13.7.13

RELIGIOSO, NATURALMENTE

Cuando me muera pueden pasar dos cosas –dice Luder–. Que desaparezca para siempre y no sepa nunca más de mí, o que me encuentre conmigo mismo en un mundo exacto o parecido. Ambas posibilidades me dejan indiferente.
Juan Ramón RIBEYRO
Dichos de Luder

Lo sé y no lo sé. Lo dudo perfectamente.

Este universo, que mal sobre mal bien podría estar siendo objeto de ensayo por parte de una pandilla de semidioses traviesos según la sucia usanza exopolítica de los relatos conspiracionistas o, tanto peor, servir como campo de trabajo embrollado a perpetuidad por una raza de titanes en condiciones precarias bajo el anonimato de un sistema fractal, también podría, por un supuesto megacomplejo patriarcal, responder al golpe de eternidad ejecutado por el Ser Supremo que nos pintan de una arrogancia omnisciente las crónicas bíblicas, o no ser más, y no para menos, que el fósil elástico de un animal inconcebible o acaso una infección onírica de la materia provocada por el desenlace explosivo de la hiperconciencia —el huevo primordial, la bola de singularidad espaciotemporal condensada, ese ylem alias CHON con licencia filosófica del dinamitero Mainländer— donde las constelaciones actuarían como redes neuronales en abrasadora cohesión ficcional a través del vacío. Creo estéticamente lícito recorrer cada una de las hipótesis cosmogónicas imaginables porque ignoramos la naturaleza íntima de las cosas y nuestras certezas, más allá del catálogo de lágrimas que nos concretan, no pasan de remozar algunas pretensiones míticas en función del gusto mandarín de la época mientras trazan series factoriales de espejismos que se ovillan entre sí mediante un proceso de paleoinvención cognitiva...

Obviedades dignas de charla etílica aparte junto con sus derroteros de actividad neologística, las múltiples caras de la divinidad —o de la totalidad intrínseca, pues rechazo la distinción entre creador y criatura, así como la que separa la apariencia de la significación— se corresponden a otras tantas máscaras del ego, luego debe morir para dejar espacio al sentimiento arrollador de la ausencia en la génesis que implosiona con la superstición de los límites antropomórficos. No se nace en Dios; a Dios hay que nacerlo y, para ello, debe uno desvivirse. Surge entonces la religión como ese estado disruptivo, próximo al desbordamiento final, que permite una apertura donde se hace presente en el sujeto la franja usualmente relegada de lo real. La carambola de la experiencia mística está marcada por la violencia del sentimiento original de matriz rasgada donde todo lo creado es centro increado, donde íntimamente nada está desacoplado sin perder por ello la cualidad que le es más propia. El ser que despierta de su aislamiento existencial no se adhiere a una religión, sino que él mismo se convierte en un templo donde vuelven a vincularse lo alto con lo bajo, lo externo con lo interno, la forma con el fondo, el uno con el otro, los oasis con los médanos y las luces con las tinieblas. Pero el ser que fluye en espíritu no equivale a la suma de las experiencias que componen su historia. Arma del alma, cada espíritu añade otro enigma a la ignorancia esencial de la que no hay escapatoria, y tampoco mis lectores tendrán fácil salida de este engarce de palabras que planteo valiéndome de que la mejor observación es concepto de viso reversible: lo cómico ríe con arreglo al horror de los fundamentos cósmicos porque cuanto hay de horrible en el cosmos toma un giro cómico tras cada repetición.

CODA

No han transcurrido ni dos años desde que fundara, en coalición con un sínodo de gentiles, una entidad dedicada al fortalecimiento sensual y espiritual a la que quisimos dar cauce reglamentario en consonancia con la legislación vigente. A diferencia de los bazares soteriológicos que proponen la salvación futura del ánima como amaño para sisar el presente del ánimo de los presentes, nuestro culto toma como punto de partida la exploración de una realidad carente de redención, principio que por desencadenar otros de mayor trascendencia parece no gustar a las autoridades allí donde a falta de luminosidad —institucional y social, no nos engañemos— gobierna a todos el miedo. Amén de la polarización moral en buenos y malos, o de la incomprensión con que los retos desplegados por otras percepciones son demonizados, es característico del monoteísmo tronado de entronización la intransigencia contra la idea de un panteón de misterios que no satisfaga a los inversores en acciones del Otro Mundo.

Teóricamente el silencio administrativo era favorable a la solicitud, mas los documentos, acordes a los requisitos, fueron traspapelados durante el periodo de tramitación. Conscientes de haber pedido peras al olmo, a ninguno nos sorprendió la actuación del estamento judicial encargado de gestionar la inscripción. Por el envés de la negligencia presumible, los anticuerpos cainitas del sistema se ocuparon con sigilo de erradicar la discrepancia; bien conocemos la arraigada afición española a enterrar el pensamiento indómito en cualquier parte, hasta en arrabales y cunetas cuando el bofetón del carpetazo no basta.

Las reclamaciones interpuestas no han causado efecto, y en la actualidad, mientras preparamos los pertrechos del contencioso, la organización se desencuentra en un limbo burocrático que confirma la privación de libertad religiosa dentro de un Estado hecho y maltrecho por y para encarecer a prelados de muy mortecina gloria, hombres póstumos en vida, supervivientes de una era extinta cuya recompensa es tener un paraíso acorazado en el acá regado por el sudor de frente ajena. «¡Qué corazón tan firme para no aficionarse sino a los que más pagan!», como diría Fígaro, nuestro corresponsal en el otro mundo.

La guerra mundial venidera tendrá un tono religioso que hará palidecer a las anteriores.

Estamos en el aquí como el cuero del corcel en las fauces del león, que ríe mordiendo y muerde riendo. Para toda alimaña hay otra alimaña, y este antagonismo de seres redunda en la obra de George Stubbs, diseccionador de anatomías exóticas que luego plasmaba en sus lienzos.

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