30.6.13

SOPLAR TODAS LAS VELAS

Aprende por ti mismo, yo nada puedo enseñarte.
Leyenda escrita en el bastón de Ejo TAKATA, maestro zen

Puede que el empeño de concebir un cosmos sin Dios sea un absurdo, una vela encendida que no pone ni quita arbitrariedad a la invidencia de cualquier empeño, pero un cosmos absurdo concebido por Dios es un ultraje. Y si cierta y desdeñosamente no es función de la vida aportar sentido a los seres que la experimentan, una falta recurrente de ficción en la fragura del tinglado puede impedir que la vida funcione cuando esos seres, además de tolerar la existencia en condiciones que no han elegido, deben ocuparse de vivir sabiendo que morirán en vano.

Arrojados uno a uno a esta manifestación biológica de azares que aun cerrada a las preguntas eternas se abre, sin embarazo, en canal a los sentimientos inabordables, el pecado no consiste en el extravío de todo contacto con la divinidad, máscara anónima del misterio irreductible, sino en haber corrompido el sentido mágico del humor que nos enseñaba a distinguir con elegancia la materia que nos compone de los sueños que la fermentan, así como la embriaguez metafísica a la que estos dan origen de los disparates organizados que llamamos religiones. En nuestro mundo inmundo, cualidad nativa de lo incompleto y mortificable, el pecado procede del concepto mismo de transgresión que impide pensar sin contraer deudas y obliga a actuar sin la seguridad de amarrarse a un destino ni la libertad de cambiarlo.

Con un receptivo despiste según la retrata Jan Mabuse, Dánae, madre del semidiós Perseo, siendo asaltada en su encierro por la generativa lluvia de Zeus.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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