18.12.13

CLAVIJERO DE PALMAS Y DEJAMIENTOS

Permitidme fabricar y controlar el dinero de una nación y ya no me importará quién la gobierne.
Mayer Amschel ROTHSCHILD

Aunque hoy me he levantado pacífico —nótese: sin ganicas de verme—, en la superficie y un poco más abajo me siento atlántico, es decir, dispuesto esnifarme la consigna catuliana hasta tragar de un rasponazo el amargor: «Una sola salvación hay para ti: esto debe superarse. ¡Hazlo puedas o no puedas!» Como de mala costumbre, póngome a reflexionar en calzoncillos de prosa sobre un asunto recién calado al día a sabiendas de que las correrías del pensamiento, desvariando desvaríos, me llevarán por fortuitas direcciones hacia el viaducto que atraviesa la quebrada donde caen perdidamente mis sueños con el cortejo de ideas, premoniciones y recuerdos que los clonaron. Antes de doblar mi dosis de hipérico y reservándome el pronóstico del saldo anímico a falta de alegaciones, pase lo que escriba quiero dejar constancia de los raros sucesos que se producen en mi casa desde que visitara la página de John Coleman —¡no la busquéis!—, el supuesto exagente del MI6 que, entre otras revelaciones curiosas, dedicó un ensayo al Comité de los 300, una especie de logia compuesta por los hombres más poderosos del planeta cuya influencia es tan determinante para el curso de los acontecimientos históricos que, según el autor, los mismos jefes de Estado se refieren a ella con el apelativo de Los magos. Detrás del telón está el timón, y tras éste un horizonte donde la realidad nunca es tan verdadera o tan falsa como la postula el poder económico. Acuñada en la cruz de su caradura, la libertad es un fruto hueco y la lucidez, un maleficio; con maleficio infuso o luxación esquizoide, lo cierto es que los duendecillos traviesos que viajan a lomos de las ondas hertzianas emitidas por el Gobierno Oculto parecen haber troyanizado mi hogar a partir del tris de la consulta. Aireadores de la grifería sustituidos por cánulas que proyectan un tifón de tinta china directamente al rostro, papel de lija enrollado en el sitio donde debería estar el papel higiénico, servilletas untadas con un pegamento indetectable que actúa al entrar en contacto con los labios, juntas tóricas tiradas por el suelo que al prenderlas se ciñen a los dedos como la túnica del centauro Neso al cuerpo de Hércules, y otras simpáticas putaditas se han incorporado a mi ritual de lo habitual desde entonces. El colmo de la diablura ha estallado, sin embargo, hace varias horas, cuando los asaltos bajo cero de la cruda oscuridad se recalcaban en el exterior: una entidad misteriosa ha hecho uso del inodoro aprovechando mi sordera almohadillada de párpados bajados y edredón subido. No me incita duda, la aportación al solio no procede de mi taller de alfarería porque cada pieza flotante va enfundada en una cutícula a cuadros del mejor tartán escocés que yo jamás, jamás, podría tejer... ¿Acaso constituye una señal en la cual debo buscar la armonización de mis facultades, esa conexión profunda y equilibrada con todos los estratos de mi ser? Si, en palabras de Jung, «lo que no hacemos consciente se manifiesta en nuestra vida como destino», ¿todo lo que hacemos consciente se encuadra dentro del abanico de la voluntad que se contempla evolutivamente a sí misma en la obra? Que la masa encéfalica pueda extraer una lección nutritiva en elocuencia de una mota de información sólo indica que la literatura está integrada en nuestra fisiología, el resto son divagaciones del náufrago que cada uno arrastra consigo pidiendo asilo en la perrera del cosmos. Todo lo que ocurre en el mundo juega con el despropósito de hacernos creer que los hechos reflejan nuestros procesos internos; cuanto más verosímiles y reticentes a la objeción resulten, más necesario es desasirse de ellos, algo que chocará en primer lugar contra el cerco establecido por la rémora burocrática, los centinelas de la productividad y la fiscalización comunicativa que define nuestro tiempo.

Sin marcas ni cronometrajes, burbujeo en las levaduras de mi desapego formando una reconstituyente miga de soledad hasta que la humanidad diferida de algún codicioso me la estruja colándose por donde nadie lo espera. ¿Comisiones de mantenimiento? ¿Impuesto sobre la renta de las personas físicas? ¿Valor añadido? ¿Estabilidad presupuestaria? ¡Qué manaza invisible ni qué terquerías tecnotrónicas! ¡Dan ganas de salir de la desgana a tajos de kampilán! No existe argumento filosófico, fuerza moral, ley natural o consenso que me persuada para consentir que alguien, por el pimpante hecho de mover más capital o captar mejores avales, abarate mi pasado, maltrate mi presente y condene mi futuro sustrayéndose a la mínima responsabilidad de encararse conmigo. No es cuestión de hipersensibilidad social, adicción a la insolencia contra los prebostes o revanchismo surgido de un epicentro de envidia, sino de amor propio, que de ninguna manera se basa en el desprecio a la riqueza material que tampoco necesita: entre depredadores obligados a relacionarse, el dinero puede funcionar como una herramienta aceptable para sortear dificultades, favorecer intercambios y enmendar conflictos que de otro modo serían peor que inaceptables, pero detesto los medios que se valen del saqueo, la coacción y el oscurantismo para obtener abundancia, y no encuentro razón alguna para respetar a quienes se perdieron el respeto a sí mismos subordinándose al siempre escaso tamaño de lo que tienen o ansían tener.

Están invitados a realizar una expedición por El corredor de mi paisano Manuel López-Villaseñor.

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