4.7.13

LA SANTIDAD OMISIVA

Si hacer fuera tan fácil como saber hacer, las ermitas serían iglesias y las cabañas de los pobres palacios de príncipes. Es buen teólogo quien sigue las propias consignas.
William SHAKESPEARE
El mercader de Venecia

Haciendo caso cero de los retoños que dormitan en su latente divisibilidad, un individuo digno de atribuirse el señorío aluzado en dicho nombre no se pone a las órdenes de nadie ni busca el fruto huero de mangonear a los demás; a alguien así, que da la cara al otro y nunca el culo, no le valen las personas que sirven, sino que le sirven las personas que valen, que se valen por sí mismas. En sus antípodas, proclive al zarandeo de la incontinencia en todas sus variantes y, por ello, menos dueño de sí que una mascota, el necio hará lo primero que se le pase por la cabeza aunque el desastre sea evidente para una mirada de largo alcance; siempre a la rezaga de ir no viendo más allá de sus errores, tómalos por aciertos sin saber reservarse la voracidad de los apetitos para el reino de sus pensamientos ni esforzarse en templar en el acto los cataclismos que pugnan en su interior.

Propio de la sequía imaginativa, que es rasgo palmario de necedad, el amor a la existencia conduce a la barbarie, que empieza enconchada de discordias y manifiéstase a las duras en las situaciones límite del tumultuoso hacerse hueco frente a las cuales el cerebro simplifica las opciones disponibles en una disyuntiva de blanco o negro, permitiendo que el instinto de conservación monopolice las acciones muy en contraste con el aplacamiento de furias marcado por el desarraigo vital, porque ningún desencantado luchará hasta su último aliento por arrebatarle un cuscurro al vecino. Consecuentemente, para los riesgos y desafíos de la masificación social en tiempos de catástrofe, resulta más benigno el desprecio que el apego a la realidad, actitud que irisa cual perla de distanciamiento y convierte al sujeto que la segrega en una especie de santo incrédulo saqueado de fe, desposeído de penitencias gracias a una iluminación batallada en tenebroso estado de resaca tras la moña moral, a través de cuya evanescencia conminado está a reconocerse como una levitación perdida en el desierto primordial que despejan todos los apocalipsis; un desierto de arenas formadas por el polvo de las adoraciones fallidas, un polvo de barros en los que enterrar las lágrimas lamidas al llanto de la eternidad. Esta santidad postreligiosa, despiojada del maniqueísmo sectario y recuperada de la anemia teológica, ya no persigue la felicidad hipnótica de la comunión mística ni trata de armonizar las carencias del ánima con los alientos del engendro divino, pues no ignora que ese camino gira alrededor de un centro ausente. Tendrá que matarse o morir en el éxtasis de una deidad abatida, desdeñando perdurar como un profeta evangelizador de los que tan vulgarmente pervierten cada brizna de lo sacro y de lo profano con funciones exponenciales de miedo para propagar sus códigos encallados a contrafuerza de genuflexión. Sería más exacto decir que el santo del estrago a quien doy la bienvenida, como testigo acerado de excepción, no precisa salvarse de la autopsia de la humanidad que examina en sí mismo sin entusiasmo ni lástima, con una mezcla de conformidad y espanto, mientras se prodiga oráculo antes que autor de un testimonio que descarga bombas emolientes contra las purulentas estrellas, a las que impregna con una radiación tragicósmica capaz atajar el espacio intransitable de la adversidad a bordo de una lápida procedente del cementerio de los afectos. Este santo, por más que no crea en nada y sobreviva llagado de todo en las holguras de la contemplación activa que perfila sobre la pasividades en movimiento que otros toman por voluntad; por más que se transcriba carne de apoptosis dentro de un proceso universal cuyos resortes secretos ha renunciado a comprender cansado ya de vivir lo no vivido, de soñar lo que no ha hecho y de hacer lo que no ha soñado; este santo, al fin lo digo, puede mantener la integridad hasta el paroxismo porque sólo en esta clase de paroxismo puede integrar sus omisiones. Y es que a despecho de los credos e imposturas canónicas, la única santidad admisible en la mucosidad histórica donde nos hundimos consiste en ser fuente, incluso fuente seca, mas no afluente; fuente por la que vomitar el mundo que se nos rompe, por instantes, en las entrañas del vivir.

Vociferante nocturno de Franz Ludwig Cate concebido a partir de una escena de la novela René de Chateaubriand.

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