17.12.15

TIEMPOS DE CRIPSIS

Uroplatus phantasticus
A nadie consideréis feliz hasta el momento de su muerte.
EURÍPIDES
Las troyanas

La historia, que es como un descenso sin frenos por el precipicio de la evolución, tiende a repetir los errores con un agravante sobre los precedentes: la inercia adquirida los amplifica. Es muy difícil que una generación aprenda a propósito de la anterior, contra la cual reaccionará de ordinario con la soberbia de creer que no tropezará en piedras similares. Sabido es que la experiencia de otros solo empieza a ser asumible cuando encaja como colofón en la excusa de los fracasos cumplidos por cuenta propia, aunque ahora que naufragamos en océanos de información ubicua e instantánea nada es más cómodo que soslayar el hecho de que la mayor parte de la misma solo es ruido ambiental que embrolla la concentración necesaria para separar la hoja del cogollo. Y no es que los fabricados en el seno de un termitero cultural presidido por procesos analógicos fuésemos mejores en conciencia crítica que los autómatas publicitarios del mundo digital, solo estábamos deficientemente programados para aquello que se nos iba a requerir en la edad adulta, vicisitud que favorecía la existencia de una reserva mental de donde podían escaparse las razones indómitas de un vigor sin amodorrar. Sea como fin o como medio, cuanto más penetra la cibernética en la esfera doméstica más se atrofian las facultades que dependen de ella, no tanto por adaptación a las propiedades de la Máquina como porque el fetichismo de su operatividad exige la conexión ineluctable entre hombres cada vez más básicos. Somos demasiado reverentes con el poder de los chips.

¿Qué necesidad hay de dictaduras manifiestas, con lo grises y anticuadas que resultan a los telespectadores, si en las trastiendas nuestras democracias multicolores amasan y distribuyen, como el pan codificado de cada día, una oferta de enemigos a la carta contra los cuales se hace uso legal de un terror calculado, provisto de excusa profiláctica y celebrado por las familias respetables, que convierte los asuntos de índole privada en intereses estratégicos, adultera la salud hasta lograr hacer de ella un problema de seguridad pública y persigue, más allá de la desactivación de los focos de actividades incómodas o poco rentables, la absolución moral de la sociedad que ha incubado los males que padece, aun si el procedimiento se vale de una arbitrariedad comparable a la de castigar a un enfermo por haberse infectado con el virus que ha patentado quien lo condena a servir de cabeza de turco?

Alarma saber que esos llamamientos sañudos a la unidad de Occidente en la lucha contra la Internacional Terrorista no aglutinan una respuesta coordinada contra un agresor dotado de una capacidad bélica superior, salvo que la ausencia de temor asociada a la falta de escrúpulos se considere el mayor de los peligros, sino el afán de las potencias aliadas por crear, con estas y otras melopeas, un estado de crispación favorable a la homogeneidad de actitudes alrededor de un espectáculo informativo modulado desde los centros gubernamentales. «La unión hace la fuerza. Sí, ¿pero la fuerza de quién?», planteaba Alain.

Atmósfera obvia de rencores tácitos, la expiación colectiva define el clima intelectual del presente, y mientras se arenga a la población interpasiva acerca del extremismo exportado por países que reciben el epíteto de medievales por no haber sometido sus hábitos y valores al quirófano ideológico de una revolución a la francesa, no hay reparos en someter a una depuración constante la propia nación según las conveniencias de la ingeniería social. Cuando entra en crisis el principio de unidad lucrativa de los seres, en cualesquiera de sus adaptaciones democráticas, sus órganos propagandísticos no vacilan en canonizar una política de hechos consumados que diríase concebida para atacar todo aquello que campa desprendiendo olor a cisma dentro de sus cercados más que para repeler con eficacia agresiones foráneas.

No hay discurso en boga que no remita a supuestas evidencias en las que un análisis riguroso detectará invenciones difundidas como hechos objetivos sobre los que se tolera opinar siempre y cuando se omita cuestionar su veracidad, pues hacerlo equivale a ser expulsado del foro de los fieles hacia un común denominador de infamias compartido con integristas religiosos, asesinos seriales y otras faunas periféricas, demonios y demonizados portadores de conductas monstruosas donde la comunidad contempla horripilada nuestra homínida condición. La sociedad contemporánea solo permite que cualquiera se exprese a su antojo cuando está segura de que la inmensa mayoría coincide en la motricidad de las filias y fobias inoculadas, de modo que mantiene una purga sistemática de contenidos mentales impuros tanto más intensiva y localizada cuanto mayor sea la amenaza que representan para la estructura endogámica existente entre sectores cuyo poder se sustenta en la regularidad previsible de las masas. 

No sería exacto pensar que el poder absoluto, como concepto rector de los destinos humanos, fue atenuado por las instituciones renovadoras surgidas de la modernidad, que antes bien se ocuparon de sacarle músculo a la vocación de adoctrinamiento mediante un proceso de envolvente secularización en curso todavía. Así, el control fue transferido del ámbito religioso que lo sancionaba en nombre de una autoridad eterna, pero remota, a convenciones de orden policial, sanitario, industrial, científico y mediático donde no ha dejado de realimentarse una vez iniciada la oportuna e interminable normalización de prioridades en consonancia relativa con la premisa más aceptada, que en ocasiones puede cambiar en un plazo fulminante hasta el revés de ser la más repudiada. Esto es justamente lo ocurrido cuando la macroeconomía fiduciaria reventó hace algunos años.

A semejanza de lo que habían de padecer los caminantes en la novela La larga marcha de Stephen King, la economía globalizada es una carrera contra nosotros mismos en la que debemos avanzar sincronizados al ritmo impuesto por los coreógrafos de turno so pena de ser sacrificados a la menor demora. Con la premura de este entumecedor maratón, el efecto disciplinario provocado por el temor a la pérdida del trabajo o la angustia de no encontrarlo es una cadena no menos tiránica para el pensamiento que los genes para las células. Reemplácese rescate por secuestro allí donde aparezca vinculado a la realidad de un Estado y se comprenderá la gravedad de la situación en que los súbditos se hallan. ¡Qué buen rayo merecen los impostores que alardean de liberalismo por defender la exclusividad de los beneficios al tiempo que fomentan el colectivismo en el reparto de las pérdidas! El capital viaja hoy a los países pobres en busca de brazos baratos, de donde estos intentan a toda costa emigrar a territorios más solventes con la esperanza de obtener mejor precio de cambio por su esclavitud, lo que supone un caos que atenta contra la misma concepción ecuménica que lo ha generado.

Dentro de la disfunción generalizada que llamamos globalización —unimundo o monoinfierno serían voces más descriptivas—, el mimetismo es crucial: todo debe parecer lo que no es para que nada sea distinto. Lo menos extravagante que puede afirmarse es que somos objetos escénicos en la fiesta de la inconsciencia.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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