14.3.18

¡ARRE PAÍS!

Emiliano Ponzi, A Village Life
¿Qué se puede hacer
si las estrellas rebeldes
no tienen piedad?
Barbara STROZZI

Me trastorno sólo de pensar que allá donde uno extienda el órgano de su atención, las dimensiones materiales e inmateriales de la aventura humana se revelan cariadas por abismos en los que el desamparo cotidiano de los vivos se mixtura con el destino insondable, hecho gigote, de los que pasaron al lado sumergido de la representación.

Todo cuanto consideramos investido de una trascendencia cósmica podría no ser más que un accidente fatal sujeto a sujeto confirmado; de ser cierta esta conjetura, estaríamos concediendo a la resonancia de su efecto dominó en nuestros cráneos una relevancia mítica que no sería incorrecto figurarse como una danza encadenada alrededor de la brecha hendida en la presencia íntima y desconocida del ser. Los protagonistas cambian, la tragedia permanece y mientras lo contrario quizá fuera legible como historia de los hechos, nunca satisfaría como explicación de los hechos de la historia. Vivimos en la entropía de una trama inconsistente, lo raro es que las cosas funcionen y las almas sonrían.

En la tragedia griega, la obra se dividía en cuatro fases: prótasis (planteamiento), epítasis (nudo), catástasis (clímax) y catástrofe (desenlace). En la tragedia existencial, la naturaleza impone sus mudanzas haciendo creer a los personajes que son ellos quienes escogen sus designios. A decir verdad, ni el éxito individual es prueba de un ideal acertado, ni la impotencia del derrotado supone un argumento válido contra su criterio personal. Alivia conocer que el juicio de Max Horkheimer al respecto no es hostil a los problemas de acomodación del reparto a las condiciones dominantes: «Sobre el destino del hombre particular decide en el presente más la ciega casualidad que sus cualidades».

En contraste con la pobreza que se saludó en otras épocas como un signo de aligeramiento de la identidad y vía de aproximación a la sabiduría desde la búsqueda primordial, quien rumia sus horas en la estrechez económica del siglo que se nos derrumba encima es denigrado como un fracasado de la peor especie, el candidato idóneo al suspenso civil. Pese a la precariedad que define su estado en nuestra cultura, cabe hallar en el imaginario del pobre una épica de la resistencia, como bien demuestran los pensionistas que parecen haber perdido el miedo al poder de unas élites mercenarias que con pulso lento pero creciente nos estrangulan. Y ahora precisamente que su fuerza numérica, otrora adormecida en un fragmentado retiro crepuscular, ocupa las plazas públicas día sí, día también, nos contaminan la escena con no sé qué zamba cruenta ni qué niño muerto, como si no hubiera otros inocentes sacrificados a la perversión de los adultos en circunstancias acaso más descorazonadoras que las del caso de marras, puesto que implican la connivencia de autoridades de alto nivel —permíteme ser elusivo en este punto— a las que pagamos por ser, yendo al mínimo, tan responsables como han jurado con el cargo, y tan punibles, yendo al máximo, como los insensatos que a ras de tierra les siguen otorgando el beneplácito del sufragio. Con todo, estoy siendo generoso al excluir del recuento de víctimas a los niños concebidos desde el daño evitable de venir a cumplir una condena por nada en este presidio abierto a la mirada, ausente de piedad, de las estrellas. La bestia humana, solo por haber sido forzada a existir, lleva tatuado en sus genes el estigma de una violación, la mancha indecorosa de lo engendrado sin consentimiento…

Qué fácil sería proseguir la llamada de la selva que el crimen acaecido en Almería ha intensificado para atizar la monserga sobre las estrategias de trasvase de los reciales del descontento hacia un curso políticamente inofensivo de expiación colectiva, o agitar asimismo la comprensible grima que la obscenidad mediática, con su hambre zombífica de carnaza, provoca en la sensibilidad de las personas cuyo tiempo aún no ha sido abducido por las redes que bullen de improvisados juristas, criminólogos en zapatillas de andar por casa y patriotas remendones, la misma clase de esclarecidos que en el momento de la verdad carecen de algo más fundamental que las hormonas para morder la mano que les roba la comida del plato y los obliga, en su lugar, a tragar insultantes mentiras.

Tampoco sería difícil denunciar la vil manera en que la coyuntura, caldeada como repulsión al sobrecogimiento, ha intentado ser fiscalizada por ese cortejo de mandarines que han acudido a abrazar a los padres del menor arrebatado; por sus caras, las de los gerifaltes, sabemos que los desprecian como a muñecos caídos en el barro del infortunio y creo que habrán corrido a lavarse las zonas expuestas al contacto después de dar por terminada la ronda de compunciones. Podría, sin mucho esfuerzo, volcar mis náuseas contra sus gestos de pringosa falsedad, mas no lo haré porque estoy más cansado de todo que de costumbre y más que de todo de mí; harto como nunca de que se prefiera omitir la urgente meditación sobre la inexorabilidad del mal y de que el estrago, a cualquier escala, sea presentado como un hecho extraordinario toda vez que, si algo ratifica el devenir, atañe a la probabilidad de sufrir percances y otras complicaciones calamitosas, que se agrava por la mera certeza biológica de no haber fallecido.

¿Cómo no sentirse hastiado al ver convertido el asesinato de un crío en una ocasión pintiparada para soltar las riendas, tras la deshidratación lacrimosa, del instinto básico, comunal, que mueve a las masas sedientas de bronca, exultantes por haber encontrado un motivo para desgreñar sus iras, calcadas hoy en su bajeza de la que antaño excitaba los ánimos del vulgo ante los patíbulos? ¡Arre país!, ¡arde en las lenguas de ese fuego primigenio que haces bramar como ningún otro pueblo con la voz justiciera de la indignación moral!, ¡transforma en tizón a la bruja y aprovecha la antorcha encendida de la democracia para avivar la fe en la humos de tus fronteras!

La turba siempre será turba y su incurable peste, aquí y en todas partes, la ignorancia. Son contadas, sin embargo, las naciones que rebosan por arriba y por abajo, por el costado izquierdo y por el derecho, de verdugos vocacionales como esta que sirve de celosía a la prostibularia Europa, y el que afirme estar orgulloso de ser español presume, lo sepa o no, de llevar condecorada la calavera con tales capuchones. La ley del aplastamiento genérico, invocada en forma de mayoría cómplice por los gobiernos que pretenden extraer de ella su justificación, sería papel mojado sin el apoyo de un condensador social, el de la masa aglutinada por los ofuscadores profesionales con sus respectivos martirologios, tantos como causas aspiren al desagravio. Poco importa el contenido de esas causas, su valor es accesorio; importa que se renueve la voluntad de movilización contra un enemigo común.

«A veces aquellos que no socializan mucho no son en realidad antisociales, simplemente no tienen tolerancia al drama», me trincha una compañera cuando le esbozo en un mensaje algunas claves de estas impresiones. «Que “no tienen tolerancia” —le respondo— es una forma condescendiente de contemplarlo donde subsiste la idea de que aquellos que sí toleran el drama son más fuertes y donde se soslaya que ese supuesto vigor, analizado en términos menos fantasiosos, se reduce a un signo de identidad entre morbosos». Una de las películas que mayor desasosiego me ha proporcionado en los últimos meses es La cueva, dirigida y coescrita por Alfredo Montero, gracias a su capacidad para ilustrar, con textura hiperrealista, qué puede esperarse de la conducta humana al ser empujada a sacar todos sus instrumentos de supervivencia dentro de un atolladero. Lo comento porque con idéntico espíritu pedagógico pasan ante mí los hechos sórdidos que aportan su tributo a la crónica putrefacta de este reino, además de duros elementos empíricos de respaldo a una observación ecléctica y participante en la menor medida, propicia a la libertad implacable del ojo crítico que combina el estudio con la desafección de saber que no pertenece a este mundo y nada de este mundo le pertenece.

Añoro el don de una intuición envolvente que desde la radicalidad cognitiva me facultara para sentir en mi savia que somos ramas de un único árbol o disponer, en mi desdón, de una razón objetiva para tener en mejor estima a los energúmenos a quienes hemos de soportar en la dudosa calidad de compatriotas. Tal vez si mirasen menos las pantallas y más al cielo descubrirían en esa bóveda, rotulada con estelas químicas, el perfecto reflejo de la sucia realidad que abre y cierra cada jornada terrícola como se abre cada féretro o cada útero, lo mismo da.

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