15.3.19

LAS TRES GRANDES FALACIAS

Netsuke que representa a los tres monos sabios
Ni las cualidades sociales, ni los efectos benévolos, que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir con la razón y la abnegación, son el fundamento de la sociedad; sino que lo que nosotros llamamos mal en este mundo, mal moral o natural, es el gran principio que nos hace criaturas sociables, la base sólida, la vida y el sostén de todos los negocios y empleos sin excepción; y, por consiguiente, si el mal cesase, la sociedad se encaminaría hacia su disolución.
Bernardo de MANDEVILLE
Fábula de las abejas

Las tres grandes falacias de las sociedades civilizadas son el timo de la producción laboral, el enredo de la reproducción genésica y el tinglado de la postproducción de un sentido generalizado de la realidad, favorable a los condicionamientos operantes que le otorgan poder de impregnación cognitiva y persistencia histórica, frente a la heretica pravitatis introducida por los disidentes que cuestionan la necesidad de trabajar, la moralidad de procrear, la veracidad de la cultura vigente y la conveniencia de realimentar cualquiera de esos circuitos para otra cosa que no sea multiplicar las calamidades, efectivas y potenciales, de la humana existencia.

El humano es por naturaleza el animal más indigente del mundo y el más abocado, en consecuencia, a inventar mundanidades; un animal hecho de necesidades e ilusiones que corre el riesgo de engañarse acerca de su lugar en la biosfera si como punto de partida añade a su miseria original la insania de creerse en la cima de la evolución. No es poco digna de atención que entre los homúnculos dispuestos a centrifugar el alma para prosperar en el mundo de las supercherías compartidas y los animales centrípetos cuyo canon tiene la desnudez del séptimo rayo, la discrepancia solo pueda ser nuclear, luego inconciliable.

¿Cómo no va a llegar la inteligencia desasida de los mitos convencionales a la conclusión de que el adulto es un niño atrapado en el delirio de haber tomado demasiado en serio lo que empezó siendo un juego? ¿Tanto esfuerzo cuesta comprender que la criminalidad de quien se alza contra los perjuicios derivados de esas trampas consiste únicamente en haberle puesto a ese niño ensoberbecido un espejo delante a fin de recordarle cómo dio comienzo su desvarío? 

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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