25.12.13

SOL INVICTUS


Yo soy tres. Un hombre que permanece siempre en medio, despreocupado, inmóvil, observando, esperando a que le sea permitido expresar lo que ve a los otros dos. El segundo hombre es como un animal asustado que ataca por miedo a ser atacado. Luego está la persona extremadamente cariñosa y amable que admite a la gente en el templo más sagrado de su ser y soporta los insultos y es confiado y firma los contratos sin leerlos.
Charles MINGUS
Menos que un perro

No son inusitados los déspotas que palpitan de intenciones afectuosas y he tratado a cabrones cuya compañía se siente en verdad encantadora, mas nunca dejará de embravecerme la insistencia con la que aún, en una porción notable de los territorios habitados del orbe, se celebra el nacimiento artificial de un advenedizo que ni siquiera supo hospedar propósitos honestos para sí mismo —fue un mejillero—, ni es deseable en modo alguno como aliado filosófico a bordo de la travesía que cada uno ha de realizar en solitario y contra los otros si es preciso. Tras el eclipse mental que supuso la adopción de este reyezuelo literario como paladín de los innobles sentimientos ensortijados a la aventura del espíritu, las antiguas costumbres que brillaron anexas al desenfado pagano no llegaron a aletargarse completamente bajo la suplantación de identidades que las forzó a permanecer subrepticias, por lo que ahora vuelven a llenarse de importancia más allá del fisgoneo arqueológico o del comprensible interés por reavivar sus formas rituales. En su honor, erecto sobre una sensación que casi se encarama a la certidumbre, hoy me he descubierto lo bastante animoso para saludar la divinidad de todo cuanto crece bajo el astro crudo e inconquistable hasta que una mirada desapasionada, sobrevenida quizá antes de lo que el gesto merecía, me ha puesto frente a la dulzura mórbida de mi corazón: sin consultarme, ha querido prescindir de las evidencias que hacen de los humanos bestias indignas de simpatía y del sistema solar un soberbio decorado donde han establecido el estercolero de su crianza. 

Mierda de primera calidad, ignívomo cuando en su agitación codicia un recubrimiento inimitable, el orgullo civilizador no se cohibe de emprender acciones deletéreas con tal de fabricar cosas duraderas, que puedan sobrevivirle y de las cuales guarden constancia épocas ulteriores pese a la reiteración de avaricias, envidias y temores que alimentan la turbina histórica que muchos aceptan por destino.

Atrapado el cometa de la fatalidad en la balanza de insomnios que le roban también delaciones a mi biografía, nada transcurre por la inexorable confluencia de olvidos que determinan la lingüística de la disgregación general. Por ello, desde la cepa, he sido un alfayate de la existencia propenso a confeccionar patrones que han de proporcionarme abrigo moral y un mínimo estilo mientras le voy tomando medidas a la muerte, mi barragana, para entallarla con las prendas más lascivas de nuestro romance.

La siesta de Lawrence Alma-Tadema, un artista distinguido con una visión de pasado a la que he recurrido en otra ocasión.

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