5.3.13

ENSAMBLADURAS

La literatura es lo esencial o no es nada. El Mal —una forma aguda del Mal— que la literatura expresa, posee para nosotros, por lo menos así lo pienso yo, un valor soberano. Pero esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una «hipermoral».
Georges BATAILLE
La literatura y el mal

Con el abombamiento de recién venido al mundo tras la siesta del prealmuerzo que crucé en la angustia de un romántico viaje por la exacta cara opuesta del sonambulismo, me adelanté al despertar en la pesadilla de un despertar y heme aquí envuelto ni por dentro ni por fuera en el sudoroso hábito de pudor que me tengo en la vida factual por contraste con la que me sale entre las palabras de procaz y deslenguado espantasueños, mas metiéndome en la hondura donde se suman ambas actitudes siento que ha de encontrarse la consustancial, y en su rebusca, sin llegar a masticarlo de cabeza como suelo acostumbrar con los pensamientos glutinosos, me descubro ya rumiado en el paralelismo que puede trazarse entre la lujuria y la escritura: desbocada labor de encaje en la que hay un todo en entredicho que poner y probar, quitar y renovar, trafagado por un pulso de deseos en irse y alcanzarse que va del contenido al continente y fondea el éxtasis cuando se decide a abordar el neurálgico abandono, en el que deja de prolongar las digresiones del ritmo más allá del punto de fusión, que de insistir en la frase de inviable conjunción le haría errar el disfrute de perderse sólo por gozar de un desnaturalizado espectáculo de virtuosismo. Hay un tao sexual del verbo que enseña a deslizarse como hachedosó sobre las circunstancias y penetrar en la índole de la roca por capilaridad.

Cioran, interrogándose sobre la inspiración, la identifica con «un desequilibrio repentino, voluptuosidad irresistible de armarse o destruirse» y, confesando su predisposición a la calentura creativa, concluye: «Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal». Como el sexo cuando es divertido, una obra acaba bien porque nunca se termina de hacer, porque no desistirla sería una interminable agonía, y acaso sea este ensamblaje tempestivamente irresoluto el motor principal de su clímax. Quizá por ello casi nunca releo, tampoco en el uso pronominal, y suelto náufrago cada mensaje de igual forma que despido mi semen: a sabiendas de que nunca lo volveré a ver.

Gozne óptico de Tim Plamper que merece consagrarse en el Museo Ilusionario.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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