28.11.18

SINONIMIAS Y RETAZOS DE UNA NOCHE EN VELA

Aykutmaykut, Under attack
El hombre, de joven, escribe porque le parece que ha hallado una verdad nueva y de gran importancia que es necesario anunciar cuanto antes a la pobre e ignorante humanidad. Luego adquiere experiencia y modestia y comienza a dudar de sus verdades, entonces escribe para ponerse a prueba. Pasan varios años, comprende que se ha equivocado redondamente y que no hace falta ponerse a prueba. Pero sigue escribiendo porque no es apto ya para ningún otro oficio, y hacerse fama de hombre inútil, «superfluo», es algo terrible.
Lev SHESTOV
Apoteosis de lo infundado

Vagina: aux input proclive a engendrar estridencias. Hijos: crueldad innecesaria. Más: madre del desmadre. Especie: lo miscible en su propia inviabilidad. Ambición: energía de insuficiencia renovable. Redes sociales: sindicato de zombis. Esperanza: pan de los necios. Fe: confianza en la creación de un sentido que reconcilie la provisionalidad con la eternidad. Sabiduría: arte de habitar el insoluble problema del ser sin agravarlo. Estabilidad: mantra contra la entropía. Ética: estética de la conciencia. Cuerpo/mente: una división forzada de la que ambos salen deturpados. Ego: acorazado de debilidades. Idea fija: obituario del pensamiento.

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¿Asistiremos en fechas próximas a la institución de un premio Nobel de vulvaridad? Para una comunidad ginecocrática como la esbozada por el activismo hembrista con su aspiración a implantar el culto a las paridoras —culto proletario donde los haya, ambicioso de coagular la soberanía en las madres—, el individuo carecería en sí mismo de entidad jurídica y su valor social sería nulo cuando, ultra de nacer varón, fuera yermo o demasiado indócil a los yugos promulgados por las marimatriarcas. De momento, no ralean las demostraciones de la castradora vocación de las sultanas de familia, a quienes debemos, entre otras malacrianzas de lactontos, que una creciente cantidad de niños provistos de lingam ya no sepan ni mear de pie.

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Aplíquense estas valiosas palabras de Viktor Frankl al natalismo y quedarán pocas objeciones en pie contra las virtudes ingenésicas: «Para que el sufrimiento confiera un sentido ha de ser un sufrimiento inevitable, absolutamente necesario. El sufrimiento evitable debe combatirse con los remedios oportunos; no hacerlo así sería síntoma de masoquismo, no de heroísmo». En el mismo ensayo del que procede esta cita, Conceptos básicos de logoterapia, el autor narra un primer, aunque malogrado intento, de propiciar la asunción lúcida de la evidencia como una triaca. Su paciente era un rabino que se dolía, tras haber perdido a su primera familia en un lager, de que la segunda esposa, con quien trataba de rehacer la humanidad, fuera infecunda. Aun valiéndose el terapeuta de la mayor delicadeza, su interlocutor estaba lejos de poder encajar la palmaria rotundidad del mensaje: «La vida no puede tener como finalidad única la procreación, porque entonces la vida en sí misma carecería de sentido, y lo que en sí mismo es insensato es imposible que se convierta en sensato por el mero hecho de su perpetuación».

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No hay malnacido que no tenga un semejante con el que dar arrimo a su villanía.

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El poder del numo es un titán que resurge hambriento de sus cenizas y transforma la insaciabilidad en un estado de apariencia respetable que no halla bocado en la legislación, de la que antes bien tiende a servirse como de una tecnología diseñada a la medida de su apetito. 

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Si la negativa a realizarlo acarrea la destrucción civil y la indigencia, el trabajo es a todas luces forzado y no puede hablarse en tal caso sino de esclavitud. 

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Cabe aún esperar que un policía albergue un rescoldo de moralidad, pero resultaría incendiario pedirle a la moralidad que se comporte como un policía.

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No se ponga buena cara a lo que basa su sonrisa en partirla. 

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Las personas que protagonizan migraciones masivas, por pacíficos que sean sus propósitos y comprensibles los motivos que las incitan a cambiar de escenario su tragedia, no con rigor pueden considerarse desarmadas habida cuenta de que emplearán su fertilidad sin demasiados escrúpulos a la menor ocasión —tal como hacen, de suyo, los nativos que no han llegado a razón.

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La decisión de tener progenie no representa la cúspide, sino la cloaca de la voluntad de quienes desprecian como un clister la ponderación del poder más elemental que la naturaleza ha otorgado a sus cuerpos, cuya arbitrariedad para imponer a trancas y barrancas la existencia debería ser motivo de prevención mientras palpite en ellos un mínimo sentido de la prudencia. Si los amantes conscientes se preocuparan de observar que el uso de los órganos sexuales entraña una forma excelsa de gramática, descubrirían que la concepción funciona, por su parte, como un surtidor de solecismos. 

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Si es verdad que en cada mente tiene un rábula el Diablo, no lo es menos que el Infierno ha un fiscal en cada útero y en cada padre frustrado su reserva vocacional. 

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En vano se buscará en la historia un monarca más despótico que el «contrato social», la grey cívicamente asimilada por el Estado e imbuida de una autoridad incontestable para mayor subyugamiento de las singularidades. 

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Cuanto más elefantino es el sistema social, tanto más teme al individuo asistemático que no roe el mismo pienso que los demás. 

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No es accidental que un poder desaforado se vuelva indistinguible de una capacidad maléfica proporcional a su hipertrofia, de ahí que las imperfecciones de la representatividad no constituyan el principal endemismo que afecta a los sistemas democráticos, pues un gobierno respaldado por una mayoría abducida —como esa que se alarma ante la presencia de una piel extranjera pero acepta con indiferencia los desahucios— puede llevar a efecto, sin apenas trabas, abusos irrealizables en otras circunstancias. 

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La pobreza se rinde a la envidia, la riqueza a la codicia, la certeza a la soberbia y ninguna parece amiga de la entereza que podría mesurarlas si el pobre entendiese que nadie lo envidia, el rico que muchos codician sus bienes en la misma medida que repelen su compañía y el certero que allí por donde pasa atiza iras.

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Si examinamos las realidades emergentes contra las que el clero manifestó su más encrespada repulsa en el siglo XIX, no es baladí que sus bestias negras fueran la ciencia positiva y el socialismo, movimientos llamados a alzarse a lo largo de la siguiente centuria como las únicas religiones de carácter universalista dispuestas no solo a desplazar sino a reemplazar las precedentes. Avanzado ya casi un cuarto del siglo XXI, con el credo socialista desmantelado en beneficio de la omnivoracidad de las finanzas y un estamento tecnocientífico que ha rebasado con creces el cometido de una casta sacerdotal, hemos de observar con atención qué conjuntos de cambios los encabronan para empezar a tomarle el pulso al paradigma futuro. 

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Que Lenin, y después su acerado epígono Josefo, fuera momificado siguiendo la costumbre faraónica y recibiera de esta suerte la adoración de las masas explica que las técnicas de mando ensayadas durante el siglo termonuclear no fueron novedosas en sus motivaciones, sino que respondieron a un anhelo de poder totalitario concordante con el subyacente, mas impracticable, en los arranques de la civilización.

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¿De qué atrocidades no serán capaces con un gentil los rezanderos que nunca han hallado desdoro en igualar al Autor con un muñeco vudú? 

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A los obreros no se los apacigua con revoluciones sociales, se los amansa con las recompensas que sus artífices denominan «bienestar social». En contraste con los sistemas antiguos de poder basados en castigos y severidades sin tasa, el sistema contemporáneo aprovecha con mayor eficiencia la utilidad potencial de los servomecanismos humanos, a los que amén de hacerles concesiones en materia de comodidades materiales, reparaciones sanitarias y seguridad ciudadana, les permite la posibilidad, a menudo interpretada como libertad, que cada uno tiene de explotarse por su cuenta y riesgo, dentro de los circuitos previstos, a cambio de ventajas económicas y prestigio. De este modo, a despecho del caos inherente que genera su trabazón planetaria, el sistema tecnosocial puede realizar operaciones colosales de las que no son menos sorprendentes la monitorización instantánea, el control remoto y la velocidad de recambio de las partes dañadas. Ahora bien, ¿qué sería de esta megamaquinaria sin engranajes prestos a darlo todo de sí mismos, a «salir de su zona de confort», cual si esa fuera la excelencia de su ser? Esta y no otra es la razón de que cuando alguien dotado de un talento extraordinario desdeña exprimirse de acuerdo con el canon imperante de éxito, provoque un colapso a pequeña escala, una renuncia disruptiva, una mácula. Quizá todos los que nos esforzamos en dar hechura de concepto a la experiencia de vivir a contrapelo y difundimos, sin ningún ánimo de lucro ni de popularidad, los sentidos alcanzados con nuestros discretos recursos bajo el seudonimato, entramos en esa categoría que englobaría también a los que por obra, y en especial por actitud hacia su obra, se convierten en fueras de serie no tanto a pesar como gracias a lo que no son. 

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Más relevantes para la conducta que la omnipresente propaganda, los códigos en ristre y la programación moral, factores de sujeción sin lugar a dudas importantes, son la inercia de los hábitos, lo que antaño recibía el nombre de consueto, y el lazo vivo de la influencia interpersonal, un tejido conectivo que si pudiera visibilizarse se nos antojaría tan alucinante como el exocerebro que en esencia es.

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Si los días fueran más largos, ¿quién los resistiría? Y si durasen menos, ¿quién sacaría tiempo de vivir a deshora?

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Desestimas, amiga mía, la devoción que te profeso como si fuera la más corriente cosa del universo ver a un impío besando los pies de un monumento mortal.

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