23.7.13

DEGRADACIÓN

El soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera y cubre su superficie de un enjambre de leyes complicadas, minuciosas y uniformes, a través de las cuales los espíritus más raros y las almas más vigorosas no pueden abrirse paso y adelantarse a la muchedumbre: no destruye las voluntades, pero las ablanda, las somete y dirige; obliga raras veces a obrar, pero se opone incesantemente a que se obre; no destruye, pero impide crear, no tiraniza, pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce, en fin, a cada nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobernante.
Alexis de TOCQUEVILLE
La democracia en América

Haciendo filtro de su agudeza, Jardiel Poncela definió dictadura como un «sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido es obligatorio». Gracias a esta máxima, dotó al acervo de un recurso muy práctico, de bolsillo podríase decir, para el diagnóstico de la calidad política de una nación. ¿Qué democracia actual, bajo sus cascarillados barnices parlamentarios, no caería dentro de esta categoría asfixiante de gobierno? La española, además, hace soportar sobre los hombros de sus ciudadanos la deshonra de ser teocrática, borbónica y mamporrera de otras más furibundas militar y financieramente, pero en todas ellas el celo por ganar o conservar la calma individual, vigilada desde la cuna como una amenaza social, acaba pasando de la sospecha institucional a su igualación de hecho con las infracciones más graves, pues las leyes tejen una tela de araña inextricable alrededor de cada uno en la que con mayor facilidad quedará prisionera una actitud pasivista, máxime cuando la proliferación de normas jurídicas ha logrado que sea imposible ejercitar el necesario uso de la vida propia sin transgredir de aluvión una cantidad disparatada de preceptos superfluos. Acoso lógico por parte de los poderes si a tenor de una lectura consecuente se considera lo improductivos y reacios a seguir las corrientes mayoritarias que se vuelven los espíritus proclives a defender entre sus prioridades el derecho a que los dejen majestuosamente tranquilos, mínima potestad de sí sin cuyo soporte las libertades civiles son lo que ahora son más a las claras que nunca: infundios oficiales, la despreciable propaganda de una estafa urdida con el aval de un Estado constitucional o cojonudista, lo mismo da, aunque no dé lo mismo ni de lo mismo.

No siendo memorable en el dibujo, lo es en su poder alegórico para mi alegato esta naturaleza muerta de Willem van Aelst en la que los roedores se apresuran a tomar posiciones una vez se ha extinguido la luz. Por si la analogía fuera escasa, las nueces abiertas aparecen como un remedo simbólico del cerebro, matraz del pensamiento, brutalmente devoradas en su pluralidad por los invasores.  

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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