16.7.13

ME SIGO HACIENDO NADA

Déjame olvidar hoy esta dicha, que es más ancha que el mar,
porque el hombre es más ancho que el mar y que sus islas,
y hay que caer en él como en un pozo para salir del fondo
con un ramo de aguas secretas y de verdades sumergidas.
Pablo NERUDA
Alturas de Macchu Picchu

Las mujeres serían más crueles si tuvieran presente en su conciencia cuánto embellecen con el enfado. Carne de cañón y carne de colchón, ambas alimentan igualmente y todas, malquistadas por ser comidas, se gangrenan por sí solas, canjeando preferible el buen hambre que no sacia la gallofa del peregrino a ese bocado de cebo por tierno que parezca. Cuando me crucifiquen por goliardo, o demasiado antes por heresiarca, ¿vendrán las que fueron mis festines a apretarme los clavos, o se conformarán con la majestad de aliviar mi sufrimiento enjugándome en sus pechos la hemorragia canina de mis besos? —aquí hay senada para insertar un ¡ejem!

¿Que me plagio en el libro del destino? Virtud que ayuda sostener defectillos. ¿Que se me instiga a infinitarlo? ¡Qué quimera ser pionero del fin! ¡Qué intangible comparecencia de inercias! Luego, ¿qué traer del pasado para abrasarlo? Y del futuro, ¿qué para descabezarlo? Existir, persistir, resistir... ¿no os corroe los tímpanos ese metrónomo todopoderoso? ¿Acaso el juego entero de los menesterosos biosféricos se ha de reducir a una carrera pisona entre masticadores y tragados, dentro de una competición mayor que tediosamente renueva la primera con el impulso de propagarse por no aceptar la desaparición propia sin haber colado en la pista su legado característico de errores, su variación personal de la adulteración preliminar? ¿Cuándo osaremos saltar la frontera que nos separa de lo que somos para arrirmarnos al epicentro de nuestras nadas? No temo su electrificación ni su derrumbe, ni en mí ni en ningún otro. Cimarrón en las selvas de la fe y encantador de bestias, me poseo con la tempestad de los que a sí mismos se paren a rayos y sé, como tú en tu caldo de ferocidad, que el mundo crepita como nunca en la guarida de los señeros; señores sin pares, sin nota pero notables. La imaginación promete, la realidad compromete y ninguna me somete.

Mi cuerpo desnudo es nodo y barranco para el alma. Sorbo almas que puedan fundirse a mis pupilas cuando me corro sin gritar de espanto ni estallar de goce; que no se espanten, sí, de lo que a placer estallan conjuntadas. Si las miradas matasen, sería un genocida. Es preciso endurecerse, único camino transitable que nos queda por desenrollar a los espíritus sensibles. ¡Juro endurecido por el capitán Nemo salirme de esta ruta al menos una vez en cada despertar y escupirme de cara al espejo siempre que lo incumpla, porque raro es el día, y más rara la noche, en que no encuentro reflejos premonitorios frente a los cuales desherédase uno la máscara que ponerse si el susto no le parte el trance a golpe de alferecía! Remedos del pozo irremediable, todos los temores son muecas del temor a la muerte, más de la muerte en vida que de la vida devuelta tras la muerte. No es difícil, sino insoportable, conjugar la sensación de ser diminuto con la certeza de ser eterno, válgame decir, ineludible...

A medida que la rosca de las estaciones se introduce en un hombre, desaloja las inhibiciones que, por miedo al ridículo, le ocultaban ante sí mismo el verdadero tamaño de su soledad. El paso de la lucha por la vida emborracha de puro arrinconamiento viraje a visaje de reloj, y el desamparo, real siempre que es sentido, sentido se encona siempre, no pudiendo a cambio acabar el ansia que arroja a la mendicidad de atenciones ajenas, a las que incluso se llega a fantasear tolerables bajo la hostilidad de quien aparentando interesarse por ella, sólo se acerca a espetarle banderillas. Como bufones despedidos de la corte o personajes desterrados del guión, con la edad uno se ensimisma en infinidad de tonterías con las que atenuar la resaca de esa distancia que, deseable en un principio por agobio y minada de trampas después, termina expulsándolo de la sociedad; tonterías grandes o menudas según las riquezas del ánimo y las disposiciones de la fortuna que contribuyen, llamativamente, a soliviantar el escarnio particular con aquellos elementos que cualquiera hubiera rechazado por grotescos cuando, más joven o menos cascado, florecía en el emparrado de un risueño acompañamiento.

The baleful head, obra de Edward Burne-Jones.

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