14.11.18

POR NO PERDER LA MANO

David Lebow, Out of the Soup
La soledad me pesa. La sociedad también.
Eugène IONESCO
Rinoceronte

No menos que demasiado me raciono las noticias, aunque de sólito las hay tan agoreras por el acatamiento simplista que reciben por parte de valedores y detractores, que ni amparándome en el rodel de la infofobia doy abasto para eludir el rancho de salir escaldado en otros tantos sentidos como los que intento llevar limpios de malparanza.

Cualquier tiempo futuro no nos hará mejores, entre otras razones porque nadie puede ir a mejor en el rehén del ahora indefinido que uno puede reconocer en sí mismo; a peor seguro, en cambio, en esta España sotanista de los que pierden el alma por no perder la mano, como demuestra este idus sobrepasado que añade peso a mis botas, y eso que no las llevo puestas desde que nos han hecho saber que, con la finalidad de preservar incólume el corsariato, nuestros dirigentes políticos han vuelto a meterle un tajo considerable al devastado Fondo de Reserva sin que ningún histrión adscrito al ten con ten periodístico que presume de raspar con ojo crítico la actualidad, ni en su defecto algún verborreico mayoral de movilizaciones populares, hoy rabiosas de acnésicos (alumnos con necesidades especiales y con granos), encalletrados de calle quizá para pedir más litros de Actimel per cápita o más gigas de almacenamiento gratuito en sus confesionarios digitalenses, sin que ningún sumidero focal, como decía, haya tenido a cabalidad la pertinencia de preciar, más que nada por el respiro de imaginarlos finiquitados, los carísimos privilegios que a las arcas públicas le cuesta mantener la disfunción de esas empresas con ánimo de soberbia y con soberbia de lucro cuyos dechados, ay, son la Mafilia Real y la Iglesia Católica.

Incluso en la fase más dura de la planificada depresión económica que ha venido a enquistarse, la ingeniería financiera de la última organización citada le permitía succionar, a través de múltiples partidas presupuestarias, alrededor de once mil millones de euros de ración y quitación a la sangre, sudor y lágrimas de un país colapsado, y sí, los enjuagues de Cáritas suman porque asimismo agigantan roña y cruz con merma de ajeno bolsillo. Por si este entramado de regalías fuera parvo para el clero, gracias a la bancarrota moral de los contribuyentes cunde entre los plebeyos la idea de que los religiosos de la rama catolicista cumplen una función asistencial que el Estado desdeña asumir. Ya quisieran. A quienes así hacen medrar el desfalco por otras vías, no parece importarles un céntimo que la mayor labor social que la Iglesia podría hacer a partir de este mismo instante es renunciar a la integridad de sus prebendas, algo que en plena ola de submundismo y sonambulismo no estaría en las antípodas de una misión en verdad benéfica. Más le valdría a la tropa papista acogerse a sagrado y purgar entre motetes sus fechorías que seguir cebando negras con el afán de que no cejen jamás en el empeño de parir clientelas condenadas de antemano, de suerte que todo cuanto haga mientras no se produzca la efectiva separación entre el poder civil y el eclesiástico; todo lo que no comience por la renuncia a su expansionismo envenenador de conciencias a la par que adicto a usurpar recursos inmerecidos, se hallará tan lejos de paliar lo que su parasitismo debe a la población como lo estoy yo aquí, en mi vórtice de La Mancha, del que ronea en la Gran Mancha Roja jupiterina.

Respecto al prestigio «de base» que también entre los descapillados disfrutan los conmutadores parroquiales, o «curas buenos», a pesar de tener en encomienda el lavado por caridad de los asaltos cometidos por la legión de los no tan buenos, de prístina fe alzo la voz con un espanto que no logro sacudirme y retorno al punto a callar, pues luzco más lindo, no sin referir, para ir terminando, el infeccioso «orgullo de ser español» que los sucesores del Exigit sincerae devotionis affectus y otros abreviados de espíritu atocinan por el menor motivo, como si asomar el rabo por encima de su caldera de pecadores o ser desiguales en los giros de su misma lengua fuera marca indeleble de traición. Dado que no de balde detrás de un gran censor se oculta siempre un gran impostor, ¿cómo no desenmascarar a un gran idiota detrás de los bocinazos de un gran patriota? Y si no, que venga el Bérenger de Ionesco y lo vea.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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