31.12.15

DESDE EL ECUADOR DE LA AUSENCIA

Jana BrikeGardener and The Centre of The Universe
En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad.
Antonio MACHADO
Proverbios y cantares

Nunca he preterido la ocasión de situar al otro en desacuerdo conmigo, ni siquiera cuando tengo la amabilidad de desvestirme de rumbos y no llego, como es el caso, a despedir el año circunnavegado —las añadas son esféricas, como la historia— con voces más afinadas que estos garabatos accidentales:


Como siempre desde que deshago memoria, me levanté por error.

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Agradécete diariamente lo que has perdido porque es un peso que le has quitado a tu muerte.

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La principal responsabilidad frente a la vida es quitársela de encima.

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Nadie es más temible que uno mismo cuando está dispuesto a confesárselo todo acerca de los otros.

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El suicidio es reprobado socialmente porque quien se da muerte evidencia, antes que el suyo, el fracaso recurrente de los vivos.

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Al menos la existencia sirve para constatar en primera persona que nuestra singularidad es tan intempestiva como la de cualquier otro, pues todos hemos de convencernos, demasiado tarde o demasiado pronto, de que mejor sería no haber nacido.

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Ningún armamento es más peligroso en poder de un fanático que la lectura única y repetitiva de un mal libro.

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No es difícil que al examinar las obras del enemigo uno se convenza de que tiene más afinidad con él que con sus detractores, por eso la mentalidad dogmática detesta recibir influencias que contravengan las lecciones de sus propias mentiras.

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Más que contradecir la creencia en la realidad, el escepticismo se limita a corroborar la acosadora realidad de la creencia.

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Antes de expulsar la fe de tus hábitos de pensamiento pregúntate qué pondrás en su lugar si, como les ocurre a casi todos, no toleras sentirte desabrigado hasta el infinito en tu soledad.

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Como a un dios a quien querrás ponerle clavos cuando tú mismo seas golpeado, descubrirás la perfección en aquello que siempre retrocede a nuestro avance.

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Solamente merecen ser escritos los pensamientos que nadie se atrevería a comunicar a sus vecinos. Yo, menos ambicioso, escribo para pensar sin tener que matarme por deducción, para que nada quede en mí de lo que necesite huir.

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De lo que no se puede hablar es mejor desertar. Y de lo que se habla, mejor alistarlo a una legión de carcajadas.

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La alegría de escribir está en el alivio de desprenderse de una carga que ganaba volumen en nuestro interior. El gustoso desprendimiento de una frase parida con estilo hace invocar la divinidad con una emoción solo igualada por el orgasmo o esa tensión acumulada en el vientre que se pierde felizmente por el retrete.

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A veces toda mi vida no parece sino la glosa de un libro que otro escribirá en un idioma que nunca aprenderé.

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Nadie puede darme lecciones de estupidez porque he tenido en mí el mejor maestro.

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Escribo como un autor póstumo con la conciencia saqueada de un resucitado.

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Desde que me despierto ya nada adquiere otro sentido que volver a tumbar el día.

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No hay gente para tanta gente.

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Condenar el aborto como un asesinato es omitir la cuestión de si un tumor tiene derecho a la vida.

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El secreto de un sujeto no está en lo que obra cuando se oculta, sino en lo que se oculta cuando obra.

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Decía uno que de los malos debe fiarse la memoria, pues la traen invencible. Y otro allí presente, preguntando el porqué, obtuvo como respuesta: «Porque quien mucho mal abona, mucho ha de cosechar».

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Si la mentira es repudiada moralmente como un mal, ¿por qué el desengaño suele ir acompañado de connotaciones perversas?

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La felicidad que se busca no se encuentra y la que se encuentra nos rechaza.

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No puede uno percatarse de lo feliz que llegó a ser hasta que las alegrías perdidas se pasean fantasmales frente a la adversidad que las recuerda.

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Si los mejores días no fueron faustos para ti, consuélate: en las peores desgracias desconocerás el insostenible dolor de rememorarlos.

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Lo que la vejez aporta a la experiencia es la seguridad de que los grandes errores cometidos son irreparables y suelen quedar desprovistos de la cualidad de ser, como los aciertos, invisibles.

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Hicimos los ideales para compensar imaginariamente los pesares de la vida real, pero hete aquí que por una ironía de la fatalidad el ascenso del mundo profano acabó creyendo en la utopía como antes se crecía en el milagro.

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Adaptado a vivir entre convicciones, el ser humano se abate sin ellas; eso es un hecho, no las convicciones.

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¿Quién vive tan dichoso que no una, sino más veces de las que quiere admitir, no se haya deseado la muerte? ¿Quién no ha suscrito en igual medida, tras de las desdichas aprendidas y anticipando las venideras, el deseo de inmortalidad para los enemigos?

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La única experiencia verídica es que moriremos, pero nada es más engañoso que pensar en ello.

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Para encender el ánimo no es preciso volverse incendiario, basta arrancarle chispas a las ideas.

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Contemplo los troncos arder y siento mi vida escaparse por el mambrú. Tal vez porque lo humano encierra demasiado humo, cuán grato es permitir a los nervios esfumarse tras el coloquio de las llamas.

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Mis necesidades son pocas, mas insaciables; mis saciedades muchas, mas innecesarias.

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Las ventajas de la templanza son tan obvias que hasta los hambrientos de codicia sazonan con ella su interés.

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Vano es buscarle razones de ser a la sabiduría si se comprende cuánto debe la razón a la pasión y el ser a la necedad.

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La grandeza del peligro estriba en revelarnos si estamos preparados para enfrentarnos sin sucedáneos a los abismos impostergables de la existencia.

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Nada más peligroso para el espíritu que los mimos de la comodidad a la que se confía.

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Denigrante es morir como una mosca sorprendida por las ruecas de la araña; indignante, vivir cosido en un abrazo de garrapata a la sangre de quienes se desprecia.

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Robar cuando pobreza obligue; por nobleza, tomar lo justo.

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Si en vez de una maqueta viviente fuésemos la especie de mayor inteligencia que habita la Tierra, no estaríamos peleando por perpetuar nuestras memeces sobre ella, sino sabiamente sepultados en sus  prados por decisión propia.

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Más verosímil es que exista una conspiración liderada por una inteligencia alógena o extrahumana que nos pastorea —quién sabe si por alimento, estudio de campo o espectáculo—, que dar crédito a la sospecha de que una sociedad secreta haya sabido tutelar el mundo a través de las centurias: ningún propósito humano es lo bastante coherente para mantenerse a flote tanto tiempo.

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¡Afortunados quienes toman a chanza ineludible las propias y ajenas locuras, porque de ellos son los sótanos de la cordura!

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Puesto que la libertad, copa rota con el beso de todos los hastíos, solo es conocida en la posibilidad de aniquilarse, la existencia solo puede ser amada en lidia con la calamidad que la desarma; solo es posible arrostrarla sin arrastrarse.

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No entregues a nadie la miel de tus caricias si al despertar a su lado se hace hiel.

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Al calor de la mierda compartida uno logra rehabilitar su virtud ante los demás, quienes esperan la oportunidad de poder juntar en una misma moral de caridades a donantes y receptores de excrementos. Con la inestable inteligencia que me queda, o quizá la máxima que he podido exprimir a mis avatares, llego a la misma y decepcionante conclusión que Leopoldo María Panero cuando afirmaba que la sociedad consiste, básicamente, en un profuso intercambio de humillaciones.

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Tras el muro de agasajos alzado alrededor de cada niño mimado, ¿cómo no ver a los progenitores guarecerse contra el reproche por todas las aflicciones, enfermedades, sumisiones e iniquidades impuestas con la vida al alumbrado? Prodigamos facilidades a los descendientes para evitar que nos recriminen haberlos traído al vertedero.

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Mirada desde la base la distancia a la cúspide parece mayor, justo al revés de lo que sucede al divisar la mocedad desde la edad provecta.

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Cada uno es hijo de sus traumas y dedicará, si es honrado, buen caudal de su energía adulta a purgarlos; si sólo es normal, los propagará.

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Los años, que como es duramente sabido no indultan aun si uno eligió formas de autoexpansión no reproductivas, nos acaban convirtiendo en carroñeros de nosotros mismos y, lo más estridente, en competidores encarnizados de aquellos que se las arreglan para sacar la mejor tajada de nuestras debilidades.

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Aparte del espanto por el deterioro que crece en la materia consciente desde el arcaico temor de la carne aproximándose a su disgregación, uno de los descubrimientos más fastidiosos que me dejó la juventud perdida fue la certeza de que es más triste vivir exento de obligaciones que con ellas. He tardado en reconocer que a mis deberes debo mis privilegios. Así pues, desobedezco.

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Remitiéndonos a la naturaleza se explican —primer conato de justificación— todos los crímenes. Como bien sabía Sade, y después de él los proxenetas disfrazados de darwinistas sociales, el horror es el parque de atracciones predilecto de la realidad.

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La ausencia de éxito económico no es evidencia de fracaso personal, pero es más cómodo pensar que en el ámbito donde unos individuos prosperan mientras otros se hunden lo que falla es la inteligencia particular, no el entramado al que esta, quiérase o no, pertenece.

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Dado que evolutiva y singularmente somos seres anecdóticos, no hay razón de peso para creer que nuestra especie deba medirse por sus triunfos. La historia, una vez más, se encarga de demostrar a cada generación que el mayor de los errores humanos es minimizar la importancia de la derrota en el tugurio al que acudimos con nuestros más preciados logros.

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Tanto si la conciencia depende de factores genéticos como si no, es previsible que cada vez serán más escasos los humanos provistos de la capacidad de despertar. Por desgracia, y en contraste con el hecho de que cualquiera pueda hacer prosperar sus taras más allá de la muerte individual, la lucidez y la prole son fuerzas mutuamente excluyentes.

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Si Dios existe, si todos somos parte de su gemación, quiere decir que es autista, demente o algo tan oprobioso que carecemos de conocimiento para temerlo en toda su extensión, salvo en la dimensión que lo parodia: a semejanza de Él, nadie se salva de sí mismo.

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Todo cuanto se refiere al Hacedor nos concierne; todo cuanto nos concierne lo acusa. Su valor, si lo posee, es ofensivo. Preguntadle al ser por su presencia sin ornato ni defensa, como un galápago privado de caparazón, y mostrará con estupor que no os habéis perdido nada digno de fe.

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Habita en el perdón no menos rencor que reincidencia en el ánimo que lo recibe. No se busque en tales desolladeros al espíritu elevado, que ni aún en caída libre alberga la necesidad de perdonar ni de ser perdonado.

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Ya que la verdadera religión ordena relegar fuera del uso de los hombres lo que, en atención a sus esplendores, es consagrado a los dioses, profanar las cosas sacralizadas, que en el buen sentido significa devolverlas al caos tras la segregación operada en ellas, se me antoja un acto de fuerza más devota que cualquier función ritual montada a sus expensas del juego simbólico detenido.

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Una de las más horrendas falacias que esta sociedad de multiplicadores se obceca en inseminar es la noción de la vida amputada de la capacidad para disponer, con ayuda o sin ella, del acto de abandonar la escena; noción misérrima que se postula, como es obvio, en perjuicio de la flexibilidad intelectual, del señorío sobre el natural feudo del cuerpo y, en último término, de la existencia misma del sujeto, pues no puede concebirse como una facultad del vivir la permanencia en el ser contra la voluntad del ser.

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Algo que sí puede saberse de la regularidad de las pasiones humanas es que la moral sirve la excusa habitual que los resentidos implantan en la conciencia para que sea esta quien ejerza desde dentro la venganza contra la diferencia de pensamiento.

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No es recomendable encomendarse al efecto inductivo que de una envoltura verbal suntuosa extrae el principio de un profundo contenido conceptual; sería tan arriesgado como leer en las proporciones armónicas de un rostro la expresión justa de la nobleza de un carácter. Las revelaciones vienen de suyo desnudas, huérfanas de verbo, tal como los sentimientos más gratos se dan sin otras apariencias que el gozo de poder manifestarse.

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Quizá porque intuimos que un individuo es una muchedumbre de desconocidos enredados entre sí, parece imperioso reincidir como hombre ora en querer gozar a todas las mujeres en una sola, ora en querer disfrutar de la mujer en todas ellas.

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Desencapsulada en el propio magín o desbocada en el palacio de los cuerpos conquistados, siempre volátil y vehemente como un jadeo, mi patria está donde me corro. No tengo más país que la explosión de sensaciones que llena en mí el universo mientras lo extingue.

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Mientras en la pornografía el objetivo es el que mira, en el erotismo lo mirado es el objetivo, aunque ambos enfoques comparten la intangibilidad del planteamiento en el deseo restringido a un expositor de voluptuosidades, conspicuas en el arco de lo impúdico a lo apenas sugerido, que lejos de romperla robustecen la urna solitaria donde ruge el instinto sexual.

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—Se te ve el lazo de la careta.
—Menos mal. Mi careta es el lazo.

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No he sido audaz por condición, y sólo mediante el paciente ejercicio del miedo autoinducido he llegado a un medio de ser valiente contra mí mismo y, por abundancia, contra el mundo.

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¿Toda la puta vida incidiendo en lo adversativo para que un fulano sin objeciones te dé la razón en bloque? Por lógica, a quien cede tan felizmente el entendimiento deberíamos exigirle argumentaciones equiparables a las esgrimidas por un rival dialéctico.

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Ni siquiera en mi gatuna molicie cambio mi socrática cicuta por el sillón de los sofistas vendidos al favor de la opinión. Prefiero ser una gárgola encaramada a una estirpe negada y poder anidar en la marginalidad con las armas del pensamiento, que plegarme a la llamada de la aceptación para entrar en el templo de la pertenencia a una comunidad.

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Ya no me intoxica la soledad y, por idéntica razón, en modo alguno me embriaga. He metabolizado mi deslugar en el mundo. Soy, para los otros que hallo en mí, un hombre delicado que rebosa pensamientos devastadores.

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En mi pulso a todo o nada con el aliento, aún sigo libando libros y leyendo coños. Nadie diría que me apresuro a desaparecer porque en ellos, en efecto, me disuelvo. Extraños caprichos tiene la perseverancia.

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