21.2.19

DOS MIL Y PICO: UNA ODISEA SIN ESPACIO

Jeremy Geddes, Ascent
¿Qué cosas será posible integrar y qué otras será posible subordinar? Mal trueque ha hecho el que al conquistar el dominio del mundo ha perdido la libertad en su propia casa.
Ernst JÜNGER
El nudo gordiano

No por casualidad, el ambicionado idilio de exploración a ultranza que fijó su objetivo en otros cuerpos celestes experimentó su mayor impulso cuando afloraba, a ras de mundo, la evidencia de los límites del crecimiento de la civilización. Tal fue el punto de fractura donde se hizo patente que los prebostes de las naciones con capacidad de jaquear al resto y su séquito de expertos estaban dispuestos a desdeñar su responsabilidad a cambio de invertir en proyectos que muestran al observador desprogramado visos de haber funcionado en respuesta a una tentativa: la de zafarse de las consecuencias calamitosas del progreso, aunque a la sazón no solo mediante la huida hacia el traspiés que promueven la aceleración bélica de la industria y el trucaje fiduciario de las rentas, que de cualquier manera implican mal por mal, sino buscando además un efugio fértil fuera de órbita, a salvo del pesebre terráqueo saboteado por una especie que parece tan obstinada en convertirse en el vertedero literal de sus fantasías megalómanas como en no cubrirse de rubor bajo el título autoasignado de «sapiente».

Cual si fuera el fruto maldito de una ironía remozada en virtud de resonancias míticas, cada conquista que el ser humano emprende merced al poder de la técnica se traduce en que este, o sus protuberancias criminales, determinan los siguientes giros de su fatalidad. A favor de esa ironía rueda el descalabro ecuménico sin pausa hacia derroteros nada halagüeños por la estrada de la domótica, como el habido en la bien fundada sospecha sobre el trasfondo real de las aventuras siderales. Capitaneadas por las agencias que se ocupan de escudriñar el entorno extraplanetario, aparte de dotar de una excusa de proeza al despilfarro económico, la lectura crítica de sus planes indica que nunca han perseguido como prioridad la colonización de los astros más próximos, ni soluciones ingeniosas al problema de atravesar las vastas distancias interestelares en intervalos de tiempo asumibles. Por el contrario, su principal cometido sería el desarrollo de modelos artificiales de subsistencia para que el abollado antropoide de las postrimerías, alojado en colonias subterráneas, pueda aclimatar su obsolescencia a un ambiente hiperacondicionado y ultracontrolado una vez que el forro de la Tierra se manifieste en extremo hostil a las condiciones que habían cobijado nuestra odisea evolutiva. En estas sofisticadas infraestructuras futuras los habitantes, según presagió Mumford, «pasarán su existencia como si se encontraran en el espacio exterior, sin un acceso directo a la naturaleza, sin sentir el paso de las estaciones o la diferencia entre el día y lo noche, sin cambios de temperatura o de luz ni contacto alguno con sus congéneres, excepto a través de los canales colectivos que se hayan habilitado a tal fin». 

Embutido de lleno en el papel devaluado de estrella cósmica de la creación, surgirá en el vientre venidero el hombre encapsulado, el tecnonauta, como arquetipo del simio posthistórico; un ser extirpado incluso de sus posibilidades de relacionarse consigo de forma natural, reducido a vegetar como un feto en una cavidad custodiada por un ordenador central, realimentado con la papilla procesada de sus propios excrementos y obligado a viajar hasta el óbito, sin mejor deriva posible, por el circuito de una presencia confinada dentro de un complejo biónico que, en síntesis, no dejaría de incubar sujetos en permanente estado de excedencia vital. No es forzada la comparación, ni un recurso sacado de la mera coincidencia, que la realidad virtual, indispensable como dispositivo de soporte experiencial en esas circunstancias de regresión embrionaria, comparta con los trajes espaciales de los cosmonautas la necesidad de fundir el organismo a una escafandra de la que los espacios simulados de abducción cibernética, que hoy visitamos como pulgones de las pantallas, no representan más que un preludio de los compartimentos estancos destinados a minimizar la individualidad a base de cuidados intensivos. Conecta asimismo con este anticipo de la accesibilidad total la cultura de simplismo y malacrianza que contagia nuestro presente, pues en lugar de fomentar que los niños maduren pronto el Nuevo Orden Mecanomental exige que los adultos se infantilicen en manejable complacencia de hato.

Si la llamada de la selva irradia todavía su encanto a los transeúntes de este vigesimoprimer siglo de microprocesadores, jaulas urbanas, fumigaciones aéreas y arboricidios, la otrora viable emboscadura de extramuros ha de satisfacerse penetrando a fondo en las inexploradas galaxias de la psique. ¿Qué misterioso equilibrio trastornado procura restaurar de esta suerte el alma que ha sido ultrajada por la invasión masiva de la técnica? ¿Es demasiado tarde para emitir un pronóstico propicio a las dimensiones vulneradas por el avance formateador de la barbarie y la presión demográfica?

Ojalá los fracasos colectivos, cuya entropía se multiplica generación tras generación, fueran contemplados con el mismo interés que los éxitos particulares cuando se trata de esclarecer las claves que la sociedad debe evitar como aberraciones o estimular como atributos de talento. Situar la automatización al final en vez de al principio de un proceso, como pretende hacer la tecnocracia con la humanidad, es pervertir el sentido de la evolución a costa de infligir lesiones irreparables a las funciones superiores de la actividad encefálica, que en la actualidad ya se siente condenada a dar lo peor de sí en un molde donde el granujo, el coltán y las pitanzas liofilizadas se aúnan, junto a una miríada de errores deliberados, como sucedáneos de la plenitud. 

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