29.3.13

PREGNANCIA

 Moritz von Schwind, Un jugador con un ermitaño
Lo más precioso quiere volver a adelgazar, si no, se pudre.
Elias CANETTI
Apuntes 1992-1993

La vida humana es un error, y la mía, de los peores. No es la cobardía que hacemos reconciliar con la edad ni la esperanza maldita de tener más pecados en mi haber para arrepentirme menos de mis deberes pendientes ni la ambición de prosperar en algún sentido que lustre mi orgullo de primate; tampoco la curiosidad nunca satisfecha, las inercias adormecedoras de la costumbre o la fuerza rugiente del amor es lo que me mantiene vivo: para hacer camino en cualesquiera de esas direcciones, se necesita una inmensa capacidad de acondicionamiento que apasione la motivación de la que me he desposeído sin haberla llegado a desposar. Lo que me vincula a esta acumulación apodíctica de fracasos —por designarlo de una forma reconocible, aunque injusta, pues todo éxito en el vivir es un fracaso en el morir y viceversa— es el propósito exclusivo de fastidiarme, de ponerme continuamente el alma en mayores apuros, renegando a la vez de las teorías que se niegan a concederle valor alguno a la vida, trinchera de retaguardia en la que sería demasiado fácil refugiarse y, por ende, una evasiva demasiado estrecha o atestada en demasía para mi gusto, bastante enrevesado a su pesar.

Al igual que el asco de vivir se multiplica con cada una de las exigencias contiguas que atenazan al organismo, la tentación de morir se cifra en el recurso de su extrema proximidad, de ahí que ante un frasco de veneno se preguntara Jankélevitch: «¿Acaso lo que separa al vivo de los grandes secretos del más allá no es más que el grosor transparente de este vidrio?» A la luz que incide en ese voluptuoso magnetismo que irradia el más previsible por ser el menos verificado de los acontecimientos, cuya confirmación ha de testificarse individualmente —todos somos vírgenes en el burdel de la extinción—, salgo en el galicinio a la caza prematura de metáforas que desabrumen esta opaca certeza y, a mi tardío regreso, hallo que la pieza cobrada tampoco nutre consuelos, que su muerte no me aviva. Quizá haya que dejarse engañar en lo conceptuable mediante absoluciones de artificios dispensables para admirar con visantes semituertos la dimensión crepuscular dilatada que Blumemberg quiso evocarnos: «Podemos perecer, pero llevaremos un mundo con nosotros».

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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