2.8.13

DE LA HORRIBLE PERMANENCIA

La ideología dominante ha sido vehiculada, sucesivamente, por discursos religiosos, políticos y publicitarios. Los dos primeros promueven objetivos ausentes: después de la muerte el religioso, después en la vida el político. El tercero promueve objetos presentes: el premio por la integración en el sistema es el propio sistema (aquí y ahora).
Jesús IBÁÑEZ
Por una sociología de la vida cotidiana

Contra el desorden natural que empuja las cosas hacia un farragoso estado de disgregación, agotamiento y amnesia, las religiones proselitistas, las utopías políticas y los imperios financieros tienen en común su pasión petrificadora por perdurar a cualquier precio, proyecto no por inverosímil lo bastante desdeñado que parte de la necesidad de unirnos en una maleable compactación social, psicológica y ahora, además, cibernética, pero ¿cómo entregarse a esta clase tan grosera de anexión si afortunadamente nada es igual a sí mismo? Ni a fe suya puede nadie propiamente identificarse consigo, ¡cuánto menos con los otros! Por mucho que cohesione las ilusiones narcisistas de los más crédulos, existe también un principio de violencia en la identidad implantada mediante la maniobra de desalmamiento ejecutada por los dispositivos dotados de capacidad reproductora para capturar la fugacidad del momento con sus actores, a los que otorga la persistencia accesoria de su reaparición virtual siempre que se solicita. Solo el trato erosivo de la costumbre puede suavizar la extrañeza ante la plusvalía de realidad que experimenta el sujeto cuando se contempla retenido por vez primera en el medio que lo refleja hasta en sus mínimos detalles: como un objeto colocado entre dos espejos, se pierde en el espectro de una perspectiva inaprensible; perspectiva que al ser multiplicada de nuevo en lotes de archivos potencialmente inextinguibles, me sugiere una definición complementaria del horror: la permanencia que hace posible la imposibilidad de desaparecer.

¿No sentís una leve conmoción cerebral, la intuición quizá de una remota semejanza, al observar Dead bird de Albert Pinkham?

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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