8.12.13

CONSOLAMENTUM

Estás amenazado por todos los finales y morirás de todas las muertes.
Emil CIORAN
Breviario de los vencidos
(Advertencia que, por un depredador desorden del pensamiento, relaciono ahora con el callejón de CICADA 3301: «Queremos a los mejores, no a los seguidores»).

La bonanza, bastante necia, de este soleado día de invierno con su azul, tonto también, y sus prolongaciones cansinas en la acogida familiar alrededor de la mesa hipercalórica que ha de servir de ofrenda dominical a los lares, no me afianza razón alguna para deslegitimar la tristeza reinante en mi cúpula de estremecimientos, donde nunca falta la caricia atrevida del rayo de luz que precede a la taquicardia del eclipse.

Era de noche cuando salí a la caza de una realidad mayor, y no había clareado aún cuando me vi abatido por las pamemas de una ilusión menor. «Zambras son del soñar en pulsante continuo que otros llaman vivir —me dije—, mas de un vivir queriendo morir a la par». Como tantas otras veces, si de un pensamiento hubiera dependido, gustosamente me habría despedido de este abrupto reincidir en el sobrarme; solamente la curiosidad y algunos acelerones de cobardía me mantienen en curso. Sin la epifanía del todo arde frente al todo fluye, del movimiento de extenuación vertical opuesto a la recurrente expansión horizontal, no podría murmurar que, mientras persiste nuestra irrealidad material, somos fuegos fatuos procedentes de una antigua descomposición, quizá la oriflama incandescente de una expulsión prioritaria del aposento de la memoria.

Allá donde mire, me reproduzco agonizando bajo un firmamento donde ruge un corazón en cada estrella y cada rugido sangra por una llaga embalsamada con los delirios del alma que se vomita hacia dentro. Obrando para llenar de sentido las úlceras del tiempo, los hombres comunes tejen de horas su mortaja. A los que carecemos de la creencia en los hechos, es menester que el don de una fatiga pura, siempre ajena o evasiva a los mismos, venga a compulsar la perfecta esterilidad del ánimo a la que ningún dios conocido quiso condescender.

Líneas arriba, explora su desconsuelo la Abandonada, de Max Klinger.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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