28.12.13

IMPRONTAS DE UN VIEJO PÓLIPO

Antes eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios y la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes.
1 Corintios 1, 27

No consigo abandonar el recuerdo de Dios como violador de almas. Desde muy temprana edad, pecoso y desprovisto de recursos anímicos para concebir las sutilezas de una alternativa panteísta, lo experimenté con sofocante presencia porque mi carácter introspectivo incidía de manera obsesiva en la asimetría que definía el quid de nuestra relación: me habían enseñado lo suficiente de Él como para no obviar que entre sus atributos destacaba la capacidad de estar en todas partes, en el haz y en el envés de cuanto ha sido, es y será, lo que implicaba que también mis pensamientos eran objeto de sondeo para su miradón, que casi podía sentir atravesándome de la coronilla a los tarsos cual rayo arrojado desde un infinito en continuo estado de acecho; pero si bien Él lo sabía todo de todos en cada momento, no había modo humano de establecer un conocimiento recíproco; como criaturas lacrimosas estábamos abocados a la precariedad de dirigirle imploraciones y alabanzas cuyas respuestas, de darse, componían un calvario de enigmas, la otra desfachatez de la barbaridad. A causa de esta desigualdad inexplicable, me veía en el aprieto de sospechar que acaso las verdaderas intenciones de Dios no eran confesables, un género de duda que constituía un desafío a su autoridad del que pronto fui advertido. Enfrentado a su ubicua impenetrabilidad, ni siquiera me era factible desentrañar el código moral con el que lo columbraba juzgando no sólo mis actos, sino hasta la más huidiza de mis fantasías, y para colmo la doctrina católica que impartían en el colegio jamás me ofreció claves convincentes para entenderlo mejor, a pesar de que el irascible Jehová del Antiguo Testamento estuviese acorde con la imagen todoprodigiosa que había craneado para uso propio. Es curioso que bajo tales agobios no me planteara su inexistencia, quizá porque la mera idea de un Ser Supremo contamina la conciencia que toca obligándola a contar con Él, aun si no es posible comprobarlo empíricamente. Para mí, con un masoquismo prematuro que excluía cualquier evasiva, el único mandamiento era aceptar de corazón su permanente chequeo como el signo inequívoco de nuestra naturaleza, una maldición consustancial al hecho de soportarlo en su embrollo de Creador y sumo Destructor.

Por entonces, lo evoco vivamente, una de mis mayores aficiones era salir al campo, donde levantaba piedras con ayuda de mi padre para poner al descubierto los misteriosos bichejos escondidos, que gustaba de apresar haciendo devoción de no lastimarlos y dibujaba de memoria después no sin haberlos devuelto al regazo mineral en el que fueron sorprendidos. Aunque tenía intuición para elegir los pedruscos más prolíficos, como preludio invariable antes de alzarlos oraba en silencio una súplica, formulada según las circunstancias, que empezaba con el educadísimo «por favor, Dios...» y solía concluir con una ilusión fija: capturar una culebra o un lagarto, los animales mágicos por antonomasia entre la abundancia de alimañas, reales e imaginarias, que poblaban mi pequeño mundo. Cuando una suerte adversa me impedía hallar las sabandijas amadas, mi mente infantil deducía que los ruegos no habían sido escuchados no tanto por un error de forma —nunca pedí nada que excediera las posibilidades del contexto— como por culpa de alguna incorrección, en mi conducta o en mis propósitos, que debía identificar de inmediato y purificar con mucho fraseo axiológico a fin de recuperar la estima del Señor, imprescindible por su determinación al materializar el contenido de mis deseos. En las frecuentes ocasiones que no conseguí restaurar mi inocencia, esta primitiva concepción religiosa donde no tenía cabida la tregua, donde el menor detalle podía significar la redención o la condena, llegaba a provocarme dolorosas crisis de incertidumbre y desconfianza marcadas por la letra escarlata del estupor. ¿Mi pecado? El egoísmo sacrílego en el que había incurrido al querer encadenar a Dios mediante encomios contra las nociones más elementales de la fe, que estaban destinadas a hacer de mí un sufrido cumplidor de la ley eterna. Menos mal que la serpiente besó al niño, el niño mordió al pólipo y no hubieron de marearme los giros a la eclíptica para esmuir de las apariencias transfusoras de realidad que Dios y el Diablo son el mismo ser: el ser confundido, cosido al ello y al aquello, que cada uno es.

¿Puede haber grandeza en la automutilación? Useless Thoughts de Bayo.

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