26.6.13

EL PEDIGRÍ DE LA MORAL

Todo lo que es realmente moral comienza cuando la moral ha sido eliminada.
Emil CIORAN
En las cimas de la desesperación

Sobrevolando el planeta desde el espacio exterior a lente de satélite, pocas son las obras homínidas que fulgen, sin necesidad de iluminación eléctrica, como la membrana imperial de la Gran Muralla China, las hendiduras de Nazca y la acupuntura megalítica de Carnac. Sobrepensando colectivos civilizados desde el espacio interior a vista de redivivo, todo el mundo pretende la verdad y de verdad la cela, pero nadie se casa con ella; todo el mundo cree, aun en descrédito, estar en posesión del relumbrón de la suya, pero suya es la cabeza arrumbada en tierra con la que amasan los maitines del dogma la miga tierna del asenso que no llega a enmudecer el aroma provecto de la mentira. En este vencido mundo todo el mundo convencido es convicto de sus gustos, y sobre gustos, como todo está escrito, nada se deja sin contestar. Guste o disguste el hecho a quienes no dan sino el pecho por ideas preconcebidas, la moral se instituye, codifica y reproduce sobre el ventalle de los afectos. Por ello, las tachas que alguien recibe en materia de creencias se sigue de reacciones muy encendidas que hasta pueden deflagar iracundas, pues la crítica pone al descubierto la trastienda de los sentimientos particulares, raramente digna de enseñar, mucho antes que los absurdos y desmentidos de una determinada postura doctrinal.

Como algún trasnochado todavía pedirá una prueba para someter al principio de falsabilidad lo afirmado —no encuentran objetable la ciencia cuando les vale contra la ciencia—, obsérvela lucífera en sí mismo: si no atentara contra la afincada subjetividad de las aversiones y predilecciones, ningún aludido se importunaría tanto por ser cuestionado en la ética de los preceptos que identifica como buenos. Así que obviando la tentación de citar a Nietzsche, el más afamado transvalorador de las pasiones, de la moral téngase solo por fehaciente el prosaico pedigrí que oculta.

Muchos de mis próximos son más arrepticios que estos energúmenos de La Cruz, obra de Albin Egger-Lienz.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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