12.6.13

CF. CATABOLISMO

A María y Pablo, por sus armónicos tras un anochecer desafinado

La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son.
Anónimo atribuido, de mayor a menor frecuencia, a Winston Churchill, Francis Bacon, Oscar Wilde y Quevedo. 

Salgo a tirar la basura —debo deshacerme diariamente de un impronunciable rastro de secuelas para que otros crean hacer— y advierto a un hombre de cáscara negra que se aproxima en dirección al parque colindante acompañando a una niña blanquísima de talla inferior a cualquiera de sus antebrazos. Desde la perpendicular, el abisinio me enfoca con visible reojo hasta que empiezo a sentirme timbrado por su atención de escleróticas bermejas, desperezándome un principio de aspereza territorial que aprovecha para atizarse una santiguada. Puede que se trate de un monomaníaco católico y, estando por concluir el enjambre cerebral de su rosario en el instante de cruzarse conmigo, haya transmitido a su mano de los oficios una urgencia hipercinética para no contaminar el mantra gemebundo con mi aparición; o quizá sea uno de esos machos que temen quedarse calvos —conjetura avalada por sus entradas— y haya persignado las ralas razones de su inseguridad al divisar una cabeza desbrozada como la mía para impugnar el apercibimiento que represento, aunque tampoco quiero dejar de escariar otra posibilidad menos mundana que las anteriores: como un Baltasar extemporáneo camuflado en holguras de chándal, al entrar en el campo psíquico de mi presencia el tipo ha reconocido de quiebro la sarmentosa imagen de Dios... o del Diablo, si es que alguno de ellos vale por separado una pestaña del Jano maniqueo que forman juntos. En todo caso, no hay modo de esculcar el mensaje de su gesto sino al candilillo de la religión.

Cuando el misterio finaliza, comienza la atracción de feria.

Apolo y Marsias de Bartolomeo Manfredi trayendo a escena la desolladura del sátiro a manos del divino jefe de las musas.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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