21.1.13

ESCAMAS ENTRE COSTURAS

Elevamos dogmáticamente a modelo válido para todas las formas culturales nuestro modo histórico de existir como presencias unitarias, nuestra experiencia occidental (relativamente reciente) de encontrarnos sólidamente idénticos aun en la diversidad de los contenidos.
Ernesto de MARTINO
El mundo mágico

De haber sido alumbrado en la pretérita Lacedemonia, donde además de otras costumbres atléticas regía la oligantropía que ordenaba exterminar a los neonatos de hechura contraria al prototipo racial del guerrero, nunca hubiera sido desechado como futuro hoplita: hace falta mayor vista que el juicio de unos toscos tasadores de bebés para reconocer en mí a uno de los hijos mutantes de la bicha, divulgados siglos después con el sobrenombre de ofitas, que periódicamente somos confiados a los nutritivos pechos de madres humanas inconscientes por completo de la enseñanza impartida a sus cachorros desde los cordones umbilicales de la pesadilla, esa demolición interna de la perversa obra de arte que es natura. Antes de alcanzar la pubertad, coincidiendo con mi entrada en los rebaños de la agogé, la vivacidad de imaginación me habría delatado como candidato idóneo a ser apaleado hasta morir o, quizá, vendido como esclavo a pueblos más industriosos en la ciencia de hacer fortuna sin airear glóbulos rojos, pero he venido al mundo en un estado de servidumbre menos obvio, de modo que ante las dificultades que no puedo resolver con inteligencia ni simplificar con instinto hago renacer mi vocación autolímbica de taoísta, improviso al protagonista anónimo de la inanidad que habita entre las costuras del ser y condeno al ostracismo de una paz dubitante la belicosidad descabezada que todos los frentes me reclaman, por supuesto, a espaldas de mí mismo.

En la época actual, tras el cinismo de consumo que gobierna dentro y fuera de las apariencias domesticadas de liberalidad, casi nadie practica el buen gusto de apreciar el humor filosófico con que llega a resbalarme lo que al paisanaje le hincha las venas, así que como sujeto desafecto a las pasiones de grandes y pequeños, unos y otros me procuran figurado en la mayor parte de sus inventarios tizones, tiendo a ser empaquetado como infractor reincidente en los despachos oficiales y aparezco por sorpresa en alguna lista blanca en tanto que el error no desdeñado es manifiesto. Desertor con mucho esmero bajo las presiones por cuenta ajena, terrible siempre que lo difícil sea acertar en lo fácil y lo fácil dispersarse en la ausencia, llevo piel sobre piel la inapreciable condición del exterrestre. Habituado también desde la infancia a una estructura jazzística de la personalidad —relamida manera de declararme agresor permanente de la armonía mental—, si por prescripción canallesca de mi vivar de identidades compruebo que la cháchara me toma por sorpresa la delantera, no me cuesta en mitad de un discurso como el presente enhebrar las siete notas del silencio con mi trompa de mamut, luego mantengo la ventaja de que al ser menos lábil descosiendo razonamientos infusos que urdiéndolos, cuando no sé hacerlo mejor sé que lo mejor es no hacer nada.

No he podido inquirir quien es el autor de la foto, aunque creo haberla sacado de esta juerga, una cuestión menor que nada resta a la privanza de poder examinar de cerca tan soberbio armamento antisombras.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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