26.1.13

LOCOMOTORA

Dejando de lado a Dios (no importa aquí el motivo por el cual no sea, o mejor, ya no sea), el lugar de todas las historias posibles será un lugar perfectamente atópico. Lugar no-lugar, he allí donde están todas las historias: en otra parte, siempre y únicamente en otra parte.
Sergio GIVONE
Historia de la nada

Esta luna me hiena. Nos dirigimos hacia el precipicio y voy un paso por delante; no es que sea aventajado, es que el barranco tiene caprichos que me desnudan por anticipado. Entretanto, me he querido obligar a no dar palabras de entendimiento a este sueño porque últimamente, pongamos desde hace treinta y ocho tacos, pienso más que pesado y escribo menos que misérrimo —adjetivo cuyas acepciones acabo de refrescar gracias a una búsqueda rápida—, pero bajo y sobre todo lo demás porque sueño peor de lo que nunca he vivido. Tremolando en la atmósfera veloz de duermevela que ha precedido al lento contradespertar, me he querido obligar a no decir, como decía, y no he podido conmigo, así soy yo de inconsecuente disciplinado, siempre que gano me pierdo. He pensado —lo que mejor hago cuando dejo de hacerlo— que me siento un poco bastante tirando a excesivamente decadente por haber cedido a lo callandón a esta prioridad absurda de mirarme desde los demás, cuando lo mágico, lo sugestivo y hasta lo viril es saber alzarse sobre uno mismo para observar lo que otros son cuando no son vistos o así lo creen. Me he insistido casi a voces que me vicio en olvido el recio amor que me tengo contra mí mismo y a veces me da por ventilar en el desprecio fácil a favor del semejante que más fácilmente lo vence al dejar caer la semilla del gesto tierno que nunca se pide ni se formula. Nada suprime mis ganas de repasarme en la desgana que contra todo se desgrana por mediación de seres que contemplo como enseres que quieren pintar bien su rompimiento, malamente retratado a través de los míos metidos de lleno en el rococó. Por ahorrativa deliberación, he olvidado a propósito el escaso anglosajón que aprendí y el mucho gabacho que recordaba para evitar sucumbir a la obligación de viajarme a lugares donde sería tan reacio como en mi lengua nativa; incluso trafiqué con un idioma que nadie usa sólo por el gusto de almenar lo superfluo y asumir mis soliloquios en una versión dual digna de un proxeneta con dones de gente. Me armo y me desarmo con idéntica estética de cabecera, provisto de atestada ética y con nada de moral. No me la pidáis, precisión imposible de satisfacer después de haber dejado gotear varios días hasta que me he aproado a escribir en modo retrovisto esta ensoñación a la que hiede ya no dar comienzo: había la necesidad no imperiosa, sino inapelable, de un alejamiento, la hernia emocional de una despedida sin retorno. Más joven que yo, empezando de dentro afuera, una morena deliciosa de las que invalidan el verbo porque hablan naturalmente con su ser plenario, me miraba con la verde escofina de sus ojos en un código que conozco por otras miradas, ninguna real, como ajena a la realidad propia que realmente es asunto de un trasunto imaginario. Creo que nos acabábamos de conocer y ya lo sabíamos retodo el uno sobre el otro como se deben saber las minucias entre sujetos que se aman por encima de las verdades que el tiempo mixtifica objetivas: sin hastío, sin perspectivas, sin remordimientos. Hubo besos giroscópicos, burbujeantes conexiones sinápticas y fusilamiento recíproco de caricias donde el erotismo estaba omnipresente al fondo de un sentimiento mayor que divinamente lo envolvía en un mundo desenvuelto de dioses y hombres superados. Algo de materia silenciosa, quizá el billete, quizá la sombra de mi sombra, cayó a las vías donde esperaba estacionada una máquina. Descendimos juntos a las paralelas que yacen bruñidas solamente de cara al cielo dispuestos a recuperar el algo, y en ello estábamos, cuando el tren se desperezó gangoso. Le pedí que se tumbara a mi lado, que allí había espacio para pasarnos cualquier cosa, salvo morir reventados bajo las ruedas. Sentir ese caudal de ingenios electrificados haciendo traquetear sus pesadas coyunturas de acero sobre nuestros cuerpos apretados en sincronía fiel, fue nuestro ceremonial de casamiento y extremaunción comprimidos en un amago de muerte tan aceptada de entrada como acto seguido burlada. De regreso al andén, la exigencia perentoria de subirse a la separación indeseable recrudeció por momentos lo que el fuego había purificado de temor con vuelta y vuelta de alma. Ella tenía que regresar a una lejanía como de pozo sin fondo, a los acantilados forzosos de otro continente. Dentro del vagón, su cara más triste me lloraba en un espasmo de lágrimas secas mientras yo quedaba aprisionado fuera con una mano que enarbolaba la bandera inútil de la protesta incumplida. Se iba para jamás. Último aviso, colisión milagrosa de voluntad y velocidad: si desaparece me desaparezco, así que salté de un vuelo hasta el asidero más próximo. Cursi como lo son todas las abundancias glosadas de felicidad, me hice absolutamente suyo en mi destino con un abrazo final muy cinematográfico que el futuro irreparable se encargará de joder.

En el ajimez, la bifurcación obtenida del repertorio subido por HereForTheOranges

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