31.7.13

POCO QUE CONTAR, MUCHO QUE ABRASAR

Cuando alguien necesita algo con mucha urgencia y lo encuentra, no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. El propio deseo y la propia necesidad conducen a ello.
Hermann HESSE
Demian

Salvo que haya de ejercer sobre sí mismo la violencia de madrugar por estar obligado al mal gusto de revolver el calor con el trabajo, que siempre será un infortunio menor comparado con la obturación de padecer encarcelamiento, enfermedad grave o esa otra dolencia sin derecho a cura que se contrae en ausencia de una servidumbre asalariada de la que renegar, contra el habitual marasmo estival puede uno demorarse entre saludables y a un tiempo arteras ocupaciones como las habidas en charlar recorriendo una lengua recién adquirida con gentes de mirada hospitalaria, o dedicarse a componer en doméstica complicidad constelaciones de orgasmos que tersen la entropía generada a lo largo de los meses previos. Dos ejemplos escogidos entre cientos de gollerías relativamente accesibles de las que excluyo el correr los caminos, pues andan muy expuestos a las productivas industrias de unos salteadores uniformados que dicen actuar en nombre del orden público y de la seguridad vial. Tampoco cuento la bulimia literaria, experiencia subsidiaria en exceso de la ajena a la que yo mismo no he sido extraño, todo lo contrario, y a la que debo, en parte, esta forma disociativa de perder la videncia que se desarrolla bajo el trato frecuente con las letras en lo que parece una reacción de hipersensibilidad a las mismas, cuando no una intolerancia severa a las emboscadas de la ficción verbalizada. Desbaratado este recurso imaginario que antaño me compensaba el tedio de un tránsito veraniego tan proclive a la insolencia en estas latitudes hispánicas, me acojo y doy anuencia de misántropo de tres al cuarto a un mandamiento autodidáctico que estipula hacer alma con las cosas haciendo las cosas con alma o no hacer nada, así de taxativo, porque si el pozo ya no asusta, nunca faltarán motivos para la desmotivación de asomarse a su vértigo geovaginal. Pero volvamos a la literatura y su a veces inconciliable trato con el ocio. Acumulo tantos volúmenes tras la acusación de las lecturas pendientes, que no me sería improbable decidir alguna noche flambear las torres de mis libros sin hacer distinciones entre los que por fortuna me quijotizaron y los que esperan polvorientos su oportunidad para que no me sanchifique demasiado —¿llegué a definir biblioteca?—. No arderían en afinidad con la cobardía de todos los hombres de cruz que han quemado la cultura por toneladas para evitar que incendiaran el pensamiento por millones. Ellos pretendían perpetuar un modelo de muerte en vida que excluyera el antagonismo representado por otros puntos de vista no dispensados del interés, al propio modo y con medios menos drásticos, de buscar la propagación de sus taras a través de las generaciones. ¿Cuánto debe la víctima al verdugo por sus éxitos futuros? Pirófilo por capricho de necesidad, el mío sería un acto de expresa derrota ante la montaña de frutos salidos de la invención humana imposibles ya de diferir y, a lo peor, hasta de digerir; un acto pequeño e inútil, a fin de cuentas, como lo es cualquier iniciativa inspirada por la voluntad de cancelar la realidad. Armado de argumentos instintivos diferentes de los que asemejan entre sí a los sucesivos autores de índices de obras prohibidas, quizá por silenciarme el viejo temor de perderlas abandonaría con coraje las naves en llamas de mis plúteos y nada podría sofocar esta pira del intelecto una vez iniciada. Mis facultades destructivas, tan próximas a la estupidez como lo son sin duda las constructivas, adquirirían un hermoso color tostado al ser expuestas al resplandor resultante de inmolar en anecdótica tirada las necedades profusas que, por el hecho de ser impresas, obtuvieron el sacramento académico de la permanencia... ¡Qué lástima saber que no lo haré! Al vicio de razonar mientras actúo, que me impide ésta y muchas empresas mejores, lo he completado viviendo con una evidencia que anticipé gracias a las bondades de la imprenta: un error no se corrige con otro.

En Santo Domingo y los albigenses, de Pedro Berruguete, se presenta a los cátaros iluminando a fuego presto la obra de Domingo de Guzmán, uno de sus más acérrimos hostigadores, cuya ortodoxia se eleva incólume de la hoguera por medio del aleteo de un vademécum.

1 comentario:

  1. Muy buena la frase de Hermann Hesse,discrepo,las cosas cuando las buscas no las encuentras te lo puedo asegurar y cuando las encuentras no es casualidad es el Destino. Te sugiero creas en èl.
    Cuidado no te quemes en la hoguera.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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