2.6.13

ANAMNESIS

El hombre enmascarado es siempre un monstruo subdeterminado, o sea un híbrido en el que unos valores pertenecientes a seres dispares van a unirse confluyendo en un conjunto nuevo.
Massimo IZZI
Diccionario ilustrado de los monstruos

Las pesadillas lucen zopencas y sinuosas maneras de cumplirse. Ayer salí un rato para acompañar a un amigo que festejaba sus treintaitantas lapidaciones en un bar de calculados desaliños donde otro carnal ofrecía una sesión de fibroso rock & roll. Asistimos al evento cuatro mininos coribantes y pronto arrumbé mi estampa de osario en casa, pero antes, cuando empinaba mi tercera y quizá última cerveza, hizo entreacto subterráneo de presencia el cronista más cojonero de la hez y roña de nuestra ciudad. Frente a frente, él armado de una sobriedad aparente con su botella de agua desnaturalizada y yo parapetado tras el tibio desdén de una incipiente narcosis, me preguntó si era usuario de internet con la actitud de quien se dirige a un carcamal queriendo averiguar si sabe leer. Gracias a un súbito automatismo recordé que en noches previas soñé que el mismo personaje, convertido en un enquistado sosias inquisitorial, me calificaba de «retrocognitivo polifuncional» a título de reproche por mi frecuente consumo de alcohol, amonestación que se insertó como mero episodio anecdótico dentro de un tinglado argumental que ponía a prueba mi lucidez con pruebas que, por pereza, no voy a relatar. Celebré para mis cavernarios adentros la coincidencia, a la que le negué la hospitalidad de participar por una razón muy sencilla: en este desafuero de sonrisas falsas y puñaladas honestas que es la vida social, su interpelación no pretendía descortezar una conversación sustanciosa o siquiera polemizar provocando un desacato a mi talante cordial, sino solo la prescindible arrogancia de darle postín retórico al engendro de su nuevo cotilleo ciberinoculado. Sin embargo, raro es el azar carente de filosofía y ahí queda plasmado el hecho como una certeza inverecunda de que la realidad, fiel a ninguno, acostumbra a dar menos de lo que promete a la imaginación, que siempre la borda porque la desborda.

Por aquello de reconducir la precognoción hacia su nicho narrativo aunque parezca austera remembranza vista desde una estancia ulterior, tenía intención de argamasar esta obertura con otro acontecimiento que me ocurrirá a no tardar en demasía. Que nadie se altere, en consecuencia, por el imperfecto futuro de las acciones y acéptese que me seleccionarán para un experimento realizado a expensas del Kinsey Institute que consistirá en relacionar dos conjuntos de imágenes, suministradas aleatoriamente por separado, con los rostros y las vulvas de cien mujeres escogidas entre edades y grupos étnicos distintos. Contra todo pronóstico —la raíz libidinosa de mi encéfalo se autoinculpa por mi nada ingente historial sexual—, de los mil varones participantes seré el que logrará un mayor número de aciertos, ochenta y tres para ser exactos. ¿En qué se basará el secreto de mi habilidad? ¿Existe acaso una secreta equivalencia figurativa entre la forma de los labios de la boca y los del sexo, como sugieren los peritos en recolectar el néctar de tan sublimes cálices? Me reservaré el canon del misterio, especialmente porque en reconocimiento oficioso a la finura de mi capacidad de conjugación sensorial lamentaré las secuelas de intimar con una de las hembras más bellas retratadas para el estudio, que a la sazón estaba empleada como azafata en una de las sedes de la institución. Será otro caso de redundancia ejemplar que me casará con el único deseo de gustar —así de simple y rotundo— que pediré al rayo una vez caiga sobre mí, partiéndome la historia, sin recordar el didáctico desenlace de la olorosa novela de Patrick Süskind. ¡Venga a nosotros tu reino de fluidos ardientes; hágase lúbrica tu voluntad en la piltra como fuera de ella; danos hoy, engullidora, nuestro coito de cada día! «Hasta las flores nacen de un polvo entre el sol y la tierra», observó D. H. Lawrence; le faltó precisar que si bien la violación es mutua, incluso en la inocencia de una amapola la tierra vence al cielo y el mayor botín de su victoria se verifica en hacernos creer que la materia puede ser espiritualizada...

Si por su flanco abierto a la intemperie el espíritu se halla amenazado por las fuerzas disolventes del caos que conforman la realidad en la que brota desprevenido de todo sentido, desde la más ajetreada matriz de la misma caen sobre él los sentidos declarados que componen la trivialidad embalsamada con los miedos de las generaciones precedentes, un curso de temores donde corre el riesgo de perderse creyendo estar a salvo. Entre la urgencia de dotarse de sentido y la constatación primordial de su ausencia, entre el abismo epistemológico y el molde cultural de las significaciones acuñadas por otros, cada uno debe experimentar sin auxilio ni tutela la tensión desgarradora que se establece o huir de pensamiento en sentimiento hasta que le acierte la cierta. Vanas son las esperanzas que anuncian en el sinsentido literal de las cosas la expresión literaria de un sentido oculto. El mundo dado de lo pensado es un cadáver enterrado a medias, el cuerpo intraducible de lo que quiere ser retirado de la atención. No hay que interpretar el más allá como una escatología; el allá no más está en el origen, representa la irrupción dolorosa de una oscura poética. Por ello, morir es retornar al principio subyacente y el sufrimiento biológico late inmanente, una ebullición de todo ser en su ser no sujeta a evolución que se manifiesta como la enseña de un accidente cósmico inaugural.

Fiebre áurea, trance blanco. Cada partícula aúlla en el organismo que la aprehende como el perro en El minero muerto, un lienzo de Charles Christian Nahl.

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