1.3.13

DESBORRADOR

William Turner, Entierro en el mar
Y si doloroso es tener que dejar de ser un día, más doloroso sería acaso seguir siendo siempre uno mismo, y no más que uno mismo, sin poder ser a la vez otro, sin poder ser a la vez todo lo demás, sin poder serlo todo.
Miguel de UNAMUNO
Del sentimiento trágico de la vida

Copo a copo, el campo blanco me volvió gallináceo, un medio animal tribalmente coartado bueno para capotearse en actos de obnubilación cultural, provisto de alas cuajadas de inutilidades a mansalva que me daban un porte de gravedad estatuaria al pensar en elevarme, lo que no desentonaba en abstracto con esa ceguera de claridad en el largo alcance que apenas me permitió poner un huevo pasado por nieve, en la que hundí el rostro escabechado de mostos añejos para renovarlo, para volverlo a perder obligándome a admitir el «no soy este, pero aquí estoy». Durante el resto de la antenoche, nadie vino a favorecerme la coincidencia proscrita para poder descorcharme las almas que acumulé, y como agnóstico incurable me quité el tapón de Dios en un es o no es, ora onda, ora corpúsculo, implorándolo con una ambivalencia cuántica que desbaratase la función interrogativa del observador y añorándome, muy mío, eficiente sandez dentro de la herejía sistemática de una mentira en la que pueda creerse verdaderamente. Cansado sólo en una vida de tanta palingenesia y desde la asfixiante esperanza de estar universalmente equivocado, decidí sólo por unas horas persuadirme de que al morir uno se concede a sí mismo todos los deseos, los mayores entre los peores de los mejores, que así nos vamos yendo, de ahí que el trance sea cielo o infierno según la madurez cognitiva del que agoniza. No es demostrable, claro que no, ni se pretende —estamos más por hacer conciencia que ciencia sin con—, aunque tampoco lo son las explicaciones que proceden de las ideas que cambian históricamente la configuración del mundo pese a que el transcurso de los hechos las descubra falsas: no paso de pasar de lo condicionado a lo condicionante.

A esa edad en la que se empieza a pensar la muerte más que se la desea —un viejo tiene más que matar en sí—, uno no puede añadir mucho a lo que ya sabía acerca de lo incognoscible con quince años y, desde luego, tampoco es dado a hablar incuestionablemente de lo único que no es cuestionable, pero aborda debates internos que lo aventuran en la zona límite donde lo que antaño era obviedad, hogaño enseña las fauces abiertas que preceden a lo menos ventilado que hay en el secreto de la existencia. Por paradójico que resulte, la seriedad de vivir consiste en ir haciéndose insondable como el humor con que deshacemos la certeza incomprensible que nos va asesinando. Cada hombre, único frente a la muerte; cada muerte, absoluta frente a todos. Y es que no todo está en los sueños, sino que el sueño está presente en la vida última de todas las cosas y todas las cosas se pierden en un irreparable sueño colectivo de muerte. «Después de todo —precisa el greguero Ramón— nada importan las variaciones de nuestro destino, porque la medida del féretro va a ser la misma».

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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