3.3.13

MARGINALIA

Nada más insensato que una sabiduría a destiempo, ni nada más imprudente que una prudencia fuera de lugar. Obra mal el que no toma las cosas como vienen, el que no baja a andar por la calle, el que no quiere acordarse, al menos, de aquella sabia norma de los banquetes: «O bebes, o te vas».
Erasmo de ROTTERDAM
Elogio de la locura

Salvo los trillados, que con frecuencia no lo están como se avisan, todos los caminos conducen a la filosofía, que es una casa destechable donde se duerme a desvelado seso suelto y hoy me he puesto a acicalar de polvos y pajas por penitencia higiénica o ex libris interior para hallarme la epifanía de subir el ánimo bajándome de la resaca con más andamios que sangre en vena. No del todo ausente y menos que nada natural, de presente me despierto con desigual pulcritud pero con algunos churretes de conceptos definidos tras una clase magistral que me ha calibrado no más sabio, quizá un poco más dudosamente menos dogmático. Emerger del fondo cenagoso al mosaico de la superficie sin renunciar al azar que otorga a la experiencia de reentrada su sintaxis en la deriva general, un cambio de estado coadyuvado por una disciplina de cribas sucesivas, no fue labor difícil; lo duro fue pillarme conmigo obrando en perjuicio de mí sin tener necesidad de apagarme ni hacerme pagar lamento de temeridad. Me gané, me perdí, me volví a jugar en titubeos: muy distinto es dar en acabarse que abandonarse, incertidumbre con la que nunca se acaba uno de abandonar, de redescubrirse idéntico a través de la mudanza de los seres a los que asiste un mucho de lo que quieran por donde mejor les siente.

Obrar en beneficio propio no supone necesariamente obrar en contra de otros, de esos otros que nos acusan de egoísmo para que pensemos primero en ellos y a ser posible en último lugar contra nosotros mismos; obrar en propia merced es un obrar sin volverse ajeno, sin dejar de desinteresarse por ese ajeno que uno es por bien se quiera, y búsquese el derecho en otra parte, en las sepulturas, entre los objetos perdidos que en su día fueron sujetos, pues de ventaja sólo tiene la aparente que el gato concede al ratón cuando lo tiene acorralado. Y a quien nos llegue con esta diestra de rufianes, contrariarlo de zurda, que no en vano tenemos todavía ojos en las uñas y dientes en los ojos. Lo juro por mi hipófisis.

El poeta pobre de Carl Spitzweg repasa su romancero sepulcral.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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