21.8.13

INMERSIÓN

Se ha desvanecido cualquier sentimiento de esperanza, toda idea de futuro, es la desesperación lo que apabulla mi alma, una situación de herido ambulante que vive pegado a su lecho de clavos dondequiera que vaya, moviéndose de tortura en tortura, ordalías indistinguibles de nebuloso horror, este suplicio sin fondo, un simulacro de todo el mal de nuestro mundo, la desesperación más allá de la desesperación.
William STYRON
Esa visible oscuridad

Disculpen mi escritura gatillazo, algunos días soy incapaz de negarme a derramar mi tormenta de esterilidad sobre una pantalla receptiva:

El sabio aprende de su estupidez; así piensan, al menos, los que se creen menos estúpidos... Lo cierto es que todas las minas son oscuras y al salir de ellas la realidad sigue siendo una cueva donde el aire es una niebla irrespirable y la bóveda que la cierra un panel destinado a expectorar los insultos que los hombres se han dirigido a sí mismos desde que se reconocen en el escarnio.

La turba bebe, canta, bailotea y finge indultarse en la corta distancia: dicen que estamos en ferias. Aunque según el lugar de asentamiento los honores los reciba una imagen con el himen intacto o el santo varón de la tribu fundacional, por encima de lo demás se celebra lo acostumbrado, esas uñas que hunde en el bollo caliente quien acepta el guión torpemente reescrito de lo vivo.

En la soledad del campo donde cohabito con mi campo de soledad como en una estación orbital abandonada, la sensación de languidez entra en escena a modo de gravedad artificial y se agiganta sin control cuando hace presa en el único tripulante. En verano más, porque esta mancha inclemente de fotones cuélase hasta en el núcleo de las fantasmagorías aguzando las aristas que el recogimiento invernal suele aclimatar al baldío de sus penumbras. Hay que tener bien soldadas las piezas para no agrietarse bajo esta solarización absurda, pero el eco de mis pensamientos me acompaña en el sentimiento épico de ser inquebrantable, una irrealidad como cualquier otra que a veces me perfuma el alma en connivencia medicamentosa con el genio descorchado de la media botella que me guarda la dosis justa de templanza.

No soy William Styron ni falta me hace el parecido por más que a vueltas de cansancio haya llegado a reorientarme a lo largo de parajes muy semejantes a los que describe el autor en la crónica de sus desfallecimientos. La depresión muestra a quien la sufre la inutilidad no ya de la acción, inabordable por defecto desde el despertar, sino del mismo pensamiento descarnado que la espía, en ocasiones la incoa a su descenso y mayormente la desprecia. Opera como un centro antineurálgico que desprende, luego pulveriza, la objetividad adherida al sujeto durante su historia, dejando que el mundo —«lo que ocurre», según Wittgenstein— aparezca en su más deslucido telón de representación con el común denominador de grisura. Sin embargo, el individuo deprimido carece de la presencia de ánimo necesaria para sobreponerse a las convulsiones de la emoción cuyos reveses padece, y visto de esta guisa este trastorno no supone incremento alguno de la agudeza sensorial asociada otras alteraciones, como las ráfagas esquizofrénicas o la perspicacia paranoica; en este monocorde tremedal no hay didáctica de contrastes ni evasiones pardas que aprovechar. Me pregunto si existe un interés oculto detrás del desinterés sistémico que caracteriza a los procesos severos de devastación interna y, de entrada, no puedo descartar que se trate de la adaptación desesperada a un medio hostil en extremo o demasiado pobre en expectativas cuando otros recursos fallan, una especie de principio de economía nerviosa llevado a efecto mediante la desactivación paulatina de las funciones básicas. De no ser falsa esta interpretación, la paradoja inherente a esta entrega inerme al nivel máximo de hastío frente al mínimo requerimiento de participación en la pesadilla es que el dolor traiciona, también, su propio origen. Siempre que la depresión impide el disfrute elemental, el poder corrosivo de la disforia ataca por igual a las preocupaciones, que se ven allanadas en un plano de lento aniquilamiento donde sólo cabe atender la prioridad de abrirse una sepultura para esperar el beso seco de la muerte, majestuoso contacto que nada cura y todo lo remedia.

Sans titre de Harold Muñoz, pintor contemporáneo cuyo concepto artístico respaldo: «La belleza para mí debe ser temible, quimérica, beatífica, totalmente humana y por lo tanto totalmente divina. Yo tengo una profunda necesidad de armonía, por eso busco siempre el equilibrio entre lo espiritual y lo efímero».

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