30.3.13

¿PREGNANCIA?

Moritz von Schwind, El sueño del prisionero
Ya no puedo ver las estrellas. Se me han ido pudriendo de parte a parte.
Elias CANETTI
Apuntes 1992-1993

La vida humana es una simulación, y la mía, de las mejores. No es la sabiduría que hacemos reconciliar con la experiencia ni la seguridad de poder reconocerme en lo realizado ni el talento de prosperar en algún sentido que me lustre lejos de rendir pleitesía al orgullo de primate; tampoco la curiosidad recompensada por el arte de motivarse, las inercias despejadas de la costumbre o la apasionante construcción del amor es lo que me mantiene vivo: para hacer camino en cualesquiera de esas direcciones, se necesita una inmensa capacidad de discernimiento —que aún no poseo— compatible con los simulacros que conforman el mundo sin sucumbir a la necesidad de creer en sus límites. Lo que me vincula a esta acumulación apodíctica de ficciones —por designarlo de una forma reconocible, aunque injusta, pues toda quimera en el vivir es una realidad en el morir y viceversa— es la voluntad aleatoria de sorprenderme, de jugarme continuamente el alma a mayores niveles, riéndome de acto y pensamiento de las teorías y prácticas que se niegan a concederle un valor mágico a la vida, trinchera de falsa vanguardia en la que sería demasiado fácil refugiarse y, por ende, una evasiva demasiado estrecha o atestada en demasía para mi gusto, bastante acertado contra el pronóstico que lo dibuja enrevesado.

Al igual que el goce de vivir puede fortalecerse con cada una de las funciones inmediatas al organismo, la tentación de morir se cifra en la apariencia de su extrema proximidad, de ahí que ante un frasco de veneno se preguntara Jankélevitch: «¿Acaso lo que separa al vivo de los grandes secretos del más allá no es más que el grosor transparente de este vidrio?» A la luz que incide en ese magnetismo fatal que irradia el más verificado por ser el menos previsible de los acontecimientos, cuya confirmación ha de testificarse individualmente —todos somos fulanas hasta el revirgamiento de la extinción—, salgo en el crepúsculo a la caza tardía de metáforas que multipliquen las correspondencias con esta enigmática certeza y, a mi prematuro regreso, hallo que la pieza cobrada más que de consuelo sirve de reflejo a la trama fascinante de mi existencia. Quizá haya que absolverse en lo indispensable mediante crudezas exentas de artificio para amanecer con visantes dilatados a la dimensión recuperada que Blumemberg quiso evocarnos: «Podemos perecer, pero llevaremos un mundo con nosotros».

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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