25.6.13

GEA, HIJA DE CAOS


Prefiero los peligros de la libertad a las seguridades de la servidumbre.
Atribuida a Thomas Jefferson, que la usó en su correspondencia con James Madison, la declaración pertenece a Rafal Leszcynski, padre del rey de Polonia Stanislaw I, y dudosamente hubiera llegado a conocimiento del americano de no haber sido recogida por Rousseau en El contrato social.

Fue Unamuno quien sentando cátedra maquiavélica indicó que «no es instinto de conservación lo que nos mueve a obrar, sino instinto de invasión; no tiramos a mantenernos, sino a ser más, a serlo todo». La generosidad, pericia que nos especializa en recibir como si fuésemos los que más damos, no se aparta de esta incontinencia conquistadora. ¿Es la Tierra generosa en este sentido?, ¿puede descartarse que lo sea sin apadrinar, de una u otra forma, comodines de prosopopeya?

No veo motivos para tratar a la Tierra como a una santa matriarca de intocable autoridad natural (ecologismo); tampoco como a una puta, que ajada y muda, puede ser chuleada impunemente en aras de una fábula tecnoeconómica (ideologías progresistas). Entonces, ¿será mejor entenderla como a una amante, a veces hosca y no siempre accesible, de la que aprender a gozar con la misma confianza que deseamos arraigar en su vientre?

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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