5.2.19

PÍXIDE AQUÍ, LEJOS DE TODO, RANCHO DE MÍ

Folio 13v del Beato de Sain-Sever (MS Lat. 8878)
Los locos hacen descubrimientos que los sabios explotan.
Herbert George WELLS
Una utopía moderna

Bien a la inversa de lo que arguyen los hombres triviales que tanto gustan de brasear sus pasiones en la grey, a un espíritu señero no le pesa la gravidez de las soledades donde ha puesto un regazo de silencio para recoger el fruto de sus estudios, panteísmos y contemplaciones, ni le dañan las renuncias que ha hecho suyas a fin de otorgar más concordancia a los sentidos acrecentados que, de otro modo, habría de cercenar en aras de las infinitas exigencias de la mezquindad hiperpoblada. Pródigo, empero, es el sufrimiento que le suscitan las dudas acerca de su propia valía, y tenaz, como mancha indeleble de fuel, su pesadumbre por la devastadora polución de tiempos y espacios que la mayoría social, la del contrato ídem, extiende haciendo del mimetismo un estado de sitio frente al cual el poder de las desafecciones individuales a menudo se siente desbaratado.

Quien no teme ir demasiado lejos en el viaje a través de la interioridad acaba empotrándose de lleno en lo sagrado, y entre otras confesiones que acaso sea urente sacar de su inefable verdad de explorador ensimismado, ese espíritu anacoreta que hemos bocetado tomando de la lejanía su medicina, ronronea para sí mientras esteza su flacura con el frío de la mañana: «Que no te domine la tristura ante la pululación de bajezas y las mutantes barbaridades azuzadas por doquier, solo es el humo de un incendio que nada te puede arrebatar ya, a ti que todo lo has desatado, ni tampoco te posea la frivolidad de despreciar el horror alegremente, como cosa vana, pues en la dosis justa no es de menor ayuda en el entrenamiento de la veta más noble de una naturaleza sensible; la veta de alma que, siendo exactos, nunca ha querido estar aquí y sabrá exhalar sonriente el ombligo donde fuere menester hallar su sino».

Bienaventurados los que llegan a no ser, porque a ellos se les concede el mayor de los respiros, y divinos los que no llegan a ser, porque a ellos ni siquiera se les concede, como a nosotros los precitos, el cadalso a sorbos de tener que respirar hasta el último alelamiento.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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