que los suelta.

31.5.08

EN RUTA


Despistando al silencio que me he dejado crecer durante meses en el yermo, vuelvo a la ruta aturdido todavía por un predicado de resaca que me ha querido acompañar tras el festín dedicado a profanar rutinas de las que sólo yo puedo ser mi sepulturero. «Pocas cosas existen más desdeñables que la rutina y sin embargo abrazar comportamientos que van limitando la libertad se vuelve algo muy común», comenta con una nota de perplejidad mi amigo J. Montero. Supongo que al cansancio acumulado por los hábitos forzosos como el trabajo y al cerco de fatigas impuesto por eso que hipócritamente se llama vida social y consiste en soportar a una serie de individuos próximos en el espacio pero nada semejantes en lo demás, se suma el hecho —filosófica y psicológicamente nada desdeñable— de que nadie está libre de ser libre frente al cual muchos experimentan un abismal abandono a sí mismos del que anhelan evadirse, en vez de tomarlo como una oportunidad para emprender acciones estimulantes desde el fuero interno; incluso puede que el único estimulante en tales casos sea el ansia que bulle tras esa búsqueda de la evasión que, pese a todo, no sería posible sin un acto inicial de soberanía consciente centrada en la decisión paradójica de olvidar que se es libre y, por tanto, condenada a perder la consciencia de forma recurrente según manda la costumbre.

14.2.08

DESPEDIDA SIN CIERRE

Finalmente, creo que dejaré en pausa la edición de este blog hasta que me vuelvan a brotar hallazgos que merezcan ser narrados. Me siento seco, no voy a desmentirlo. Y como la crudeza no está reñida con la sabiduría, sino que a menudo la envuelve y casi siempre la sucede, os contaré con la brevedad de un hachazo la historia de Trofonio, personaje mitológico cuyo estatus no está bien definido en las leyendas griegas, pues fue considerado de manera simultánea héroe, dios y demonio:

Trofonio y su hermano Agamedes fueron los encargados de construir el Oráculo de Delfos. Cuando el templo estuvo terminado, el oráculo les aseguró que podían dedicarse a hacer todo lo que quisieran durante un plazo de seis días y que, llegado al séptimo, su mayor deseo les sería concedido. Así lo hicieron, pero al séptimo día se los encontró muertos...

Imagino que cuando uno alcanza la cima lo primero que le aborda es el descubrimiento del atajo más directo hacia el abismo.

20.1.08

BLOG SUICIDA


Como resultado directo de una crisis creativa cuyo origen se remonta varios años y que he procurado combatir con algún que otro intervalo generativo, me estoy planteando suicidar este blog. Al tratarse de una decisión importante (quizá no tanto para mis lectores como para mi propia estima), someteré este arrebato a la cuarentena de una exhaustiva calibración intelectual. La idea de que esta breve comunicación se convierta en una despedida me molesta sobremanera, pero en cualquier caso, por si no volviera, me voy con el reflejo de una sonrisa sobre el dorso moreno de mi querida Luger.

14.1.08

PSICOBUNDO HASTA LA MÉDULA

Hans Leinberger, Tödlein
Me declaro reaccionario porque pongo en cuarentena el aplauso que se facilita a las innovaciones, porque tampoco me acabo de creer que la naturaleza humana haya evolucionado desde el Paleolítico y, además, porque practico la irritante costumbre de preferir la reforma meditada al cambio drástico cuando está claro que no es mejor dejar las cosas como están –es decir, como suelen estar siempre: emponzoñadas-. No puedo negar que detesto de corazón las sorpresas, pero las actitudes que he descrito las trazo con humor revolucionario porque defiendo la experimentación como criterio selectivo frente al dogma, concedo a la razón la credibilidad de un mero reflejo literario y opino que es de buen proceder cortar el árbol enfermo antes que dejarlo empeorar. Llamadme, por tanto, lo que queráis; estoy dispuesto a probar todo lo que he imaginado que podríais imaginar. Empezaré por

absolutista, déspota, anticuado,
energúmeno, subversivo, cerril,
pedante, incrédulo, marrano,
altanero, cachondo, febril.

9.1.08

El SEÑOR ENSOR Y LA BUENA MUERTE

Siempre he sentido una fascinación muy próxima a la atracción fatal por este lienzo que James Ensor pintó hacia 1897 y tituló, sin romperse el cráneo, La mort et les masques. Creo que como viñeta satírica contiene los ingredientes necesarios para perpetrar con gracia ese arte maldito que consiste en desnudar el mundo disfrazándolo; pero como espero la visita inminente del veterinario para mi vacuna periódica, debo concluir apresuradamente esta entrada y cerrar este anoréxico apartado crítico.

Sin más, os deseo que tengáis un día tan propicio como absurdo.

5.1.08

AFORISMO 55



Tan importante como lo que me ocurre es lo que se me ocurre en la espiral que voy trazando alrededor de mis alientos y desbarajustes.

Fuente: A todo trance. Propuestas para salvar la divagación pura y dura. Inédito. 2004.
 
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