21.12.13

EL MOHO DE LOS EPÍGONOS

Si la furia del pueblo igualara a su paciencia, nadie se atrevería a convertirse en gobernante.
R.F.R.

¿Culparías a Demócrito por el desarrollo de la investigación atómica que culminó en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki? ¿Y a Nietzsche por las bizarras y funestas consecuencias del culto al superhombre en la Alemania nazi? Ni siquiera podemos saber con certeza lo que Marx hubiera opinado al examinar la aplicación literal de su catecismo revolucionario en los países que adoptaron su obra como verdad revelada.

La idea de que los pensadores son los principales responsables de las interpretaciones prácticas de su legado, sobre todo cuando estas se llevan a efecto después de que hayan muerto, consolida un prejuicio muy extendido a conveniencia de los muchos movilizadores de masas que, desde el poder o desde el asalto al mismo, pretenden beneficiarse del prestigio de pioneros ideológicos desprovistos del derecho a réplica para justificar la miseria de sus propias acciones. Pero este fenómeno no mancha solamente a los forjadores intelectuales de la cultura, sino que constituye un negocio de pasiones habitual entre los pueblos afectados por formas violentas de confrontación histórica. Con esta lógica de sonámbulos guiados por psicópatas, los regímenes soviéticos gozaron en Europa durante décadas del triunfo moral obtenido por el bando aliado tras la Segunda Guerra Mundial, mientras que las potencias anglosajonas de Occidente lo hacen aún del profundo descrédito que estigmatizó a los perdedores de aquella contienda, una ventaja que sus líderes han sabido explotar a modo de licencia mediática hasta superarlos, con creces y sin tregua, en la política real de sus planes globalistas de expansión, que demuestran la utilidad de reemplazar el genocidio racial por el económico, así como el progreso de coordinar con intervenciones humanitarias los estragos que en el siglo pasado se reservaban a los campos de concentración.

Puesto que ni el texto ni la reflexión que lo suscita son bonitos, se comprenderá la necesidad de acompañarlo con una belleza de las numerosas que supo captar en su esplendor, como buen feo, Alfred Cheney Johnston. 

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