21.12.15

ALLÍ ES MÁS AQUÍ

DE ES Schwertberger
La decepción es el lado B de una sensibilidad aguda capaz de anticipar la belleza, la civilidad o la decencia apropiadas: solo aquellos con un sentido del orden y la armonía pueden decepcionarse.
Phillip LOPATE
Contra la alegría de vivir

Concedo que un cambio de aires revigoriza la creatividad y que salir de los ciclos de la rutina constituye un fuerte depurativo para la sarna de preocupaciones que se extiende sobre la monodia de los hábitos, pero en nuestra cultura de empedernidos comepíxeles viajar está tan sobrevalorado como el deporte al que acuden ansiosos los afectados de estancamiento vital con la esperanza de redimir sus culpas sedentarias. Como estoy menos inmunizado de lo que quisiera contra la anhedonia que a otros produce el contacto con la propia nulidad, me alejo de ellos en proporción directa a las ganas que invierten en huir de sí mismos tras la búsqueda desesperada de actividades alternas al enrejado de estímulos cotidianos donde se marchitan.

¿Qué razones pueden justificar el sacrificio de viajar a esos destinos donde es de obligado cumplimiento pasarlo bien durante días si no preciso cambiar de escenario para sentirme fuera de lugar? En cualquier sitio se requiere de mí una predisposición interior, abnegada en apoyo de las dichas convocadas con sucedáneos de inocencia, que a duras penas se corresponde con las cualidades que me exijo para soportar la amargura de existir sin que su peso aplaste lo que entiendo por un aceptable disfrute. ¿Y qué decir de esas vacaciones para la mente que uno ha de imponerse con cierta periodicidad como miembro activo de la feligresía de un deporte si tampoco necesito ungirme en el sudor del culto al cuerpo para sentirme fuera de molde? En todas partes puedo demostrar que ninguna calistenia, salvo la sexual, es digna de convencerme.

Uno debe engañarse con un dulce afecto hacia los demás para secundarlos en sus diversiones o confesarles, antes de que sea demasiado tarde, que nuestro sentido del juego no pasa por emulsionar emociones en común si para ello hay que perder la decorosa integridad de no ser partícipe de nada que implique el fingimiento de dar lo que no se tiene o de tomar lo que no se quiere. Aunque el menor desagrado la solidifique, mi plasticidad lúdica responde a la complicidad externa cuando se activa mediante el poder de unos recursos, ingobernables por el tú y el yo, que solo una afortunada confluencia de factores puede despertar, lo que en tesituras normales me convierte en un fraude como cobaya social, y eso que como recipiente de experimentación soy un primor cubierto de un vellito bien gustoso de acariciar.

El único tropismo compartido del que celebro estar envenenado es el éxtasis, y este llega como se va, sin que nadie lo decida y donde menos se lo espera.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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